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26 de diciembre de 2008

Red Holidays



Posta, que eu falo bem portugues!
Beijos desde Pipa ate o dia 16 de Janeiro.
RF

15 de diciembre de 2008

Playa Invierno


Ernesto mira sus pies: tierra en sus dedos. Costras. Por un instante podría haber dudado. No se detuvo. Podría haber sentido las grietas bajo su piel, de un lado y del otro, del suelo y su carne. Aquellas las ve pero no las nota; éstas ni lo uno ni lo otro. Se levanta y vuelve. Podría estar cada vez más cerca... O más lejos.

¿Hay agua?

No

¿Cuándo viene Rubén?

No sé.

Mañana a más tardar tendrías que vender las que están quedando. ¿Cuántas son?

No sé. Cuatro.

Quería ayudarla pero no sabía por dónde empezar. No era mi intención lastimarla. Sentía vergüenza por haberla golpeado. No me disculpaba. No limpiaba su nariz. Mabel fue a la cocina. Dejó la sangre salpicada en el piso. Para que no olvidara, dijo. Me imaginé acariciando las gotas todavía húmedas: era como tocar su cara, o pedirle perdón. Permanecí inmóvil. La sangre secó y se hizo costra, como todo en Playa Invierno. Ella abrió la canilla. Cayeron sus lágrimas, un poco de tierra y un llanto huérfano. Volvió. No hay agua hijo de puta ¡No hay agua! ¡Las cabras se pudren! ¡Yo me pudro, hijo de una gran puta! Le pegué, con la misma fuerza que hubiera querido que alguien me pegara.

Llegó Rubén. Dejó seis litros de agua a cambio de tres cabras; ya que no necesitaba más. Ernesto enterró las dos restantes y a Mabel, antes de que el olor fuera insoportable. Racionó el agua para las cabras y para él. Tomó mate, cenó y durmió. Asistió el parto de cuatro cabritos. Degolló uno sabiendo que ahora la mitad se pudriría . Pensó en Mabel. Le miró los pies. También tenían costras.

4 de diciembre de 2008

La historia de Tze Ming Pei

Si bien la leyenda de Tze Ming Pei trascendía la región de Yingzhou a casi toda China, era difícil encontrar alguien que pudiera dar testimonio directo de sus proezas. Se decía que esta sabia mujer hacía cumplir cualquier tipo de deseo, que el precio era extremadamente elevado y que no había posibilidad de arrepentimiento. Quién se presentaba ante ella, por el simple acto de ingresar en su casa, incluso antes de pronunciar palabra, quedaba obligado a honrar el pago. Aquel que no quisiera escuchar el precio, o decidiera no pagarlo, sufriría peores tragedias que la muerte.

Ho Xukung era el primogénito del emperador Zhu Kai de la dinastía Zung. Al morir éste, quedaba como único heredero, al cuidado de su tío. Se convertiría en emperador al cumplir los 23 años, sólo si para entonces estaba casado.

El joven creció fuerte y sano. Al cumplir 22 años había recibió y asimilado toda la educación protocolar para cumplir sus funciones; pero no había contraído matrimonio. Esta situación preocupaba en todos los niveles del imperio, ya que si no lograban coronar al emperador, serían destituidos por la dinastía Ruan.

Entre los 18 y los 22 años, Ho Xukung tuvo cinco jóvenes mujeres con las cuales proyectó pero nunca concretó matrimonio. A dos meses y medio del noviazgo todas escapaban. Desaparecían sin dejar rastro.

Tres meses antes de cumplir los 23 su tío le contó la leyenda de Tze Ming Pei. “Hubiera preferido que distinto fuera el camino, pero es la última opción, hijo”, le dijo aquella mañana. Ho, sabiendo del peligro que significaba acudir a ella, aceptó.

Caminó solo a pedir por una esposa. La mujer lo esperaba sentada en el pequeño jardín de su casa.

- Ho Xukung, ¿eres conciente de lo que esta visita significa? – le preguntó mientras se abanicaba.

- ¿Cómo sabe mi nombre?

- Sé tu nombre y varias cosas más. Te esperaba. Todavía estás a tiempo de casarte antes de cumplir los 23. Dentro de quince días conocerás a tu esposa: Ling Tzu.

Ho estaba sorprendido por lo que sabía de él. Pero el problema no era simplemente encontrar una mujer la cual casarse.

- Si me permite, hay algo más que quisiera decirle. Es sobre mis anteriores noviazgos, las desapariciones. Yo... No se bien por qué, pero...

- Las mataste. – Anticipó la mujer.

- Si. No sé por qué lo hago. Siento que no soy yo el que las acuchilla.

- No llores. No es tu culpa. Tu madre quedó embarazada de ti a los 15 años. A los dos meses y medio de gestación introdujo una daga por su vientre. Tu padre la detuvo y en cuanto naciste la desterró. Ahora deberás encontrarla y matarla. De esta forma no repetirás la historia con Ling Tzu. Ahora vete, no me siento bien.

- Pero ni siquiera sabía que tenía madre, ¿cómo voy a encontrarla?

Tze Ming Pei recostó hacia atrás su cabeza y ya no volvió a hablar. Ho regresó al palacio a pedir ayuda a su tío. Le preguntó sobre su madre pero él tampoco la había conocido. Al no existir rastros, el joven se sintió relevado de su condena.

A los quince días se presentó en el palacio una familia aristocrática amiga de su tío para ofrecer a Ho Xukung su hija de 16 años como esposa. Era Ling Tzu. El heredero se enamoró instantáneamente de su piel blanca y no dudó en aceptarla en matrimonio. La boda sería el mismo día de su cumpleaños, dos meses y medio más tarde.

Durante los siguientes setenta días vivieron una pasión sin tregua, mayor a cada instante. Hasta que, faltando poco para su cumpleaños, recordó las palabras de Tze Ming Pei. No quería que nada malo le sucediera a su prometida. Sintió miedo. Sabía que la única forma de evitar la catástrofe era obedecer el mandato de matar a su madre. Pero los días pasaban y no encontraba quién le pudiera decir algo de ella. Era como si nunca hubiera existido.

Llegó su cumpleaños y casamiento sin que pudiera resolver el misterio. Despertó en tal nivel de agonía que durante varios minutos pensó en quitar su propia vida, antes que la de su amada. Decidió regresar a ver a Tze Ming Pei y explicarle que si no cumplía con su parte del trato no era por falta de voluntad o dedicación.

- Si no la has encontrado es por que no supiste buscar. Tienes hasta las 12 del medio día, hora en la que naciste. Si no la has matado entonces, asesinarás a Ling Tzu. Serás juzgado por ello y te amputarán los dos brazos.

Ho escuchaba las palabras de la mujer al límite de la desesperación. Ya no había tiempo de encontrar a su madre, y no estaba dispuesto a a perder a su enamorada. En un arranque desenfrenado desenvaina su daga y mata a Tze Ming Pei.

Regresa al palacio y se calza el traje de fiesta. A las 12 del medio día besó a su esposa.

26 de noviembre de 2008

El Codo

Hace un año Joaquín sumaba un motivo más para odiar las Navidades. Hasta entonces sólo detestaba reencontrar a su familia. Se sentía obligado a justificar que su año no había pasado en vano una vez más. Poco le importaba saber qué era de la vida de sus primos y tíos, pero no tenía más remedio que preguntar. Peor era contar qué era de la suya.

Tres o cuatro meses antes de fin de año empezó a planificar su racconto. Repasó mes a mes buscando acontecimientos mínimamente dignos para magnificarlos y anotarlos en su anuario. No tenía pruritos en tomar vidas ajenas a falta de una propia. Mujeres hermosas y éxitos laborales eran sus préstamos más corrientes. Llegado el 15 de diciembre tenía su collage terminado y estudiado. 

Joaquín tenía veintidós años, vivía con sus padres y aun hablaba como un adolescente perturbado: con monosílabos. “Más o menos, en realidad nada serio” era su respuesta más extensa. Esto permitía a su interrogador completar a su gusto los espacios vacíos. “Me parece genial, no estás en edad de tener una novia formal, hacés bien che, si yo tuviera 22 haría lo mismo, saldría con todas las minas que me dieran bola.” Joaquín asentía. Jamás revelaba detalles de la historia que había armado. Sólo necesitaba tenerla de respaldo, para que nadie notara que su más o menos, en realidad nada serio era una fachada. Si su torturador llegaba a acorralarlo, podría relatar una historia sólida, sin fisuras.

Al tormento rutinario y controlado de todos los años, la Navidad de 2008 agregó una persona que provocó que la miseria de ese día apestara el resto de los 364. Marina, una de sus primas mayores que tendría entonces unos treinta años había vuelto de Madrid. De chicos, Joaquín y Marina habían compartido varias vacaciones. A pesar de la diferencia de edad les gustaba pasar el tiempo juntos. Se tenían un cariño especial. Catorce ella y seis él o dieciocho ella y diez él. La relación evolucionaba, pero nada cambiaba. A Marina le gustaba sentirse una madre protectora y Joaquín creía estar enamorado de su prima. Hace diez años se fue a España y desde entonces no supo más de ella.

Ni bien entró a la casa de su tío Alberto se vieron. Marina estaba hermosa, con su abundante pelo rubio, ondulado y largo casi hasta la cintura. Voluptuosa, tetas perfectas, una piel que daba envidia, alta, un culo que hasta con un jogging tres talles grande se vería sensual. Se abrazaron al grito de “¡primo!” y “¡prima!” durante varios segundos. Sintió sus pechos duros aplastarse contra el suyo. “Qué bien le quedaron”, pensó.

-         ¡Qué lindo estás primo! ¿No te parece? – le pregunta al hombre que la acompañaba, quien no soltaría la mano por el resto de la noche. Él lo mira y sonríe tímido. – Perdón, los presento: Borja, mi novio... Joaquín, mi primo preferido.

