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24 de noviembre de 2007

Laberintos de un maximizador

En ocasiones lo práctico se convierte en episódico. Por lo menos eso fue lo que me pasó aquella tarde puntual de ese mes cualquiera.

Siempre tuve especial manía por maximizar el tiempo, organizando y planificando las variables que están bajo mi control para emprenderlas en el menor tiempo posible. Cuando uno encara un viaje doméstico por más corto que sea, elige la mejor combinatoria entre medios de locomoción y el camino a tomar, evaluando su longitud y dinámica de circulación. Yo tengo el hábito de aplicar esta mecánica en variados ámbitos de mi vida, no se bien si por diversión o por manía. A este cuestionamiento llegué un día en el que me reconocí resolviendo que al entrar al ascensor perdía menos tiempo si antes de marcar el botón del piso, presionaba el botón de cerrar puertas. El razonamiento aplicado es que si como primer paso se presiona el botón del piso, y recién después el de cerrar puertas, mientras se están cerrando las puertas, hay un tiempo muerto en el que lo único que se puede hacer es mirar cómo estas se cierran (tiempo absolutamente improductivo, ya que todas lo hacen de igual forma). Sin embargo si invertimos el orden de estas dos acciones imprescindibles el tiempo total se reduce a la mitad, ya que despues de presionar el botón cierra puertas, mientras las puertas se están cerrando, hay tiempo de presionar el botón del piso.

No tengo ninguna intención de ocultarlo o negarlo, tengo bien claro que este razonamiento es una pelotudez verdadera. Nunca leí el libro de Paenza “Matemática estás ahí”, pero no creo que llegue a razonamientos tan poco útiles como este. Por eso creo que soy del tipo maximizador maniático.

Y aquella tarde puntual de aquel mes cualquiera me encontraba cruzando la avenida 9 de Julio, acto que me colocó en una de esas situaciones de maximización de tiempos. Estaría exagerando un poco si dijera que no poder cruzar esta avenida en el tiempo de un semáforo me pone de muy muy mal humor, pero la realidad es que por lo menos un "la pucha sea" me arranca. Me parece absurdo tener que cruzar una calle en dos tandas (y poco me importa que sea la más ancha del mundo, lo cual no me consta), y por una cuestión de principios generalmente me rehúso a correr los últimos cuarenta metros para llegar en un solo semáforo. “A gentleman will walk but never run” dice Sting, y no se si es esto exactamente lo que pienso yo al respecto, pero se parece y me gusta citar frases ajenas, sea esta de Nietzsche o de Wanda Nara.

Entonces ahí estaba, cruzando esta avenida contra natura, detenido en la plazoleta a mitad de camino, coercionado por esa pedante luz roja. Ofuscado, impotente por no poder avanzar, imperaba en mí la necesidad de maximizar este tiempo muerto. No quiero ser grosero, pero necesito aclarar que aprovechar el tiempo de espera en un semáforo sacándose y amasando un moco, es una actividad socialmente aceptada para los conductores vehiculares, pero muy repudiable para un transeúnte. Entonces resolví que no me quedaría ahí haciendo equilibrio al borde de la vereda, abrazando con los dedos de los pies el borde del cordón, cual nadador agazapado en la tarima de su andarivel listo para volar hasta el agua. Ya que mi hoja de ruta me pedía caminar en dirección sur tres cuadras y dos hacia el oeste, decidí hacer por lo menos una de estas cuadras en dirección oeste, haciendo un corte longitudinal a la 9 de Julio.

En algunos tramos, entre carril de ida y carril de vuelta la 9 de Julio tiene una plazoleta de unos diez metros de ancho que invita a caminarla. Esto no pasa donde estaba yo. En este tramo, tiene unos tres metros de ancho, y está repleta de coloridos y bien alimentados arbustos. Claramente quien se encargó de esta parquización no tuvo la intención de darle circulación peatonal, y quién sabe con qué objetivo le hizo un ínfimo sendero que la atraviesa. Y por ínfimo me refiero a un caminito de asfalto de 15 cm de ancho, que la surca zigzagueante. Desde la ventanita del obelisco deben de verse un continuado degrandes Zs.

Entonces dejé de hacer equilibrio en el borde del cordón para empezar a hacerlo en este angosto sendero. Y empecé a caminar entre los arbustos entre los autos, haciendo equilibrio para no caerme fuera del sendero y quedar atrapado por la vegetación.

