30 de octubre de 2008
Quinto piso
17 de octubre de 2008
Su amigo el niño azul
Casa nueva, pueblo nuevo, vida mejor. Como todas las mañanas, su madre limpiaba las partículas de piel muerta que durante la noche abandonaban el cuerpo de su hijo. “Luqui, te prometo que acá vamos a encontrar un amiguito que quiera jugar con nosotros”, le dijo antes de salir del cuarto. El niño saltó del colchón para reencontrarse con sus pequeños amigos articulados. Mientras jugaban escuchó un ruido fuerte debajo de su cama nueva. Al inspeccionarlo, vio un pedazo de zócalo caído y una cueva secreta al descubierto. Se acercó para inspeccionar y metió su mano. Encontró que el espacio era pequeño, y una nota. Había sido escrita por un niño de ocho años con una enfermedad mortal, algún día 18 del año 1834. En sus últimas líneas contaba que una bruja le recomendó escribir su nombre en la pared, al costado de su cama. Le prometió que mientras éste no se borrara, él permanecería entre los mortales. Luciano volvió a la cama para examinar
16 de septiembre de 2008
¿En qué pensás?
EL
¿Me perdonas? [Sé que me estás escuchando]
¿Amor? [Dale, mirame.]
Por favor. Te juro que no se por qué lo hice. Fue una estupidez. [Y no se para qué te habré contado.]
Lo último que quiero es lastimarte. [Me quiero matar, qué imbécil soy, ¿para qué le habré contado?]
ELLA
... [¿Qué hago, le digo que yo también lo engaño? Que estúpido es, se piensa que todavía me puede lastimar. A esta altura me importa muy poco lo que haga con su pito.]
EL
Por favor hablame, decime algo. [Aunque sea insultame, algo, odio cuando no me hablás.]
No te quedes callada. ¿Estás muy enojada? Te juro que fue hace muchísimo, y fue la única vez, te lo juro.
...[¿Qué mierda se me cruzó por la cabeza? Que ataque de sinceridad sin sentido! Si soy un acérrimo defensor del “esas cosas no se cuentan nunca, y se niegan siempre. ¿Por qué?]
Por favor, yo te amo. Vos sabés que yo te amo, ¿o no?
ELLA
...[Si tarado, lo se, y ojalá no lo hicieras y me dejaras más tranquila.]
EL
... [uy por fin me miró, es un avance, mejor sigo por este camino.]
Vos también me amás, ¿no? [Con esto siempre la gano.]
ELLA
...[Ah bueno. Te crees que me vas a hacer la “psicológica”. No me provoques por que me vas a encontrar.]
EL
Mi amor, no te enojes. No estés enojada, vos sabés que yo te amo.
...[¿Y si le acaricio la cara? ¿Se dejará o será muy pronto? Mejor le pido que me diga que me quiere.]
¿Me querés?
ELLA
¡No, no te quiero! [Se lo dije! Que estúpida. Controlate Inés, controlate.]
EL
...[No, le pifié, todavía no me va a perdonar]
No me digas eso. Yo sé que me querés, pero todavía estás enojada conmigo.
ELLA
...[Lo mando a la mierda, si, si, lo mando a la mierda.]
EL
Mi amor ¿en serio no me querés?
...[Hacéte la valiente, quiero ver que me decís ahora.]
¿Me querés dejar?
ELLA
...[Sí estúpido, me muero de ganas de mandarte a
EL
¿Vos serías capaz de dejarme? ¿Qué vas a hacer si me dejás? Yo no podría vivir sin vos.
...[Muerta de hambre, no tenés donde caerte muerta, ¿qué vas a hacer, volver con la cola entre las patas a lo de tu madre? ¿De qué vas a vivir, de organizar un casamiento cada 5 meses?]
ELLA
...[Hijo de puta, ¿te pensás que no me las puedo arreglar sin vos?]
EL
Dale, ¿por que no nos amigamos? [que ya me estás cansando, se me está agotando
ELLA
Por que me fuiste infiel. [está bien, tenés razón, todos los casamientos me llegan por conocidos tuyos. Pero por ahora!]
EL
Pero eso fue hace mil años, y además todavía no estábamos saliendo formalmente. [Siempre me gustaron tus tetas, y cuando usas esas camisas bien abiertas me mata.]
ELLA
¿Me jurás que después de eso no me lo volviste a hacer? ¿Que fue la única vez? [ya vas a ver, te voy a sacar plata para armar mi empresa y te voy a mandar a cagar]
EL
Por supuesto, ya te lo dije: fue una estúpida y única vez. [Dale, que ya la tengo más dura que el mármol de la mesada.]
ELLA
¿Y me prometés que no lo vas a hacer nunca más? [Quizás sea mejor idea casarnos, así me quedo con la mitad.]
EL
Si mi amor, te lo prometo. [Te quiero alzar y sentar en la mesada de la cocina y metertela sin parar.]
ELLA
¿Nunca? ¿Hasta que la muerte nos separe? [¿O hasta que me quede con la mitad de todo lo que tenés?]
EL
Epílogo del autor
Una de las características de un narrador omnisciente es que se interna en los personajes y les cuenta a los lectores los pensamientos más íntimos que cruzan por sus mentes.
En las relaciones de pareja generalmente uno de los dos quisiera gozar de este don, y que al no poseerlo raramente evita preguntar el tan molesto "¿en qué pensas?".
Para aquellos que anhelan el don de la omniscencia, les propongo volver a leer este diálogo pintándolo con el mouse.
"Ten cuidado de lo que deseas, se te puede cumplir."
24 de agosto de 2008
Los Pediculosos
7 de agosto de 2008
3 Grados de Separación con una leyenda
Existe una ley urbana llamada SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN. Más que una ley diría que es una hipótesis. Yo no la conocía sino hasta hace poco tiempo. Esta ley dice que entre cualquier persona del mundo y uno, hay una cadena de conocidos de como máximo 6 personas:
Yo (1) conozco a 2 > 2 conoce a 3 > 3 conoce a 4 > 4 conoce a 5 > 5 conoce a 6.
No conozco los fundamentos de esta ley, pero podría decir que parte del razonamiento de que los eslabones 3 y 4 son personas famosas y públicas. Entonces, por ejemplo entre una persona en Kenia y yo, se podría decir que yo seguramente conozca alguien que conoce por ejemplo al presidente (o ex) de Argentina (eslabón 3). Este presidente conoce al presidente de Kenia, y desde ahí la cadena baja de igual forma hasta cualquier persona en Kenia. En fin... quien puede comprobarlo no?
Como para hacer un poco más interesante esta ley urbana, disparo la siguiente pregunta:
En mi caso, creo que el menor grado de separación del que puedo dar cuenta es tres. Por supuesto que habría que definir qué es una leyenda. Digamos que una leyenda es un nombre, un concepto que trasciende a la persona. Por ejemplo, el Che Guevara es una leyenda, por que es mucho más que Ernesto Guevara Lynch. Kurt Kobain, Carlos Gardel serían leyendas. Claro que ahora que puse estos ejemplos mi leyenda parece un chiste, pero bueno, convengamos que no se si existen muchas leyendas más trascendentes que el Che. También se podría decir que una leyenda es para la mayoría una historia conocida, que trascenderá sus días sobre la tierra.
Y la leyenda con la cual yo tengo solo tres grados es Pototo. Ya se que se preguntarán quien chuchas es Pototo!!!
Pototo es el padre del ex novio de mi mujer. Pototo y Spinetta eran compañeros de colegio. Luis Alberto no había podido ir a su viaje de egresados, mientras que Pototo si. Durante este viaje, hubo un increíble error por el cual le dijeron a los padres de Pototo, que su hijo había muerto en un accidente. Luis Alberto se enteró de esta fatalidad, y este pésimo entendido duró 24hs, el tiempo que le tomó a él escribir "Tema de Pototo" pensando en su desaparecido amigo.
Buena historia no? Una leyenda, o una anécdota si lo que te separan son solo 3 grados. Los dejo con Pototo.