Borja era lo que Joaquín pensaba del novio perfecto. Facciones delicadas pero masculinas, alto pero no tanto, espalda proporcionada, fibroso. Las venas sobresalidas de sus antebrazos denotaban que bajo la remera tenía un cuerpo tallado, sobre el cual se podría señalar a punta de regla cada músculo que lo componía. Cuando sonreía sus ojos se achinaban, sus dientes brillan: sonrisa genuina y contagiosa. Voz grave y serena. Transparente, inmaculado. El novio perfecto con la prima perfecta.

Compartieron con Joaquín la misma mesa. Marina y Borja no se separaron en toda la noche. Esto lo puso muy incómodo. Su presencia, la de él, lo inhibía, lo ponía nervioso. Casi que tartamudeaba. Evitaba mirarlo, solo le hablaba a su prima. Pero él jamás le soltaba la mano. Sentía ganas de cortársela. “¿Es necesario que estén todo el tiempo pegoteados? Ya todos entendimos que se quieren...” pensaba mientras simulaba escucharlos. Además de atractivo Borja era extremadamente carismático. Con su acento español contaba historias y la mesa entera lo escuchaba. Lograba que rieran cuando lo disponía. Estaban fascinados. Cada tanto se miraban. Sus ojos brillaban, los de ella, y sus ojos reían, los de él. Joaquín sentía unos celos furiosos.
La noche terminó sin mayores sobresaltos. Marina y Borja volverían a Europa para Año Nuevo, y otra vez perderían contacto. Joaquín no podía dejar de pensar en su prima y ese novio perfecto. Recordó lo enamorado que estaba cuando niño. Sentía que algo similar le pasaba ahora. 

Los días y los meses pasaron y seguía pensando en ella. Aunque lo intentaba no podía quitarlo a él de sus pensamientos. La frustración y la impotencia de tener un amor prohibido, le quitó las ganas de todo. Salía de su cuarto para ir a la facultad y regresaba. Había perdido todo interés en las mujeres. No entendía bien por qué, simplemente no las encontraba atractivas. Ninguna estaba a su altura. Ninguna tenía su sonrisa, su carisma. 

Y poco más pasó en el año. Aceptó los antidepresivos que le ofreció su madre, hasta que llegó diciembre. Tenía miedo a preguntar y, tangencialmente, sacaba el tema.

-         No sé quiénes somos este año. Los de siempre me imagino.
-         Ah. No... Bueno, el año pasado también estuvo Marina.
-         Si. Pero no se si vendrá este año de nuevo. ¿Por qué?
-         No. Para saber.
-         ¡Rodo! ¿Sabés si este año también viene Marina para Navidad?

El padre desde el living respondió que sí. Como hacía mucho tiempo su madre lo vio sonreír. Joaquín se levantó y corrió a su cuarto. Estaba agitado, podía contar sus pulsaciones con solo mirarse la muñeca. “¿Vendrá con Borja o sola?”. No se atrevía a preguntarlo. No quería.

Como nunca antes ayudó a su madre a preparar salsas, ensaladas, a cortar el pollo. Descargaba su ansiedad en los preparativos, ya no soportaba quedarse en su habitación.

Finalmente llegaron a lo del tío Alberto. Dejó entrar primero su madre, después a su padre, y luego él. Quería disfrutar lo máximo posible la adrenalina de lo incierto. Marina estaba de espaldas, conversando con tíos y primos. Sola. Hermosa como siempre, con sus uñas largas y perfectas, con ese pelo brillante, envidiable. Se saludaron con un abrazo reparador, queriendo compensar los días sin verse. Sus tetas seguían duras, en su lugar. Durante un tiempo inacabable hablaron nimiedades. Ella no hablaba de él. Él no se animaba a preguntarle por él. Empezaba a creer que efectivamente estaba sola. Nada le interesaba sobre la repercusión de los artículos que había escrito, ni los premios ganados. “¿Ya lo viste a Borja?”, pregunta ella. Se queda mudo, niega con la cabeza y empieza a ver a su prima desenfocarse. Cierra los ojos y los vuelve a abrir, seguía viendo nublado. Le empezó a costar respirar bien. Siente su cabeza pesada, caer hacia atrás, y su cuerpo sin fuerzas para sostenerla. “¿Joaquín estás bien?”, le pregunta ella al verlo pálido. “Sí, sí. Estoy bien. Mejor voy a mojarme un poco la cara.” Va hacia el baño, todavía mareado. Abre la puerta y entra. Al cerrarla lo ve a Borja lavándose las manos. Se miran. Joaquín se quedó duro con los brazos detrás suyo, aferrado a la manija de la puerta. Borja incómodo, al notar que el primo de su novia no reaccionaba, ni pedía perdón, ni se iba al ver el baño ocupado, lo saluda. “Hola...”, no recordaba su nombre, y Joaquín no respondía. Se empezó a agitar. Su corazón le golpeaba las rodillas. “¿Te sientes bien? ¿Necesitas que te ayude con algo?”. Él no respondía, pero empezaba a sentirse mejor. Su voz suave lo tranquilizó. “No, no. Un poco mareado, pero estoy mejor... hola Borja”, le dice mientras sonreía. Él le devuelve la sonrisa, achina sus ojos. Él los ve brillar. “Ven, te acompaño a buscar un vaso de agua o algo fresco, el calor te debe haber hecho mal”, y lo toma del codo para guiarlo de salida. Joaquín mira su mano, sobre su brazo. Mira las venas de su brazo, imagina su pecho bajo la remera, lo piensa desnudo. Lo mira a los ojos, le agarra la mano. Quiere besarlo. “Ya estoy mejor, te agradezco. Me lavo un poco la cara y salgo.”, le dice, y Borja sale. Moja su cara. Se mira al espejo. Se siente mejor.

30 de octubre de 2008

Quinto piso

Cuando la distancia que separa la vida y la muerte es de tan solo dos milímetros, el tiempo se detiene. Cuando la decisión de recorrer ese espacio mínimo y terminar de asfixiar a Sonia está en mi mano derecha, la sensación de poder abruma. Así estábamos: su garganta y su respiración entre mis dedos.
Podría asegurar que era mayor la sorpresa de Sonia por mi exabrupto que por la gravedad y riesgo del asunto. Si hubiera sospechado que yo en ese momento era capaz de matarla tal vez habría intentado golpearme. Sin embargo se quedó mirándome inmóvil. Pensó que con su mirada podría dominarme como de habitualmente lo hacía. Pero esta vez no, puta. Ya estaba ahí, no podía retroceder, soltarla como si nada. Si lo hacía, en el instante en que recuperara su respiración empezaría a gritarme o pegarme. De sólo pensarlo me enfurecía y mi mano se tensaba. Ella seguía sin reaccionar, cómo un gato agazapado, concentrando fuerzas en sus patas posteriores, esperando el momento de dar el salto. Estaba convencida de que el momento de saltar llegaría. Veía en sus ojos que a medida que menos aire entraba en sus pulmones, más energía acumulaba en sus entrañas.
Nunca quise o planeé matarla, pero la situación me dejaba poca alternativa. Los segundos pasaban eternos, me costaba pensar con lucidez, pero mi mano no cedía. Sentí pánico por el después si es que la mataba; pero estaba cómodo estrenando ropa nueva. Jamás había tenido una situación tan claramente bajo mi control. Quería que durara por siempre, pero debía decidir si la dejaba vivir o morir.
Un placer punzante subió por mi estómago y sonreí. Entonces vi la cara de Sonia desfigurarse de furia. Se aferró a mi brazo con sus dos manos, buscando zafarse. Me pegó espasmódicamente en el pecho, en la cara, en el estómago. Me pateó en los tobillos, en las rodillas: creo con las dos piernas al mismo tiempo.
No sentía ninguno de sus golpes. Un caballero del siglo XV con su mejor armadura, se vería desprotegido en comparación con el ego que ahora resguarda mi cuerpo. Mi cara irradiaba luz. Su piel envejecía años en instantes.
Satisfecho por mi descubrimiento opté por no matarla. Abrí mi mano y su cuerpo se desplomó. Muerto. Permaneció durante varios segundos en el piso recobrando el aire; y una larga lista de carencias. Juntó el mínimo de fuerza y se arrodilló. Todavía sin mirarme y con la vista en el suelo gateó hasta la esquina de la habitación. Apoyándose en la pared logró pararse. Puso su mano izquierda en el marco de la ventana y subió la rodilla derecha. Se detuvo unos instantes y subió la otra. Quedó en equilibrio en el filo de la ventana. Se agazapó, se convirtió en gato y saltó.

17 de octubre de 2008

Su amigo el niño azul

Casa nueva, pueblo nuevo, vida mejor. Como todas las mañanas, su madre limpiaba las partículas de piel muerta que durante la noche abandonaban el cuerpo de su hijo. “Luqui, te prometo que acá vamos a encontrar un amiguito que quiera jugar con nosotros”, le dijo antes de salir del cuarto. El niño saltó del colchón para reencontrarse con sus pequeños amigos articulados. Mientras jugaban escuchó un ruido fuerte debajo de su cama nueva. Al inspeccionarlo, vio un pedazo de zócalo caído y una cueva secreta al descubierto. Se acercó para inspeccionar y metió su mano. Encontró que el espacio era pequeño, y una nota. Había sido escrita por un niño de ocho años con una enfermedad mortal, algún día 18 del año 1834. En sus últimas líneas contaba que una bruja le recomendó escribir su nombre en la pared, al costado de su cama. Le prometió que mientras éste no se borrara, él permanecería entre los mortales. Luciano volvió a la cama para examinar la pared. El empapelado lo detuvo por algunos instantes, hasta que con su cortaplumas empezó a quitarlo. Lo rompió a lo largo de su cama, pero no encontró nada, hasta que en los últimos centímetros de pared notó un semicírculo surcado. Quitó el resto del empapelado, debajo del cual se leía tallado en la pared “ALDEODATO”. Miró nuevamente la carta, y la firma apenas legible. Aldeodato era el nombre de su nuevo amigo.

