5 de septiembre de 2010

Adiviná qué!

Juan, en el cuarto, haciendo algo, quizás ordenando, tal vez arreglaba un control remoto. Francisco se asomó a la puerta, extendió el brazo, se apoyó en el marco y a que no sabés quién se murió, le dijo. Juan dejó de hacer aquello que hacía, levantó la vista, le pareció de mal gusto analizar postulantes con avanzadas chances de muerte, no sé, Fran, dijo. Es un familiar mío y vos lo re conocés. ¿Tu papá? Francisco lo miró serio, ¿pero sos boludo, cómo se va a morir mi papá? Juan puso cara de desconcertado, no sé, ¿el moncho? Ah... pero sos un reverendo pelotudo, dijo y se fue.

8 de julio de 2010

Vandalísmo poético

En la entrada del bar donde hago mi taller de escritura pusieron este cartel, el que, en mi oponión, se ha hecho merecedor de ser poética o artísticamente vandalizado.


El vandalismo que propongo consiste en agregar otra cinta debajo completando la frase. Se me ocurrió la siguiente:

Tire
o empuje
pero haga algo,
LA INDIFERENCIA MATA

Acepto sugerencias.

21 de junio de 2010

Por que se rascó la pera *

http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895

Caminó las dos cuadras sin que ella lo advirtiera. La charla había aclarado las cosas, sin embargo algo le produjo desconfianza, otra vez.

Joaquín era de hablar poco, de casi no cuestionar. Prestaba atención a pequeños detalles y notó que Érica se rascaba la pera más de lo normal. Pagó los cafés y se despidieron.

¿Espero a que me llames en quince días, entonces?

Érica respondió que sí. Se volvió a tocar la cara.

Joaquín, como siempre, eligió no confrontarla, pero sabía leer sus tics. Dejó que se alejara hasta doblar la esquina y empezó a seguirla. No era la primera vez que lo hacía. Le transpiraban las muñecas, las rodillas y sentía flojos los tobillos, pero igual caminaba.

Las tres veces anteriores había confirmado sus sospechas. Después de esas dos cuadras ella seguía caminando sin mirar hacia atrás. Apuró sus pasos hasta alcanzarla y la llamó.

Érica, no me llames en quince días, le dijo. No me llames.

* Este texto surge de un ejercicio de taller, en el cual el profesor dicta una frase y con ella se empieza a escribir un relato. Al tiempo dicta otra frase y se debe continuar con aquella frase. Lo mismo las subsiguientes. Están en negritas las frases dictadas que había que incluir.

16 de mayo de 2010

Que no se sepa

Qué feo ser egoísta, pero el que esté libre de culpa que arroje el primer ego.

El sábado perdimos 6 a 2, terrible paliza, y yo hice un gol. Me fui con bronca, como todos, pero íntimamente contento por haber hecho un gol. Un gol que realmento no sirvió para nada, ni siquiera para dar un golpe anímico al equipo. Sólo para mimarme el ego.

Y bueno, tampoco que hubieramos jugado por salvarle la vida a nadie, ni por el hambre mundial, ni por que levanten el programa de tinelli.

Si pudiera elegir entre lo que pasó o haber ganado... creo que me quedo sin arrojar ni el primer ni el último el ego, pero ahí lo tengo, bien guardadito en el bolsillo. Cada tanto un poco de ego-ismo no le hace mal a nadie, pero que no se sepa.

27 de marzo de 2010

It's the final count down - tararan tán, tararan tan tan, tararan tán, tararantan tan tan tan, tararán tararanchi wan pau chu chuuuu


(no comenzar la lectura de este post sin haber hecho play antes)

Al 83%.

Solo 8.500 palabras, 47.300 caracteres para romper la barrera del sonido. And then we've got MOMENTUM!
A la novela me refiero, está claro, no?
tararan tán, tararan tan tan, tararan tán, tararantan tan tan tan, tararán tararanchi wan pau pau, chu chuuuuuuuu.... IT'S THE FINAL COUNTDOWN!

7 de marzo de 2010

Todo vuelve

Tambien las ideas, o la "inspiración" (palabra y concepto que no me gusta), o la conexión. Todo vuelve.

Estoy escribiendo sobre un personaje que a mis "lectores de indias" (y esta es una vaga analogía de conejillos de india, y vaga no significa "amplia" sino "pajera"..., y si una analogía necesita ser explicada es por que es realmente mala, pero me da "vaguedad" buscar otra. Y ahora que están llegando al final de este increíble y ridículamente largo paréntesis, si quieren entender la oración 'madre', vuelvan a leerla y salteen toda esta chorrera de sandeces, sólo recuerden el significado (bastante obvio, por cierto) de esta analogía.(lo malo que será este paréntesis que necesité usar un paréntesis de paréntesis, y encima dos veces (...leer un poquito más)

19 de enero de 2010

Apuntes de novela

No se porqué pero volví. Volví, pero un poquito. No es que tenga pensado volveeer (así con la e arrastrada), pero al menos hoy estoy. No se si queda alguien acá, pero si alguien pasa puede recoger el guante. Y también lo puede volver a tirar, o nada, si es que deciden ni siquiera agarrarlo.

Bueno, como comenté antes, o no, creo que no comenté nada concretamente, solo insinue, estoy escribiendo una novela. Voy por un poco más de la mitad, y me gusta bastante. A la gente que le voy mostrando los capítulos en general tambien, bastante. Sólo espero que cuando la termine también les guste a los que les tiene que gustar. No me refiero a ustedes, a los lectores, sino a los edi, edi-tores.

