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28 de octubre de 2010

Relato de un cruce a Colonia en El Esperanza


Vas a ir en algo un poco más grande que un Limbo, dijo y me mandó la foto del Esperanza escorado a toda vela. ¿Algo más grande?, me sorprendí al ver la imagen. Conté las piernas colgando de la banda y estimé tamaño. No, es más grande, sesenta y dos pies de eslora, me corrigió. Desde entonces y hasta las ocho de la mañana del sábado, reenvié la foto, acompañada de comentarios engreídos y fanfarrones,  a cuanto amigo y enemigo tengo.
A las ocho menos cinco del sábado, con el bolso al pie, parado en muelle desconocido, miraba las tripulaciones llegar buscándoles algo que hiciera referencia al barco. ¿Ustedes son del Esperanza?, pregunté a un grupo de tripulantes, todos a pelo corto, que bien podrían haber sido de Prefectura. Pero no. A los minutos, Fernando, Ezequiel y Pablo, y la búsqueda se repitió, con más ojos y las dudas ahora en voz alta. Aquél gordo que va ahí, señaló un empleado del club a un tripulante del Esperanza que bajaba al muelle con una bolsa de panes. Siga esos panes, dije.
Al bajar la escalera lo perdimos de vista, pero sabíamos dónde amarraba el barco y fuimos. Llegamos a la punta del muelle y notamos que no estaba al alcance, dedujimos que la forma de acceder era subiendo al barco de al lado, el Fortuna II, y luego hacer el traspaso. Con cautela y sin demasiado convencimiento, lo hicimos. La cubierta del Esperanza estaba vacía. Al tripulante que intentamos seguir parecía habérselo tragado la tierra, o el río, lo que además de fantástico sería bastante repugnante, pensé. Caminé por la cubierta del Fortuna II hasta el punto donde el abordaje era posible y me detuve. Aún nadie a la vista en el Esperanza, me pareció invasivo subir sin permiso. Si hubiera estado en el campo, asomado a una tranquera habría dado un par de aplausos sonoros para llamar la atención de algún baquiano. Pensé que en ese contexto podría no ser “cool” y desistí. Miré hacia el costado para saber si mis compañeros alentaban el abordaje sin invitación, pero al ver que dos estaban apenas en proa y uno de ellos, aún en el muelle sin animarse a subir al Fortuna, mis acciones conquistadoras cotizaron en baja. Después de unos segundos de duda apareció un tripulante del Esperanza en cubierta. No registró mi intención. Buendía, le dije con injustificado tono gauchesco. Buendía, respondió y siguió con lo que estaba haciendo. Tomé esa respuesta como permiso y crucé de barcos. Miré al resto de la tropa, le hice gesto de “al abordaje mis valientes” y me siguieron. Enseguida apareció quien sería el capitán del Barco, el Prefecto Gastón Da Silva, con voz de mando nos dio la bienvenida al barco y nos invitó a entrar y dejar los bolsos. Bajamos a cabina y fue como mirar un hormiguero desde adentro. Debajo de la perfecta y luminosa soledad de cubierta, allí la realidad se teñía en tonos de cálido marrón y multitudes. Nos ofrecieron saludos y facturas. Retribuimos lo primero y rechazamos agradecidos (y aún inhibidos) lo segundo.  Nos acomodamos y empezamos a cambiarnos la ropa.
- Trajiste botas –dijo Ezequiel al ver que sacaba las mías del bolso.
- Y sí, con lo que está soplando nos vamos a mojar seguro. –le dije y me miró serio. Giró y lo miró fijo a Fernando.- ¿Ustedes no trajeron? –pregunté.
- Sí, pero a Fernando se le ocurrió que no tenía sentido subirlas y las dejamos en el baúl del auto –dijo sin quitarle los ojos de encima-, según él, en un barco de este tamaño no te mojas “ni de pedo”, ¿no? ¿Eso dijiste, o me parece a mí? –Fernando empezaba a dudar de su decisión.
- Eso quizás el timonel, pero nosotros que vamos a hacer banda… con las patas afuera no hay chances de que no te mojes. –dije sonriendo y orgulloso de yo haber comprado mis botas el día anterior.