16 de septiembre de 2008

¿En qué pensás?


EL

¿Me perdonas? [Sé que me estás escuchando]

¿Amor? [Dale, mirame.]

Por favor. Te juro que no se por qué lo hice. Fue una estupidez. [Y no se para qué te habré contado.]

Lo último que quiero es lastimarte. [Me quiero matar, qué imbécil soy, ¿para qué le habré contado?]

ELLA

... [¿Qué hago, le digo que yo también lo engaño? Que estúpido es, se piensa que todavía me puede lastimar. A esta altura me importa muy poco lo que haga con su pito.]

EL

Por favor hablame, decime algo. [Aunque sea insultame, algo, odio cuando no me hablás.]

No te quedes callada. ¿Estás muy enojada? Te juro que fue hace muchísimo, y fue la única vez, te lo juro.

...[¿Qué mierda se me cruzó por la cabeza? Que ataque de sinceridad sin sentido! Si soy un acérrimo defensor del “esas cosas no se cuentan nunca, y se niegan siempre. ¿Por qué?]

Por favor, yo te amo. Vos sabés que yo te amo, ¿o no?

ELLA

...[Si tarado, lo se, y ojalá no lo hicieras y me dejaras más tranquila.]

EL

... [uy por fin me miró, es un avance, mejor sigo por este camino.]

Vos también me amás, ¿no? [Con esto siempre la gano.]

ELLA

...[Ah bueno. Te crees que me vas a hacer la “psicológica”. No me provoques por que me vas a encontrar.]

EL

Mi amor, no te enojes. No estés enojada, vos sabés que yo te amo.

...[¿Y si le acaricio la cara? ¿Se dejará o será muy pronto? Mejor le pido que me diga que me quiere.]

¿Me querés?

ELLA

¡No, no te quiero! [Se lo dije! Que estúpida. Controlate Inés, controlate.]

EL

...[No, le pifié, todavía no me va a perdonar]

No me digas eso. Yo sé que me querés, pero todavía estás enojada conmigo.

ELLA

...[Lo mando a la mierda, si, si, lo mando a la mierda.]

EL

Mi amor ¿en serio no me querés?

...[Hacéte la valiente, quiero ver que me decís ahora.]

¿Me querés dejar?

ELLA

...[Sí estúpido, me muero de ganas de mandarte a la mierda. No te aguanto más]

EL

¿Vos serías capaz de dejarme? ¿Qué vas a hacer si me dejás? Yo no podría vivir sin vos.

...[Muerta de hambre, no tenés donde caerte muerta, ¿qué vas a hacer, volver con la cola entre las patas a lo de tu madre? ¿De qué vas a vivir, de organizar un casamiento cada 5 meses?]

ELLA

...[Hijo de puta, ¿te pensás que no me las puedo arreglar sin vos?]

EL

Dale, ¿por que no nos amigamos? [que ya me estás cansando, se me está agotando la paciencia. Quiero ya el make up sex.]

ELLA

Por que me fuiste infiel. [está bien, tenés razón, todos los casamientos me llegan por conocidos tuyos. Pero por ahora!]

EL

Pero eso fue hace mil años, y además todavía no estábamos saliendo formalmente. [Siempre me gustaron tus tetas, y cuando usas esas camisas bien abiertas me mata.]

ELLA

¿Me jurás que después de eso no me lo volviste a hacer? ¿Que fue la única vez? [ya vas a ver, te voy a sacar plata para armar mi empresa y te voy a mandar a cagar]

EL

Por supuesto, ya te lo dije: fue una estúpida y única vez. [Dale, que ya la tengo más dura que el mármol de la mesada.]

ELLA

¿Y me prometés que no lo vas a hacer nunca más? [Quizás sea mejor idea casarnos, así me quedo con la mitad.]

EL

Si mi amor, te lo prometo. [Te quiero alzar y sentar en la mesada de la cocina y metertela sin parar.]

ELLA

¿Nunca? ¿Hasta que la muerte nos separe? [¿O hasta que me quede con la mitad de todo lo que tenés?]

EL

Si mi amor, hasta que le muerte nos separe. [...te voy a dar murra putita.]


Epílogo del autor
Una de las características de un narrador omnisciente
es que se interna en los personajes y les cuenta a los lectores los pensamientos más íntimos que cruzan por sus mentes.
En las relaciones de pareja generalmente uno de los dos quisiera gozar de este don, y que al no poseerlo raramente evita preguntar el tan molesto "¿en qué pensas?".
Para aquellos que anhelan el don de la omniscencia, les propongo volver a leer este diálogo pintándolo con el mouse.
"Ten cuidado de lo que deseas, se te puede cumplir."

