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24 de agosto de 2008

Los Pediculosos

Recién al verlo, de espaldas y a lo lejos, advirtió que era la primera vez que se encontraba con Ramiro fuera de la oficina. Tenía un traje gris oscuro, casi negro. Pensó que él no tenía ningún traje negro, que los trajes negros eran para actores de televisión o gente grasa, pero que de todas formas le gustaban, que en ningún momento se había planteado la posibilidad de ponerse traje, y que debería haberlo hecho. Miró a su alrededor, y distinguió varios hombres de ambo, pero no todos, ni siquiera la mayoría. Pensó que ya no era una obligación social ir tan formal a los entierros, que ya la gente ni siquiera va a trabajar de traje, salvo en algunos bancos. Volvió a mirar a Ramiro. Observó que con el cuello de la camisa el pelo de la nuca parecía más largo. Intentó acordarse cómo iba vestido todos los días a trabajar para que no notara el largo de su pelo, recordó que en su colegio secundario no le dejaban usar pelo largo y que no podía sobrepasar el cuello de la camisa. Siempre había tenido problemas con  su pelo en el colegio, o por querer tenerlo largo, o por tener piojos, siempre que revisaban cabezas le encontraban. Intentó recordar con qué palabra sofisticada también se solía hablar de los piojos, no la recordó, pero sí que le parecía graciosa, y que además se aparecía a la palabra tuberculosis. Se preguntó si Ramiro habría tenido piojos cuando era chico, por que tenía mucho pelo, como él. Mientras le miraba la nuca, a unos ocho metros y diez bancos de distancia, escuchó al cura nombrar a Ramiro. Pero no se refería a su compañero de trabajo, sino a su padre, el finado. Pensó que no le gustaría llamarse igual que su padre, que tampoco le pondría Gonzalo a su hijo, que no le gustaban los nuevos nombres de moda, en que no le venía ninguno a la mente en ese momento, solo nombres de mujer como Mía, Luna, Olivia, Abril, Zoe, India o Ema. Decidió que Ema sí le gustaba, de hecho si tuviera que elegir nombre para su hija la llamaría así. El cura seguía hablando, pero no podía prestarle atención. Nunca prestaba atención a lo que los curas dicen en sus discursos. Lo dicen de memoria pensó, y se preguntó si sentirán lo que dicen, si el resto de la gente lo estaría verdaderamente escuchando, o si sólo estarían haciendo silencio. El cura terminó de hablar, se dio media vuelta y se fue. Ramiro y otros familiares rodearon el ataúd, lo tomaron de las manijas y lo empujaron por el pasillo de la capilla. Gonzalo no sabía bien qué hacer con su mirada. Pensó que las veces que estuvo al borde del pasillo de una iglesia fue siempre para un casamiento, donde todos buscan la mirada triunfal de los novios. Pensó que si llegaban a cruzar sus miradas con Ramiro no sabría cómo reaccionar, ¿qué gesto pondría?, ¿lo saludaría?, ¿sonreiría? ¿le diría “lo siento mucho”? Con ninguna de estas opciones se sentía cómodo, pero si Ramiro llegaba a levantar la vista y mirarlo, y justo lo encontrara con su vista perdida seguramente no le gustaría. Dio dos pasos hacia atrás y se retiró de la primera línea, para evitar ese cruce incómodo.
Pasó el cortejo sin incidentes y se alineó solo al final, con la vista en el piso. Había bastante gente, caminó entre medio del pelotón observándolos. Pensó en cuántas personas asistirían a su entierro, en cómo se enterarían sus amigos de su fallecimiento, sobre todo aquellos con los cuales no tiene un contacto cotidiano. Probablemente los más cercanos se enteren de primera fuente, ya que quizás alguno de sus amigos esté con él en el momento de su muerte, incluso hasta podría morir con él. Pensó en quién le gustaría que muriera con él, en si compartirían el entierro, en quien llevaría más gente. Todavía no podía resolver la cuestión de cómo se enterarían los amigos no tan cercanos, que aunque no los ve tan frecuentemente les tiene mucho aprecio, y le gustaría compartir ese momento con ellos. Se le ocurrió que si tuviera una agenda telefónica de las viejas, las de papel, su madre pasaría hoja por hoja, siempre mojándose la yema de su dedo, y los llamaría a todos, aunque la realidad es que lo mismo podría hacer con su teléfono celular, donde tenía guardados todos los teléfonos, salvo que su muerte fuera en un accidente muy violento en el cual hasta  el aparato quedara destruido, pero de todas formas podría utilizar el chip y ponerlo en otro teléfono, aunque no sería tan sencillo por que si mal no recordaba él y su madre tenían distintas compañías de telefonía celular, por lo tanto necesitaría desbloquearlo para poder usarlo. Pensó en quién de sus más cercanos tenía su misma empresa de celular, pero aunque no lo sabía, no dudaba de que alguno la tendría. De hecho no era una mala idea averiguarlo, no por esto, sino para agregarlo en su plan de telefonía como un número amigo y pagar más baratas las llamadas. Pensó que estaba pagando demasiado de teléfono celular, que seguramente en Estados Unidos o en España debía de ser mucho más barato hablar por celular, en que era sumamente injusto que en un país donde la gente además de ser más rica