Hoy casi que termino el último capítulo. Alguna gente, la primer página que leen de un libro, es la última. Yo nunca voy a hacer eso, pero sí es cierto que a mitad de la novela ya tengo escrito (casi) el final. Y bueno, ahora solo me falta rellenar lo del medio.

No quiero, pero sí quiero terminarla. No la quiero dejar, pero si tener lista. Estoy un poco ansioso.

A.J., son las iniciales de mi protagonista.

Es tarde ya. Mejor que voy a dormir.

31 de agosto de 2009

Mendicrim

Queso crema cuyo objetivo primario consistiría en ser untado en tostadas. En el manual de uso jamás publicado, se recomienda combinarlo con cualquier tipo de mermeladas. Un grupo de personas que se consideran culinariamente osadas y transgresoras, lo mezcla con dulce de leche, obteniendo una pasta de sabor exquisito y, según su percepción, indescifrable. ¿Qué es, cómo lo hiciste, qué tiene, qué le pusiste?, son la preguntas que imaginan recibirán quienes preparan esta mixtura. Lo que esta gente no sabe, es que al preparar la mezcla, sólo esta devolviendo el queso crema a su estado primario. En los orígenes, hace ya más de dos mil años sólo existía el mendileche. En un proceso químico fortuito, los irlandeses hermanos Chok O’Cake, lo separaron en Mendicrim y Dulce de Leche. Desde entonces existe un grupo secreto, que opera en las sombras, cuyo objetivo es mantener oculto el origen de este queso crema. Se infiltran en reuniones, fiestas y agasajos en los que esta mezcla está presente, y son ellos quienes preguntan ¿qué es, cómo lo hiciste, qué le pusiste?, con el objeto de instalar en el inconciente colectivo el desconocimiento y la sorpresa al probar esta mezcla, el mendileche.

30 de mayo de 2009

Revuelto Gramajo

La primera vez que vendí algo, a mis diecisiete, fue una promesa de sexo oral; y todo lo sucedido en el último tiempo, quince años después, me remonta a ese día. “Por trescientos pesos yo hasta te dejo que me la chupes”, dije riendo, aferrado a Marcos, intentando no vomitar la escasa comida que mi estómago, irritado por sustancias nocivas, quería expulsar. Marcos era preparador físico en All Boys, club en el cual jugaba en aquel entonces. Era algo más grande que yo, pero al poco tiempo de conocernos nos llevamos muy bien. Después de entrenamiento íbamos a comer a La Farola. (Más revuelto gramajo, por favor!)

8 de mayo de 2009

Virgenes e ilesas

Recorría sus imágenes bajo un ventilador que demasiado lejos, demasiado mezquino, demasiado justiciero, parecía succionar el aire. Años atrás y en el estante más alto había intentado sepultar aquellos recuerdos. Con sus manos secas los comprimió en un frasco de vidrio denso. Uno por uno. Empujó con fuerza los últimos que insistían en sobrevivir. Apoyó la tapa sobre los rezagados rebeldes y se sentó sobre ella. Duplicó su peso llenándose de odio hasta que los aplastó. La giró y selló el cofre con el deseo de que el tiempo los desintegrara.

Años más tarde se encontraba en aquel mismo lugar buscando aquello que alguna vez quiso perder. Puso un pie en la biblioteca, se aferró de la culpa y al engaño que había acumulado en la anteúltima repisa y con una fuerza perversa voló hasta el estante más alto. Tomó el frasco de recuerdos en conserva y juntos se estrellaron en el piso. Pedazos de vidrio se desparramaron sin coherencia: en las paredes y en el techo, bajo las uñas y en los párpados. Las imágenes estaban ilesas, vírgenes. No podía dejar de mirarlas: los vidrios clavados en sus ojos le impedían cerrarlos. No podía romperlas: los vidrios bajo sus uñas le impedían agarrarlas. Entendió que, quizás, no le alcancen los días de vida para pagar el dolor que le había causado. Aquel ventilador mezquino y justiciero que no empujaba el aire empezó a mover hacia su cuerpo los trozos de vidrio desparramados en el piso. Los sintió de a uno penetrar su piel y encallarse en la carne, en los huesos. Si tan solo pudiera verla. Si pudiera decirle lo arrepentido que estaba, lo poco hombre que había sido. Si tan solo estuviera viva.

Tomó la foto entre sus manos. Sintió que ella lo miraba, se avergonzó y una lágrima le resbaló desde el ojo, a través del vidrio y hasta ella. Los cerró y al abrirlos, sobre ella cayó una lágrima de sangre. Puso la foto contra el pecho y con los cinco dedos de la mano derecha la estacó a su carne.

16 de abril de 2009

Cruz Monte

Traía poca ropa en un bolso mediano y una mochila con bolsillos para imprevistos. La vi parada en la puerta de mi casa y supe que Clara no sería como Susana o Gloria. A mi tampoco me gustaba planificar demasiado, era evidente que en eso éramos parecidos. Cuando yo hiciera un viaje también llevaría poco equipaje: un pantalón, una camisa, una muda de ropa interior y objetos de higiene personal. Clara y yo podríamos ser excelentes compañeros de viaje.

   - Qué bonita casa y que grande.- dijo ni bien entró.
   - Sí, es grande. Pero no la voy a vender. Tengo muy lindos recuerdos. Desde chico vivo acá. Mi madre también se crió en esta misma casa. Murió hace dos años.
   - Qué pena, cuando lo siento José. – respondió ella con su acento español.