24 de agosto de 2008

Los Pediculosos

Recién al verlo, de espaldas y a lo lejos, advirtió que era la primera vez que se encontraba con Ramiro fuera de la oficina. Tenía un traje gris oscuro, casi negro. Pensó que él no tenía ningún traje negro, que los trajes negros eran para actores de televisión o gente grasa, pero que de todas formas le gustaban, que en ningún momento se había planteado la posibilidad de ponerse traje, y que debería haberlo hecho. Miró a su alrededor, y distinguió varios hombres de ambo, pero no todos, ni siquiera la mayoría. Pensó que ya no era una obligación social ir tan formal a los entierros, que ya la gente ni siquiera va a trabajar de traje, salvo en algunos bancos. Volvió a mirar a Ramiro. Observó que con el cuello de la camisa el pelo de la nuca parecía más largo. Intentó acordarse cómo iba vestido todos los días a trabajar para que no notara el largo de su pelo, recordó que en su colegio secundario no le dejaban usar pelo largo y que no podía sobrepasar el cuello de la camisa. Siempre había tenido problemas con  su pelo en el colegio, o por querer tenerlo largo, o por tener piojos, siempre que revisaban cabezas le encontraban. Intentó recordar con qué palabra sofisticada también se solía hablar de los piojos, no la recordó, pero sí que le parecía graciosa, y que además se aparecía a la palabra tuberculosis. Se preguntó si Ramiro habría tenido piojos cuando era chico, por que tenía mucho pelo, como él. Mientras le miraba la nuca, a unos ocho metros y diez bancos de distancia, escuchó al cura nombrar a Ramiro. Pero no se refería a su compañero de trabajo, sino a su padre, el finado. Pensó que no le gustaría llamarse igual que su padre, que tampoco le pondría Gonzalo a su hijo, que no le gustaban los nuevos nombres de moda, en que no le venía ninguno a la mente en ese momento, solo nombres de mujer como Mía, Luna, Olivia, Abril, Zoe, India o Ema. Decidió que Ema sí le gustaba, de hecho si tuviera que elegir nombre para su hija la llamaría así. El cura seguía hablando, pero no podía prestarle atención. Nunca prestaba atención a lo que los curas dicen en sus discursos. Lo dicen de memoria pensó, y se preguntó si sentirán lo que dicen, si el resto de la gente lo estaría verdaderamente escuchando, o si sólo estarían haciendo silencio. El cura terminó de hablar, se dio media vuelta y se fue. Ramiro y otros familiares rodearon el ataúd, lo tomaron de las manijas y lo empujaron por el pasillo de la capilla. Gonzalo no sabía bien qué hacer con su mirada. Pensó que las veces que estuvo al borde del pasillo de una iglesia fue siempre para un casamiento, donde todos buscan la mirada triunfal de los novios. Pensó que si llegaban a cruzar sus miradas con Ramiro no sabría cómo reaccionar, ¿qué gesto pondría?, ¿lo saludaría?, ¿sonreiría? ¿le diría “lo siento mucho”? Con ninguna de estas opciones se sentía cómodo, pero si Ramiro llegaba a levantar la vista y mirarlo, y justo lo encontrara con su vista perdida seguramente no le gustaría. Dio dos pasos hacia atrás y se retiró de la primera línea, para evitar ese cruce incómodo.
Pasó el cortejo sin incidentes y se alineó solo al final, con la vista en el piso. Había bastante gente, caminó entre medio del pelotón observándolos. Pensó en cuántas personas asistirían a su entierro, en cómo se enterarían sus amigos de su fallecimiento, sobre todo aquellos con los cuales no tiene un contacto cotidiano. Probablemente los más cercanos se enteren de primera fuente, ya que quizás alguno de sus amigos esté con él en el momento de su muerte, incluso hasta podría morir con él. Pensó en quién le gustaría que muriera con él, en si compartirían el entierro, en quien llevaría más gente. Todavía no podía resolver la cuestión de cómo se enterarían los amigos no tan cercanos, que aunque no los ve tan frecuentemente les tiene mucho aprecio, y le gustaría compartir ese momento con ellos. Se le ocurrió que si tuviera una agenda telefónica de las viejas, las de papel, su madre pasaría hoja por hoja, siempre mojándose la yema de su dedo, y los llamaría a todos, aunque la realidad es que lo mismo podría hacer con su teléfono celular, donde tenía guardados todos los teléfonos, salvo que su muerte fuera en un accidente muy violento en el cual hasta  el aparato quedara destruido, pero de todas formas podría utilizar el chip y ponerlo en otro teléfono, aunque no sería tan sencillo por que si mal no recordaba él y su madre tenían distintas compañías de telefonía celular, por lo tanto necesitaría desbloquearlo para poder usarlo. Pensó en quién de sus más cercanos tenía su misma empresa de celular, pero aunque no lo sabía, no dudaba de que alguno la tendría. De hecho no era una mala idea averiguarlo, no por esto, sino para agregarlo en su plan de telefonía como un número amigo y pagar más baratas las llamadas. Pensó que estaba pagando demasiado de teléfono celular, que seguramente en Estados Unidos o en España debía de ser mucho más barato hablar por celular, en que era sumamente injusto que en un país donde la gente además de ser más rica pague más barato los servicios, con lo cual era doblemente más rica, pero que son menos afectuosos que en Argentina, que cuando uno realmente necesita de un amigo no tiene con quien contar. Se preguntó si de acuerdo a esta lógica en España o en Estados Unidos los entierros serían menos concurridos. Pensó en los entierros de las películas, y notó que por lo menos en Estados Unidos los cementerios siempre tienen árboles, que las mujeres usan guantes negros largos, que la caravana de autos estaciona en la calle a no más de cien metros de la tumba, que quizás en Estados Unidos los cementerios estén atravesados por calles públicas por que han de ser lugares públicos, lo cual avalaba la teoría de que tenían más plata y además pagaban menos por  los servicios. Le agarró la duda de cuánto habrán pagado por enterrar a Ramiro Padre en un cementerio tan lindo como ese, de quién se habrá encargado de hacer todos los arreglos, de si habrán comparado precios, de si uno tendría ganas de ponerse a averiguar precios, de cómo reaccionaría uno si pensara que el precio que le piden es un abuso, de si tendría energías como para negociarlo.
Llegaron al lugar donde lo enterrarían. La gente formó un círculo al rededor de la tumba. Empleados del cementerio colocaron el ataúd sobre el mecanismo que lo descendería, repartieron flores a la primera fila del luto, y comenzaron a bajarlo, en silencio. Luego de que el primero arrojara su flor al cajón que desaparecía el resto lo imitó, en silencio. La madre, Ramiro y su hermana rompieron en llanto. Se abrazaron, en silencio. Gonzalo pensó en su padre, se imaginó a él en el lugar de su amigo, siendo su padre el que se sumergía a la tierra, y con esta imagen sumada al lamento de Ramiro, no pudo evitar que su rostro se frunciera en un pequeño espasmo de llanto. Esta imagen desapareció instantáneamente al advertirse llorando en un funeral ajeno y rápidamente limpió el gesto afectado de su cara. Pensó que si bien a nadie podía llamarle la atención verlo llorar en esa situación, le invadió la culpa de estar derramando lágrimas por alguien que además de no estar ahí ni siquiera había muerto.
Los familiares comenzaron a recomponerse de su congoja, y los seres queridos se les acercaban de a uno a abrazarlos. Nuevamente le llamó la atención la similitud de ese momento con aquel en el cual la gente se acerca a saludar a los novios al final del casamiento. Pensó que debía acercarse a abrazar a su amigo, ya que hasta el momento no habían tenido ningún contacto. Se puso en la fila, detrás de dos o cinco personas, según el orden y la dirección hacia la cual Ramiro saludara. Esperó algunos segundos, hasta que le llegó su frágil y poco claro turno. Por supuesto tuvo que permitir que una señora le arrebatara el saludo. Pensó que debía ser de esas mujeres cincuentonas que en el colectivo o subte son capaces de atropellar, pisar y golpear a cualquiera con tal de conseguir un asiento. Finalmente sus miradas se encontraron, Gonzalo todavía no sabía bien qué hacer o qué decir.
-         Gonza! Gracias por venir, en serio, no tenías por que venirte hasta acá.- Le dijo mientras se daban un fuerte abrazo.
-         Cómo no iba a venir. – Respondió Gonzalo, agradecido de que su amigo hubiera dicho la primera frase, para que entonces a él no le quedara más que responderle su agradecimiento.
-         Gracias, en serio, muchísimas gracias.
-         No, que gracias. – Fueron las últimas palabras que se dijeron mientras duró el abrazo. Gonzalo pensó en que había otra gente detrás de él esperando su turno, y que a él ya se le había acabado el tiempo lógico de saludo. Lo miró a los ojos y supuso que su amigo, si bien le seguía agarrando los dos brazos en un semi-abrazo, ya quería dar por terminado el saludo y proseguir con el siguiente. Así que se apresuró en finiquitar el asunto y le dijo: “Bueno loco, suerte, cuidate” mientras le apretaba con mayor intensidad el brazo. Se dio media vuelta y abandonó el lugar.
Dio no más de dos pasos y se preguntó si de verdad le había dicho “suerte, cuidate”. No estaba seguro, o en realidad si lo estaba, pero quería pensar que quizás le había dicho algo menos estúpido. Suerte con qué pensó, ¿y que se cuide de qué?. ¿Suerte con sobrellevar la muerte prematura y repentina de su padre? ¿Que se cuide de que no se le muera otro familiar, de que se muera él, de qué? Se sintió un verdadero idiota, y no podía parar de mortificarse con sus palabras poco apropiadas. Y como para aumentar más aún su martirio recordó que su infeliz frase había comenzado con “Bueno loco”. ¿Por qué le habría dicho loco si jamás de los jamases lo había llamado así?
Se subió al auto, sintiéndose un perfecto idiota, odiándose, odiando los funerales. Decidió nunca más volver a uno. Salvo que fuera el de su padre, o el de su madre, o el de cualquier familiar o ser querido. O el suyo, claro. Pero en ese caso no se sentiría incómodo, sabría perfectamente lo que tendría que hacer. Pediculosis recordó, pediculosis era la ridícula palabra que usaban en el colegio para referirse a los piojos. ¿Habría sido Ramiro un pediculoso como él?

7 de agosto de 2008

3 Grados de Separación con una leyenda

Existe una ley urbana llamada SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN. Más que una ley diría que es una hipótesis. Yo no la conocía sino hasta hace poco tiempo. Esta ley dice que entre cualquier persona del mundo y uno, hay una cadena de conocidos de como máximo 6 personas:

Yo (1) conozco a 2 > 2 conoce a 3 > 3 conoce a 4 > 4 conoce a 5 > 5 conoce a 6.


No conozco los fundamentos de esta ley, pero podría decir que parte del razonamiento de que los eslabones 3 y 4 son personas famosas y públicas. Entonces, por ejemplo entre una persona en Kenia y yo, se podría decir que yo seguramente conozca alguien que conoce por ejemplo al presidente (o ex) de Argentina (eslabón 3). Este presidente conoce al presidente de Kenia, y desde ahí la cadena baja de igual forma hasta cualquier persona en Kenia. En fin... quien puede comprobarlo no?

Como para hacer un poco más interesante esta ley urbana, disparo la siguiente pregunta:
¿Cuántos grados te separan de una leyenda?

En mi caso, creo que el menor grado de separación del que puedo dar cuenta es tres. Por supuesto que habría que definir qué es una leyenda. Digamos que una leyenda es un nombre, un concepto que trasciende a la persona. Por ejemplo, el Che Guevara es una leyenda, por que es mucho más que Ernesto Guevara Lynch. Kurt Kobain, Carlos Gardel serían leyendas. Claro que ahora que puse estos ejemplos mi leyenda parece un chiste, pero bueno, convengamos que no se si existen muchas leyendas más trascendentes que el Che. También se podría decir que una leyenda es para la mayoría una historia conocida, que trascenderá sus días sobre la tierra.

Y la leyenda con la cual yo tengo solo tres grados es Pototo. Ya se que se preguntarán quien chuchas es Pototo!!!
Pototo es el amigo de Luis Alberto Spinetta, sobre el cual compuso "Tema de Pototo" con su grupo Almendra.

Pototo es el padre del ex novio de mi mujer. Pototo y Spinetta eran compañeros de colegio. Luis Alberto no había podido ir a su viaje de egresados, mientras que Pototo si. Durante este viaje, hubo un increíble error por el cual le dijeron a los padres de Pototo, que su hijo había muerto en un accidente. Luis Alberto se enteró de esta fatalidad, y este pésimo entendido duró 24hs, el tiempo que le tomó a él escribir "Tema de Pototo" pensando en su desaparecido amigo.
La verdad que ni conozco el nombre real de Pototo, pero no tiene importancia, por que la leyenda la creo e inmortalizó espineta. Pototo es el del Tema de Pototo, que es lo que importa.

Buena historia no? Una leyenda, o una anécdota si lo que te separan son solo 3 grados. Los dejo con Pototo.


Para saber como es la soledad
tendrás que ver que a tu lado no está
quien nunca a ti te dejaba pensar
en donde estaba el bien,
en donde la maldad.
La soledad es un amigo que no está
es su palabra que no ves llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti
tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Al observar como muere la flor
tu verás que también muere la paz
es que esa paz revivirá en su voz
la flor te la dará para plantarla igual.
La soledad es un amigo que no está
es su palabra que no ves llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti
tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Tema de Pototo - L. A. Spinetta

23 de julio de 2008

Nuestro amor en los tiempos del cólera

Advertencia al querido lector: quienes se consideren sensibles o fácilmente irritables por crudas y reiteradas imágenes escatológicas les recomiendo abstenerse de continuar con la lectura en este mismo instante. Como dice mi amigo el turco, en este relato abundalacaca.


Por lo general los hombres tenemos, en mayor o menor grado, una simpatía con lo producido por el ano propio que las mujeres no poseen. A diferencia de ellas, no solo no nos avergonzamos de nuesto PBI, sino que hasta nos jactamos de él. Siempre que la ocación lo amerita, cuento orgulloso la historia de un amigo que en una ocación, dado el tamaño de su producción fécal, tuvo que valerse de su victorinox para diseccionar al cuerpo varado, y permitirle así continuar con su cauce cloacal. [Y declaro bajo juramente que me estoy refiriendo a un amigo.]

En lo personal, se podría decir que tengo una relación religiosa con el tema, dedicándole a la expulsión de mis cuerpos residuales una frecuencia diaria. Salvo situaciones de fuerza mayor, se me puede encontrar todos los días, a la misma hora y en el mismo canal, calentando la misma tabla.

