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26 de diciembre de 2008

Red Holidays



Posta, que eu falo bem portugues!
Beijos desde Pipa ate o dia 16 de Janeiro.
RF

15 de diciembre de 2008

Playa Invierno


Ernesto mira sus pies: tierra en sus dedos. Costras. Por un instante podría haber dudado. No se detuvo. Podría haber sentido las grietas bajo su piel, de un lado y del otro, del suelo y su carne. Aquellas las ve pero no las nota; éstas ni lo uno ni lo otro. Se levanta y vuelve. Podría estar cada vez más cerca... O más lejos.

¿Hay agua?

No

¿Cuándo viene Rubén?

No sé.

Mañana a más tardar tendrías que vender las que están quedando. ¿Cuántas son?

No sé. Cuatro.

Quería ayudarla pero no sabía por dónde empezar. No era mi intención lastimarla. Sentía vergüenza por haberla golpeado. No me disculpaba. No limpiaba su nariz. Mabel fue a la cocina. Dejó la sangre salpicada en el piso. Para que no olvidara, dijo. Me imaginé acariciando las gotas todavía húmedas: era como tocar su cara, o pedirle perdón. Permanecí inmóvil. La sangre secó y se hizo costra, como todo en Playa Invierno. Ella abrió la canilla. Cayeron sus lágrimas, un poco de tierra y un llanto huérfano. Volvió. No hay agua hijo de puta ¡No hay agua! ¡Las cabras se pudren! ¡Yo me pudro, hijo de una gran puta! Le pegué, con la misma fuerza que hubiera querido que alguien me pegara.

Llegó Rubén. Dejó seis litros de agua a cambio de tres cabras; ya que no necesitaba más. Ernesto enterró las dos restantes y a Mabel, antes de que el olor fuera insoportable. Racionó el agua para las cabras y para él. Tomó mate, cenó y durmió. Asistió el parto de cuatro cabritos. Degolló uno sabiendo que ahora la mitad se pudriría . Pensó en Mabel. Le miró los pies. También tenían costras.

4 de diciembre de 2008

La historia de Tze Ming Pei

Si bien la leyenda de Tze Ming Pei trascendía la región de Yingzhou a casi toda China, era difícil encontrar alguien que pudiera dar testimonio directo de sus proezas. Se decía que esta sabia mujer hacía cumplir cualquier tipo de deseo, que el precio era extremadamente elevado y que no había posibilidad de arrepentimiento. Quién se presentaba ante ella, por el simple acto de ingresar en su casa, incluso antes de pronunciar palabra, quedaba obligado a honrar el pago. Aquel que no quisiera escuchar el precio, o decidiera no pagarlo, sufriría peores tragedias que la muerte.

Ho Xukung era el primogénito del emperador Zhu Kai de la dinastía Zung. Al morir éste, quedaba como único heredero, al cuidado de su tío. Se convertiría en emperador al cumplir los 23 años, sólo si para entonces estaba casado.

El joven creció fuerte y sano. Al cumplir 22 años había recibió y asimilado toda la educación protocolar para cumplir sus funciones; pero no había contraído matrimonio. Esta situación preocupaba en todos los niveles del imperio, ya que si no lograban coronar al emperador, serían destituidos por la dinastía Ruan.

Entre los 18 y los 22 años, Ho Xukung tuvo cinco jóvenes mujeres con las cuales proyectó pero nunca concretó matrimonio. A dos meses y medio del noviazgo todas escapaban. Desaparecían sin dejar rastro.

Tres meses antes de cumplir los 23 su tío le contó la leyenda de Tze Ming Pei. “Hubiera preferido que distinto fuera el camino, pero es la última opción, hijo”, le dijo aquella mañana. Ho, sabiendo del peligro que significaba acudir a ella, aceptó.

Caminó solo a pedir por una esposa. La mujer lo esperaba sentada en el pequeño jardín de su casa.

- Ho Xukung, ¿eres conciente de lo que esta visita significa? – le preguntó mientras se abanicaba.

- ¿Cómo sabe mi nombre?

- Sé tu nombre y varias cosas más. Te esperaba. Todavía estás a tiempo de casarte antes de cumplir los 23. Dentro de quince días conocerás a tu esposa: Ling Tzu.

Ho estaba sorprendido por lo que sabía de él. Pero el problema no era simplemente encontrar una mujer la cual casarse.

- Si me permite, hay algo más que quisiera decirle. Es sobre mis anteriores noviazgos, las desapariciones. Yo... No se bien por qué, pero...

- Las mataste. – Anticipó la mujer.

- Si. No sé por qué lo hago. Siento que no soy yo el que las acuchilla.

- No llores. No es tu culpa. Tu madre quedó embarazada de ti a los 15 años. A los dos meses y medio de gestación introdujo una daga por su vientre. Tu padre la detuvo y en cuanto naciste la desterró. Ahora deberás encontrarla y matarla. De esta forma no repetirás la historia con Ling Tzu. Ahora vete, no me siento bien.

- Pero ni siquiera sabía que tenía madre, ¿cómo voy a encontrarla?

Tze Ming Pei recostó hacia atrás su cabeza y ya no volvió a hablar. Ho regresó al palacio a pedir ayuda a su tío. Le preguntó sobre su madre pero él tampoco la había conocido. Al no existir rastros, el joven se sintió relevado de su condena.

A los quince días se presentó en el palacio una familia aristocrática amiga de su tío para ofrecer a Ho Xukung su hija de 16 años como esposa. Era Ling Tzu. El heredero se enamoró instantáneamente de su piel blanca y no dudó en aceptarla en matrimonio. La boda sería el mismo día de su cumpleaños, dos meses y medio más tarde.

Durante los siguientes setenta días vivieron una pasión sin tregua, mayor a cada instante. Hasta que, faltando poco para su cumpleaños, recordó las palabras de Tze Ming Pei. No quería que nada malo le sucediera a su prometida. Sintió miedo. Sabía que la única forma de evitar la catástrofe era obedecer el mandato de matar a su madre. Pero los días pasaban y no encontraba quién le pudiera decir algo de ella. Era como si nunca hubiera existido.

Llegó su cumpleaños y casamiento sin que pudiera resolver el misterio. Despertó en tal nivel de agonía que durante varios minutos pensó en quitar su propia vida, antes que la de su amada. Decidió regresar a ver a Tze Ming Pei y explicarle que si no cumplía con su parte del trato no era por falta de voluntad o dedicación.

- Si no la has encontrado es por que no supiste buscar. Tienes hasta las 12 del medio día, hora en la que naciste. Si no la has matado entonces, asesinarás a Ling Tzu. Serás juzgado por ello y te amputarán los dos brazos.

Ho escuchaba las palabras de la mujer al límite de la desesperación. Ya no había tiempo de encontrar a su madre, y no estaba dispuesto a a perder a su enamorada. En un arranque desenfrenado desenvaina su daga y mata a Tze Ming Pei.

Regresa al palacio y se calza el traje de fiesta. A las 12 del medio día besó a su esposa.

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