Clara era de Toledo. Después de la muerte de mi madre me inscribí en un programa de intercambio de hospedajes y había elegido como preferencia recibir mujeres, de nacionalidad española. A pesar de su difícil acceso, en el último año Cruz Monte se había convertido en un destino muy valorado por los turistas extranjeros. Estaba a 500 kilómetros de San Cristóbal y la segunda mitad del trayecto era camino de cornisa y ripio. Susana era de Cádiz y Gloria de Madrid.

- Mañana voy a darte una llave de la puerta de calle. La que tenía desapareció, tengo que hacerle una copia a la mía. Este va a ser tu cuarto. Era el de mi madre.

Puse sus bolsos sobre la cama y me paré junto a la puerta para dejarla acomodar su ropa. Se acercó, puso las manos sobre su mochila, me miró y sonrió. Tenía la misma sonrisa de mi madre.

- Podés usar todo el placard si lo necesitás, está vacío. Aunque no creo que te haga falta.
- Gracias. – respondió sin abandonar su sonrisa.
- Por la cantidad de ropa lo digo. Te va a sobrar espacio. ¿Tenés novio? Seguro que no, por eso traés poca ropa, ¿no?

Clara se rió, tenía sentido del humor. Repentinamente abrió el bolso y empezó a sacar la ropa a gran velocidad. En su mayoría las prendas estaban limpias pero sin planchar. Apoyó sobre la cama una bolsa donde deduje llevaba la ropa sucia. No estaba bien cerrada y pude entrever que eran principalmente medias y bombachas.

- Tengo un lavarropas en la cocina, así que ni te preocupes por lavar. La meto junto con mi ropa y en una hora está listo.
- No, no! Está bien. Gracias, pero prefiero ocuparme yo. Puede dejar esa bolsa ahí, sobre la cómoda que yo después la lavo.

Se acercó rápido hacia mi y me la quitó de la mano, no quería que yo me molestara, pero para mi no era ninguna molestia. “Gracias”, me dijo regalándome una vez más su sonrisa.

- Ya sabés que si necesitás... No tenés más que pedir.

Se quedó un rato mirándome. No se atrevía a decirme que sí. Me gustaba que fuera tímida, “yo también lo soy” pensé. Lo mejor sería en ese momento no contradecirla. Más tarde, sin que lo notara lavaría su ropa, como regalo de bienvenida.

- Estoy algo cansada y me gustaría darme un baño, si es posible.
- Si, claro. Yo voy a estar en la cocina.- Se acercó sin quitarme los ojos de encima y cerró la puerta.

Gloria fue la primer turista que recibí. Había resultado ser una mujer con mal carácter, poco sociable y muy mayor para mi. Al segundo día de convivencia le pedí que buscara otro lugar donde hospedarse, porque éramos muy distintos para poder convivir y proyectar. Susana en cambio era joven y atractiva, pero descubrí que robaba piezas de mis rompecabezas. Tenía una enfermedad muy grave: era cleptómana. Clara, me dejó señada una semana de estadía, pero al segundo día me confesó que no sabía cuánto tiempo se quedaría realmente. “Es probable que quiera quedarse más tiempo”, pensé.

Aquella noche cociné arroz con almendras. Cenamos juntos. Le conté todo lo que ponía recorrer: el lago Amaya y el Horna, las caminatas por el Cerro del Soldado y las cascadas del Cerro Cruz.

- Si querés te puedo acompañar a las cascadas. Son 2 horas de caminata por un camino precioso.
- ¿Y usted está entrenado para tanta exigencia José? ¿No le hará mal?
- Para nada. Hago mucho ejercicio.
- Qué bien. Es muy importante para un hombre de su edad hacer deporte. Lo felicito.

Clara no quiso planificar nada aún. Estaba cansada y se acostó temprano. A la mañana siguiente salió antes del desayuno. Me dejó una nota en la que me avisaba que no volvería hasta tarde. En la noche me contó que se encontró con unos amigos con los que recorrería los lagos. “No les pude decir que no. Nos iremos por tres días a Santa Lucía. Luego cuando regrese podremos ir a recorrer las cascadas”. Era demasiado buena como para negarse. Pero yo no podía permitir que se fuera. Necesitaba que se quedara en Cruz Monte conmigo, para compartir más tiempo juntos. Era la única forma de que se enamorara de mí. Una semana más habría sido suficiente, pero si se iba en aquél momento no sabía lo qué podría pasar. Quizás nunca regresara. Intenté convencerla, pero estaba empecinada en ir, a pesar de que no era eso lo que ella quería.

- No voy a permitir que vayas - le dije. - Perdón, pero lo hago por tu bien.- Clara perdió el juicio y quiso irse en ese mismo instante, aún dejando su ropa.
- ¡Abre esta puerta hijo de puta!- gritó desencajada, intentando forzar la cerradura.

Mientras intentaba calmarla sonó el timbre. Era uno de sus amigos. “No está”, le respondí, “se fue a Santa Lucía y dejó dicho que los esperaba allá.”. Se fueron y nos dejaron solos. Clara era distinta a Gloria y a Susana, pero al igual que ellas terminó tomando decisiones equivocadas. Hubiera querido que todo terminara distinto con ella. “Clara le habría gustado, Madre”, pensé.