Para saber como es la soledad
23 de julio de 2008
Nuestro amor en los tiempos del cólera
En lo que respecta a las relaciones entre el hombre y la mujer, el manejo del tema es un indicador muy contundente sobre el grado de avance en la misma. En mi opinión una relación no puede considerarse poseedora de verdadera intimidad, y no me refiero a intimidad sexual, hasta que ella no oiga y huela la música y bálsamo de los flatos de él. Deponer (que es una palabra que tengo en gracia) con la puerta del baño abierta, al tiempo que se mantiene una conversación con la pareja en otro ambiente de la casa, es otro síntoma de buena salud en la misma. Y tener esta conversación, con la pareja dentro del baño durante el acto denota un grado de maduración todavía mayor. Y si me permiten, el evento escatológico máximo al que una pareja pueda aspirar, como símbolo de estado de bienestar conyugal completo, es cuando ella le ofrenda su flatulencia a la pareja. Mujer que permitió al hombre conocer sus ventocidades, es mujer que se entregó en cuerpo y alma a su pareja.
Según internet, una flatulencia es un exceso de gases acumulados en el aparato digestivo. Este sería un estudio técnico y anatómico del mismo, pero además de estos, existen al respecto estudios sociológicos aplicados al estado de ánimo del individuo. Luego de algunos años de convivencia, ya puedo considerar a mi pareja una estudiosa del tema, y me tomo la libertad de compartir algunas de sus conclusiones. En alguna ocación me ha dicho: "Yo me doy cuenta de que ya no seguís enojado conmigo cuando te tirás un pedo. Por que cuando estás enojado nunca te tirás." Qué observadora, pensé. Y tiene razón. Aunque ella todavía lo niegue, mi conclusión es que indirectamente me está diciendo que quiere que lo haga más asiduamente.
En fin, todas estas disquisiciones tienen por objeto poner el marco adecuado a la situación que quería relatar.
El hecho inició hace cuatro sábados, a la mañana temprano. A pesar de la millonada de veces que depuse en mi vida, jamás de los jamaces tapé un inodoro. Pero todo tiene una primera vez y esa fue la mía. Afortunadamente para la situación, el objeto obstructor fue lo último en retirarse del inodoro, por lo tanto no hubo restos flotantes que me advirtieran del piquete. Sólo me enteré del incidente la siguiente vez que tiré la cadena. Simplemente el agua no se iba. No hice nada al respecto, sólo regresé al tiempo para ver si había evacuado. A los quince minutos el agua había bajado, pero no al nivel esperado. Volví a los diez minutos, cuando sí lo hubo hecho, con un balde de agua, para aplicar mayor presión y así desobstaculizar el paso. No tuve éxito, y decidí dejarlo así, con el agua casi al borde, deseando que por algún proceso químico, con el tiempo el agua fuera desintegrando la columna piquetera. Mientras tanto: baño clausurado. Mis necesidades urinarias de manera provisoria tuve que resolverlas en la bacha del lavadero. Mi altura y la maniobrabilidad del agente lo permitieron.
Al día siguiente, a pesar de mis anhelos, nada había evolucionado. Todo seguía igual de obstinado. La única diferencia era que mis necesidades religiosas exacerbaban mis nervios, y mis nervios por algún mecanísmo diabólico exacerbaban mis necesidades. Esforcé mi ingenio, busqué un alambre largo y repliqué lo que yo imaginaba era la forma de los conductos del desagüe. Lo introduje, de forma que por la curvatura que le había dado, entraba, giraba y subía del otro lado, por el conducto no visible. Lo metí tan profundo como pude, evitanto me mi mano se sumerja en el agua. Lo moví, buscando hacer contacto, pero no encontré mi objetivo. Necesitaba llegar más profundo, y para esto era imprescindible sumergir mi mano... dentro del agua estancada. Todavía mi dignidad era mayor a mi urgencia. En un nuevo rapto de lucidez pensé en utilizar los guantes de goma de la cocina.
"Carajo mierda" pensé, como es posible que en una casa no haya guantes de goma. Desistí por el momento, y nos fuimos a almorzar a lo de mi cuñada. A nuestro regreso mi mujer me pregunta:
- ¿Y por que no fuiste en lo de mi hermana?
- ¿Estás loca, viste lo que es ese departamento? Es 2 x 2, y el baño casi que está adentro del living.-
Además una vez sí lo hice ahí, y es el día de hoy que cada vez que voy ese baño, o mi cuñada o el novio, me advierten con sorna que tengo vedadas cierto tipo de prácticas en ese recinto. Por lo tanto, cuando voy a su casa, ni siquiera meo con tal de no dar pié al gaste fácil.
Regresamos, y no solo ese maldito inodoro no mostraba progreso alguno, sino que además yo había recargado mi estómago de alimentos a procesar. Digamos que yo no soy un come-caga-sin-escalas de pura cepa, pero tampoco estoy tan lejos es este paradigma.
En el momento en el que uno se olvida que tiene la imperiosa necesidad de descargar el peso excedente, mágicamente el malestar desaparece, pero en el momento en el que lo recuerda se renueva la urgencia de manera perentoria. Y así estaba, de rodillas en los mosaicos del baño, moviendo espasmódicamente el alambre que tenía mi mano, desprotegida bajo el agua estancada, y con la sopapa en la otra, luchando en absoluta desventaja contra el enemigo invisible. Pero ningún avance, ningún signo de progreso.
Un cocktel implosivo de frustración, impotencia y muchas pero muchas ganas de relajar efínteres, sin piedad por el calzón que atestiguara la avalancha, hizo que me sentara abatido en el piso del baño, casi a punto de llorar. Invoqué al mecanismo de no pensar en el asunto, y decidí hacer lo mismo hasta el día siguiente, cuando viniera un plomero salvador.
Me levanté en paz conmigo mismo. Sin embargo antes de darme por vencido se me ocurrió un último intento. Recurrir a la biblia de nuestros tiempo. "Google me va a destapar el baño" sentencié con cadencia épica. "como destapar inodoros"... + la palábra mágica: "buscar"... y voilá: "Personalizado Resultados 1 - 10 de aproximadamente 279.000 de como destapar inodoros. (0,30 segundos)". Impresionante, cómo no lo pensé antes!
Después de investigar foros, wikis, pdfs y demás bibliografía descarté la opción del ácido muriatico, si no tenía guantes de goma... que chances había de tener ácido muriatico? Finalmente, la receta más convincente y accesible fue la de hervir agua con sal, y hecharla al inodoro.
Eran aproximadamente las siete de la tarde cuando inicié la implementación de mi última esperanza. Tomé la cacerola llena de agua hirviendo y salitrosa, con una vehemencia memorable volqué todo el contenido al inodoro y retrocedí un paso para ver en acción mi elixir liberador. Aguardé con paciencia unos instantes, esperando que empezara actuar. Seguí esperando, hasta que no pude más que reconocer mi derrota. Todo seguía igual, el agua descanzaba plácidamente en mi inodoro.
Volví, con la cabeza gacha, determinado a terminar aquel día sin deposición. Me senté a ver tele, con la computadora al lado y con la radio prendida. Todo lo que tenía al alcance para entretener mis pensamientos lo pensaba utilizar. Lo intenté, y por un momento realmente pensé que lo lograría. Pero las misiones imposibles, solo no lo son tal para Tom Cruise, Jack Bauer o James Bond. Para mi, tanto como para el resto de los mortales, lo imposible por más que lo intentemos, es IMPOSIBLE.
- Basta!!!! No aguanto más, me voy a cagar al Mc Donalds!!!!!!!- grité, feliz con mi idea liberadora.
- ¿Al Mc Donalds??? Pero es un asco, deben estar re sucios esos baños, si deben pasar por ahí como 700 pendejos por minuto.
- ¿Un asco? ¿Vos estas loca? Se ve que no sos cagadora de baño público! Lo baños de mc donalds son de lo mejor que hay en el mercado, ¿cómo no se me ocurrió antes? Chau, me fui.-
- Ay, no me traes un mc swing ya que vas? dale, porfi!- me pidió, feliz con su ocurrencia, saboreando su imágen mental del helado. Yo accedí sin dudarlo, solo me quería ir al encuentro del mesías.
Fui corriendo al cuarto a buscar una campera, y cuando iba de salida, al pasar por el baño se me ocurrió darle la última oportunidad. Entro y encuentro al inodoro vacío. Hacía menos de cinco minutos que lo había dejado con el agua hasta el cuello, y se había vaciado demasiado rápido como para estar obstruido. Al parecer, mi experimento había funcionado. Pero tenía que corroborarlo. Tiré la cadena, y el agua cayó desde los bordes, hizo remolino y desaparecio por su cauce natural, como si así lo hubiera hecho siempre.
