Etapa Cero: aceptación filosófica.
Mi primera etapa fue absolutamente teórica, pasiva y filosófica. Aceptar al homosexual por mandato social. Diría que casi es más difícil ser homofóbico que no serlo.
Hay mucha gente hétero que no tiene relación cercana con el mundo gay. Yo tampoco la tuve hasta aproximadamente mis 25 años.
Salvo algún que otro chiste sobre “putos”, cosa que aún sigo haciendo aunque con mayor libertad, fui siempre respetuoso. Teóricamente abierto con el gay.
Etapa Uno: de la teoría a la práctica.
Uno puede tener mentalmente desarrollada la teoría, pensada y repasada, oída en silencio, y todo esto nos hace pensar que estamos preparados para implementarla en la vida real. Pero esto no es así. El actor que pasa letra mentalmente, ensaya dos, tres formas de decir el texto, toma riesgos y es osado en su recreación imaginaria, se ve en escena, imagina cómo su cuerpo acompañará esas líneas. Pero en ese primer ensayo donde quiere mostrar todo lo que resolvió, al escuchar las palabras que salen de su boca se asusta de ellas, las desconoce, por que todavía no son propias. Y atemorizado, no hace nada de lo que tenía planeado hacer.
Sebastián, Sergio y yo compartíamos nuestro primer año de teatro. Al cabo de los primeros seis meses nos habíamos hecho bastante amigos. Ya en el segundo semestre del año al compartir los tres juntos una escena y todos sus ensayos, esta relación se hizo mucho más estrecha. Después me enteraría de que Sergio también sospechaba de la sexualidad de Sebastián. Sin embargo era algo que ni entre nosotros nos animábamos a comentar. Era muy incómodo hablarlo. No se qué pasaría por su mente, pero yo no quería que pensara que estaba discriminando si le preguntaba algo como “che, sebas para mi que es gay, no?”. Pero el tema estaba en el medio y a medida que crecía la amistad esto se hacía más difícil de evitar.
Sebastián me preguntaba cómo iba mi relación una chica con la que estaba saliendo por aquél entonces. Yo le respondería que bien, le contaría algo circunstancial, y luego el vacío incómodo. No me animaba a preguntarle por su vida personal. Tenía pánico de generar una situación incómoda si le preguntaba si él tenía novia, o si salía con alguna chica. Tampoco quería preguntarle si salía con alguien, sin determinar el sexo de ese alguien, y hablar sobre ello midiendo que cada palabra no llevara conjugación de género. Entonces se daba ese silencio incómodo del cual de alguna forma siempre salíamos.
Cada tanto nos juntábamos en su casa a ensayar. Tiempo después nos confesaría que tenía miedo de que notáramos que estaba todo excesiva y homosexualmente prolijo, por lo cual recalcaba cada media hora que ese día había ido la chica que limpia, y sus dotes para con el orden y la limpieza. El tema de su homosexualidad no era algo que estuviera latente en el aire, de hecho yo me olvidaba del asunto, sintiéndome incómodo sólo cada tanto, pero sin saber realmente por qué. Jamás hubiera relacionado un departamento prolijo con su sexualidad, y no entendía la excesiva publicidad de su mucama.
Así como no percibía estos indicios, había otros tantos que no quería registrar.
- ¿Quién es este, tu primo? – preguntaba inocentemente Sergio mirando las fotos de viajes en el living.
- ...no. Es un amigo. Un amigo de la infancia con el cual viajamos mucho.- Claro, pensé yo. Yo también he viajado con amigos.
En uno de los últimos ensayos, en su casa, luego de horas de reírnos salvajemente con Anibal, Carlitos y Pelusa, nuestros grotescos personajes tangueros, el momento de la verdad llegó.
Yo tirado en el sillón, Sergio en el piso, y Sebas en la banqueta contra la ventana.
- Chicos hay algo que les quiero contar. –
- ¿Qué cosa? – le respondimos, vislumbrando cuál era la cosa a contar.
En ese momento me sentí más negador que la señora gorda casada con el picaflor del pueblo. No quería saber!!! Ya lo sabía, pero no quería que me lo dijera.
- No quiero que cambie nada entre nosotros por lo que les voy a contar.- Se atajaba como si estuviera por confesar un asesinato.