pague más barato los servicios, con lo cual era doblemente más rica, pero que son menos afectuosos que en Argentina, que cuando uno realmente necesita de un amigo no tiene con quien contar. Se preguntó si de acuerdo a esta lógica en España o en Estados Unidos los entierros serían menos concurridos. Pensó en los entierros de las películas, y notó que por lo menos en Estados Unidos los cementerios siempre tienen árboles, que las mujeres usan guantes negros largos, que la caravana de autos estaciona en la calle a no más de cien metros de la tumba, que quizás en Estados Unidos los cementerios estén atravesados por calles públicas por que han de ser lugares públicos, lo cual avalaba la teoría de que tenían más plata y además pagaban menos por  los servicios. Le agarró la duda de cuánto habrán pagado por enterrar a Ramiro Padre en un cementerio tan lindo como ese, de quién se habrá encargado de hacer todos los arreglos, de si habrán comparado precios, de si uno tendría ganas de ponerse a averiguar precios, de cómo reaccionaría uno si pensara que el precio que le piden es un abuso, de si tendría energías como para negociarlo.
Llegaron al lugar donde lo enterrarían. La gente formó un círculo al rededor de la tumba. Empleados del cementerio colocaron el ataúd sobre el mecanismo que lo descendería, repartieron flores a la primera fila del luto, y comenzaron a bajarlo, en silencio. Luego de que el primero arrojara su flor al cajón que desaparecía el resto lo imitó, en silencio. La madre, Ramiro y su hermana rompieron en llanto. Se abrazaron, en silencio. Gonzalo pensó en su padre, se imaginó a él en el lugar de su amigo, siendo su padre el que se sumergía a la tierra, y con esta imagen sumada al lamento de Ramiro, no pudo evitar que su rostro se frunciera en un pequeño espasmo de llanto. Esta imagen desapareció instantáneamente al advertirse llorando en un funeral ajeno y rápidamente limpió el gesto afectado de su cara. Pensó que si bien a nadie podía llamarle la atención verlo llorar en esa situación, le invadió la culpa de estar derramando lágrimas por alguien que además de no estar ahí ni siquiera había muerto.
Los familiares comenzaron a recomponerse de su congoja, y los seres queridos se les acercaban de a uno a abrazarlos. Nuevamente le llamó la atención la similitud de ese momento con aquel en el cual la gente se acerca a saludar a los novios al final del casamiento. Pensó que debía acercarse a abrazar a su amigo, ya que hasta el momento no habían tenido ningún contacto. Se puso en la fila, detrás de dos o cinco personas, según el orden y la dirección hacia la cual Ramiro saludara. Esperó algunos segundos, hasta que le llegó su frágil y poco claro turno. Por supuesto tuvo que permitir que una señora le arrebatara el saludo. Pensó que debía ser de esas mujeres cincuentonas que en el colectivo o subte son capaces de atropellar, pisar y golpear a cualquiera con tal de conseguir un asiento. Finalmente sus miradas se encontraron, Gonzalo todavía no sabía bien qué hacer o qué decir.
-         Gonza! Gracias por venir, en serio, no tenías por que venirte hasta acá.- Le dijo mientras se daban un fuerte abrazo.
-         Cómo no iba a venir. – Respondió Gonzalo, agradecido de que su amigo hubiera dicho la primera frase, para que entonces a él no le quedara más que responderle su agradecimiento.
-         Gracias, en serio, muchísimas gracias.
-         No, que gracias. – Fueron las últimas palabras que se dijeron mientras duró el abrazo. Gonzalo pensó en que había otra gente detrás de él esperando su turno, y que a él ya se le había acabado el tiempo lógico de saludo. Lo miró a los ojos y supuso que su amigo, si bien le seguía agarrando los dos brazos en un semi-abrazo, ya quería dar por terminado el saludo y proseguir con el siguiente. Así que se apresuró en finiquitar el asunto y le dijo: “Bueno loco, suerte, cuidate” mientras le apretaba con mayor intensidad el brazo. Se dio media vuelta y abandonó el lugar.
Dio no más de dos pasos y se preguntó si de verdad le había dicho “suerte, cuidate”. No estaba seguro, o en realidad si lo estaba, pero quería pensar que quizás le había dicho algo menos estúpido. Suerte con qué pensó, ¿y que se cuide de qué?. ¿Suerte con sobrellevar la muerte prematura y repentina de su padre? ¿Que se cuide de que no se le muera otro familiar, de que se muera él, de qué? Se sintió un verdadero idiota, y no podía parar de mortificarse con sus palabras poco apropiadas. Y como para aumentar más aún su martirio recordó que su infeliz frase había comenzado con “Bueno loco”. ¿Por qué le habría dicho loco si jamás de los jamases lo había llamado así?
Se subió al auto, sintiéndose un perfecto idiota, odiándose, odiando los funerales. Decidió nunca más volver a uno. Salvo que fuera el de su padre, o el de su madre, o el de cualquier familiar o ser querido. O el suyo, claro. Pero en ese caso no se sentiría incómodo, sabría perfectamente lo que tendría que hacer. Pediculosis recordó, pediculosis era la ridícula palabra que usaban en el colegio para referirse a los piojos. ¿Habría sido Ramiro un pediculoso como él?