- Gorda se arregló!!!!!!!!!!!! Se destapó el inodoro!!!!!!!!- Fui hasta la cocina para compartir con ella mi felicidad, que era plena. Pero en su cara, a pesar de querer mostrarse contenta, no podía ocultar un puchero de decepción. - ¿Qué pasa?- le pregunté.
- Nada... es que me había hecho ilusiones de comer un mc swing-
Y tenía una desilución tan sincera, que me conmovió.
- Bueno... dejame que me hecho un garco y te lo voy a comprar.
Me senté y disfruté como pocas veces la gracia divina de deponer. Una vez liberado, me abrigué, subí al escarabajo y manejé liviano las cuarenta cuadras, en busca del helado que le devolvería a ella la sonrisa que a mi ya me había devuelto la caca.
Cagar y comer bien, nuestras las claves de amor.
16 de julio de 2008
Premio Brillante Blog: a Ciega a Citas Chapeau
Los pongo en auto a los que no están al tanto del premio. En resumen, la dinámica de los premios bloggers (hay varios de estos premios en la blogosfera) es que un blogger que recibe el premio elije premiar a 7 más y mencionar y agradecer a quien se lo otorgó. Y así fluirá la cadena expansiva.
Como siempre y en todo ámbito están los detractores de este tipo de acciones, diciendo que son meras excusas para lograr difusión y viralidad. Y por supuesto que lo es. Seguramente son los mismos que, con absoluta razón, y adolescente rebeldía si me permiten, sentencia de viles herramientas comerciales creadas por cerdos capitalistas a esos días festivos del tipo día del amigo, de los novios, del niño, de la cerveza, etc etc.
Y así como me dejo abusar por los cerdos capitalistas festejando cuanto día festivo tenga gana, gustoso participo de la cadena del premio blog. Por lo tanto, aquí voy, cumpliendo con los pasos.
Lucía González para usuario
Beso
LG
Y como dije antes, en un principio compré todo, y le creí todo. Con un mail como este, cómo no creerle?Con el tiempo y los innumerables relatos de situaciones inverosímiles fui apostando la ficcionalidad del personaje Lucía González (LG). Así como me fui alejando de esta ensoñación también fui distanciándome de la dinámica de comentar en el blog. La cantidad creciente de lectores y comentaristas obligaban casi una dedicación full time como para poder seguir el hilo de los comentario y no opinar algo descolgado, repetivo y sin sentido. Aunque LG dice leer todos lo comentario, me tomo la atribución de dudarlo, no por su mala voluntad, por una cuestión de volumen. Leer 1000 comentarios por día???
La evolución, conversión y dinámica de los comentaristas creo que merece un libro aparte. Un libro que en su temario debería dar cuenta de temas como: el día que sobrepasaron los mil comentarios; cuando los comentarios se transforman en una sala de chat; blogs dedicados a debatir sobre este blog (cual panel de discusión de gran hermano); blog paralelo de la comunidad de LG; fiesta de encuentro de comentaristas; comentaristas exiliados en blogs paralelos peleados con su mamá [sic]... En fin, sociologos a su juego los llamaron! Si no encuentran tema de tésis acá no se donde...
En cuanto a la verdadera identidad de LG, mucho dicen que la real autora del blog es Carolina Aguirre, autora del exitoso blog Bestiaria (con publicación editorial en puerta). En el blog de desterrados de Ciega están convencidos de esto. A mi no me consta, y tampoco he investigado el tema, pero no lo creo. En mi opinión, LG es un personaje basado en la vida real de su autora (que no sería C.A.). Mucho de lo que relata le creo sea cierto, aunque no un 90% como tal como ella me dijera. De hecho toda la resolución de la "novela" creo que es absolutamente ficción.
Por cómo se resolvieron las situaciones, es muy probable que hace mucho tuviera planificado el final, y que fuera tejiendo los episodios para llegar a él. Aunque dejé de participar activamente no dejé de leerlo. Personalmente no me gustó el final, me pareció previsible, irreal y simplista. En cuanto a los últimos posteas, en los que ella publica relatos que los lectores le enviaron, contando sus vivencias y cómo les afecto el blog, podría apostar que fue todo una idea y propuesta de su editorial. Todo esto último fueron decisiones que no comulgan con mi gusto personal pero... fueron un éxito. Así que nuevamente chapeau!
2) Principio de Incertidumbres - diario poco intimo de una mujer emocionalmente insegura
Tal como anticipa su bajada Noel utiliza este blog como diario íntimo. Es un blog, como los hay muchos, de una mujer soltera en sus 30s. Podría decir que es una versión de carne y hueso y más alcanzable de Ciega. Postea a diario, no pretende narrar grandes historias, pero escribe bien y cada tanto hay relatos entretenidos, y 100% reales. Es un diario íntimo.
3) Vida Malizia - aventuras y desventuras de una mujer soltera, que ni piensa en casarse.
Este blog, obviamente tiene la misma línea que los dos anteriores, y es una mezcla de ambos. Su autora (escritora), escribe relatos reales sobre su vida. Escribe muy bien. No es un diario, son todos relatos / cuentos. También muy recomendable.
4) El detonado Astral - Cuentos y relatos de Gustavo Tisera
Gustavo tiene el brillante don de decir mucho con pocas palabras en sus cuentos y relatos, y además el superpoder de decir muchísimo más con aún menos palabras cuando nos regala sus microcuentos. Soy un gran fanático de sus microcuentos. No se los pierdan.
5) Tan Versatil Como Acústica
Andrea Durlacher es en mi opinión otra niña prodigia. Escribe reflexiones, pequeñas píldoras de brillantez. Yo la imagino con una cervatana lanzando sus silenciosos dardos de sabiduría. Concretos, precisos y certeros.
6) Mi mente de locura y pasión
La Princesa de la Locura hace lo más parecido que pude encontrar en un blog a una Instalación Artística. Poemas + reflexiones + imágenes + construcción del espacio componen sus posteos. Hace mucho que no publica, desde aquí mi granito para que lo haga.
7) Pájaro en mano - la vida con un príncipe azul
Elena dice "Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! ". Suficiente para saber de que va este blog. Muy divertido, bien escrito.
And that's all folks!
3 de julio de 2008
De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina - Capítulo II
Nota del editor: Este es el segundo extracto del libro "De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina" escrito por mi bisabuelo, relatando la historia verídica de su inmigración. A quien no leyó el primer capítulo le recomiendo hacerlo.
Un buen día nuestro padre nos reúne a todos los familiares para decirnos que había resuelto, dada la difícil situación en que habíamos quedado luego de la inundación y varios años de malas cosechas, hacer un viaje a la Argentina, en busca de mejoras para todos. De acuerdo a las informaciones recogidas, en aquella época era fácil conseguir tierras cedidas por el gobierno para trabajarlas o dedicarse a otras industrias. En tales circunstancias se resolvió que yo debería acompañarlo en el viaje, mientras que mi hermano que era mayor quedaría a cargo de la familia, hasta que mi padre consiguiese ubicación para todos.
Todas las miradas se concentraron en mí como inquiriéndome si me animaba a acompañarlo como él había dispuesto. Tenía yo a la sazón trece años y comprendía ya muy bien cuál era nuestra situación, y con la esperanza que la suerte nos acompañara, le contesté que lo acompañaría con gusto, hasta el lugar donde reunirnos todos, para labrar un porvenir mejor y venturoso pasar. Fue tan grande la satisfacción de mis familiares al escuchar mis palabras que me llenaron de besos, colmándose de alegría al ver que ya tan jovencito pensara en nuestro bienestar y futuro. Es por eso que les puedo asegurar que tal vez sea el único entre nosotros que no tuvo infancia.
Una vez que mi padre hubo planeado el viaje y conseguido los documentos necesarios para el mismo, vendió parte de los cereales y animales, lo que le permitió viajar con algún peculio, dejando el resto a cargo de mi hermano, para que siguiera explotando la granja y cuidando de la familia.
Terminados los preparativos, el 20 de setiembre de 1885, aguardamos ansiosos el 22, fehca inicial de nuestro viaja a América.