- No obvio, nada va a cambiar, ¿por que cambiaría? – Respondimos nerviosos. Si esa fuera una escena de teatro, el director nos marcaría “no anticipen, sus personajes no saben lo que le va a decir”. Pero nosotros sí sabíamos, aunque queríamos interpretar un personaje que no.
- Soy gay...
- ...- “Plop”, diría si fuera un comic de condorito, “chan” si fuera in informe de domar.
Si es que hubo no me acuerdo cuál fue nuestra respuesta. Qué decirle, “ah si, me lo imaginaba”??. Además de no saber bien qué responder, me invadió una secuencia de imágenes de Sebastián desnudo. Muy desnudo. Lleno de piel. Compartiéndola con otro hombre. Lo estaba viendo frente a mi, sentado en la banqueta, pero teniendo sexo con otro hombre. Mi doctrina de aceptación gay fue puesta a prueba, exigida al máximo, e hizo lo imposible por evitar la desfiguración de mi rostro. Creo que logró eso al menos, pero mis ojos no podían evitar verlo desnudo.
- ¿Se lo imaginaban, o no?- dijo rápido para darle continuidad a la conversación interruptus.
- Ehh... si, bueno... más o menos, un poco. No, en realidad no, bah o si, que se yo, no es que parezcas eh.- tampoco sabíamos cual era la respuesta correcta a su pregunta, cualquier respuesta podía ofenderlo.
Después de hacerle preguntas curiosas, periodísticas, las cosas se acomodaron. Mis ojos empezaron a verlo tal como estaba, con toda su ropa puesta. Y efectivamente nada cambió en nuestra amistad. O sí, el vínculo se estrechó aún más.
Etapa 2: a mi no me miren.
Al principio tener un amigo gay era una novedad. El chiche nuevo. La anécdota a contar. El trofeo, el diploma de chico siglo xxi. “Este diploma certifica que Red Fish tiene un amigo gay”.
Sebas me contaba sobre su ruptura con su novio de cinco años, yo le preguntaba como se sentía, él me respondía... todo era simple, se reducía a cambiar una “o” por la “a” final de la palabra “novia”, y a darle nombre masculino a su pareja. Hasta conocí su nuevo novio, y supe digerir una que otra agarrada y caricia de manos, miraditas romanticonas, etc.
Por supuesto que había ciertos escalafones a los que todavía no quería asomarme. Pero de apoco iba avanzando. Si me hubieran tomado un gayfriendly exam, diría que estaba aprobando. Pero nuevamente tendría que dar lección de un tema no demasiado estudiado.
- Che, te quería contar algo que me pasó la semana pasada en la fiesta de teatro.- me dice Sergio, entre empanadas y Queenes un viernes a la noche en lo de Sebas.
- ¿Qué cosa?- pregunto, esta vez con absoluto desconocimiento de causa.
- Viste que a al final de la fiesta estuve un rato hablando con Diego.
- Si, vi que estuvieron hablando.- Diego era un alumno de otro curso, un año anterior al nuestro.
- Bueno, me pasó que en un momento me re calenté con el pibe.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó, que te dijo?
- No, nada. No se si fue que estaba muy fumado o qué, pero me re calenté con el flaco.
- ¿Pero por qué? ¿Qué pasó??- y realmente no entendía qué era lo que me estaba diciendo, qué era lo que Diego le había dicho para que él se enojara.
- Él me estaba hablando, y en un momento dejé de escuchar lo que me decía, y me dieron ganas de reventármelo contra la pared, fue rarísimo, pero como que de repente me cerraron un montón de cosas.
- No entiendo, decís que...- no sabía cómo decirlo, sin ¡ofenderlo!? - ... que le querías dar un beso???
- Sí... – responde tímidamente.
- Ah, pero estabas muy fumado!
- Sí, estaba bastante fumado, pero tenía muchas ganas de reventarlo contra la pared.- repetía con una elocuencia que rebalsaba mi umbral de tolerancia.
- No te puedo creer!!!- repetí algunas veces, pensando que la historia terminaba ahí. Que la anécdota era cómo le había pegado de fuerte el faso.
- Si, fue terrible. Pero me cayó la ficha. Entendí por que con todas las novias que tuve siempre sentía que me faltaba algo, que no me terminaba de cerrar la relación, y no era que ellas no me cerraban. Era yo, y me cayó la ficha de por qué.