23 de enero de 2009

Óleos

Después me agarró la depresión y ya no volví a pintar, recordó haberles dicho. Qué pena Nelly, le respondió aquella joven pareja, regalándole algunos minutos de conversación en un banco de plaza. Minutos que sus nietos valoraban demasiado caros como para gastarlos en ella.
Atravesó la oscuridad sedentaria del living tomado por una penumbra ventajista, de esas que no piensan en irse hasta que no se las eche; y abrió el cajón. Asomada a su orilla, sin decidirse a introducir su mano, reclinó aún más su ya encorvado cuerpo hasta chocarse con el olor a resignación que sus óleos habían desarrollados durante los últimos años. Le dijeron que los dejara tranquilos, que se habían acostumbrado a no hacer nada, que al principio sufrieron su indiferencia, su abandono y que ahora preferían no salir de su bolsa. No querían que los destaparan, anticiparon que seguramente ya estarían secos, y que si no lo estaban de todas formas ya eran demasiado grandes y mañosos y no tenían ganas de que los mezclaran. ¡No te van a salir tan bien las mezclas como antes, así que ni lo intentes!
Pensó que quizás tenían razón y tomó el cajón de la manija dispuesta a cerrarlo. Tiene que volver a pintar Nelly, le insistió la pareja de nietos transitorios, sino cómo vamos a saber si es cierto que pinta paisajes tan lindos. Queremos que nos regale un cuadro, la desafiaban los transitorios que jamás volvería a ver.
Soltó la manija, extirpó la bolsa adherida al cajón como coral a su roca y la apoyó en la mesa. Hagamos un trato, les dijo. No las voy a sacar del pomo si no quieren. Sólo les abriré sus tapas, para mirarlas por dentro, por que con la humedad y el abandono ya no se les lee de qué color es cada una. Y se los volveré a escribir, ¿acaso quieren secarse sin recordar su nombre? No le respondieron. Nelly caminó hasta la ventana e invitó a la oscuridad a dar un paseo. No te quiero volver a ver.
Regresó a la mesa y tomó un óleo al azar. Acarició la tapa con sus dedos débiles y arrugados. Quiso girarla pero le ofreció resistencia. Volvió a intentarlo. Durante varios segundos concentró en sus yemas más energías de las que creía tener hasta que cedió. Sonrieron. Antes de mirar su interior sintió escurrirse entre sus narices una bocanada de olor a omelet de queso y arbejas, babeé como le gustaba a Juan Carlos.
Quizás fue la fuerza desmedida empleada en abrirla, quizás fue el queso derretido que le cayó pesado. Necesitó descansar, aunque no sin antes saber el color de su óleo. Con el último esfuerzo, y de mutuo acuerdo, apretó el pomo. El óleo cayó líquido, blanco, luminoso sobre la mesa. Siguió presionando hasta que agotó su última gota de energía, hasta que el pomo quedó vacío; hasta terminar, sobre la madera, el cuadro blanco que nadie sabría apreciar.

26 de diciembre de 2008

Red Holidays



Posta, que eu falo bem portugues!
Beijos desde Pipa ate o dia 16 de Janeiro.
RF

15 de diciembre de 2008

Playa Invierno


Ernesto mira sus pies: tierra en sus dedos. Costras. Por un instante podría haber dudado. No se detuvo. Podría haber sentido las grietas bajo su piel, de un lado y del otro, del suelo y su carne. Aquellas las ve pero no las nota; éstas ni lo uno ni lo otro. Se levanta y vuelve. Podría estar cada vez más cerca... O más lejos.

¿Hay agua?

No

¿Cuándo viene Rubén?

No sé.

Mañana a más tardar tendrías que vender las que están quedando. ¿Cuántas son?

No sé. Cuatro.

Quería ayudarla pero no sabía por dónde empezar. No era mi intención lastimarla. Sentía vergüenza por haberla golpeado. No me disculpaba. No limpiaba su nariz. Mabel fue a la cocina. Dejó la sangre salpicada en el piso. Para que no olvidara, dijo. Me imaginé acariciando las gotas todavía húmedas: era como tocar su cara, o pedirle perdón. Permanecí inmóvil. La sangre secó y se hizo costra, como todo en Playa Invierno. Ella abrió la canilla. Cayeron sus lágrimas, un poco de tierra y un llanto huérfano. Volvió. No hay agua hijo de puta ¡No hay agua! ¡Las cabras se pudren! ¡Yo me pudro, hijo de una gran puta! Le pegué, con la misma fuerza que hubiera querido que alguien me pegara.

Llegó Rubén. Dejó seis litros de agua a cambio de tres cabras; ya que no necesitaba más. Ernesto enterró las dos restantes y a Mabel, antes de que el olor fuera insoportable. Racionó el agua para las cabras y para él. Tomó mate, cenó y durmió. Asistió el parto de cuatro cabritos. Degolló uno sabiendo que ahora la mitad se pudriría . Pensó en Mabel. Le miró los pies. También tenían costras.

4 de diciembre de 2008

La historia de Tze Ming Pei

Si bien la leyenda de Tze Ming Pei trascendía la región de Yingzhou a casi toda China, era difícil encontrar alguien que pudiera dar testimonio directo de sus proezas. Se decía que esta sabia mujer hacía cumplir cualquier tipo de deseo, que el precio era extremadamente elevado y que no había posibilidad de arrepentimiento. Quién se presentaba ante ella, por el simple acto de ingresar en su casa, incluso antes de pronunciar palabra, quedaba obligado a honrar el pago. Aquel que no quisiera escuchar el precio, o decidiera no pagarlo, sufriría peores tragedias que la muerte.