Esos dos días los dedicamos a las despedidas. Pueden ustedes imaginar los cuadros de éstas. ¡En esa época 1885! En que se confundían en apretado abrazo la alegría y el dolor producido por la separación brusca, luego de vivir treinta y tres años en ese pueblo, chico por cierto, pero tan lleno de afectos; en el que los habitantes todos nos considerábamos miembros de una gran familia. Allí si que era real aquello de “todos para uno y uno para todos”.
A las cinco de la mañana ya nos esperaba el coche en la puerta, vehículo de época tirado por dos caballos. La última despedida fue tan rápida como grande la emoción. Mi madre fue la última en despedirme. ¡Qué feliz recuerdo conservo de ese momento! Su abrazo, sus besos y su bello rostro bañado en lágrimas que me trasuntaban el más grande amor de mi vida. Pronto, muy pronto perdimos de vista a todos los que afectuosamente nos saludaban con sus pañuelos en alto.
Llegamos con el coche a la estación ferroviaria de Legnagno, cuyo tren debía llevarnos directamente a Génova. Una vez despedidos de mi hermano, papá le volvió a recomendar el cuidado del resto de la familia y que no dejara de contestar a las cartas de acuerdo a la dirección que le enviáramos. Con una tremenda pitada de la máquina que anunciaba la partida del convoy, con el pañuelo en alto nos dimos el último ¡hasta siempre hermano!
Cuanto más nos alejábamos más aumentaba mi dolor, deslizándose por mis mejillas gruesos lagrimones en un profundo silencio. Al notarlo mi padre me atrajo a su lado y acariciándome me dijo que no debía llorar, que la separación sería breve. Eso me tranquilizó, lo mismo que observar a nuestro lado gran cantidad de gente que viajaba al Brasil, habiendo entre ellos de todas las edades. Minutos después todo había cambiado, pues muchos comenzaron a cantar alegres canciones alegóricas referentes a la recolección del café, trasuntando sus rostros la alegría de ira hacia el país del café, donde podrían saborearlo a gusto, cosa que no podían hacer en Italia, pues solo gustaban de él diariamente los ricos.
En Génova nos alojamos en un hotel cercano al puerto, separándonos del resto del pasaje del tren que viajaba a Brasil por cuenta del gobierno de ese país. Nosotros lo hacíamos por cuenta propia, pues a la Argentina en ese entonces no había inmigración organizada.
El día 23 a las dos de la tarde en el vapor Sirio zarpábamos de Génova rumbo a Buenos Aires, levando anclas con un total de tres mil pasajeros. Debemos tener en cuenta que entonces los barcos carecían de las comodidades que tienen los actuales. Por ejemplo no tenían conservadoras frigoríficas, razón por la cual debían llevar unos veinte vacunos para faenar diariamente. Además transportaban dos vacas con cría, que suministraban la leche necesaria para los niños y enfermos. A propósito recuerdo que gracias a un ardid mío pudimos tomar café con leche todos los días, pues diariamente recogía la que el repartidor me daba para “mi hermanito”.
En cuanto a las comidas si bien eran abundantes, distaban mucho de tener el gusto y la higiene con los que se preparaban en mi hogar.
El primer puerto al que arribamos fue el de Barcelona, luego Cádiz y otros que ya no recuerdo, antes de llegar al de Río de Janeiro, en Brasil.
Lo que más tristeza me causaba era la llegada de la noche, cuando acostado añoraba a mi madre que todas las noches me despedía con un beso y me abrigaba más con su cariño que con las cobijas. En ese momento me sentía tan desvalido que me echaba a llorar amargamente en silencio, habiendo llegado a maldecir a Cristóbal Colón por haber descubierto América. Sólo la esperanza de hallar un porvenir venturoso me alentaba y mantenía firma y decidido frente a tanta adversidad emocional.
La suerte nos acompañó, pues a pesar de haberse registrado casos de tifus, unos cuatro o más han tenido la desgracia de ir a parar al fondo del mar. A causa de ello las autoridades del barco tomaron medidas mejorando la higiene y las comidas.
Después de un mes de viaje cruzamos el Ecuador, donde llovía cada dos por tres. Pocos días después entrábamos en la bahía de Río de Janeiro. Me causó admiración la existencia en el puerto de una gran cantidad de negros motas, que desde sus botes se arrojaban al fondo del mar a recoger las monedas que traían entre sus dientes y que alguien del pasaje había arrojado al mar exprofeso.
El aspecto de la ciudad recostada en la inmensa bahía presentaba una visión hermosa y deslumbrante con un fondo de montañas. El pasaje todo se hallaba en la cubierta del barco donde apenas cabía. En mi afán por verlo todo me agarré de la cadena del timón, mientras me hallaba sentado en la baranda y el barco había maniobras de atraque, que observaba absorto, no dándome cuenta que mi mano con la cadena se deslizaban hacia una polea hasta que un intenso dolor me lo advirtió, di un salto y un tirón que hicieron zafar mi mano de tal situación, que de seguir me la hubiera amputado seguramente. Perdí el conocimiento y mucha sangre. El médico de abordo me practicó las primeras curas, evitándome con ello una infección segura o posible gangrena. Esta fue nuestra primera mala suerte en nuestro viaja a esas tierras de promisión y esperanza.
El 28 de octubre avistamos por primera vez Buenos Aires. Al llegar a la rada el barco fondeó a la espera de la inspección sanitaria que debían practicar las autoridades argentinas. Éstas no permitieron al mismo entrar por los casos de tifoidea que habían ocurrido, obligándonos a trasladarnos en pequeñas embarcaciones hasta la isla de Martín García, donde estuvimos al rededor de diez días, durante los cuales fuimos tratados muy bien, ya que además de someternos a diversos tratamientos con desinfectantes, nos hicieron bañar, cosa que no pudimos hacer desde que salimos de casa, treinta y seis días antes, por carecer abordo de comodidades para ello, excepción hecha para los de primera clase.
Al undécimo día regresamos a Buenos Aires, alojándonos en el hotel para inmigrantes, para ser distribuidos en el interior del país y dedicarnos a tareas rurales. En esta ciudad me ofrecieron trabajo en varios comercios con la promesa de habilitación cuando adquiriera conocimientos y experiencia en ello. A mi me hubiera gustado, pero ¿dónde quedaría mi padre?. Sólo y trabajando lejos de mí... Era un hombre habituado a dirigir trabajadores rurales más que a trabajar personalmente.
Pasados unos días mi padre había conseguido pasajes para ir a La Plata, de reciente fundación y de la que según informes recogidos sería llamada a ser una gran ciudad en el futuro. Pero hete aquí que el destino, la ignorancia de conocimientos geográficos de esa época y la ambición canallesca de ciertos individuos, torcieron y cambiaron nuestro camino elegido, la futura capital de la primer provincia Argentina.
Como nosotros no conocíamos nada, tanto nos daba ir allí como a cualquier otra parte. Imagínense cuál hubiera sido nuestro porvenir de haber adquirido tierras en las proximidades de la ciudad que se convertiría poco después en capital de la provincia de Buenos Aires.
Mi padre preguntó su parecer respecto a nuestro lugar de destino a un empleado del hotel, el que seguramente era un sinvergüenza, pues le contestó: ¿qué íbamos a hacer en un lugar donde no había trabajo? Mi padre quedó pensativo y el empleado continuó diciéndole: donde Ud. debe ir es al Chaco y especialmente a las Palmas, donde hay una gran colonia italiana con una fábrica de azucar, con tierra excelente y un inmejorable clima. Al preguntarle si era un pueblo bien formado con médicos, igelesia y todo lo necesario, respondió: es una gran ciudad en marcha. Al oir esto mi padre quedó amargado y le manifestó: ¿Y ahora qué puedo hacer que ya tengo los pasajes para La Plata?, respondiéndole que él se los cambiaba. Mi padre pensó que sería un hombre honesto y aceptó más que ligero la propuesta, pensando que la suerte le sonreía y la fortuna le prodigaría a manos llenas sus frutos. Después de un tiempo vinimos a enterarnos de la verdad sobre el interés que tenía ese empleado por mandarnos al Chaco. La compañía azucarera le pagaba cinco pesos por cada inmigrante que mandara.