A cada metro que avanzaba en dirección oeste la parquización se hacía más tupida y más alta, hasta que de repente y sin saber bien cuando tornó selvática, y ya no pude ver, ni escuchar los autos, o los edificios, o la gente.

Seguí caminando.

El ruido de la ciudad se había transformado en silencio. No dejé de caminar, pero empecé a escuchar ese silencio.

No veía otra cosa que arbustos gigantes y el sendero que parecía no tener fin. Solo podía caminar derecho, y confiaba en que en algún momento llegaría a la otra esquina. Mientras seguía avanzando, el silencio se hacía más profundo. Era de por lo menos dos kilómetros.

Empecé a tener algo de intriga, también miedo, pero primero intriga. ¿Dónde estaban todos los autos, los edificios, la gente? En cualquier dirección que mirara estaba rodeado por enormes arbustos, hojas, ramas. Hacia los costados la profundidad visual era de un metro y medio, después era todo oscuro y no podía distinguir formas, pero el camino no terminaba y yo no me detenía. Seguí por el laberinto hasta que el camino se abrió en un área de descanso y me encontré con una mujer sentada en un banco de cemento y piedra, sin respaldo.

Tenía entre 50 y 60 años, estaba finamente vestida, y no pareció advertir mi llegada. Tenía un pedazo de pan en la mano, cortaba pedacitos y los tiraba suavemente al piso, no muy lejos del banco. Yo me quedé parado a un costado suyo, en silencio observándola, hasta que sin levantar la vista me preguntó si estaba perdido. Yo no supe la respuesta a su pregunta, así tardé en responder. Miré para todos lados, buscando sin buscar la respuesta, pero tampoco la encontré. Sólo había dos direcciones en las que podía caminar, retroceder y volver, o seguir avanzando en dirección oeste, por lo tanto difícilmente podría estar perdido. Pero aún no respondí.

- ¿Cómo llegaste hasta acá? – me preguntó mirándome fijo.
- Solamente caminé derecho.-

Supuse que mi respuesta no la conformó, por que se quedó mirándome, esperando que la ampliara. Examinó el resto de mi cuerpo, buscando alguna señal de repuesta a la pregunta que evidentemente yo no entendí. Me miró nuevamente a los ojos, dándome una última oportunidad. No pude aguantar su mirada y bajé la vista.

- Entonces llegaste por error – dijo finalmente. Agarró otro pedazo de pan y siguió tirando migajas al piso, sin mirarme.

Esa fue nuestar última interacción. Me sentí incómodó y seguí caminando, en dirección oeste, sin entender nada de lo que estaba pasando. Esa mujer, sus preguntas, los arbustos, el banco sin respaldo, el silencio... nada tenía sentido. Empecé a caminar cada vez más rápido. El laberinto de arbustos parecía no terminar nunca. Nada encajaba. Mi caminar rápido se transformó en un correr, y el correr en correr rápido. Solo quería llegar a la otra esquina, saltar al agua y nadar. Corrí, casi que volé hasta que finalmente llegué a la esquina, el semáforo estaba en verde, y así corriendo crucé el segundo tramo de la 9 de Julio.

Agitado, tratando de recuperar el aire, apoyado con las manos en las rodillas, en esa esquina que conocía, con el mar de gente y de autos que también conocía, me doy vuelta buscando el laberinto del cual había recién salido. Ahí estaba la 9 de Julio, sus autos, sus edificios y su plazoleta en el medio, con sus lindos arbustos de medio metro de alto. Todo conocido, nada raro, ningún rastro de los arbustos gigantes, del laberinto, del silencio, de la mujer ni del banco sin respaldo.

Caminé las dos cuadras dirección sur y la cuadra dirección oeste que me faltaban para llegar a mi destino doméstico.

Nunca más volví a encontrarme con aquella mujer, ni con los arbustos gigantes, ni con el silencio. Ahora intento no maximizar el tiempo. Busco aquel error.

2 comentarios:

  1. Hola, llego por el blog de LG...me gusto tu relato cuento -loquesea- los contrastes, esta bueno, mientras lo leia me imaginaba a woody allen en el ascensor no se porq jaja,un beso.

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  2. muy muy bueno. me encanto.
    conozco el "cantero" al que haces referencia, alguna vez tambien me atrevi a pasar por alli pero nunca me sucedio algo tan interesante.
    a bientot!

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