En lo que respecta a las relaciones entre el hombre y la mujer, el manejo del tema es un indicador muy contundente sobre el grado de avance en la misma. En mi opinión una relación no puede considerarse poseedora de verdadera intimidad, y no me refiero a intimidad sexual, hasta que ella no oiga y huela la música y bálsamo de los flatos de él. Deponer (que es una palabra que tengo en gracia) con la puerta del baño abierta, al tiempo que se mantiene una conversación con la pareja en otro ambiente de la casa, es otro síntoma de buena salud en la misma. Y tener esta conversación, con la pareja dentro del baño durante el acto denota un grado de maduración todavía mayor. Y si me permiten, el evento escatológico máximo al que una pareja pueda aspirar, como símbolo de estado de bienestar conyugal completo, es cuando ella le ofrenda su flatulencia a la pareja. Mujer que permitió al hombre conocer sus ventocidades, es mujer que se entregó en cuerpo y alma a su pareja.

Según internet, una flatulencia es un exceso de gases acumulados en el aparato digestivo. Este sería un estudio técnico y anatómico del mismo, pero además de estos, existen al respecto estudios sociológicos aplicados al estado de ánimo del individuo. Luego de algunos años de convivencia, ya puedo considerar a mi pareja una estudiosa del tema, y me tomo la libertad de compartir algunas de sus conclusiones. En alguna ocación me ha dicho: "Yo me doy cuenta de que ya no seguís enojado conmigo cuando te tirás un pedo. Por que cuando estás enojado nunca te tirás." Qué observadora, pensé. Y tiene razón. Aunque ella todavía lo niegue, mi conclusión es que indirectamente me está diciendo que quiere que lo haga más asiduamente.

En fin, todas estas disquisiciones tienen por objeto poner el marco adecuado a la situación que quería relatar.

El hecho inició hace cuatro sábados, a la mañana temprano. A pesar de la millonada de veces que depuse en mi vida, jamás de los jamaces tapé un inodoro. Pero todo tiene una primera vez y esa fue la mía. Afortunadamente para la situación, el objeto obstructor fue lo último en retirarse del inodoro, por lo tanto no hubo restos flotantes que me advirtieran del piquete. Sólo me enteré del incidente la siguiente vez que tiré la cadena. Simplemente el agua no se iba. No hice nada al respecto, sólo regresé al tiempo para ver si había evacuado. A los quince minutos el agua había bajado, pero no al nivel esperado. Volví a los diez minutos, cuando sí lo hubo hecho, con un balde de agua, para aplicar mayor presión y así desobstaculizar el paso. No tuve éxito, y decidí dejarlo así, con el agua casi al borde, deseando que por algún proceso químico, con el tiempo el agua fuera desintegrando la columna piquetera. Mientras tanto: baño clausurado. Mis necesidades urinarias de manera provisoria tuve que resolverlas en la bacha del lavadero. Mi altura y la maniobrabilidad del agente lo permitieron.

Al día siguiente, a pesar de mis anhelos, nada había evolucionado. Todo seguía igual de obstinado. La única diferencia era que mis necesidades religiosas exacerbaban mis nervios, y mis nervios por algún mecanísmo diabólico exacerbaban mis necesidades. Esforcé mi ingenio, busqué un alambre largo y repliqué lo que yo imaginaba era la forma de los conductos del desagüe. Lo introduje, de forma que por la curvatura que le había dado, entraba, giraba y subía del otro lado, por el conducto no visible. Lo metí tan profundo como pude, evitanto me mi mano se sumerja en el agua. Lo moví, buscando hacer contacto, pero no encontré mi objetivo. Necesitaba llegar más profundo, y para esto era imprescindible sumergir mi mano... dentro del agua estancada. Todavía mi dignidad era mayor a mi urgencia. En un nuevo rapto de lucidez pensé en utilizar los guantes de goma de la cocina.

"Carajo mierda" pensé, como es posible que en una casa no haya guantes de goma. Desistí por el momento, y nos fuimos a almorzar a lo de mi cuñada. A nuestro regreso mi mujer me pregunta:

- ¿Y por que no fuiste en lo de mi hermana?
- ¿Estás loca, viste lo que es ese departamento? Es 2 x 2, y el baño casi que está adentro del living.-

Además una vez sí lo hice ahí, y es el día de hoy que cada vez que voy ese baño, o mi cuñada o el novio, me advierten con sorna que tengo vedadas cierto tipo de prácticas en ese recinto. Por lo tanto, cuando voy a su casa, ni siquiera meo con tal de no dar pié al gaste fácil.

Regresamos, y no solo ese maldito inodoro no mostraba progreso alguno, sino que además yo había recargado mi estómago de alimentos a procesar. Digamos que yo no soy un come-caga-sin-escalas de pura cepa, pero tampoco estoy tan lejos es este paradigma.

En el momento en el que uno se olvida que tiene la imperiosa necesidad de descargar el peso excedente, mágicamente el malestar desaparece, pero en el momento en el que lo recuerda se renueva la urgencia de manera perentoria. Y así estaba, de rodillas en los mosaicos del baño, moviendo espasmódicamente el alambre que tenía mi mano, desprotegida bajo el agua estancada, y con la sopapa en la otra, luchando en absoluta desventaja contra el enemigo invisible. Pero ningún avance, ningún signo de progreso.

Un cocktel implosivo de frustración, impotencia y muchas pero muchas ganas de relajar efínteres, sin piedad por el calzón que atestiguara la avalancha, hizo que me sentara abatido en el piso del baño, casi a punto de llorar. Invoqué al mecanismo de no pensar en el asunto, y decidí hacer lo mismo hasta el día siguiente, cuando viniera un plomero salvador.

Me levanté en paz conmigo mismo. Sin embargo antes de darme por vencido se me ocurrió un último intento. Recurrir a la biblia de nuestros tiempo. "Google me va a destapar el baño" sentencié con cadencia épica. "como destapar inodoros"... + la palábra mágica: "buscar"... y voilá: "Personalizado Resultados 1 - 10 de aproximadamente 279.000 de como destapar inodoros. (0,30 segundos)". Impresionante, cómo no lo pensé antes!

Después de investigar foros, wikis, pdfs y demás bibliografía descarté la opción del ácido muriatico, si no tenía guantes de goma... que chances había de tener ácido muriatico? Finalmente, la receta más convincente y accesible fue la de hervir agua con sal, y hecharla al inodoro.

Eran aproximadamente las siete de la tarde cuando inicié la implementación de mi última esperanza. Tomé la cacerola llena de agua hirviendo y salitrosa, con una vehemencia memorable volqué todo el contenido al inodoro y retrocedí un paso para ver en acción mi elixir liberador. Aguardé con paciencia unos instantes, esperando que empezara actuar. Seguí esperando, hasta que no pude más que reconocer mi derrota. Todo seguía igual, el agua descanzaba plácidamente en mi inodoro.

Volví, con la cabeza gacha, determinado a terminar aquel día sin deposición. Me senté a ver tele, con la computadora al lado y con la radio prendida. Todo lo que tenía al alcance para entretener mis pensamientos lo pensaba utilizar. Lo intenté, y por un momento realmente pensé que lo lograría. Pero las misiones imposibles, solo no lo son tal para Tom Cruise, Jack Bauer o James Bond. Para mi, tanto como para el resto de los mortales, lo imposible por más que lo intentemos, es IMPOSIBLE.

- Basta!!!! No aguanto más, me voy a cagar al Mc Donalds!!!!!!!- grité, feliz con mi idea liberadora.
- ¿Al Mc Donalds??? Pero es un asco, deben estar re sucios esos baños, si deben pasar por ahí como 700 pendejos por minuto.
- ¿Un asco? ¿Vos estas loca? Se ve que no sos cagadora de baño público! Lo baños de mc donalds son de lo mejor que hay en el mercado, ¿cómo no se me ocurrió antes? Chau, me fui.-
- Ay, no me traes un mc swing ya que vas? dale, porfi!- me pidió, feliz con su ocurrencia, saboreando su imágen mental del helado. Yo accedí sin dudarlo, solo me quería ir al encuentro del mesías.

Fui corriendo al cuarto a buscar una campera, y cuando iba de salida, al pasar por el baño se me ocurrió darle la última oportunidad. Entro y encuentro al inodoro vacío. Hacía menos de cinco minutos que lo había dejado con el agua hasta el cuello, y se había vaciado demasiado rápido como para estar obstruido. Al parecer, mi experimento había funcionado. Pero tenía que corroborarlo. Tiré la cadena, y el agua cayó desde los bordes, hizo remolino y desaparecio por su cauce natural, como si así lo hubiera hecho siempre.

- Gorda se arregló!!!!!!!!!!!! Se destapó el inodoro!!!!!!!!- Fui hasta la cocina para compartir con ella mi felicidad, que era plena. Pero en su cara, a pesar de querer mostrarse contenta, no podía ocultar un puchero de decepción. - ¿Qué pasa?- le pregunté.
- Nada... es que me había hecho ilusiones de comer un mc swing-

Y tenía una desilución tan sincera, que me conmovió.

- Bueno... dejame que me hecho un garco y te lo voy a comprar.

Me senté y disfruté como pocas veces la gracia divina de deponer. Una vez liberado, me abrigué, subí al escarabajo y manejé liviano las cuarenta cuadras, en busca del helado que le devolvería a ella la sonrisa que a mi ya me había devuelto la caca.

Cagar y comer bien, nuestras las claves de amor.


16 de julio de 2008

Premio Brillante Blog: a Ciega a Citas Chapeau



Los pongo en auto a los que no están al tanto del premio. En resumen, la dinámica de los premios bloggers (hay varios de estos premios en la blogosfera) es que un blogger que recibe el premio elije premiar a 7 más y mencionar y agradecer a quien se lo otorgó. Y así fluirá la cadena expansiva.



Como siempre y en todo ámbito están los detractores de este tipo de acciones, diciendo que son meras excusas para lograr difusión y viralidad. Y por supuesto que lo es. Seguramente son los mismos que, con absoluta razón, y adolescente rebeldía si me permiten, sentencia de viles herramientas comerciales creadas por cerdos capitalistas a esos días festivos del tipo día del amigo, de los novios, del niño, de la cerveza, etc etc.