Salimos en barco aguas arriba hacia el hermoso río Paraná. Al cuarto día de viaje le manifesté a mi padre que estaba seguro de que ese individuo nos había engañado, y todos quedamos pensativos; cuando de pronto y sin saber porqué el vapor detuvo su marcha cerca de la orilla izquierda del río, ordenándonos que bajáramos, que habíamos llegado al puerto Las Palmas. No me explico porque llamaban así a un lugar donde lo único que había eran pajonales.
La impresión de que habíamos sido engañados la confirmarmos poco después, al ver que aquello no era nada más que una selva donde ni siquiera había huellas de vehículos, sino toan solo senderos que transitaban peones o indios. Nos llevaron en un carro tirado por bueyes durante cuatro horas hasta que llegamos a un gran galpón de chapas, nuestro destino.
24 de junio de 2008
Esta vez para siempre
Julieta K. tiene treinta y tres años, de los cuales treinta vivió bajo el mismo techo que su padre y madre. Su independencia de la casa paterna tuvo dos etapas. El primer ciclo se inició a sus diecinueve años. Fue cobijado bajo la libreta matrimonial, que les sirvió de escudo protector contra el arroz festivo del registro civil, pero poco más. A los tres años, desencantada y triste iniciaría los trámites de divorcio y el retorno a su casa paterna. El matrimonio resultó no ser lo omnipotente que ella esperaba, y entendió que su sueño máximo de encontrar al amor de su vida requeriría un poco más de atención, dedicación y tiempo. Sus padres la recibirían contentos, formando un triángulo de abrazo ni bien ella cruzó por la puerta con sus petates. Su cuarto seguía siendo su cuarto. Tenía veintidos años y un divorcio, pero seguía siendo una niña, que estudiaba enfermería encerrada en el piso su cuarto, o en la mesa del comedor cuando sus codos se cansaban de estar apoyados en el piso, aguantando todo el peso de la cabeza. Todo eso estaba más que bien para ella.
A sus treinta y dos años Julieta ya no estudiaba. Hacía siete que trabajaba como enfermera. Había pasado por cinco hospitales y recibido tan solo tres aumentos de sueldo. Ninguno demasiado relevante. Amaba su profesión, y estaba resignada a que su retribución económica sólo le alcanzara para comprarse ropa y vacaciones. Seguía teniendo su cuarto en la casa de sus padres. Sabía que esta situación distaba de lo ideal, pero era la realidad que tenía y aceptaba.
Julieta desde chica tuvo una gran virtud: siempre esperar lo mejor. Se consideraba una persona positiva, que aceptaba la realidad e intentaba vivir de la mejor forma posible con lo que le tocaba. Pero desde hace dos años que se cuestiona si esto es realmente una virtud, y la palabra mediocridad habitualmente merodea sus reflexiones. En el hospital era querida y tenía algunos amigos. Una tarde la médica psiquiatra, con la cual tenía una relación de casi amistad, le había pedido verla en su consultorio. Luego de algunos minutos Julieta se daría cuenta de que lo que parecía ser una conversación amistosa era en realidad una charla profesional. Estas charlas se tornaron semanales. Sus sesiones junto con los antidepresivos que Susana le prescribía, la ayudarían a convivir con la realidad que le tocaba vivir pasados sus 30 años.
Este proceso al tiempo empezaría a dar algunos signos de mejoría. Susana se sintió muy feliz cuando Julieta le contó que había decidido alquilarse un departamento, sin importar lo pequeño que fuera, para iniciar el segundo ciclo fuera de la casa paterna. “¿Cómo puedo pretender conseguir un novio si a mi edad todavía no logré irme de lo de mis padres? ¿Por algo se empieza no? Viste cómo ya lo tengo asumido, y no digo de mi casa.” Las dos rieron. Las dos se sentían felices por Julieta.
Sin embargo la realidad la pondría a prueba una vez más. El hospital atravesaba una situación económica difícil, y tuvo que reducir personal, Julieta entre ellos. El tratamiento debía de estar funcionando muy bien por que lo tomó como un desafío, como un cambio positivo. Estaba confiada de que todo resultaría bien y que conseguiría un empleo con mejor paga.
Resolvió aplazar la búsqueda de departamento (solo aplazarla), para poner toda su energía en buscar un mejor trabajo. Es difícil mensurar si puso toda la energía que le quedaba en esto, pero fue mucha la que gastó, y muy poca la que consiguió en retorno.
Encontró trabajo, pero no como el que esperaba. La crisis económica resultó no ser propiedad exclusiva del hospital donde trabajaba, por lo que tuvo que conformarse con un trabajo por horas. Un hospital poco prestigioso que le quedaba bastante lejos de su casa, la contrató para que cuidara de un único paciente tres horas al día.
Su proyecto de alquiler quedaría postergado por tiempo indefinido. Aunque cambió de hospital continuó con su tratamiento psicológico. Susana ya no estaba obligada a prestarle este servicio gratuito, pero no solo lo seguiría haciendo sino que le propuso intensificarlo a dos veces por semana, temiendo una recaída. Julieta aceptó agradecida.
Viajaba dos horas hasta llegar al hospital. Tenía que cuidar a un hombre de cuarenta años con una enfermedad muy extraña, que nadie había conseguido identificar. Juan Romeo Montes estaba en un a suerte de estado vegetativo desde nacimiento. Ningún médico había podido descubrir el motivo por cual nunca había abierto los ojos. Su madre murió en el parto, y Juan se sintió tan triste y tan culpable que desde entonces nunca despertó. No tenía ninguna enfermedad tratable. Su corazón latía constantemente y sin ayuda externa, sus pulmones oxigenaban su sangre y sus venas las distribuían por todos sus órganos. Si bien no manifestaba reacción externa a ningún tipo de estímulos, tenía actividad cerebral. “El paciente fue capaz de "comprender" y de "responder" a ciertas órdenes de sus médicos”, leyó en un estudio de sus imágenes cerebrales. Alimentación por suero intravenoso era el único tratamiento que los médicos se habían resignado a brindarle. Y Julieta debía de cuidar de su aseo diario.
Las condiciones laborales no eran buenas, pero había algo en todo esto que la atraía. Sentía una intriga muy fuerte por este caso. Lo tomaba como un desafío a nivel profesional, pero algo la seducía en lo personal.
La noche anterior a su primer día de trabajo, soñó con Juan, su paciente inmediato. “Mantuvo su capacidad de comprender órdenes y de responder a ellas a través de su actividad cerebral”. Soñó toda la noche y estas palabras se le repitieron una y otra vez. Al despertar sintió que había tenido un sueño revelador, y presintió que algo importante sucedería. Tenía la certeza divina de que Juan Montes era su misión en este mundo.
- ¿Que le sucede? ¿Está usted bien? Entre por favor– le pregunta la médica al ingresar por primera vez al cuarto de Juan.
- Si, si. Perfectamente.
No había podido contener sus lágrimas cuando se paró a la puerta del cuarto. Estaba paralizada. Nunca lo había visto personalmente, pero la impactó verlo, por que sí lo conocía, lo había soñado. Era exactamente la misma persona con la que había soñado el día anterior. La médica le repitió las indicaciones, se fue de la habitación y los dejó solos.
- Hola. No nos presentaron. Me llamo Julieta.- le dijo y lo tomó de la mano. Le acarició la frente, y quedó con su mano entre las suyas mirándolo, parada inmóvil junto a su cama durante las tres horas, hasta que la médica entró al cuarto.
- Ya se puede retirar. La veo mañana a la misma hora.- Julieta le soltó la mano y volvió, en trance, a la casa de sus padres.
Al llegar finalmente comprendió porqué había guardado desde niña todos los manuales de primero a séptimo grado y de primer a quinto año. Los sacó de las cajas, les sopló el polvo y pasó toda la noche planificando la educación acelerada de Juan. Julieta no tenía dudas de que despertaría algún día, y quería prepararlo. Pensó que si “comprende órdenes y responde a ellas”, bien podría retener conocimientos.
Llegaba temprano por la mañana, lo afeitaba y lo aseaba. Luego pasaba el resto del día leyéndole sobre historia, geografía, matemáticas y literatura. Nunca dejaba el hospital antes de la ocho de la noche. Eventualmente se quedaría a dormir, sentada, agarrando su mano y con la cabeza apoyada sobre el colchón junto a él. Su única actividad fuera de aquel hospital eran sus sesiones de terapia. Susana estaba muy preocupada por la obsesión de su paciente, por el distanciamiento de la realidad que estaba tomando. Era para una involución imprevista y no lograba comprender su origen. Ya no le hablaba sobre su proyecto de mudarse a un departamento propio. Juan era su monotema. Sin embargo ninguna de las dos era conciente de que Juan y su proyecto de independencia tendrían un desenlace conjunto.
