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5 de noviembre de 2007

Cruces en el subte

A veces me asombra cuántas cosas suceden en un viaje en subte y que no alcanzamos a percibir o a entender.

Me subí en la primera estación. El vagón todavía semi-vacío cuando me senté, varios asientos sin siquiera un plan trabajar. Bueno, para no andar con pretenciosas metáforas coyunturales y ser más claros, había varios asientos, más de la mitad desocupados. El de mi izquierda lo estaba. A mi derecha sí había alguien sentado. Azul, no puedo decir nada más de mi vecino con quien tuve contacto físico en un 76% de la zona de mi brazo derecho que va desde el hombro hasta el codo, de la parte externa claro, y durante por lo menos 6 minutos, que es lo que debe tardar el subte en hacer tres estaciones.

No estaba especialmente atento a nada, jugaba con la birome y el folleto que había recibido casi sin darme cuenta, dibujaba líneas amorfas, cuando alguien se sienta a mi izquierda. Inferí por el largo de sus piernas, por su pantalón verde a rayas, sus botas, sus manos chicas, y su aroma, que era una mujer, joven y para darme el beneficio de la duda y la promesa de aventura decidí suponer que además era linda.

Por supuesto que no podía quedarme con esta duda, pero su proximidad en el espacio no me permitía mirar, inspeccionar sin ser descubierto. Mi alcance ocular, restringido por la imposibilidad de movilizar cualquier parte de mi cuerpo más que los ojos, solo me permitió registrar hasta la altura de sus hombros. Si bien no pude ver su cara, lo que sí vi fue de mi agrado.

Esta misión iba a requerir de una estrategia más extrema. Entonces pensé que si estuviera interesado en saber cuál era la estación en la cual el subte estaba detenido estaría justificado girar mi cuerpo en busca de esta información. La coartada era razonable. Entonces puse el plan en marcha. Giré, demasiado rápido para lo que era mi objetivo real, pero por temor a que éste fuera revelado, exageré la velocidad del movimiento. Apenas pude echar un vistazo de su cara. Con la vista proyectada por la ventanilla y perdida en algún lugar de la estación, toda mi inteligencia estaba puesta al servicio de la reconstrucción de esas escasas imágenes de su cara. Las únicas conclusiones que podía sacar eran sobre su pelo: castaño oscuro con algunas ondas, agradable; sobre sus facciones: proporcionadas, nada que se destacara; y la conclusión principal era que iba a necesitar que la segunda inspección, a mi regreso a mi posición original fuera más prolongada. Recordé mi coartada y para darle consistencia me agaché espasmódicamente dos veces, simulando no encontrar el cartel con el nombre de la estación. "Estación Leandro N. Alem". Ahí fue cuando recordé que estaba en la primera estación, y en la cual yo había subido.

Aun si no lo supiera, para qué podría yo necesitar saber el nombre de la estación en la que me había subido? Era absurdo, totalmente inconsistente. En ese instante me sentí desnudo, sin coartada que tape mis partes pudendas. A mitad de recorrido me quedaba desprotegido, desamparado. Por un segundo entré en pánico. Tenía que volver a mi posición original, y ella estaba demasiado cerca. Me acaloré.

Entonces como gato acorralado me acoracé de valor para pelear esta batalla. Decidí hacer un cambio drástico de estrategia. Orgulloso resolví abandonar aquel pretexto adolescente, y hacerme cargo de mis treinta y dos años, y aprovechar el aplomo y la seguridad que los años de experiencia me habían dado, o que al menos debieran haberlo hecho.

Hasta los 19 años, inclusive, siempre sentí vergüenza de que cualquier mujer de mi entorno supiera que a mi me gustaba alguna chica. Y que se enterara de mis sentimientos la mujer objeto de mi deseo era lo peor que me podía pasar. Está claro que me refiero a la típica vergüenza adolescente, nada extraño, pero lo particular es que yo tardé algo más de la cuenta en superarla. Y evidentemente no logré hacerlo por completo, si es que lo haga alguna vez.

Después de ese instante de lucidez, me llené de hombre de treinta y dos e inicié el camino de regreso, sin ningún prurito de que el objeto de mi aventura advirtiera mi intención. Más bien todo lo contrario, quería que sintiera mi presencia intencionada.

Con una sincronización perfecta sucedieron los siguientes eventos: empecé a girar mi cuerpo entero hacia el encuentro con mi víctima, arrancó el subte y mi vecina se inclina hacia adelante para levantarse.

Y el subte arrancó, y mi vecina se levantó y yo regresé a mi posición original, sentado rectamente, siguiendo todos sus nuevos movimientos. Finalmente vuelve a sentarse, ahora frente a mi, revelando la totalidad de su rostro para que yo pueda confirmar que efectivamente era linda. Bueno... agradable, interesante, no se si linda lo que uno dice linda como primer cualidad que la defina. Era atractiva, sin duda.

Pero quería un poco más. Si bien se había concretado mi objetivo inicial, que era conocerle la cara, mi estrategia de hombre de 32 era más ambiciosa. Con este nuevo plan, su levantada fue como un desaire, me hizo sentir como ultrajado, sin embargo no me amedrenté.

Busqué su mirada, hasta que registré que ella ya la estaba advirtiendo y evitando.

- “Perdón, debo tener un olor muy fuerte no?”- le dije rompiendo el vacío de voces. Se quedó mirándome fijo, desencajada, incomodada por la situación.
- “digo, como te levantaste del asiento al lado mio y te sentaste enfrente quizás sea por que había algo de mi que te molestaba” – Seguía mirándome fijo, sin saber cómo reaccionar.
- “Si, perdón por hablar de esto frente a los demás”- le dije adivinando su pensamiento e intentando ser simpático. Se sonrió.
- “No, no es por eso... no me di cuenta... me cambié de asiento por que me bajo de este lado... de hecho ya me bajo en la próxima... perdón”-

Se levantó muy apurada y se quedó parada junto a la puerta, deseando que se abrieran en ese mismo instante y tirarse.

Claramente yo no estaba muy contento con el resultado de mi estrategia. Pero más que rechazado, me sentía conflictuado por haberle hecho pasar un mal momento a esa desconocida. Solamente quise ser simpático y gracioso.

Entonces me acerqué para pedirle perdón, y decirle que no había querido incomodarla, que solamente intentaba ser agradable.

Sin siquiera mirarme, abrió las puertas y se tiró.



...


A la tercera estación me bajé. Choqué alternadamente con dos hombres y una mujer que venían muy apurados por no perderse el subte. Uno de los golpes, el que dio en mi brazo derecho, hizo que la birome que todavía tenía en mi mano dibujara una raya azul indeleble y amorfa en mi camisa.

Me di vuelta rápidamente, para ver quien había sido, para insultarlo o para descargar mi bronca de alguna forma aún no resuelta. Esta persona ya estaba dentro del subte, las puertas todavía no habían cerrado. Me quedo mirándolo. Miro mi camisa manchada. Mi agresor tenía la vista en el piso, esperando que el subte arrancara. Lo miro durante unos instantes más, suponiendo que en algún momento va a levantar su vista y hacerse cargo de lo que le había producido a mi camisa. No lo hizo, no por irresponsable, simplemente no lo advirtió. Él simplemente quería alcanzar el subte, que empezaba a irse.

Me quedé durante algunos segundos parado, sujetando el trozo damnificado de mi camisa.

Mi camisa estaba arruinada... cómo estará ahora mi fugaz vecina del subte?

1 comentario:

  1. Anónimo8:44 p. m.

    muy bueno!! me gusto mucho, y me gener� un mont�n de intriga!

    Mili

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