7 de agosto de 2008

3 Grados de Separación con una leyenda

Existe una ley urbana llamada SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN. Más que una ley diría que es una hipótesis. Yo no la conocía sino hasta hace poco tiempo. Esta ley dice que entre cualquier persona del mundo y uno, hay una cadena de conocidos de como máximo 6 personas:

Yo (1) conozco a 2 > 2 conoce a 3 > 3 conoce a 4 > 4 conoce a 5 > 5 conoce a 6.


No conozco los fundamentos de esta ley, pero podría decir que parte del razonamiento de que los eslabones 3 y 4 son personas famosas y públicas. Entonces, por ejemplo entre una persona en Kenia y yo, se podría decir que yo seguramente conozca alguien que conoce por ejemplo al presidente (o ex) de Argentina (eslabón 3). Este presidente conoce al presidente de Kenia, y desde ahí la cadena baja de igual forma hasta cualquier persona en Kenia. En fin... quien puede comprobarlo no?

Como para hacer un poco más interesante esta ley urbana, disparo la siguiente pregunta:
¿Cuántos grados te separan de una leyenda?

En mi caso, creo que el menor grado de separación del que puedo dar cuenta es tres. Por supuesto que habría que definir qué es una leyenda. Digamos que una leyenda es un nombre, un concepto que trasciende a la persona. Por ejemplo, el Che Guevara es una leyenda, por que es mucho más que Ernesto Guevara Lynch. Kurt Kobain, Carlos Gardel serían leyendas. Claro que ahora que puse estos ejemplos mi leyenda parece un chiste, pero bueno, convengamos que no se si existen muchas leyendas más trascendentes que el Che. También se podría decir que una leyenda es para la mayoría una historia conocida, que trascenderá sus días sobre la tierra.

Y la leyenda con la cual yo tengo solo tres grados es Pototo. Ya se que se preguntarán quien chuchas es Pototo!!!
Pototo es el amigo de Luis Alberto Spinetta, sobre el cual compuso "Tema de Pototo" con su grupo Almendra.

Pototo es el padre del ex novio de mi mujer. Pototo y Spinetta eran compañeros de colegio. Luis Alberto no había podido ir a su viaje de egresados, mientras que Pototo si. Durante este viaje, hubo un increíble error por el cual le dijeron a los padres de Pototo, que su hijo había muerto en un accidente. Luis Alberto se enteró de esta fatalidad, y este pésimo entendido duró 24hs, el tiempo que le tomó a él escribir "Tema de Pototo" pensando en su desaparecido amigo.
La verdad que ni conozco el nombre real de Pototo, pero no tiene importancia, por que la leyenda la creo e inmortalizó espineta. Pototo es el del Tema de Pototo, que es lo que importa.

Buena historia no? Una leyenda, o una anécdota si lo que te separan son solo 3 grados. Los dejo con Pototo.


Para saber como es la soledad
tendrás que ver que a tu lado no está
quien nunca a ti te dejaba pensar
en donde estaba el bien,
en donde la maldad.
La soledad es un amigo que no está
es su palabra que no ves llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti
tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Al observar como muere la flor
tu verás que también muere la paz
es que esa paz revivirá en su voz
la flor te la dará para plantarla igual.
La soledad es un amigo que no está
es su palabra que no ves llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti
tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Tema de Pototo - L. A. Spinetta

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