En dos meses Julieta ya había terminado con lo que consideraba lo esencial de la curricula primaria y secundaria. Entonces decidió especializarlo en literatura y teatro universal. Y mientras cavilaban junto a Raskolnikov lo imposible sucedió. Su mirada consumía palabra tras palabra cuando su mano sintió un cuerpo pesar sobre ella. Juan, luego de cuarenta años despertaba para tomar la mano de su amada. Ella miraba esta mano sobre la suya y no entendía cómo había llegado hasta ahí. Estupefacta no le quitaba la vista. “Hola”, escucha petrificada. Juan esperaba, sabiendo que esos ojos finalmente negros llegarían a su encuentro. Julieta lo mira y él sonríe. Ella se para asustada sin quitarle su mando.
- Hola.- repite Juan, pero ella no podía salir de su asombro para responder. – Ni que hubieras visto un fantasma, soy yo, Romeo.
- Pero... ¿cómo? ¿Despertaste?¿Por qué? Digo... hace 40 años que estás... así... ¿cómo puede ser?
- Sí, bueno, pero me pareció que ya era hora de despertar, ¿no?
- ¿Cómo que te pareció que ya era hora? ¿Estabas despierto, o conciente? ¿Decidiste despertarte y así nomás te despertaste? ¿Estuviste conciente todo el tiempo?
- Si. Pero no del todo, por momentos dormía profundamente, como todo el mundo, pero por momentos solo dormitaba. ¡Y no me perdí ninguna de tus clases! - su sonrisa seductora, la de ella víctima.
- Je... ¿O sea que todo este tiempo sólo estuviste durmiendo?
- Sí.
- ¿Y por qué? ¿Por qué no te querías despertar?
- ¿Para qué, me perdí de algo importante, de algo por lo que valiera la pena despertar?- Julieta sintió tristeza por no poder decirle que si. No había nada en su pequeña vida que le demostrara estar equivocado, nada que lo hiciera arrepentirse de su hibernación prolongada.
- No... nada en realidad. ¿Y por qué decidiste despertarte ahora? -
- Por que mi búsqueda terminó. Porque encontré mi Julieta. – Juan sonrió para y por ella. Ella sintió sus articulaciones debilitadas, su carne relajarse y su corazón de estreno. – Te reconocí desde el momento en que entraste en esta habitación. Cada una de tus caricias erizó mi piel y aceleró mi corazón. Junté y guardé cada una de tus lágrimas en mi pecho, y son las que me dieron fuerza para levantarme hoy. Escuché cada una de tus palabras. Y no, no estás loca por pensar que te estás enamorando de mí. Loca estarías si no lo reconocieras. Por que sabés quién soy.
Y él volvió a dormir,
esta vez para siempre.
Y ella inició su segundo ciclo,
fuera de la casa paterna,
esta vez para siempre.
Y ella durmió junto a él,
Esta vez para siempre.
fin
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22 de junio de 2008
Seguro que allá hay internet
"Como periodista empecé a los 18 años (toda mi actuación en esta actividad fue ad honorem") en la redacción del diario "El Tiempo", de Pergamino, con un gran periodista que se llamaba Carlos P. Trincavelli. Con el pseudónimo de Red Fish publicaba notas, especialmente deportivas, hasta que fui designado "Corresponsal Deportivo Viajero para todo el país", pomposo título que a mis 18 años me llenaba de orgullo. También escribí en "La Opinión" de Pergamino, "La Capital" de Rosario, "La Gaceta" y "La Unión" de Tucumán."
"Como escritor, aquí hay un poco de pedantería, avalada por una circunstancia especial que me dio ese título. En 1945 participé en el Certamen Nacional de Literatura "Leopoldo Lugones", organizado por la Comisión Provincial de Cultura de la Provincia de Córdoba. Estaba reservado para "escritores argentinos o extranjeros", y yo a mis 27 años tuve la pedantería de considerarme escritor y participé. Para gran sorpresa mía gané el primer premio en la rama de prosa: un cheque de $300, que era mucha plata para aquel entonces, cuando el sueldo normal de un empleado era de entre 90 y 120 pesos. Este premio me dio la categoría de "escritor", la que poco ejercí en los años futuros."
Extracto del libro "Historia de Nuestra Familia".
Don José Ramón Palacio.
24/09/1918 - 19/06/2008
Abuelo: sólo quería dedicarte estas pequeñas líneas y decirte que te voy a extrañar. Lamentablemente tu salud en los últimos años no me permitió contarte que Red Fish seguía escribiendo, a través de mis manos ahora. Espero que saber ésto te alegre y enorgullesca, y que Red Fish siga estando a la altura de esa categoría de "escritor" que supiste ganar. Ojalá que me puedas leer ahora, porque estoy seguro que allá hay internet.
Te recuerda con mucho cariño,
Matías.
13 de junio de 2008
De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina - Capítulo I
Nota del editor (ese sería yo, rf): Por primera vez voy postear un material no escrito por mi. Decidí compartir este texto, no por su valor literario, sino por que lo considero un documento cuya riqueza excede sus palabras. Es un primer extracto del libro "De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina" escrito por mi bisabuelo, padre de mi abuela materna. En este libro, mi bisabuelo relata su historia como inmigrante, similar a la que todos conocemos y estudiamos, pero por lo menos en mi caso sólo a través de libros y manuales de historia. Este es un relato verídico, directo de un inmigrante italiano, y leerlo es para mi como oirlo, escuchar una entrevista a uno de los miles de inmigrantes que crearon nuestra historia. Con sus historias mínimas, esas que formaron y dieron origen a la cultura e idiosincracia argentina. Quiero compartir este documento muy valioso para mi, y espero que lo disfruten tanto como yo.
Don Humberto Marpegán(1872-1959)
Lugar de Nacimiento: Merlara, provincia de Padua, Italia.
Fecha de migración: 22 de septiembre de 1885.
DE LA BELLA ITALIA A LA SELVA CHAQUEÑA ARGENTINA
Reláto anecdótico y autobiográfico de mi extensa vida prolongada por más de ochenta años entre vicisitudes, bienestar y familia.
Humberto Marpegan
LA CASA PATERNA
Don Humberto Marpegán, hijo de Luis Marpegán y de Doña Mariana Pellizzari, nacido el 2 de julio de 1872 en Merlara, provincia de Padua, Italia.
Allá por el año 1852, mi padre desde muy jóven se había radicado en ese pueblito de la alta Italia, donde tiempo más tarde constituyó un hogar muy respetable, gozando del mayor aprecio de todo el pueblo trabajador agrícola de la zona, dedicándose también él a la explotación agrícola en gran escala.
De este feliz matrimonio yo fui el sexto hijo, y el segundo varón, por consiguiente era el niño mimado de todos. En ese ambiente de amor y cariño me desarrollé sano y fuerte, tal es así que a los seis años era ya el cochero de mi abuelita. Mi hermano mayor ayudaba a mi padre en la dirección de los trabajos agrícolas, y mis hermanas a mi madre, en los queaceres domésticos.
Era nuestra casa paterna un gran establecimiento con más de cien hectáreas de campo en producción. La casa se componía de dos pisos, con cinco habitaciones en cada uno de ellos. Vecina a la nuestra se hallaba la casa habitación de los empleados que requerían las distintas tareas agrícolas.
Los viñedos eran unos de los principales cultivos de la granja, con los que se fabricaban vinos de distintas calidades que se vendían por bordaleza y que eran almacenados mientras se preparaban en una habitación contigua a la casa, a la que llamábamos “cantina”, a pesar de que nunca oí cantar a nadie en ella.
[...]
Contaba yo apenas nueve años, cuando una día mientras estábamos merendando se desató un a terrible tormenta. Un cuadro tragicómico se presentaba así en tan tétrico lugar, la visión más desolarodra que se puede imaginar tuvimos a los pocos minutos, cuando al salir de nuestro circunsancial refugio observamos que don de un rato antes abundaban las flores no se veía otra cosa que las cruces peladas, y una capa de hielo, y de donde ante la vista del campo auguraba una espléndida cosecha, presagiaba en esos momentos angustiosos solo soledad y miseria. El llanto de las mujeres era incontenible. El peor el de mi madre al contemplar cómo el trabajo del año se había desvanecido en escasos minutos. De las hojas de moras no quedaban ni rastros, y para no perder del todo lo que teníamos hubo que comprar a larga distancia y a altos precios el alimentos para los gusano de seda.
