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24 de abril de 2008

Pierda un libro, dosis mínima: una vez al año

Entre querer hacer algo y efectivamente hacerlo hay una gran diferencia.

Con una semana de antelación había comprado dos libros usados que ya había leído, sólo para perderlos el miércoles 23. La intención la tenía bien arraigada, de eso no hay duda. Sin embargo, esa mañana de miércoles, aquellos dos ejemplares elegidos cual cabras a sacrificar en rito pagano, quedaron olvidados. El día inició su curso sin ellos.

Puede haber peor destino para un libro que ser olvidado? Un libro que se pierde, cambia de dueño, pero libro olvidado... es libro muerto.

De ninguna forma este tropezón me haría caer, y antes de llegar a la oficina pasé por dos librerías en Corrientes, con usados y saldos. No pude evitar la tentación y aumenté en dos mi stock de libros en lista de espera, antes de encontrar el que ofrecería como sacrificio. Pero lo encontré, y elegí perder a Madamme Bovary.

Llegó el medio día, horario marcado para realizar el acto. Acto que con cierto temor a ser poco humilde pero sin miedo a equivocarme, me animo a calificarlo de acto poético. Por lo menos yo lo sentí así.

Compré una ensalada para alimentarme mientras observaba la ejecución de la obra. Y sí, por más acto poético que fuera a realizar, mis kilos terrenales y diámetro estomacal precisan de una ensalada cada tanto.

Con ensalada, libro y birome en mano llegué a la plaza de Tribunales. Me senté bajo la sombra, al costado de uno de los caminos que la atraviesan, y escribí la nota en la primera página para el Encontrador. Todo listo, solo faltaba ejecutar la pérdida. Miré a mi al rededor buscando el mejor punto de pérdida. Este lugar tenía que cumplir con dos requisitos fundamentales: ser un punto con tránsito peatonal, pero al mismo tiempo yo tenía que poder dejarlo sin ser visto.

Elegí el lugar, y en los siguientes veinte minutos que estuve intentando abandonar el libro y cederme a la fuga, me di cuenta de que nunca podría robar. No por principios morales, sino por falta de decisión y de coraje. Estaba paranoico, sentía que todos me estaban mirando en el momento en que dejaba el libro.

“Ey, te olvidaste el libro”, “uy, si, ho ho, me lo olvidaba, ho ho, ja ja [con voz de idiota]”, era la situación que ininterrumpidamente imaginaba cada vez que pensaba en dar el primer paso. Y me volvía a sentar, cubriendo con mi cuerpo los dos kilos de nitroglicerina que sentía estaba ocultando. Después de pararme y sentarme acobardado siete veces decidí rendirme y buscar un lugar menos transitado pero también menos expuesto.

Y así fue que me senté al pié de una suerte de monumento recordatorio de no se qué víctimas, dejé el libro sin ser visto, me paré sin titubeos, lo abandoné, me senté a 15 metros a vigilar y comer mi ensalada, pasaron otros veinte minutos y terminé mi ensalada, mientras Emma Bovary descansaba sin que nadie la hubiera visto.

Desilusionado recogí el libro para buscar mejor fortuna en otro punto. En cuanto levanto la vista detecto que dos chicas me miraban y se sonreían. No se cómo había sido posible, pero me habían descubierto. Mierda carajo! Empecé a correr antes de que alertaran a la policía y ésta me detuviera. Corrí hasta que crucé a la otra plaza.

Bueno no, no fue esto lo que pasó, pero sí fue esa la sensación que tuve. Llegué al parque de enfrente, caminando, lo recorrí sin encontrar un buen lugar. Había demasiada gente. Decidí volver al lugar inicial, y reunir un poco más de valentía para finalmente ejecutar la pérdida.

Sin embargo antes de llegar encontré un lugar que parecía reunir mejores condiciones. Me senté entonces en un bloque de cemento al borde de la vereda, en la periferia de la plaza. Era el lugar perfecto, por que tenía buen caudal de gente, pero solo gente que iba y venía, y no espías sentados por todos lados dispuestos a descubrirme. Me quedé haciendo reconocimiento de zona por dos minutos, con el libro en su lugar, y una bolsa encima. Cuando el momento indicado llegó, tomé la bolsa, me paré y caminé.