Ho Xukung era el primogénito del emperador Zhu Kai de la dinastía Zung. Al morir éste, quedaba como único heredero, al cuidado de su tío. Se convertiría en emperador al cumplir los 23 años, sólo si para entonces estaba casado.

El joven creció fuerte y sano. Al cumplir 22 años había recibió y asimilado toda la educación protocolar para cumplir sus funciones; pero no había contraído matrimonio. Esta situación preocupaba en todos los niveles del imperio, ya que si no lograban coronar al emperador, serían destituidos por la dinastía Ruan.

Entre los 18 y los 22 años, Ho Xukung tuvo cinco jóvenes mujeres con las cuales proyectó pero nunca concretó matrimonio. A dos meses y medio del noviazgo todas escapaban. Desaparecían sin dejar rastro.

Tres meses antes de cumplir los 23 su tío le contó la leyenda de Tze Ming Pei. “Hubiera preferido que distinto fuera el camino, pero es la última opción, hijo”, le dijo aquella mañana. Ho, sabiendo del peligro que significaba acudir a ella, aceptó.

Caminó solo a pedir por una esposa. La mujer lo esperaba sentada en el pequeño jardín de su casa.

- Ho Xukung, ¿eres conciente de lo que esta visita significa? – le preguntó mientras se abanicaba.

- ¿Cómo sabe mi nombre?

- Sé tu nombre y varias cosas más. Te esperaba. Todavía estás a tiempo de casarte antes de cumplir los 23. Dentro de quince días conocerás a tu esposa: Ling Tzu.

Ho estaba sorprendido por lo que sabía de él. Pero el problema no era simplemente encontrar una mujer la cual casarse.

- Si me permite, hay algo más que quisiera decirle. Es sobre mis anteriores noviazgos, las desapariciones. Yo... No se bien por qué, pero...

- Las mataste. – Anticipó la mujer.

- Si. No sé por qué lo hago. Siento que no soy yo el que las acuchilla.

- No llores. No es tu culpa. Tu madre quedó embarazada de ti a los 15 años. A los dos meses y medio de gestación introdujo una daga por su vientre. Tu padre la detuvo y en cuanto naciste la desterró. Ahora deberás encontrarla y matarla. De esta forma no repetirás la historia con Ling Tzu. Ahora vete, no me siento bien.

- Pero ni siquiera sabía que tenía madre, ¿cómo voy a encontrarla?

Tze Ming Pei recostó hacia atrás su cabeza y ya no volvió a hablar. Ho regresó al palacio a pedir ayuda a su tío. Le preguntó sobre su madre pero él tampoco la había conocido. Al no existir rastros, el joven se sintió relevado de su condena.

A los quince días se presentó en el palacio una familia aristocrática amiga de su tío para ofrecer a Ho Xukung su hija de 16 años como esposa. Era Ling Tzu. El heredero se enamoró instantáneamente de su piel blanca y no dudó en aceptarla en matrimonio. La boda sería el mismo día de su cumpleaños, dos meses y medio más tarde.

Durante los siguientes setenta días vivieron una pasión sin tregua, mayor a cada instante. Hasta que, faltando poco para su cumpleaños, recordó las palabras de Tze Ming Pei. No quería que nada malo le sucediera a su prometida. Sintió miedo. Sabía que la única forma de evitar la catástrofe era obedecer el mandato de matar a su madre. Pero los días pasaban y no encontraba quién le pudiera decir algo de ella. Era como si nunca hubiera existido.

Llegó su cumpleaños y casamiento sin que pudiera resolver el misterio. Despertó en tal nivel de agonía que durante varios minutos pensó en quitar su propia vida, antes que la de su amada. Decidió regresar a ver a Tze Ming Pei y explicarle que si no cumplía con su parte del trato no era por falta de voluntad o dedicación.

- Si no la has encontrado es por que no supiste buscar. Tienes hasta las 12 del medio día, hora en la que naciste. Si no la has matado entonces, asesinarás a Ling Tzu. Serás juzgado por ello y te amputarán los dos brazos.

Ho escuchaba las palabras de la mujer al límite de la desesperación. Ya no había tiempo de encontrar a su madre, y no estaba dispuesto a a perder a su enamorada. En un arranque desenfrenado desenvaina su daga y mata a Tze Ming Pei.

Regresa al palacio y se calza el traje de fiesta. A las 12 del medio día besó a su esposa.

26 de noviembre de 2008

El Codo

Hace un año Joaquín sumaba un motivo más para odiar las Navidades. Hasta entonces sólo detestaba reencontrar a su familia. Se sentía obligado a justificar que su año no había pasado en vano una vez más. Poco le importaba saber qué era de la vida de sus primos y tíos, pero no tenía más remedio que preguntar. Peor era contar qué era de la suya.

Tres o cuatro meses antes de fin de año empezó a planificar su racconto. Repasó mes a mes buscando acontecimientos mínimamente dignos para magnificarlos y anotarlos en su anuario. No tenía pruritos en tomar vidas ajenas a falta de una propia. Mujeres hermosas y éxitos laborales eran sus préstamos más corrientes. Llegado el 15 de diciembre tenía su collage terminado y estudiado. 

Joaquín tenía veintidós años, vivía con sus padres y aun hablaba como un adolescente perturbado: con monosílabos. “Más o menos, en realidad nada serio” era su respuesta más extensa. Esto permitía a su interrogador completar a su gusto los espacios vacíos. “Me parece genial, no estás en edad de tener una novia formal, hacés bien che, si yo tuviera 22 haría lo mismo, saldría con todas las minas que me dieran bola.” Joaquín asentía. Jamás revelaba detalles de la historia que había armado. Sólo necesitaba tenerla de respaldo, para que nadie notara que su más o menos, en realidad nada serio era una fachada. Si su torturador llegaba a acorralarlo, podría relatar una historia sólida, sin fisuras.

