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30 de mayo de 2009

Revuelto Gramajo

La primera vez que vendí algo, a mis diecisiete, fue una promesa de sexo oral; y todo lo sucedido en el último tiempo, quince años después, me remonta a ese día. “Por trescientos pesos yo hasta te dejo que me la chupes”, dije riendo, aferrado a Marcos, intentando no vomitar la escasa comida que mi estómago, irritado por sustancias nocivas, quería expulsar. Marcos era preparador físico en All Boys, club en el cual jugaba en aquel entonces. Era algo más grande que yo, pero al poco tiempo de conocernos nos llevamos muy bien. Después de entrenamiento íbamos a comer a La Farola. (Más revuelto gramajo, por favor!)

8 de mayo de 2009

Virgenes e ilesas

Recorría sus imágenes bajo un ventilador que demasiado lejos, demasiado mezquino, demasiado justiciero, parecía succionar el aire. Años atrás y en el estante más alto había intentado sepultar aquellos recuerdos. Con sus manos secas los comprimió en un frasco de vidrio denso. Uno por uno. Empujó con fuerza los últimos que insistían en sobrevivir. Apoyó la tapa sobre los rezagados rebeldes y se sentó sobre ella. Duplicó su peso llenándose de odio hasta que los aplastó. La giró y selló el cofre con el deseo de que el tiempo los desintegrara.

Años más tarde se encontraba en aquel mismo lugar buscando aquello que alguna vez quiso perder. Puso un pie en la biblioteca, se aferró de la culpa y al engaño que había acumulado en la anteúltima repisa y con una fuerza perversa voló hasta el estante más alto. Tomó el frasco de recuerdos en conserva y juntos se estrellaron en el piso. Pedazos de vidrio se desparramaron sin coherencia: en las paredes y en el techo, bajo las uñas y en los párpados. Las imágenes estaban ilesas, vírgenes. No podía dejar de mirarlas: los vidrios clavados en sus ojos le impedían cerrarlos. No podía romperlas: los vidrios bajo sus uñas le impedían agarrarlas. Entendió que, quizás, no le alcancen los días de vida para pagar el dolor que le había causado. Aquel ventilador mezquino y justiciero que no empujaba el aire empezó a mover hacia su cuerpo los trozos de vidrio desparramados en el piso. Los sintió de a uno penetrar su piel y encallarse en la carne, en los huesos. Si tan solo pudiera verla. Si pudiera decirle lo arrepentido que estaba, lo poco hombre que había sido. Si tan solo estuviera viva.

Tomó la foto entre sus manos. Sintió que ella lo miraba, se avergonzó y una lágrima le resbaló desde el ojo, a través del vidrio y hasta ella. Los cerró y al abrirlos, sobre ella cayó una lágrima de sangre. Puso la foto contra el pecho y con los cinco dedos de la mano derecha la estacó a su carne.

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