Antes de abandonarlo, tomé un recaudo inteligente, que con el suceder de los eventos luego evaluaría como trascendental. Abrí exageradamente el libro en su primer hoja, donde le dejaba la nota al Encontrador, hasta que la tapa tocara la contratapa. El objetivo era que quedara marcada, y que al soltar la tapa ésta no se cerrara por completo. Y fue un éxito, el libro yacía con la tapa semi-abierta, mostrando que la primer hoja no estaba vacía.

Me senté entonces a esperar la víctima. Pasaron algunos transeúntes sin visualizar nada, hasta que se aproximaba el peor de los candidatos y con muchas chances de éxito. Un joven de unos 26 años, paseaba su pequeño perro, y este parecía ir camino a Emma. No se si no prefería que el perro meara el libro a que este chico lo encontrara. Y finalmente el can lo bordeó sin notarlo. No así su dueño.

Detuvo su paso, miró sorprendido, y sin vacilar demasiado estiró el brazo que tenía debajo de todos esos tatuajes. Su mano tomó el libro, mano seguramente virgen en la materia de tomar libros. Abrió la primera página y leyó. “Bueno, al menos sabe leer” fue mi intento de auto compadecerme.

Todo lo prejuicioso y aprehensivo que fui respecto de este encontrador fue revertido por su actitud honesta y sincera. Cerró el libro, y con un soberbio movimiento de muñeca lo arrojó, y lo hizo volar como una estrella ninja hacia su lugar original, y siguió su camino. La nota decía que se podía quedar con ese libro perdido sólo si lo iba a leer. Sin ningún prurito este muchacho dijo esto no es para mi, esta agua no he de beber, que corra nomás. Y se fue.

Sonreí aliviado y agradecido, a la espera de la próxima víctima.

Se acercaba una manada con dos potenciales candidatos. La más importante, una señora de unos 60 años de edad. No era lo que yo hubiera elegido, pero era aceptable.

Efectivamente esta señora lo ve y aminora aunque no detiene la velocidad de su andar. Lógicamente, como su vista estaba atrapada por Madamme Bovary no pudo advertir las irregularidades del piso. La pobre señora trastabilla, aunque sin llegar a perder del todo el equilibrio, y se detiene. Duda, desconfía y opta por seguir camino. “Che vieja, y si probamos Mostaneza?”... “para qué, si así estamos bien...”. “No aceptes caramelos de extraños”. Son los recuerdos que me surgen. No señora, ese libro no tiene droga ni cosas raras!!!

Me empecé a sentir Amelíe Poulín buscando encontrar a Dominic Brodotou.
Hasta que escuché las palabras mágicas: “Ce Brotodou, no Brodotou!!!”

Y Dominic Brodotou venía caminando con una amiga, destinada a encontrarlo. Pasan por al lado, ella lo ve y no duda en agarrarlo. Abre la primer página, lee, comenta con la amiga, y siguen caminando. La operación perder un libro se había ejecutado con éxito.

Curioso yo, me acerco, con la intención de escuchar su conversación. Las sigo, hasta que las alcanzo y las paso por al lado, pero no consigo escuchar y sigo camino.

Contento y satisfecho con mi acto poético. Aunque no sabía que mi felicidad era todavía incompleta.

A los veinte minutos el ciclo tuvo un cierre perfecto:

De: Karina
Enviado el: Miércoles, 23 de Abril de 2008
Para: redfishmail@gmail.com
Asunto: encontre tu libro.¡¡¡¡¡¡¡¡

Hola¡¡¡¡¡¡¡, quédate tranquilo que cayo en buenas manos…le voy a dar el valor, que por lo que veo le das a la lectura.
Muchas gracias, alegraste mi día.
Karina
.


Bueno, fue mutuo entonces.
Y para quien no perdió un libro, solo lo lamento por él o ella.
Altamente recomendado.

16 de abril de 2008

Investigaciones Filosóficas III: Ass or Crotch?

Hace mucho que decidí hacerle un piquete al cine. Me parece un tanto obsceno gastar de movida unos $40 para ver una peli que puedo ver al poco tiempo por $5. Pero este domingo regresé, convocado por el Bafici, y terminé viendo una película russa, con subtítulos en ingles y con sub subtítulos en castellano fuera de pantalla. Muy complicado.