Al tormento rutinario y controlado de todos los años, la Navidad de 2008 agregó una persona que provocó que la miseria de ese día apestara el resto de los 364. Marina, una de sus primas mayores que tendría entonces unos treinta años había vuelto de Madrid. De chicos, Joaquín y Marina habían compartido varias vacaciones. A pesar de la diferencia de edad les gustaba pasar el tiempo juntos. Se tenían un cariño especial. Catorce ella y seis él o dieciocho ella y diez él. La relación evolucionaba, pero nada cambiaba. A Marina le gustaba sentirse una madre protectora y Joaquín creía estar enamorado de su prima. Hace diez años se fue a España y desde entonces no supo más de ella.

Ni bien entró a la casa de su tío Alberto se vieron. Marina estaba hermosa, con su abundante pelo rubio, ondulado y largo casi hasta la cintura. Voluptuosa, tetas perfectas, una piel que daba envidia, alta, un culo que hasta con un jogging tres talles grande se vería sensual. Se abrazaron al grito de “¡primo!” y “¡prima!” durante varios segundos. Sintió sus pechos duros aplastarse contra el suyo. “Qué bien le quedaron”, pensó.

-         ¡Qué lindo estás primo! ¿No te parece? – le pregunta al hombre que la acompañaba, quien no soltaría la mano por el resto de la noche. Él lo mira y sonríe tímido. – Perdón, los presento: Borja, mi novio... Joaquín, mi primo preferido.

Borja era lo que Joaquín pensaba del novio perfecto. Facciones delicadas pero masculinas, alto pero no tanto, espalda proporcionada, fibroso. Las venas sobresalidas de sus antebrazos denotaban que bajo la remera tenía un cuerpo tallado, sobre el cual se podría señalar a punta de regla cada músculo que lo componía. Cuando sonreía sus ojos se achinaban, sus dientes brillan: sonrisa genuina y contagiosa. Voz grave y serena. Transparente, inmaculado. El novio perfecto con la prima perfecta.

Compartieron con Joaquín la misma mesa. Marina y Borja no se separaron en toda la noche. Esto lo puso muy incómodo. Su presencia, la de él, lo inhibía, lo ponía nervioso. Casi que tartamudeaba. Evitaba mirarlo, solo le hablaba a su prima. Pero él jamás le soltaba la mano. Sentía ganas de cortársela. “¿Es necesario que estén todo el tiempo pegoteados? Ya todos entendimos que se quieren...” pensaba mientras simulaba escucharlos. Además de atractivo Borja era extremadamente carismático. Con su acento español contaba historias y la mesa entera lo escuchaba. Lograba que rieran cuando lo disponía. Estaban fascinados. Cada tanto se miraban. Sus ojos brillaban, los de ella, y sus ojos reían, los de él. Joaquín sentía unos celos furiosos.
La noche terminó sin mayores sobresaltos. Marina y Borja volverían a Europa para Año Nuevo, y otra vez perderían contacto. Joaquín no podía dejar de pensar en su prima y ese novio perfecto. Recordó lo enamorado que estaba cuando niño. Sentía que algo similar le pasaba ahora. 

Los días y los meses pasaron y seguía pensando en ella. Aunque lo intentaba no podía quitarlo a él de sus pensamientos. La frustración y la impotencia de tener un amor prohibido, le quitó las ganas de todo. Salía de su cuarto para ir a la facultad y regresaba. Había perdido todo interés en las mujeres. No entendía bien por qué, simplemente no las encontraba atractivas. Ninguna estaba a su altura. Ninguna tenía su sonrisa, su carisma. 

Y poco más pasó en el año. Aceptó los antidepresivos que le ofreció su madre, hasta que llegó diciembre. Tenía miedo a preguntar y, tangencialmente, sacaba el tema.

-         No sé quiénes somos este año. Los de siempre me imagino.
-         Ah. No... Bueno, el año pasado también estuvo Marina.
-         Si. Pero no se si vendrá este año de nuevo. ¿Por qué?
-         No. Para saber.
-         ¡Rodo! ¿Sabés si este año también viene Marina para Navidad?

El padre desde el living respondió que sí. Como hacía mucho tiempo su madre lo vio sonreír. Joaquín se levantó y corrió a su cuarto. Estaba agitado, podía contar sus pulsaciones con solo mirarse la muñeca. “¿Vendrá con Borja o sola?”. No se atrevía a preguntarlo. No quería.

Como nunca antes ayudó a su madre a preparar salsas, ensaladas, a cortar el pollo. Descargaba su ansiedad en los preparativos, ya no soportaba quedarse en su habitación.