Mientras Fernando pensaba cómo redimirse y Ezequiel cómo vengarse, Pablo miraba sus borceguíes y también empezaba a dudar de su criterio de elección.  Terminamos de vestirnos con nuestros “trajes de agua” y subimos. De los cuatro, al menos uno podría haber tenido un traje de agua de verdad, pensé. Pero no, éramos Atos, Portos, Aramís y D´Artagnan, los cuatro motoqueros. Si todavía quedaba alguien de la tripulación que no había notado nuestra presencia, sin duda el amarillo furioso de nuestros trajes engomados provocaba un contraste, con las pantalones y camperas idénticas y numeradas del resto, imposible de no percibir. El Prefecto nos miró, no dijo nada. Amarillo patito, ja, dijo Pablo, sin poder evitar condensar en palabras los que todos pensaban. De esto en las clases teóricas no nos habían dicho nada, pero sin dudas estaba implícitamente vedado en el lema “Somos de C.U.B.A., somos cool”, pensé. Si quieren, abajo en proa hay más pantalones y camperas, dijo el Prefecto, así estamos todos iguales. Sí queríamos y bajamos. Fuimos a proa y vimos el set de trajes colgados. Como miembros del team de S.W.A.T. alistándose para entrar en acción, cada uno tomó uno y se vistió.
Volvimos a salir a cubierta, ahora con super trajes, sintiéndonos Los 4 Fantásticos. El resto de la tripulación estaba en plena acción, armando la maniobra de spi, de mayor, genoa, eligiendo velas. ¿Les podemos dar una mano con algo?, preguntamos.  Fijense muchachos, si ven algo, metan mano nomás, dijo el Prefecto. Nos miramos los cuatro, miramos los 62 pies de eslora, y sí vimos algo, o vimos demasiado. Si bien todo era como en los H19 pero en mayor escala, lo sentíamos totalmente distinto. El resto de la tripulación sincronizaba y nosotros sentíamos que estábamos ahí, igual que como habríamos estado en un submarino, o en un helicóptero o en la cabina de la mismísima nave nodriza. Siento como si nunca me hubiera subido a un barco, dijimos entre nosotros. Entendí que cada tripulante tenía una función asignada y que hasta que no nos pidieran una mano con algo, no teníamos mucho espacio para actuar. Asumí esto y me tranquilicé, será cuestión de esperar, pensé. No estar haciendo nada era bastante incómodo, pero había algo peor, mucho peor que eso y deseé y puse toda mi atención en que al menos nadie nos pidiera que nos corriéramos para poder maniobrar. En mi cabeza empezó a perseguirme la primer clase del curso, “van a empezar por dejar de ser un ‘ahí no’, para terminar convirtiéndose en timoneles”. Sentí que si alguien llegaba a pedirnos que nos moviéramos de lugar sería una total derrota, y que ya no podría volver a mirar a nuestro comodoro a los ojos.  “¿Me das una mano para sacar la Genoa 1 del tambucho?”, me preguntó el Palomo. “Sí, dale”, respondí y sentí ganas de abrazarlo. Y así, de a poco, con poco, nos fuimos acoplando a la tripulación del Esperanza.
“¡Soltamos amarras!”, gritó el capitán y zarpamos, cada uno con una defensa en la mano, listos para actuar en caso de un error de maniobra. Salimos del club a motor, nos pusimos proa al viento y arriba la mayor. “Vos izá el genoa con él”, me dijo uno de los tripulantes. Coloqué mis manos en el cabo, “vamos coordinados a la cuenta de tres”, dijo mi compañero, me alisté para izar un genoa más pesado que el del H19, pero nunca imaginé que sería como izar los 18 búfalos excedidos en peso que representaba esa genoa. ¿Nunca va a llegar hasta el tope?, pensé mientras sentía que en las manos me freían croquetas de fuego. Terminamos, repicaron driza con molinete, se apagó el motor y “estamos navegando”, anunció el prefecto.
En cuanto salimos, la velocidad del viento y el nivel de las olas dejaron bien en claro que la decisión de mis compañeros de no haber traído botas, sería la peor del fin de semana. Con el barco escorado y sentados con las piernas colgadas en la banda, en dos olas nos mojamos como un saquito de té en agua hirviendo.
“Vamos con unas viradas”, gritó el capitán, anunciando maniobras de entrenamiento previas a la regata. Pablo se sumó para cazar la escota del genoa, para lo que hacía falta de tres tripulante: uno cobrando de la escota y dos en el molinete. “No hagas fuerza con los brazos, usá las piernas y el peso del cuerpo”, le explicó el otro tripulante de molinete. Pablo lo miró, le entendió, pero su cuerpo quizás no. “Vamos con otra virada”, gritó el capitán y Pablo fue con otra. “Vamos con otra” y Pablo también fue. “Vamos, vamos, vamos, rápido con la Genoa”, gritó el capitán y a esa altura quizás su compañero lo habría hecho más rápido si no hubiera tenido que lidiar también con el peso de Pablo desfallecido sobre el molinete. Terminó y como pudo se arrastró a la banda. “Che, en la próxima que uno me releve por que no puedo más”, dijo y en las siguientes nos turnamos.
Llegamos a la línea de largada, habremos hecho dos, a lo sumo tres bordes y cruzamos la línea. El resto del viaje fue parejo. Sentados en la banda, recibiendo mucho viento, frío y agua las primeras dos horas, un poco más tranquilo las otras dos, hasta entrar, cuartos, al puerto de Colonia. Tomamos amarra en una boya, desarmamos velas y la comida está servida. “¿Cómo, los sánguches de hace un rato fueron el almuerzo?”, preguntó uno de nosotros. “Y, parece que no”, dije y bajamos a la picada, con Fernet de 2pm para los osados, coca cola para el resto.
Después de que la mayor parte de la tripulación no quisiera bajar del barco, al día siguiente, a las 10.30 estábamos zarpando de regreso. Por suerte, ninguno de nosotros participó del Karaoke nocturno en Colonia Rock, ni bailó de manera ridícula desentonando “mi pollera amarilla”, no, nada de eso, por lo que no fue difícil levantarnos para llegar puntual.
Zarpamos en un horario cercano a las once y media, con dos invitados adicionales. Ellos pasaron a ser los “nuevos” y nosotros casi parte de la tripulación de siempre, o al menos ya nos sentíamos un poco más parte de la tripulación. Con vientos francos y suaves, sol cálido, el cruce de regreso se prestó para abrir un vino, picar quesos, salames y salchichas en cubierta, charlas y alguna siesta al sol. Tal era el clima de distensión que el Prefecto Da Silva, lejos de llevar su campera con el número uno en la espalda y la gorra de capitán, lucía una remera y, con orgullo desafiante, un gorro tejido de Boca Juniors. “Ojalá se te vuele”, le decían algunos en confianza, sin imaginar que sus no deseos serían cumplidos en un descuido o una racha de viento millonaria, y que el gorro terminaría en el agua. “ja, Eolo, dios del viento es de River”, pensé y más de uno aprovechó para reírse clamando la justicia del viento. “¿Ah sí, se ríen? ¡Maniobra de hombre al agua! ¡Vamos, maniobra de hombre al agua, dije!” y mandó la virada, así, cómo veníamos, navegando a un través, a lo sumo un descuartelar. Ya habíamos experimentado la violencia con la que el genoa pasaba de banda en las viradas de ceñida a ceñida y aún sin haberle perdido respeto, en esa virada se sumó el pase directo de la mayor en un descuartelar de una banda, al descuartelar de la otra. “Somos de C.U.B.A., somos cool” pensé para reprimir mi impulso de tirarme cuerpo a tierra sobre la cubierta al ver la botavara viajando a velocidad asesina, dispuesta a decapitar cuellos desprevenidos. Apuntamos al viento y desde proa, con bicheros, las dos tripulantes femeninas pescaron el gorro del capitán, el que mojado, lo devolvieron a su cabeza. Unas horas más tarde, sin sobresaltos llegamos a puerto y la baja profundidad del agua no nos permitió entrar.  Nos buscó una lancha del club y el Esperanza continuó su recorrido, en busca de aguas más profundas donde amarrar. Nosotros, volvimos con la experiencia de haber hecho nuestro cruce bautismo a Colonia nada menos que en un 62 pies, algo que, muy probablemente, no nos vuelva a suceder.