Y así como me dejo abusar por los cerdos capitalistas festejando cuanto día festivo tenga gana, gustoso participo de la cadena del premio blog. Por lo tanto, aquí voy, cumpliendo con los pasos.





El agradecimiento
Es para Porteñita, que en su blog el tunel de mis piernas utilizó algunas de sus líneas para llenarla de lindas palabras para conmigo y otorgarme este premio. Cito: "...Red Fish escribe cuentos, y de los más lindos. Lo conocí por estar en el Blogroll de Ciega a Citas. Y con tremenda referencia, aún así me sorprendió." Porteñita, muchas gracias, muchas, muchas. Totales, totales.



Mis premiados son:
Nuevamente, una pequeña mención para los que no están en tema. Ciega a Citas es por escándalo el blog del año, y no me animo a decir más por que no estuve en la blogósfera en las épocas de Casciari o Lola Copacabana. Es un blog en el que la autora postea a diario un episodio de su protagonista, de unos 30 años, entrada en kilitos, buscando un novio de verdad para llevar al casamiento de su hermana y que su madre pierda su apuesta: Lucía Gonzalez. La autora lo vende como un blog autobiográfico, y cierto o no, a principios de año según ella me comentara tenía un promedio de 3000 visitas diarias y escuché por ahí terminó con 8K. Nada más que decir, quien tenga algo que criticarle a este blog que se lave la boca. Ficción o no, yo me rindo a sus pies, y creo no cabe otra actitud. Si alguien no sabe lo que significa conseguir una pauta publicitaria para un medio online, se lo informo, es poco menos que imposible. Este blog consiguió 2 de primera línea, y sin estrategia ni equipo comercial. Su autora es una verdadera genia, y su producto un rotundo éxito.
Dicho estos datos inapelables, daré mi opinión y contaré algunas historias personales sobre este blog. Lo encontré a principios de año, enero / febrero. No soy de la primera primerisima hora pero... tampoco de gilada. Reconozco que al principió compre todo lo que el blog tenía para dar. Todo todo. Me enganché con la historia, leí los capitulos de archivo y comentaba con cierta frecuencia los posteos. Me gustó su forma dinámica, ágil y entretenida de escribir. Me pareció tan bueno el blog que le ofrecí editarlo en un libro. Chan! Si, no fui el primero en leerlo, pero sí en ofrecerle hacer un libro. Pero no, no tengo nada que ver con el que finalmente va a publicar. Lamentablemente para mi cuñada, editora de una de las principales editoriales, no tuvo la misma visión que yo y se durmió. Dado que no estoy revelando ninguna novedad y a esta altura es anecdótico comparto con ustedes algunos de los mails que nos cruzamos. Aquí el primero:


Lucía González para usuario
Mi blog tiene 3 meses nada más, así que no, nadie me ofreció algo así. Igual, es tan intrincado, complicado, etc etc, que ni me imagino que lo puedan publicar. Si querés pasale el link, yo encantada y agradecida, pero te repito, esas cosas no suceden (ja! o al menos a mí)

Beso

LG



Y como dije antes, en un principio compré todo, y le creí todo. Con un mail como este, cómo no creerle?Con el tiempo y los innumerables relatos de situaciones inverosímiles fui apostando la ficcionalidad del personaje Lucía González (LG). Así como me fui alejando de esta ensoñación también fui distanciándome de la dinámica de comentar en el blog. La cantidad creciente de lectores y comentaristas obligaban casi una dedicación full time como para poder seguir el hilo de los comentario y no opinar algo descolgado, repetivo y sin sentido. Aunque LG dice leer todos lo comentario, me tomo la atribución de dudarlo, no por su mala voluntad, por una cuestión de volumen. Leer 1000 comentarios por día???



La evolución, conversión y dinámica de los comentaristas creo que merece un libro aparte. Un libro que en su temario debería dar cuenta de temas como: el día que sobrepasaron los mil comentarios; cuando los comentarios se transforman en una sala de chat; blogs dedicados a debatir sobre este blog (cual panel de discusión de gran hermano); blog paralelo de la comunidad de LG; fiesta de encuentro de comentaristas; comentaristas exiliados en blogs paralelos peleados con su mamá [sic]... En fin, sociologos a su juego los llamaron! Si no encuentran tema de tésis acá no se donde...



En cuanto a la verdadera identidad de LG, mucho dicen que la real autora del blog es Carolina Aguirre, autora del exitoso blog Bestiaria (con publicación editorial en puerta). En el blog de desterrados de Ciega están convencidos de esto. A mi no me consta, y tampoco he investigado el tema, pero no lo creo. En mi opinión, LG es un personaje basado en la vida real de su autora (que no sería C.A.). Mucho de lo que relata le creo sea cierto, aunque no un 90% como tal como ella me dijera. De hecho toda la resolución de la "novela" creo que es absolutamente ficción.



Por cómo se resolvieron las situaciones, es muy probable que hace mucho tuviera planificado el final, y que fuera tejiendo los episodios para llegar a él. Aunque dejé de participar activamente no dejé de leerlo. Personalmente no me gustó el final, me pareció previsible, irreal y simplista. En cuanto a los últimos posteas, en los que ella publica relatos que los lectores le enviaron, contando sus vivencias y cómo les afecto el blog, podría apostar que fue todo una idea y propuesta de su editorial. Todo esto último fueron decisiones que no comulgan con mi gusto personal pero... fueron un éxito. Así que nuevamente chapeau!





2) Principio de Incertidumbres - diario poco intimo de una mujer emocionalmente insegura

Tal como anticipa su bajada Noel utiliza este blog como diario íntimo. Es un blog, como los hay muchos, de una mujer soltera en sus 30s. Podría decir que es una versión de carne y hueso y más alcanzable de Ciega. Postea a diario, no pretende narrar grandes historias, pero escribe bien y cada tanto hay relatos entretenidos, y 100% reales. Es un diario íntimo.



3) Vida Malizia - aventuras y desventuras de una mujer soltera, que ni piensa en casarse.

Este blog, obviamente tiene la misma línea que los dos anteriores, y es una mezcla de ambos. Su autora (escritora), escribe relatos reales sobre su vida. Escribe muy bien. No es un diario, son todos relatos / cuentos. También muy recomendable.



4) El detonado Astral - Cuentos y relatos de Gustavo Tisera

Gustavo tiene el brillante don de decir mucho con pocas palabras en sus cuentos y relatos, y además el superpoder de decir muchísimo más con aún menos palabras cuando nos regala sus microcuentos. Soy un gran fanático de sus microcuentos. No se los pierdan.



5) Tan Versatil Como Acústica

Andrea Durlacher es en mi opinión otra niña prodigia. Escribe reflexiones, pequeñas píldoras de brillantez. Yo la imagino con una cervatana lanzando sus silenciosos dardos de sabiduría. Concretos, precisos y certeros.



6) Mi mente de locura y pasión

La Princesa de la Locura hace lo más parecido que pude encontrar en un blog a una Instalación Artística. Poemas + reflexiones + imágenes + construcción del espacio componen sus posteos. Hace mucho que no publica, desde aquí mi granito para que lo haga.



7) Pájaro en mano - la vida con un príncipe azul

Elena dice "Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! ". Suficiente para saber de que va este blog. Muy divertido, bien escrito.









And that's all folks!

3 de julio de 2008

De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina - Capítulo II

Nota del editor: Este es el segundo extracto del libro "De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina" escrito por mi bisabuelo, relatando la historia verídica de su inmigración. A quien no leyó el primer capítulo le recomiendo hacerlo.


Un buen día nuestro padre nos reúne a todos los familiares para decirnos que había resuelto, dada la difícil situación en que habíamos quedado luego de la inundación y varios años de malas cosechas, hacer un viaje a la Argentina, en busca de mejoras para todos. De acuerdo a las informaciones recogidas, en aquella época era fácil conseguir tierras cedidas por el gobierno para trabajarlas o dedicarse a otras industrias. En tales circunstancias se resolvió que yo debería acompañarlo en el viaje, mientras que mi hermano que era mayor quedaría a cargo de la familia, hasta que mi padre consiguiese ubicación para todos.

Todas las miradas se concentraron en mí como inquiriéndome si me animaba a acompañarlo como él había dispuesto. Tenía yo a la sazón trece años y comprendía ya muy bien cuál era nuestra situación, y con la esperanza que la suerte nos acompañara, le contesté que lo acompañaría con gusto, hasta el lugar donde reunirnos todos, para labrar un porvenir mejor y venturoso pasar. Fue tan grande la satisfacción de mis familiares al escuchar mis palabras que me llenaron de besos, colmándose de alegría al ver que ya tan jovencito pensara en nuestro bienestar y futuro. Es por eso que les puedo asegurar que tal vez sea el único entre nosotros que no tuvo infancia.

Una vez que mi padre hubo planeado el viaje y conseguido los documentos necesarios para el mismo, vendió parte de los cereales y animales, lo que le permitió viajar con algún peculio, dejando el resto a cargo de mi hermano, para que siguiera explotando la granja y cuidando de la familia.

Terminados los preparativos, el 20 de setiembre de 1885, aguardamos ansiosos el 22, fehca inicial de nuestro viaja a América.

Esos dos días los dedicamos a las despedidas. Pueden ustedes imaginar los cuadros de éstas. ¡En esa época 1885! En que se confundían en apretado abrazo la alegría y el dolor producido por la separación brusca, luego de vivir treinta y tres años en ese pueblo, chico por cierto, pero tan lleno de afectos; en el que los habitantes todos nos considerábamos miembros de una gran familia. Allí si que era real aquello de “todos para uno y uno para todos”.