Como de costumbre llegué tarde, y como iba solo encontré unas cuantas butacas sueltas bien ubicadas. Y por supuesto para llegar hasta ella, tuve que sortear por lo menos cinco asientos ocupados con señoras con abrigos, parejas con pochoclos e intelectualoides con carteles de yo solo veo cine europeo o asiatico. Y al iniciar la caminata lateral me enfrenté a esa cuestión de etiqueta, esa que magistralmente ilustró Tyler Durden (Brad Pitt) en El Club de la Pelea:

"Now, a question of etiquette - as I pass, do I give you the ass or the crotch?" [Ahora, una cuestión etiqueta/cortesía, mientras paso, te doy el culo o el bulto?]

Instintivamente siempre elijo dar el bulto. Si lo pienso creo que por una cuestión anatómica debería ser al revés, ya que el espacio que ocupa el culo hace que para evitar golpear con él las cabezas de la fila de adelante, tenga que arquearme, llevando el bulto hacia adelante y el torso hacia atrás. Mientras tanto caminar y mantener el equilibrio. Sin duda esto sería tanto más sencillo al revés.

Pero por algún motivo siempre elijo no dar el culo.

Ustedes que elijen?

[una yapa para para las lectoras y lectores que gustan de sexo masculino]


11 de abril de 2008

Día del Libro Perdido


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Un poco de historia sobre este día.

El 23 de abril se conmemora el fallecimiento de tres escritores: el español Miguel de Cervantes y Saavedra, el inglés William Shakespeare y del cronista Garcilaso de la Vega (el Inca), todos ocurridos en 1616. De esta forma, la Unesco en 1995, aprobó proclamar el 23de abril de cada año el "Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor".

El hecho de regalar un libro está relacionado con Cervantes y Shakespeare. Estos soberbios escritores han pasado a la Historia por sus fabulosas obras, llegando a ser un símbolo importante en sus respectivos países. El mundo reconoce el trabajo de estos genios celebrando cada 23 de abril el Día del Libro. Así se hizo. De aquí la costumbre de regalar un libro. Además, esta jornada es muy apropiada para lanzar al mercado nuevas novelas, muchos autores la aprovechan y promocionan su último libro, y de paso quizás puedas conseguir un autógrafo de tu escritor favorito.
El Día del Libro se celebra el 23 de abril de cada año desde 1930 y coincide con la entrega que hace el rey Juan Carlos I del Premio Miguel de Cervantes. En 1964 quedó instituido oficialmente como el Día del Libro para todos los países de lengua castellana y portuguesa. En el año 1993, la entonces Comunidad Europea, lo proclamó como Día Europeo del Libro. Finalmente, la UNESCO decidió, en 1995, fijar la fecha para la celebración del Día Mundial del Libro. Durante esta jornada se instalan puestos callejeros para la venta de libros y los editores y libreros hacen un descuento especial. Las instituciones oficiales también realizan actividades conmemorativas.
Todos los años, tiene lugar en Madrid -en el Círculo de Bellas Artes- una lectura cooperativa del Quijote. Grandes personalidades, intelectuales, políticos y estudiantes leen cada uno, y de forma ininterrumpida durante dos días seguidos, un trocito del más famoso libro de la Historia de la Literatura Universal. En los últimos tiempos incluso se establecen conexiones a través de videoconferencia con importantes figuras de la cultura internacional. Siempre comienza la lectura el escritor que ha sido galardonado con el Premio Cervantes de ese año. Gracias a las nuevas tecnologías puedes presenciar el acto cultural a través de Internet haciendo clic aquí.