Los árboles se habían deshojado, las viñas sin hojas ni uvas. Dl trigo que había comenzando a dorarse no quedaba una sola espiga, los maizales tiernos y vigorosos habían desaparecido como por encanto, el lino, la alfalfa, y todo lo demás como si se lo hubiera tragado la tierra. Todos quedamos mudos por un buen rato, y al ver que mi madre le rodaban por el rostro gruesas lágrimas no pude menos que echarme en sus brazos y confundirnos en un solo llanto.
Papá fue el primero en hablar con estas palabras: “No hay que afligirse hijos míos, alguna razón habrá para que Dios nos castigue, hay que armarse de coraje y seguir luchando si queremos remediar el mal que hoy nos apena, tenemos capital y buen crédito como para seguir adelante con la esperanza puesta en unos años de bonanza”.
La campiña vio otra vez a nuestros hombres trabajar con ahínco, empeñados en remediar las pérdidas sufridas. Pasaron tres años de los cuales tuvimos uno bueno y dos malos, por cuanto el tiempo no favoreció el buen desarrollo de la cosecha.
El colegio ya me preocupaba menos, pues ya había cumplido doce años, y como no había en el pueblo estudios secundarios, los dejé para más adelante si las cosas iban bien. Mientras colaboraba en todas las actividades de la granja. Al año siguiente todo había presumir una buena cosecha, pero intervino otro factor imprevisto e inesperado, la inundación. El deshielo y las lluvias en las altas montañas de los Alpes hicieron desbordar los ríos Adige y Frata, que corren muy cerca del pueblo. Se produjo entonces una creciente que amenazaba llevarse los puentes, diques y romper los terraplenes laterales, atrayendo la atención de las autoridades del pueblo.
En la granja se estaba trapichando uvas para hacer vino, cuando a eso de las diez de la mañana llegó mi padrino, con la orden perentoria que debíamos desalojar los elementos y animales de la granja, así como los de la casa y personas, pues en pocas horas más todo estaría cubierto por las aguas desbordadas. De nuestra cosecha solo alcanzamos a levantar el trigo y uvas cosechadas.
A unos mil metros de la casa se hallaba el canal que llevaba el agua a los arrozales que se hallaban en los terrenos más bajos. Por él comenzó a entrar el agua como un río torrentoso. Ya para el mediodía alcanzaba al patio de la casa. Mi padre con varias personas más cargó heno y alfalfa en una chata, mientras los demás familiares y empleados en un andar febril trataban de poner a salvo el mayor número de elementos y animales.
A las cuatro de la tarde se inició la evacuación, arreando los animales adelante seguidos por todos los vehículos que teníamos, tirados unos por caballos y otros por bueyes, rumbo hacia el distrito de Montagnana, mucho más alto que el nuestro. Recuerdo como si lo estuviese viendo ahora esa marcha triste y penosa con el agua hasta las rodillas. El llanto y la tristeza dibujados en el rostro de todos, especialmente en el de mis padres. En la casa donde comenzaba a entrar el agua al partir, solamente quedaba mi abuelita con un peón que la acompañara, pues fue imposible convencerla y sacarla, manifestando a nuestros requerimientos que “prefería morir a abandonar la casa”.
Al día siguiente debió ir mi padre con dos carabineros en una embarcación para rescatarla y sacarla de semejante peligro.
A raíz de esta creciente se derrumbaron en el pueblo más de ochenta finca. Era tanta la gente que huía despavorida que apenas conseguimos alojamiento para nosotros y no digamos para ubicación de los demás animales y elementos.
Recién a los diez días dejó de crecer el nivel de las aguas, alcanzando la altura de un metro sobre el nivel del patio de la casa, nivel que se mantuvo unos diez días, al final de los cuales comenzó a descender lentamente para desaparecer de la zona inundada recién a los 35 días, fecha en que por fin pudimos regresar a la finca. Hallamos todo cubierto de lodo y barro en lo que correspondía a las plantas bajas de la casa y galpones. La humedad de las paredes era insoportable y duró varios meses en desaparecer. En el patio y chacra había también gran cantidad de piedras y arena. En contraste con ello la planta alta estaba como si nada hubiese pasado, lo que prueba que las construcciones que poseíamos era de excelente calidad y resistencia.
Estas cosas no las debería referir, pues recordándolas lo único que siento es tristeza y amargura, pero sirven para demostrarles que el comienzo de mi vida no ha sido tan halagueño y me ha servido para fortificar mi espíritu y prepararme para la lucha por la vida; máxime teniendo en cuenta el vivo ejemplo de mi padre que con su fe y esperanza nos alentó a todos en la adversidad. (página 5, anteultimo párrafo)
Haré constar de paso que allí la mayor parte de las tierras eran de terratenientes ricos que vivían en la capital de la provincia, y que de las mismas se ocupaban los administradores, y que éstos no perdonaban jamás al agricultor, ni siquiera el tributo que debían pagar en alquiler; por el contrario si uno de ellos dejaba de hacerlo, le embargaban todo lo que tuviera de valor y lo dejaban en la calle.
Mi padre antes de llegar a tal situación, pensó en tomar otras medidas para no caer en tales extremos. Sabiendo que en esa época había una gran corriente emigratoria para Brasil, pensó que América sería el lugar propicio para gente que como nosotros se ocupaba de trabajos agrícolas. Era tanta la gente que emigraba a Brasil, que cada semana partían trenes enteros repletos de familias hacia Génova, puerto desde el cual embarcaban para América.
Mi padre inició las gestiones para emigrar, pero no a Brasil sino a Argentina, por consejo de algunos amigos que habían estado en San Pablo, y le transmitieron noticias de que allí existía una enfermedad incurable y grave, llamada fiebre amarilla.
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Próximo capítulo: “El viaje a América”
Nota del editor: ¿Podría decir entonces que gracias a la fiebre amarilla yo existo?
11 de junio de 2008
Lost in Translation >> Found the Translation
Las películas que amo están en una zona intermedia, o distinta, que todavía no logro definir o etiquetar (si, si, no me rompan, a mi me gusta etiquetar!). No son de sábados de super acción, ni de madres confesando su cáncer terminal a sus hijos. Son películas con un elevado grado de sensibilidad, que sin dar golpes de efecto logran dejarme altamente sensibilizado. Me dejan el nervio expuesto. Cuando termino de verlas me siento como si estuviera listo para escribir los versos más tristes esa noche, listo para besar sin usura sus pies fríos, los de ella, listo para cometer más errores, para andar descalzo a principios de primavera y seguir descalzo hasta otoño.[*]
Hay varias, no se si muchas. No se si es mi preferida, creo que si. Perdidos en Tokyo (Lost in Translation) me provoca todo eso. Podría decir que me deja erotizado, para no seguir robando palabras ajenas. Dado vuelta, invertido, con las costuras para afuera.
Ayer TNT tuvo la deferencia de pasarla, y yo el placer de verla por vez mil. Y como cada vez, su final abierto me dejó un gusto melancólico. Un sabor triste de lo que mucho quise pero no fue.
Sólo quería compartir ese secreto develado, que a partir de ahora mutará mi melancolía por sonrisas cada vez que vuelva a perderme en tierra nipón.
6 de junio de 2008
¿Acaso mi amor no vale?
Nuestra relación había llegado a una etapa en la que solo seguíamos juntos por una cuestión de descalces mínimos. No eran un descalce de pantuflas, sino más bien económico - financieros. De ofertas y demandas descalzadas. Solo era cuestión de que su oferta encontrara mi demanda, o viceversa, en el mismo momento.