16 de octubre de 2010

Textos on the spot II*

Esa vez llegó tarde por que no quería llegar. Pensó en no ir y en posibles excusas: la mayoría ya utilizadas y con poco crédito, por lo que no tuvo más remedio que ir, había confirmado el día anterior. Sólo faltaba él. Su padre lo llamó reiteradas veces al celular. Roque no lo atendió. Presumía el motivo y no tenía gana de confirmarlo.

Ocurrió entonces algo inesperado, al cortar, el teléfono volvió a sonar y reconoció el número de su ex mujer. No podía imaginarse el porqué y luchó entre la curiosidad y el miedo de responder. Pensándolo bien, podía sacar ventasas de esa situación. Hacía mucho que no utilizaba a Julia como pretexto para no ver a su familia. Sus padres la amaban, quizás más que a él, sospechaba Roque, y cada vez ue había dicho que ella tenía alguna molestia o que se sentía un poco mal, su padre le rogara que no la hiciera salir de la casa, que la cuidara, que hiciera reposo. Por suerte, ahora debía pensar cómo decirlea su padre que no podría ir. Lo llamó y le dijo que Julia acababa de llamarlo y que necesitaba verlo urgente. ¿Ah, sí? ¿Te llamó recién? Mirá vos, porque Julia está acá con nosotros. ¿Cómo que está ahí? Sí, bueno, yo te llamaba para decirte si podíamos dejar el almuerzo para otro día, porque al final salimos con Julia a comer afuera.

Bueno, dijo Roque, que ya había llegado, tarde otra vez, a la casa de sus padres. Y se volvió a su departamento.


* Este texto surge de un ejercicio de taller, en el cual el profesor dicta una frase y con ella se empieza a escribir un relato. Al tiempo dicta otra frase y se debe continuar con aquella frase. Lo mismo las subsiguientes. Están en negritas las frases dictadas que había que incluir.

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