Finalmente llegaron a lo del tío Alberto. Dejó entrar primero su madre, después a su padre, y luego él. Quería disfrutar lo máximo posible la adrenalina de lo incierto. Marina estaba de espaldas, conversando con tíos y primos. Sola. Hermosa como siempre, con sus uñas largas y perfectas, con ese pelo brillante, envidiable. Se saludaron con un abrazo reparador, queriendo compensar los días sin verse. Sus tetas seguían duras, en su lugar. Durante un tiempo inacabable hablaron nimiedades. Ella no hablaba de él. Él no se animaba a preguntarle por él. Empezaba a creer que efectivamente estaba sola. Nada le interesaba sobre la repercusión de los artículos que había escrito, ni los premios ganados. “¿Ya lo viste a Borja?”, pregunta ella. Se queda mudo, niega con la cabeza y empieza a ver a su prima desenfocarse. Cierra los ojos y los vuelve a abrir, seguía viendo nublado. Le empezó a costar respirar bien. Siente su cabeza pesada, caer hacia atrás, y su cuerpo sin fuerzas para sostenerla. “¿Joaquín estás bien?”, le pregunta ella al verlo pálido. “Sí, sí. Estoy bien. Mejor voy a mojarme un poco la cara.” Va hacia el baño, todavía mareado. Abre la puerta y entra. Al cerrarla lo ve a Borja lavándose las manos. Se miran. Joaquín se quedó duro con los brazos detrás suyo, aferrado a la manija de la puerta. Borja incómodo, al notar que el primo de su novia no reaccionaba, ni pedía perdón, ni se iba al ver el baño ocupado, lo saluda. “Hola...”, no recordaba su nombre, y Joaquín no respondía. Se empezó a agitar. Su corazón le golpeaba las rodillas. “¿Te sientes bien? ¿Necesitas que te ayude con algo?”. Él no respondía, pero empezaba a sentirse mejor. Su voz suave lo tranquilizó. “No, no. Un poco mareado, pero estoy mejor... hola Borja”, le dice mientras sonreía. Él le devuelve la sonrisa, achina sus ojos. Él los ve brillar. “Ven, te acompaño a buscar un vaso de agua o algo fresco, el calor te debe haber hecho mal”, y lo toma del codo para guiarlo de salida. Joaquín mira su mano, sobre su brazo. Mira las venas de su brazo, imagina su pecho bajo la remera, lo piensa desnudo. Lo mira a los ojos, le agarra la mano. Quiere besarlo. “Ya estoy mejor, te agradezco. Me lavo un poco la cara y salgo.”, le dice, y Borja sale. Moja su cara. Se mira al espejo. Se siente mejor.

30 de octubre de 2008

Quinto piso

Cuando la distancia que separa la vida y la muerte es de tan solo dos milímetros, el tiempo se detiene. Cuando la decisión de recorrer ese espacio mínimo y terminar de asfixiar a Sonia está en mi mano derecha, la sensación de poder abruma. Así estábamos: su garganta y su respiración entre mis dedos.
Podría asegurar que era mayor la sorpresa de Sonia por mi exabrupto que por la gravedad y riesgo del asunto. Si hubiera sospechado que yo en ese momento era capaz de matarla tal vez habría intentado golpearme. Sin embargo se quedó mirándome inmóvil. Pensó que con su mirada podría dominarme como de habitualmente lo hacía. Pero esta vez no, puta. Ya estaba ahí, no podía retroceder, soltarla como si nada. Si lo hacía, en el instante en que recuperara su respiración empezaría a gritarme o pegarme. De sólo pensarlo me enfurecía y mi mano se tensaba. Ella seguía sin reaccionar, cómo un gato agazapado, concentrando fuerzas en sus patas posteriores, esperando el momento de dar el salto. Estaba convencida de que el momento de saltar llegaría. Veía en sus ojos que a medida que menos aire entraba en sus pulmones, más energía acumulaba en sus entrañas.
Nunca quise o planeé matarla, pero la situación me dejaba poca alternativa. Los segundos pasaban eternos, me costaba pensar con lucidez, pero mi mano no cedía. Sentí pánico por el después si es que la mataba; pero estaba cómodo estrenando ropa nueva. Jamás había tenido una situación tan claramente bajo mi control. Quería que durara por siempre, pero debía decidir si la dejaba vivir o morir.
Un placer punzante subió por mi estómago y sonreí. Entonces vi la cara de Sonia desfigurarse de furia. Se aferró a mi brazo con sus dos manos, buscando zafarse. Me pegó espasmódicamente en el pecho, en la cara, en el estómago. Me pateó en los tobillos, en las rodillas: creo con las dos piernas al mismo tiempo.
No sentía ninguno de sus golpes. Un caballero del siglo XV con su mejor armadura, se vería desprotegido en comparación con el ego que ahora resguarda mi cuerpo. Mi cara irradiaba luz. Su piel envejecía años en instantes.
Satisfecho por mi descubrimiento opté por no matarla. Abrí mi mano y su cuerpo se desplomó. Muerto. Permaneció durante varios segundos en el piso recobrando el aire; y una larga lista de carencias. Juntó el mínimo de fuerza y se arrodilló. Todavía sin mirarme y con la vista en el suelo gateó hasta la esquina de la habitación. Apoyándose en la pared logró pararse. Puso su mano izquierda en el marco de la ventana y subió la rodilla derecha. Se detuvo unos instantes y subió la otra. Quedó en equilibrio en el filo de la ventana. Se agazapó, se convirtió en gato y saltó.