A las cinco de la mañana ya nos esperaba el coche en la puerta, vehículo de época tirado por dos caballos. La última despedida fue tan rápida como grande la emoción. Mi madre fue la última en despedirme. ¡Qué feliz recuerdo conservo de ese momento! Su abrazo, sus besos y su bello rostro bañado en lágrimas que me trasuntaban el más grande amor de mi vida. Pronto, muy pronto perdimos de vista a todos los que afectuosamente nos saludaban con sus pañuelos en alto.

Llegamos con el coche a la estación ferroviaria de Legnagno, cuyo tren debía llevarnos directamente a Génova. Una vez despedidos de mi hermano, papá le volvió a recomendar el cuidado del resto de la familia y que no dejara de contestar a las cartas de acuerdo a la dirección que le enviáramos. Con una tremenda pitada de la máquina que anunciaba la partida del convoy, con el pañuelo en alto nos dimos el último ¡hasta siempre hermano!

Cuanto más nos alejábamos más aumentaba mi dolor, deslizándose por mis mejillas gruesos lagrimones en un profundo silencio. Al notarlo mi padre me atrajo a su lado y acariciándome me dijo que no debía llorar, que la separación sería breve. Eso me tranquilizó, lo mismo que observar a nuestro lado gran cantidad de gente que viajaba al Brasil, habiendo entre ellos de todas las edades. Minutos después todo había cambiado, pues muchos comenzaron a cantar alegres canciones alegóricas referentes a la recolección del café, trasuntando sus rostros la alegría de ira hacia el país del café, donde podrían saborearlo a gusto, cosa que no podían hacer en Italia, pues solo gustaban de él diariamente los ricos.

En Génova nos alojamos en un hotel cercano al puerto, separándonos del resto del pasaje del tren que viajaba a Brasil por cuenta del gobierno de ese país. Nosotros lo hacíamos por cuenta propia, pues a la Argentina en ese entonces no había inmigración organizada.

El día 23 a las dos de la tarde en el vapor Sirio zarpábamos de Génova rumbo a Buenos Aires, levando anclas con un total de tres mil pasajeros. Debemos tener en cuenta que entonces los barcos carecían de las comodidades que tienen los actuales. Por ejemplo no tenían conservadoras frigoríficas, razón por la cual debían llevar unos veinte vacunos para faenar diariamente. Además transportaban dos vacas con cría, que suministraban la leche necesaria para los niños y enfermos. A propósito recuerdo que gracias a un ardid mío pudimos tomar café con leche todos los días, pues diariamente recogía la que el repartidor me daba para “mi hermanito”.

En cuanto a las comidas si bien eran abundantes, distaban mucho de tener el gusto y la higiene con los que se preparaban en mi hogar.

El primer puerto al que arribamos fue el de Barcelona, luego Cádiz y otros que ya no recuerdo, antes de llegar al de Río de Janeiro, en Brasil.

Lo que más tristeza me causaba era la llegada de la noche, cuando acostado añoraba a mi madre que todas las noches me despedía con un beso y me abrigaba más con su cariño que con las cobijas. En ese momento me sentía tan desvalido que me echaba a llorar amargamente en silencio, habiendo llegado a maldecir a Cristóbal Colón por haber descubierto América. Sólo la esperanza de hallar un porvenir venturoso me alentaba y mantenía firma y decidido frente a tanta adversidad emocional.

La suerte nos acompañó, pues a pesar de haberse registrado casos de tifus, unos cuatro o más han tenido la desgracia de ir a parar al fondo del mar. A causa de ello las autoridades del barco tomaron medidas mejorando la higiene y las comidas.

Después de un mes de viaje cruzamos el Ecuador, donde llovía cada dos por tres. Pocos días después entrábamos en la bahía de Río de Janeiro. Me causó admiración la existencia en el puerto de una gran cantidad de negros motas, que desde sus botes se arrojaban al fondo del mar a recoger las monedas que traían entre sus dientes y que alguien del pasaje había arrojado al mar exprofeso.

El aspecto de la ciudad recostada en la inmensa bahía presentaba una visión hermosa y deslumbrante con un fondo de montañas. El pasaje todo se hallaba en la cubierta del barco donde apenas cabía. En mi afán por verlo todo me agarré de la cadena del timón, mientras me hallaba sentado en la baranda y el barco había maniobras de atraque, que observaba absorto, no dándome cuenta que mi mano con la cadena se deslizaban hacia una polea hasta que un intenso dolor me lo advirtió, di un salto y un tirón que hicieron zafar mi mano de tal situación, que de seguir me la hubiera amputado seguramente. Perdí el conocimiento y mucha sangre. El médico de abordo me practicó las primeras curas, evitándome con ello una infección segura o posible gangrena. Esta fue nuestra primera mala suerte en nuestro viaja a esas tierras de promisión y esperanza.

El 28 de octubre avistamos por primera vez Buenos Aires. Al llegar a la rada el barco fondeó a la espera de la inspección sanitaria que debían practicar las autoridades argentinas. Éstas no permitieron al mismo entrar por los casos de tifoidea que habían ocurrido, obligándonos a trasladarnos en pequeñas embarcaciones hasta la isla de Martín García, donde estuvimos al rededor de diez días, durante los cuales fuimos tratados muy bien, ya que además de someternos a diversos tratamientos con desinfectantes, nos hicieron bañar, cosa que no pudimos hacer desde que salimos de casa, treinta y seis días antes, por carecer abordo de comodidades para ello, excepción hecha para los de primera clase.

Al undécimo día regresamos a Buenos Aires, alojándonos en el hotel para inmigrantes, para ser distribuidos en el interior del país y dedicarnos a tareas rurales. En esta ciudad me ofrecieron trabajo en varios comercios con la promesa de habilitación cuando adquiriera conocimientos y experiencia en ello. A mi me hubiera gustado, pero ¿dónde quedaría mi padre?. Sólo y trabajando lejos de mí... Era un hombre habituado a dirigir trabajadores rurales más que a trabajar personalmente.

Pasados unos días mi padre había conseguido pasajes para ir a La Plata, de reciente fundación y de la que según informes recogidos sería llamada a ser una gran ciudad en el futuro. Pero hete aquí que el destino, la ignorancia de conocimientos geográficos de esa época y la ambición canallesca de ciertos individuos, torcieron y cambiaron nuestro camino elegido, la futura capital de la primer provincia Argentina.

Como nosotros no conocíamos nada, tanto nos daba ir allí como a cualquier otra parte. Imagínense cuál hubiera sido nuestro porvenir de haber adquirido tierras en las proximidades de la ciudad que se convertiría poco después en capital de la provincia de Buenos Aires.

Mi padre preguntó su parecer respecto a nuestro lugar de destino a un empleado del hotel, el que seguramente era un sinvergüenza, pues le contestó: ¿qué íbamos a hacer en un lugar donde no había trabajo? Mi padre quedó pensativo y el empleado continuó diciéndole: donde Ud. debe ir es al Chaco y especialmente a las Palmas, donde hay una gran colonia italiana con una fábrica de azucar, con tierra excelente y un inmejorable clima. Al preguntarle si era un pueblo bien formado con médicos, igelesia y todo lo necesario, respondió: es una gran ciudad en marcha. Al oir esto mi padre quedó amargado y le manifestó: ¿Y ahora qué puedo hacer que ya tengo los pasajes para La Plata?, respondiéndole que él se los cambiaba. Mi padre pensó que sería un hombre honesto y aceptó más que ligero la propuesta, pensando que la suerte le sonreía y la fortuna le prodigaría a manos llenas sus frutos. Después de un tiempo vinimos a enterarnos de la verdad sobre el interés que tenía ese empleado por mandarnos al Chaco. La compañía azucarera le pagaba cinco pesos por cada inmigrante que mandara.

Salimos en barco aguas arriba hacia el hermoso río Paraná. Al cuarto día de viaje le manifesté a mi padre que estaba seguro de que ese individuo nos había engañado, y todos quedamos pensativos; cuando de pronto y sin saber porqué el vapor detuvo su marcha cerca de la orilla izquierda del río, ordenándonos que bajáramos, que habíamos llegado al puerto Las Palmas. No me explico porque llamaban así a un lugar donde lo único que había eran pajonales.

La impresión de que habíamos sido engañados la confirmarmos poco después, al ver que aquello no era nada más que una selva donde ni siquiera había huellas de vehículos, sino toan solo senderos que transitaban peones o indios. Nos llevaron en un carro tirado por bueyes durante cuatro horas hasta que llegamos a un gran galpón de chapas, nuestro destino.

24 de junio de 2008

Esta vez para siempre

Julieta K. tiene treinta y tres años, de los cuales treinta vivió bajo el mismo techo que su padre y madre. Su independencia de la casa paterna tuvo dos etapas. El primer ciclo se inició a sus diecinueve años. Fue cobijado bajo la libreta matrimonial, que les sirvió de escudo protector contra el arroz festivo del registro civil, pero poco más. A los tres años, desencantada y triste iniciaría los trámites de divorcio y el retorno a su casa paterna. El matrimonio resultó no ser lo omnipotente que ella esperaba, y entendió que su sueño máximo de encontrar al amor de su vida requeriría un poco más de atención, dedicación y tiempo. Sus padres la recibirían contentos, formando un triángulo de abrazo ni bien ella cruzó por la puerta con sus petates. Su cuarto seguía siendo su cuarto. Tenía veintidos años y un divorcio, pero seguía siendo una niña, que estudiaba enfermería encerrada en el piso su cuarto, o en la mesa del comedor cuando sus codos se cansaban de estar apoyados en el piso, aguantando todo el peso de la cabeza. Todo eso estaba más que bien para ella.

A sus treinta y dos años Julieta ya no estudiaba. Hacía siete que trabajaba como enfermera. Había pasado por cinco hospitales y recibido tan solo tres aumentos de sueldo. Ninguno demasiado relevante. Amaba su profesión, y estaba resignada a que su retribución económica sólo le alcanzara para comprarse ropa y vacaciones. Seguía teniendo su cuarto en la casa de sus padres. Sabía que esta situación distaba de lo ideal, pero era la realidad que tenía y aceptaba.