El Día del Libro en Cataluña: Sant Jordi.Cataluña celebra de una forma muy especial el día del libro. El 23 de abril los hombres regalan rosas a las mujeres y éstas regalan un libro a los hombres. Esta bonita tradición se basa en la leyenda de San Jorge o Sant Jordi, como se dice en catalán, una de las lenguas oficiales de España. La leyenda cuenta que un feroz dragón tenía aterrorizados a los habitantes del reino, quemaba los bosques, se comía al ganado, destrozaba los cultivos... Se decidió entonces que había que dar fin a esa ansia destructora y negociaron un acuerdo tras duras horas de discusión. El pacto consistía en que todos los días entregarían al dragón una joven para saciar el apetito del monstruo. Así estuvieron un tiempo y poco a poco el reino se fue quedando sin mujeres jóvenes. Para que no hubiera problemas ni altercados, siempre se hacía la elección mediante un sorteo para elegir a la mujer que debía ser entregada.
Un día, la suerte quiso que fuese la mujer del rey quien debía ser entregada al dragón. Tras dejarla en el lugar señalado, se marcharon al pueblo por temor a que el dragón les hiciese daño. Al cabo de un rato, éste apareció y, cuando se iba a comer a la doncella, un caballero que montaba un caballo blanco atacó al dragón. Ambos estuvieron peleando por largo rato y en uno de los lances del combate, San Jorge, que así se llamaba el caballero, clavó su lanza en en vientre del malvado dragón, matándolo en el acto. De la herida que el lanzazo le había producido al monstruo manaba mucha sangre que cuando entró en contacto con el suelo, se convirtió en rosas.
San Jorge cogió una de aquellas fabulosas rosas y se la regaló a la doncella que la llevó al pueblo entre grandes gritos de alegría. Desde entonces hasta ahora, cada 23 de abril los hombres regalan una rosa a la dama que reina en su corazón. Las damas, para corresponder tal detalle para con ellas, regalan un libro a sus amados. Cataluña celebra de este modo el día del libro.
El Quijote. 400 años.Es importante decir que este año, se cumplen 400 años desde que el libro más famoso de la historia fuera impreso. Durante estos siglos el interés por la magna obra ha ido creciendo más y más y se puede decir que existen de él tantas interpretaciones como lectores. Su importancia ha trascendido incluso el ámbito cultural y son muchas las anécdotas que ha motivado.
Miguel de Cervantes fue un escritor enigmático, muy pocas cosas sabemos de él y muchas son las conjeturas que los estudiosos han sacado de sus investigaciones. Por eso la figura de Miguel de Cervantes se ha tomado como estandarte de una gran variedad de colectivos sociales y culturales. En todo caso, no hay nada mejor que leer en un día como hoy, las primeras frases de un libro maravilloso que apasiona a todo aquél que se acerca a sus páginas.

10 de abril de 2008

Diagnóstico Celular

Considero recomendable para cualquier pareja intentar mantener el nivel de romanticismo lo más alto posible. Y para mantenerlo así, primero uno debería registrar cual es el nivel actual de la pareja. Si uno advierte que anda bajo, entonces hay que tener la capacidad de ejecutar acciones que estimulen al alza. Nutrir y alimentar la pareja.

Algunos pueden medir sus estándares románticos por ejemplo según cuándo fue la última vez que regaló flores o la frecuencia con la que salen a comer a lugares lindos.

Yo encontré una forma de diagnosticar el nivel de nuestro romanticismo con el teléfono celular. Por lo general todos los modelos tienen una función, que su sentido original es otro, pero se puede aplicar como parámetro de medición válido. Me estoy refiriendo a la opción de texto predictivo para el envío de mensajitos.

Por ejemplo, si marco las teclas 2, 3 y 4 esta función predice que yo quiero escribir afirma. Otra sabida utilidad es que nos evita marcar por ejemplo tres veces el 5 y una vez el 2 si por ejemplo queremos escribir “la”, ya que con marcar una vez cada tecla es suficiente. Y por último, hay teléfonos que tienen memoria y cuando haya más de una palabra posible con la misma combinación de teclas, muestran la última que hayamos elegido. Siguiendo el mismo ejemplo, con las teclas 5 y 2 podemos formar las palabras “la” y “ja” (onomatopeya harto utilizada en este tipo de idioma). El teléfono siempre mostrará la palabra que hayamos utilizado la última vez.

Bien, resignificando esta última utilidad es como obtendremos un valioso diagnosticador de niveles de romance en nuestra pareja. Si marcamos las teclas 2, 6 y 6 podremos estar queriendo escribir la palabra “con”, o bien la palabra “amo”. Por lo tanto, si con frecuencia al marcar esta secuencia de números el teléfono me muestra la palabra “con”, significa que el nivel romántico anda bajo, y que sería conveniente transformar rápidamente algunos “te con” en “te amo”s.

Si no tienen un teléfono amo estas funcionalidades, amosiganselo amo urgencia.

Maravilla,
TE AMO.

7 de abril de 2008

El patetismo vende?

La modalidad de narrar el auto-petetismo [*] encuentra en los blogs un espacio bastante importante, that's a fact. Y entre estos, sin duda predominan las descripciones femeninas de sus fines de semanas en pijamas dentro de sus departamentos, con el control remoto y el teléfono para el delivery como actores protagónicos. A las que lo hacen les confieso que algunos relatos me gustan, pero hay tantos que cada vez deben esmerarse más para no ser la figurita repe.

Y como yo soy un poco caprichoso y copión, también quiero hacer el mío.