17 de octubre de 2008

Su amigo el niño azul

Casa nueva, pueblo nuevo, vida mejor. Como todas las mañanas, su madre limpiaba las partículas de piel muerta que durante la noche abandonaban el cuerpo de su hijo. “Luqui, te prometo que acá vamos a encontrar un amiguito que quiera jugar con nosotros”, le dijo antes de salir del cuarto. El niño saltó del colchón para reencontrarse con sus pequeños amigos articulados. Mientras jugaban escuchó un ruido fuerte debajo de su cama nueva. Al inspeccionarlo, vio un pedazo de zócalo caído y una cueva secreta al descubierto. Se acercó para inspeccionar y metió su mano. Encontró que el espacio era pequeño, y una nota. Había sido escrita por un niño de ocho años con una enfermedad mortal, algún día 18 del año 1834. En sus últimas líneas contaba que una bruja le recomendó escribir su nombre en la pared, al costado de su cama. Le prometió que mientras éste no se borrara, él permanecería entre los mortales. Luciano volvió a la cama para examinar la pared. El empapelado lo detuvo por algunos instantes, hasta que con su cortaplumas empezó a quitarlo. Lo rompió a lo largo de su cama, pero no encontró nada, hasta que en los últimos centímetros de pared notó un semicírculo surcado. Quitó el resto del empapelado, debajo del cual se leía tallado en la pared “ALDEODATO”. Miró nuevamente la carta, y la firma apenas legible. Aldeodato era el nombre de su nuevo amigo.

16 de septiembre de 2008

¿En qué pensás?


EL

¿Me perdonas? [Sé que me estás escuchando]

¿Amor? [Dale, mirame.]

Por favor. Te juro que no se por qué lo hice. Fue una estupidez. [Y no se para qué te habré contado.]

Lo último que quiero es lastimarte. [Me quiero matar, qué imbécil soy, ¿para qué le habré contado?]

ELLA

... [¿Qué hago, le digo que yo también lo engaño? Que estúpido es, se piensa que todavía me puede lastimar. A esta altura me importa muy poco lo que haga con su pito.]

EL

Por favor hablame, decime algo. [Aunque sea insultame, algo, odio cuando no me hablás.]

No te quedes callada. ¿Estás muy enojada? Te juro que fue hace muchísimo, y fue la única vez, te lo juro.

...[¿Qué mierda se me cruzó por la cabeza? Que ataque de sinceridad sin sentido! Si soy un acérrimo defensor del “esas cosas no se cuentan nunca, y se niegan siempre. ¿Por qué?]

Por favor, yo te amo. Vos sabés que yo te amo, ¿o no?

ELLA

...[Si tarado, lo se, y ojalá no lo hicieras y me dejaras más tranquila.]

EL

... [uy por fin me miró, es un avance, mejor sigo por este camino.]

Vos también me amás, ¿no? [Con esto siempre la gano.]

ELLA

...[Ah bueno. Te crees que me vas a hacer la “psicológica”. No me provoques por que me vas a encontrar.]

EL

Mi amor, no te enojes. No estés enojada, vos sabés que yo te amo.

...[¿Y si le acaricio la cara? ¿Se dejará o será muy pronto? Mejor le pido que me diga que me quiere.]

¿Me querés?

ELLA

¡No, no te quiero! [Se lo dije! Que estúpida. Controlate Inés, controlate.]

EL

...[No, le pifié, todavía no me va a perdonar]

No me digas eso. Yo sé que me querés, pero todavía estás enojada conmigo.

ELLA

...[Lo mando a la mierda, si, si, lo mando a la mierda.]

EL

Mi amor ¿en serio no me querés?

...[Hacéte la valiente, quiero ver que me decís ahora.]

¿Me querés dejar?

ELLA

...[Sí estúpido, me muero de ganas de mandarte a la mierda. No te aguanto más]

EL

¿Vos serías capaz de dejarme? ¿Qué vas a hacer si me dejás? Yo no podría vivir sin vos.

...[Muerta de hambre, no tenés donde caerte muerta, ¿qué vas a hacer, volver con la cola entre las patas a lo de tu madre? ¿De qué vas a vivir, de organizar un casamiento cada 5 meses?]

ELLA

...[Hijo de puta, ¿te pensás que no me las puedo arreglar sin vos?]

EL

Dale, ¿por que no nos amigamos? [que ya me estás cansando, se me está agotando la paciencia. Quiero ya el make up sex.]

ELLA

Por que me fuiste infiel. [está bien, tenés razón, todos los casamientos me llegan por conocidos tuyos. Pero por ahora!]

EL

Pero eso fue hace mil años, y además todavía no estábamos saliendo formalmente. [Siempre me gustaron tus tetas, y cuando usas esas camisas bien abiertas me mata.]

ELLA

¿Me jurás que después de eso no me lo volviste a hacer? ¿Que fue la única vez? [ya vas a ver, te voy a sacar plata para armar mi empresa y te voy a mandar a cagar]

EL

Por supuesto, ya te lo dije: fue una estúpida y única vez. [Dale, que ya la tengo más dura que el mármol de la mesada.]

ELLA

¿Y me prometés que no lo vas a hacer nunca más? [Quizás sea mejor idea casarnos, así me quedo con la mitad.]

EL

Si mi amor, te lo prometo. [Te quiero alzar y sentar en la mesada de la cocina y metertela sin parar.]

ELLA

¿Nunca? ¿Hasta que la muerte nos separe? [¿O hasta que me quede con la mitad de todo lo que tenés?]

EL

Si mi amor, hasta que le muerte nos separe. [...te voy a dar murra putita.]


Epílogo del autor
Una de las características de un narrador omnisciente
es que se interna en los personajes y les cuenta a los lectores los pensamientos más íntimos que cruzan por sus mentes.
En las relaciones de pareja generalmente uno de los dos quisiera gozar de este don, y que al no poseerlo raramente evita preguntar el tan molesto "¿en qué pensas?".
Para aquellos que anhelan el don de la omniscencia, les propongo volver a leer este diálogo pintándolo con el mouse.
"Ten cuidado de lo que deseas, se te puede cumplir."