[Mi oferta = separarnos, reconocer que la pareja no tenía futuro, no perder más el tiempo = Su demanda] era una ecuación latente casi desde los inicios, pero que nunca había logrado concretarse. Por motivos múltiples cuando yo hacía pública mi oferta, el mercado no era comprador, o al revés. Esto era algo que valorábamos como algo positivo en la pareja. Nos jactábamos de que era “sabia”, que tenía un mecanismo de auto ajuste. Nuestra teoría era que cuando uno de los dos atravesaba alguna crisis, cuestionando la continuidad de la relación, la otra persona automáticamente se convertía en un noble e implacable guardián, defendiendo a capa y espada “lo que teníamos”. Luego de cada embate nuestra unión creíamos se fortalecía.
Durante los últimos tiempos este mecanismo de ajuste había trabajado más de lo recomendable, hasta alcanzar el punto de fatiga. En un principio lo utilizábamos una, a lo sumo dos veces por mes. Al tiempo empezábamos a darle un uso semanal, frecuencia que respetamos por varios meses. Pero al empezar a aplicarlo a diario, con no más de uno o dos días de franco semanales, el engranaje manifestaba la sobre exigencia.
Hasta que colapsó. Nuestra última discusión de pareja empezó por un simple racimo de uvas, y transitó durante tres horas por los más diversos tallos, ramas, raíces y semillas. Nuestra preciada arma había intercambiado roles, cada uno se había puesto y quitado la armadura repetidas veces, hasta que agotados nos encontramos con la guardia baja, desnudos.
Nos acariciamos, nos abrazamos. Nos besamos, y terminamos. Sentados en el piso de la cocina, con el mueble bajomesada como respaldo nos dejábamos estar. Abatidos por las tres horas de lucha gratis. Nuestros cuerpos fatigados descansaban pegados. Nuestros hombros se tocaban, pero solamente como apoyo. Ya no queríamos seguir discutiendo, no nos queríamos seguir lastimando, por que a pesar de todo nos queríamos. Pero reconocimos que eso no era suficiente, que teníamos demasiadas diferencias como para seguir construyendo. Que esas diferencias no nos complementaban, solo sabían de divisiones y restas.
Quedamos así durante varios minutos. Mi mano sobre la suya, y las dos sobre su pierna. Pero cada uno consigo mismo. Mirando fijo hacia adelante, observando su propia película. Ya no estábamos enojados. Estábamos tristes. Empezábamos el duelo que no queríamos hacer. Empezábamos a despedir el proyecto que ya no sería.
Era doloroso reconocerse. Pero era sabio. Sí era verdaderamente sabio y valiente reconocer que nuestra última bala, la de plata, no había acertado en el blanco. Yo 36, ella 34. Ambos con varios parejas interruptus en el prontuario. Era sabio reconocer que nuestros deseos de concretar un proyecto sobre la hora estaban cegando nuestra capacidad de determinar si el mismo era genuino, si se construía sobre bases sólidas. Era sabio reconocer que nuestra pirámide estaba invertida, que crecía, pero inevitablemente un ladrillo no compensado la haría caer.
¿Dos años desperdiciados? ¿Habíamos apostado los años más caros de nuestras vidas en la decena perdedora? El síntoma manos y bolsillos vacíos tomó todo nuestro cuerpo.
De pronto tuve un pálpito. Una visión, una certeza. Busqué en los bolsillos de mi pantalón, revolví bolsos guardados, hurgué en los bolsillos de todos los sacos y camperas del placard. Junté todas las fichas que me quedaban, cambié la decena, y las puse todas en el 2, a semipleno.
- Luli tengamos un hijo - le dije convencido. Ella despertó asustada de su letargo.
- ¿Pero vos te volviste completamente loco? Estás desvariando. No hace diez minutos que dijimos de separarnos y ahora me salís con esta ridiculez?
- No es una ridiculez.
- ¿Ah no? Por favor, cortémosla de una vez. No sigamos con este mecanismo pelotudo. Nuestra relación llegó a un punto en el que es indefendible. No quiero seguir sufriendo por algo que no tiene futuro. No podemos seguir juntos. ¿Que te pensás, que por que tengamos un hijo las cosas van a cambiar, que todo va a mejorar? ¿Cuanto te crees que va a durar ese engaño? No seas ingenuo Nicolás.
- Pero yo no te digo que sigamos juntos. Solamente te propongo tener un hijo juntos.
Luli se da vuelta para mirarme bien. No podía creer que le estuviera hablando en serio, y lo quería evaluar de frente. Estaba atónita. No sabía qué responderme, por su mente debían pasar las ideas más dispares. Yo la seguía mirando. “No te estoy cargando” decía mi cara.
- Ya sé que no podemos seguir juntos. Que somos muy diferentes. Y la realidad es que si no nos separamos mucho tiempo antes es por que los dos tenemos el mismo proyecto, las mismas ganas de formar una familia. Yo ya sé que eso no va pasar entre nosotros. ¿Pero por que no tener un hijo juntos? ¿Cuantos padres se divorcian y crían a sus hijos sin ningún problema?
- ¡Pero eso es un accidente Nicolás! Nadie planea primero divorciarse y después tener un hijo. Un hijo es fruto del amor entre los padres, no es su capricho.
- Ya se Luli que no es lo ideal, pero yo soy hijo de padres separados. Y no me acuerdo de mis padres juntos, para mí siempre estuvieron separados. Y lo que importa es que los dos me querían. Te juro que no me trajo ningún conflicto el que no estuvieran juntos. Por que fue siempre así. Mis padres nunca se separaron, por que siempre lo estuvieron. No hubo cambio, no hubo crisis.
Yo estaba convencido de que no era una locura. Entendía que era un planteo extraño, atípico al menos. Luli nunca hubiera esperado una propuesta como esta. Pero después del asombro inicial empezaba a escuchar mis palabras.
- ¿Acaso vos no te morís por ser mamá, por tener hijos, criarlos, darle todo tu amor?
- Ay Nico, pero me parece una locura!
- Mirá, yo sé que vos serías la mejor madre del planeta. Que morís de ganas de tener un hijo. Yo también. Es lo que más quiero en el mundo. ¿Cuantos matrimonios conocés que son pésimos padres, que tienen varios hijos, y que después se separan? Y al final los hijos tiene malos padres, y encima separados. Es más, una de las cosas más traumáticas que viven los hijos de padres separados es la separación misma, tener que ver cómo sus padres confrontan, se pelean, se lastiman. De esta forma hasta le evitaríamos esa etapa, por que nuestro hijo nacería con sus padres separados, je.
Luli me mira, seria, pero yo sé que se contiene. Sé que por dentro un poquito se sonríe, pero no me lo quiere mostrar. Todavía no puede creer lo que le propongo. Pero del “te volviste loco, es una ridiculez” a este silencio como respuesta hay un avance.
- Si, está bien, pero no podemos ser tan egoístas. No podemos traer un hijo al mundo solo porque nosotros queramos tener un hijo.
- ¿Y por que no?
- Por que no Nicolás, ya te lo dije. Un hijo tiene que ser fruto del amor de sus padres. No es algo que cuando uno tiene muchas ganas de tener va y se lo compra en el super.
- Bueno, eso por desgracia para vos, que vas a ser la que lo tenga que parir.
- Ay que estúpido! – y me pega abajo del hombro una cachetada risueña. Casi cómplice.
- Luli vos tenés razón en que para un hijo también es importante tener a sus padres juntos y sentir que se quieren. Pero esa es una situación ideal. ¿Y cuantos casos conocés de esa situación perfecta? Yo muy pocos. La mayoría de las veces los padres no se quieren y siguen juntos por inercia, o no se quieren y se separan. En cualquiera de los dos casos te aseguro que los hijos sufren muchísimo más que en una situación como la que yo te propongo. ¿Acaso vos dudas del amor que vos o yo tendríamos por nuestro hijo? ¿Te parece poco eso? Creeme que es mucho, y más de lo que la mayoría de los hijos tienen.
- No se, pero es muy raro, es todo muy raro. ¿Cómo lo tendríamos? Digo, ¿cómo lo encargaríamos? Por que si vamos a estar separados... no vamos a estar acostándonos solo para que yo quede embarazada.
- ... esos son detalles técnicos, je.
- Si, si, detalles técnicos... en serio te digo. Por que hacer inseminación artificial cuesta carísimo...
- Bueno, vos sabés que yo no tengo un mango y que estoy siempre dispuesto a brindar mis servicios.
- Jaja, que estúpido. – y vuelve a abofetear mi brazo con su mano risueña. En su boca ya se escapaba tímida una sonrisita.



Red Fish, the beginning.