Antes de empezar, algunos irrefutables sobre mi. Deportivamente no soy un virtuoso ni un dotado en nada, pero hago todo lo que se me cruza, y aceptablemente bien. Nunca tuve un gran estado físico, pero sí tuve mi época de apogeo. A los 27, me fanaticé con la escalada, y entrenando 4 días por semana llegué a pesar 87kgs. Aclaro que este peso, para mi altura (1,90) significa ni un gramo de más. De ahí hasta hoy, a mis 31, todo fue en descenso. La escalada, por motivos laborales, de mudanza y de caídas libres de 9 mts, la fui dejando hasta que la abandoné. A esto se le sumó un año entero de cero actividad deportiva por superposición de horarios entre el futbol 5 con amigos y mis clases de teatro. Ya hace un año que retomé el futbol semanal, pero ahí estoy, luchando a diario entre salir a correr (david sin su gomera) y tomarme unos mates con tostadas (golliat con dulce de leche).

Pero hace siete días decidí derribar al gigante. El lunes pasado, después del futbol decadente, terminé tan destruído que esa noche por dos horas no me pude dormir de lo que me dolía el cuerpo. No un tobillo, no la rodilla, no la paralítica... EL CUERPO!!! Primera vez que utilizo esta expresión para describir mi estado, y primera vez que me tomo un ibuprofeno para dormir.

"Se acabó, necesito por lo menos un día más de actividad física en la semana!". Así que el miercoles feriado salí a correr por el glamoroso Saavedra Park. 15 minutos de trote liviano, no más, para no forzar la máquina. Piano piano. Todo encaminado, Golliat de rodillas, y David saboreando el knock out.

Embalado, el jueves a la tarde repetí, pero con 20 minutos de trote.

Sábado al medio día, en una guardia traumatológica: "sí, donde te duele es justo en talón de aquiles, lo debés tener esguinzado. Hiciste algún esfuerzo grande, tuviste un golpe, sentiste un pinchazo?"

Casi le miento de la verguenza. Pero mentirle al médico, al psicólogo, al contador o al solitario es un grado de patetísmo que todavía me reservo para más adelante.

Receta médica: ecografía, reposo deportivo y unas taloneras ortopédicas.

Patético, pero si me llego a cortar el tendón de aquiles y me corto todo lo que me cuelgue.

[*] el auto-petetismo no es una término inventado por Jorge Corona ni un intento propio de ser burdamente ingenioso, es simplemente un error ortográfico de auto-patetismo. Releyéndolo, pienso que quizas que fue un acto fallido, por que puede haber algo más patético que el auto-petetismo? =p


Sin embargo, en una tercer y cuarta lectura de este término comienzo a inclinarme hacia conclusiones opuestas, y me animo a decir que lejos de ser un acto de patetismo podría considerarse una destreza suprema. Les dejo un adelanto de lo que podría venir.


4 de abril de 2008

La Logia del Libro

Todas las mañanas tomo el subte línea D en Congreso y me bajo en Tribunales. Si logro ir sentado o si voy parado pero no está demasiado lleno, en este trayecto leo. El subte o el colectivo siempre fueron mi ámbito preferido de lectura.

Apenas me siento saco mi libro, el Diario de Anaïs Nin desde hace algunas semanas, y me sumerjo en él. Solamente subo a respirar si percibo que hay algún vecino también con un libro. Intento ver qué está leyendo, y emito un no recíproco guiño cómplice. No miro a la persona a los ojos ni nada parecido, de hecho lo hago intentando no ser visto. Pero imaginariamente constituyo una logia secreta, sabiendo que ante cualquier catástrofe o necesidad extrema nosotros formaríamos un grupo especial, el grupo de los que leen.

Hace unos 20 días, estaba terminando de leer mi libro, cuando veo que una chica empieza a sacar de su cartera uno amarillo, como el mío. Cuando lo termina de sacar compruebo que era la misma editorial que el mío, hasta que lo da vuelta y leo “La conjura de los Necios”. Por algún motivo la situación me puso muy incómodo. Era demasiada casualidad que dos personas estuvieran leyendo ese mismo libro a menos de medio metro de distancia. Lo cerré y guardé inmediatamente, por que cualquiera podría haber descubierto que teníamos una logia secreta, y yo no podía permitir que eso suceda.

El resto del viaje leí por lo menos cinco veces todas las publicidades, hasta que me bajé, sano y salvo.

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