Julieta desde chica tuvo una gran virtud: siempre esperar lo mejor. Se consideraba una persona positiva, que aceptaba la realidad e intentaba vivir de la mejor forma posible con lo que le tocaba. Pero desde hace dos años que se cuestiona si esto es realmente una virtud, y la palabra mediocridad habitualmente merodea sus reflexiones. En el hospital era querida y tenía algunos amigos. Una tarde la médica psiquiatra, con la cual tenía una relación de casi amistad, le había pedido verla en su consultorio. Luego de algunos minutos Julieta se daría cuenta de que lo que parecía ser una conversación amistosa era en realidad una charla profesional. Estas charlas se tornaron semanales. Sus sesiones junto con los antidepresivos que Susana le prescribía, la ayudarían a convivir con la realidad que le tocaba vivir pasados sus 30 años.

Este proceso al tiempo empezaría a dar algunos signos de mejoría. Susana se sintió muy feliz cuando Julieta le contó que había decidido alquilarse un departamento, sin importar lo pequeño que fuera, para iniciar el segundo ciclo fuera de la casa paterna. “¿Cómo puedo pretender conseguir un novio si a mi edad todavía no logré irme de lo de mis padres? ¿Por algo se empieza no? Viste cómo ya lo tengo asumido, y no digo de mi casa.” Las dos rieron. Las dos se sentían felices por Julieta.

Sin embargo la realidad la pondría a prueba una vez más. El hospital atravesaba una situación económica difícil, y tuvo que reducir personal, Julieta entre ellos. El tratamiento debía de estar funcionando muy bien por que lo tomó como un desafío, como un cambio positivo. Estaba confiada de que todo resultaría bien y que conseguiría un empleo con mejor paga.

Resolvió aplazar la búsqueda de departamento (solo aplazarla), para poner toda su energía en buscar un mejor trabajo. Es difícil mensurar si puso toda la energía que le quedaba en esto, pero fue mucha la que gastó, y muy poca la que consiguió en retorno.

Encontró trabajo, pero no como el que esperaba. La crisis económica resultó no ser propiedad exclusiva del hospital donde trabajaba, por lo que tuvo que conformarse con un trabajo por horas. Un hospital poco prestigioso que le quedaba bastante lejos de su casa, la contrató para que cuidara de un único paciente tres horas al día.

Su proyecto de alquiler quedaría postergado por tiempo indefinido. Aunque cambió de hospital continuó con su tratamiento psicológico. Susana ya no estaba obligada a prestarle este servicio gratuito, pero no solo lo seguiría haciendo sino que le propuso intensificarlo a dos veces por semana, temiendo una recaída. Julieta aceptó agradecida.

Viajaba dos horas hasta llegar al hospital. Tenía que cuidar a un hombre de cuarenta años con una enfermedad muy extraña, que nadie había conseguido identificar. Juan Romeo Montes estaba en un a suerte de estado vegetativo desde nacimiento. Ningún médico había podido descubrir el motivo por cual nunca había abierto los ojos. Su madre murió en el parto, y Juan se sintió tan triste y tan culpable que desde entonces nunca despertó. No tenía ninguna enfermedad tratable. Su corazón latía constantemente y sin ayuda externa, sus pulmones oxigenaban su sangre y sus venas las distribuían por todos sus órganos. Si bien no manifestaba reacción externa a ningún tipo de estímulos, tenía actividad cerebral. “El paciente fue capaz de "comprender" y de "responder" a ciertas órdenes de sus médicos”, leyó en un estudio de sus imágenes cerebrales. Alimentación por suero intravenoso era el único tratamiento que los médicos se habían resignado a brindarle. Y Julieta debía de cuidar de su aseo diario.

Las condiciones laborales no eran buenas, pero había algo en todo esto que la atraía. Sentía una intriga muy fuerte por este caso. Lo tomaba como un desafío a nivel profesional, pero algo la seducía en lo personal.

La noche anterior a su primer día de trabajo, soñó con Juan, su paciente inmediato. “Mantuvo su capacidad de comprender órdenes y de responder a ellas a través de su actividad cerebral”. Soñó toda la noche y estas palabras se le repitieron una y otra vez. Al despertar sintió que había tenido un sueño revelador, y presintió que algo importante sucedería. Tenía la certeza divina de que Juan Montes era su misión en este mundo.

- ¿Que le sucede? ¿Está usted bien? Entre por favor– le pregunta la médica al ingresar por primera vez al cuarto de Juan.
- Si, si. Perfectamente.

No había podido contener sus lágrimas cuando se paró a la puerta del cuarto. Estaba paralizada. Nunca lo había visto personalmente, pero la impactó verlo, por que sí lo conocía, lo había soñado. Era exactamente la misma persona con la que había soñado el día anterior. La médica le repitió las indicaciones, se fue de la habitación y los dejó solos.

- Hola. No nos presentaron. Me llamo Julieta.- le dijo y lo tomó de la mano. Le acarició la frente, y quedó con su mano entre las suyas mirándolo, parada inmóvil junto a su cama durante las tres horas, hasta que la médica entró al cuarto.
- Ya se puede retirar. La veo mañana a la misma hora.- Julieta le soltó la mano y volvió, en trance, a la casa de sus padres.

Al llegar finalmente comprendió porqué había guardado desde niña todos los manuales de primero a séptimo grado y de primer a quinto año. Los sacó de las cajas, les sopló el polvo y pasó toda la noche planificando la educación acelerada de Juan. Julieta no tenía dudas de que despertaría algún día, y quería prepararlo. Pensó que si “comprende órdenes y responde a ellas”, bien podría retener conocimientos.

Llegaba temprano por la mañana, lo afeitaba y lo aseaba. Luego pasaba el resto del día leyéndole sobre historia, geografía, matemáticas y literatura. Nunca dejaba el hospital antes de la ocho de la noche. Eventualmente se quedaría a dormir, sentada, agarrando su mano y con la cabeza apoyada sobre el colchón junto a él. Su única actividad fuera de aquel hospital eran sus sesiones de terapia. Susana estaba muy preocupada por la obsesión de su paciente, por el distanciamiento de la realidad que estaba tomando. Era para una involución imprevista y no lograba comprender su origen. Ya no le hablaba sobre su proyecto de mudarse a un departamento propio. Juan era su monotema. Sin embargo ninguna de las dos era conciente de que Juan y su proyecto de independencia tendrían un desenlace conjunto.

En dos meses Julieta ya había terminado con lo que consideraba lo esencial de la curricula primaria y secundaria. Entonces decidió especializarlo en literatura y teatro universal. Y mientras cavilaban junto a Raskolnikov lo imposible sucedió. Su mirada consumía palabra tras palabra cuando su mano sintió un cuerpo pesar sobre ella. Juan, luego de cuarenta años despertaba para tomar la mano de su amada. Ella miraba esta mano sobre la suya y no entendía cómo había llegado hasta ahí. Estupefacta no le quitaba la vista. “Hola”, escucha petrificada. Juan esperaba, sabiendo que esos ojos finalmente negros llegarían a su encuentro. Julieta lo mira y él sonríe. Ella se para asustada sin quitarle su mando.

- Hola.- repite Juan, pero ella no podía salir de su asombro para responder. – Ni que hubieras visto un fantasma, soy yo, Romeo.
- Pero... ¿cómo? ¿Despertaste?¿Por qué? Digo... hace 40 años que estás... así... ¿cómo puede ser?
- Sí, bueno, pero me pareció que ya era hora de despertar, ¿no?
- ¿Cómo que te pareció que ya era hora? ¿Estabas despierto, o conciente? ¿Decidiste despertarte y así nomás te despertaste? ¿Estuviste conciente todo el tiempo?
- Si. Pero no del todo, por momentos dormía profundamente, como todo el mundo, pero por momentos solo dormitaba. ¡Y no me perdí ninguna de tus clases! - su sonrisa seductora, la de ella víctima.
- Je... ¿O sea que todo este tiempo sólo estuviste durmiendo?
- Sí.
- ¿Y por qué? ¿Por qué no te querías despertar?
- ¿Para qué, me perdí de algo importante, de algo por lo que valiera la pena despertar?- Julieta sintió tristeza por no poder decirle que si. No había nada en su pequeña vida que le demostrara estar equivocado, nada que lo hiciera arrepentirse de su hibernación prolongada.
- No... nada en realidad. ¿Y por qué decidiste despertarte ahora? -
- Por que mi búsqueda terminó. Porque encontré mi Julieta. – Juan sonrió para y por ella. Ella sintió sus articulaciones debilitadas, su carne relajarse y su corazón de estreno. – Te reconocí desde el momento en que entraste en esta habitación. Cada una de tus caricias erizó mi piel y aceleró mi corazón. Junté y guardé cada una de tus lágrimas en mi pecho, y son las que me dieron fuerza para levantarme hoy. Escuché cada una de tus palabras. Y no, no estás loca por pensar que te estás enamorando de mí. Loca estarías si no lo reconocieras. Por que sabés quién soy.







































Y Julieta se entregó a él.
Y él volvió a dormir,
esta vez para siempre.
Y ella inició su segundo ciclo,
fuera de la casa paterna,
esta vez para siempre.
Y ella durmió junto a él,
Esta vez para siempre.





































fin



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Créditos: este relato está inspirado en el microrelato "El Dormilón", escrito por Gustavo Tisera. Gustavo escribe unos microrelatos incríbles en su blog El detonador Astral. Recomiendo darse una vuelta, son realmente buenos. Envidio su capacidad para este tipo de escritura. Lo que él dijo en 9 líneas yo necesité de 4 páginas.
Mis preferidos son El dormilón y En el tren.
Gracias Gustavo.
Gracias...
Totales.

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