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16 de abril de 2009

Cruz Monte

Traía poca ropa en un bolso mediano y una mochila con bolsillos para imprevistos. La vi parada en la puerta de mi casa y supe que Clara no sería como Susana o Gloria. A mi tampoco me gustaba planificar demasiado, era evidente que en eso éramos parecidos. Cuando yo hiciera un viaje también llevaría poco equipaje: un pantalón, una camisa, una muda de ropa interior y objetos de higiene personal. Clara y yo podríamos ser excelentes compañeros de viaje.

   - Qué bonita casa y que grande.- dijo ni bien entró.
   - Sí, es grande. Pero no la voy a vender. Tengo muy lindos recuerdos. Desde chico vivo acá. Mi madre también se crió en esta misma casa. Murió hace dos años.
   - Qué pena, cuando lo siento José. – respondió ella con su acento español.

Clara era de Toledo. Después de la muerte de mi madre me inscribí en un programa de intercambio de hospedajes y había elegido como preferencia recibir mujeres, de nacionalidad española. A pesar de su difícil acceso, en el último año Cruz Monte se había convertido en un destino muy valorado por los turistas extranjeros. Estaba a 500 kilómetros de San Cristóbal y la segunda mitad del trayecto era camino de cornisa y ripio. Susana era de Cádiz y Gloria de Madrid.

- Mañana voy a darte una llave de la puerta de calle. La que tenía desapareció, tengo que hacerle una copia a la mía. Este va a ser tu cuarto. Era el de mi madre.

Puse sus bolsos sobre la cama y me paré junto a la puerta para dejarla acomodar su ropa. Se acercó, puso las manos sobre su mochila, me miró y sonrió. Tenía la misma sonrisa de mi madre.

- Podés usar todo el placard si lo necesitás, está vacío. Aunque no creo que te haga falta.
- Gracias. – respondió sin abandonar su sonrisa.
- Por la cantidad de ropa lo digo. Te va a sobrar espacio. ¿Tenés novio? Seguro que no, por eso traés poca ropa, ¿no?

Clara se rió, tenía sentido del humor. Repentinamente abrió el bolso y empezó a sacar la ropa a gran velocidad. En su mayoría las prendas estaban limpias pero sin planchar. Apoyó sobre la cama una bolsa donde deduje llevaba la ropa sucia. No estaba bien cerrada y pude entrever que eran principalmente medias y bombachas.

- Tengo un lavarropas en la cocina, así que ni te preocupes por lavar. La meto junto con mi ropa y en una hora está listo.
- No, no! Está bien. Gracias, pero prefiero ocuparme yo. Puede dejar esa bolsa ahí, sobre la cómoda que yo después la lavo.

Se acercó rápido hacia mi y me la quitó de la mano, no quería que yo me molestara, pero para mi no era ninguna molestia. “Gracias”, me dijo regalándome una vez más su sonrisa.

- Ya sabés que si necesitás... No tenés más que pedir.

Se quedó un rato mirándome. No se atrevía a decirme que sí. Me gustaba que fuera tímida, “yo también lo soy” pensé. Lo mejor sería en ese momento no contradecirla. Más tarde, sin que lo notara lavaría su ropa, como regalo de bienvenida.

- Estoy algo cansada y me gustaría darme un baño, si es posible.
- Si, claro. Yo voy a estar en la cocina.- Se acercó sin quitarme los ojos de encima y cerró la puerta.

Gloria fue la primer turista que recibí. Había resultado ser una mujer con mal carácter, poco sociable y muy mayor para mi. Al segundo día de convivencia le pedí que buscara otro lugar donde hospedarse, porque éramos muy distintos para poder convivir y proyectar. Susana en cambio era joven y atractiva, pero descubrí que robaba piezas de mis rompecabezas. Tenía una enfermedad muy grave: era cleptómana. Clara, me dejó señada una semana de estadía, pero al segundo día me confesó que no sabía cuánto tiempo se quedaría realmente. “Es probable que quiera quedarse más tiempo”, pensé.

Aquella noche cociné arroz con almendras. Cenamos juntos. Le conté todo lo que ponía recorrer: el lago Amaya y el Horna, las caminatas por el Cerro del Soldado y las cascadas del Cerro Cruz.

- Si querés te puedo acompañar a las cascadas. Son 2 horas de caminata por un camino precioso.
- ¿Y usted está entrenado para tanta exigencia José? ¿No le hará mal?
- Para nada. Hago mucho ejercicio.
- Qué bien. Es muy importante para un hombre de su edad hacer deporte. Lo felicito.

Clara no quiso planificar nada aún. Estaba cansada y se acostó temprano. A la mañana siguiente salió antes del desayuno. Me dejó una nota en la que me avisaba que no volvería hasta tarde. En la noche me contó que se encontró con unos amigos con los que recorrería los lagos. “No les pude decir que no. Nos iremos por tres días a Santa Lucía. Luego cuando regrese podremos ir a recorrer las cascadas”. Era demasiado buena como para negarse. Pero yo no podía permitir que se fuera. Necesitaba que se quedara en Cruz Monte conmigo, para compartir más tiempo juntos. Era la única forma de que se enamorara de mí. Una semana más habría sido suficiente, pero si se iba en aquél momento no sabía lo qué podría pasar. Quizás nunca regresara. Intenté convencerla, pero estaba empecinada en ir, a pesar de que no era eso lo que ella quería.

- No voy a permitir que vayas - le dije. - Perdón, pero lo hago por tu bien.- Clara perdió el juicio y quiso irse en ese mismo instante, aún dejando su ropa.
- ¡Abre esta puerta hijo de puta!- gritó desencajada, intentando forzar la cerradura.

Mientras intentaba calmarla sonó el timbre. Era uno de sus amigos. “No está”, le respondí, “se fue a Santa Lucía y dejó dicho que los esperaba allá.”. Se fueron y nos dejaron solos. Clara era distinta a Gloria y a Susana, pero al igual que ellas terminó tomando decisiones equivocadas. Hubiera querido que todo terminara distinto con ella. “Clara le habría gustado, Madre”, pensé.

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