Yo pasmado ante todo lo que me estaba diciendo. ¿Me estaba diciendo que había descubierto que era gay? ¿A los 28 años??
- Y ahora voy por la calle y no paro de mirar. Estoy con re ganas de hacer algo.
- ...pará, pará, por que no entiendo. ¿Qué me querés decir?
- ... – su cara respondía sí a la pregunta tácita.
- ... me querés decir que...., que sos... ee..., que sos gay?- le pregunté no animándome a decir esa palabra.
- ... no se. Creo, bah, que se yo. Si, creo que sí.
- Si, es PUTO!- apuntala triunfante Sebastián, desde la cocina, que había estado escuchando.
- Pará, ¿pero estás seguro? Lo que te pasó no quiere decir nada, estabas muy fumado, a cualquiera la puede pasar.- Yo no creía que me pudiera pasar a mi, pero pensé que evidentemente existiríga esa posibilidad.
- Jajaja, na na na. Eso solo te pasa si sos PUTO. De esa no hay vuelta atrás Mati, ya está, es PUTO PUTO.
Mientras Sergio me miraba con cara de que todo lo que decía Sebas es cierto. Entonces recapitulé la historia que me había contado, desde el principio, todo lo que yo no había entendido.
- ¿En serio? Pero... y pasó algo con Diego?
- No, no pasó nada.
- Ese Diego también es re PUTO.- dice Sebas.
- No, no es puto, bah tiene novia.- lo defiende Sergio.
- Jajaja, si pero a mi no me engaña, y vos también tenías novia hasta hace un mes, y mirá ahora, vas por la calle fichando bultos.- y se va al cuarto. Yo seguía atónito.
- ¿Entonces no pasó nada en la fiesta?- Sergio niega con la cabeza.- ¿Y después de eso? ¿Ya... pasó algo?
- No, todavía no.- “Entonces es salvable” pensé, cuando lo veo a Sebas volver del cuarto con cuarto casettes VHS.
- Tomá, llevátelos y miralos en tu casa.
- Paráaaa, que es eso? Son videos Gays?? – pregunté exaltado, la situación era demasiado fuerte y me estaba superando. - No, no le des eso!!! es muy violento. Le va a resultar muy fuerte ver eso, así tan de golpe.- era uno de mis últimos intentos por retenerlo en mi “bando”.
- Qué va a ser muy fuerte.- insistía Sebas- Si se te para con esto cagaste, no hay vuelta atrás.
- No, pero le va a dar impresión ver eso.
- Que le va a dar impresión, se va a matar a pajas!- decía saboreando su victoria mientras le daba los videos a Sergio, dándole su bendición y bienvenida al club.
Y me dí por vencido, terminé por aceptar lo irreversible. Sergio había descubierto su verdadera sexualidad.
- Al final yo termino siendo el único al que le gustan las minas acá. No, no, jaja, que me miran? me gustan las mujeres y punto!- cerrábamos la noche con risas y Cher a todo volumen.
Etapa tres: estoy acompañado, gracias.
Nuestras conversaciones ya no tienen ningún tipo de censuras ni condicionantes. Hasta hablamos de hombres, siendo yo una más.
- Les hago una pregunta: cual es la definición posta de “chongo”? Por que a veces escucho que la usan con distintas connotaciones. – Les preguntaba iniciando el tema.
Después de debatir conceptos llegamos a la conclusión de que Chongo es el hombre heterosexual, fachero pero brutalmente macho, nada delicado, hasta medio guarro.
- Entonces para mi Luciano Castro es el estereotipo del chongo. Fachero, de rioba...- propuse como para ponerle nombre y apellido al chongo.
- Siiiiiiiiiiiiiiii, Luciano Castro es un re chongo!!!!!!!- confirmaba mi percepción Sebastián.
Cuando participo de estas conversaciones sobre pibes facheros, lindos, mis comentarios no son muy distintos a los que hago cuando con mis amigos hétero debatimos sobre del culo de Jesica Sirio. La única diferencia es que no remato mis opiniones con un “la mato”, “le re doy” o “se lo como todo”. Soy un simple observador de la realidad.
Hasta ayudo a Sebastián en sus consejos a Sergio para levantarse pibes.
- En la calle tenés que estar siempre con el gaydar prendido, – dice Sebas. – y aplicar la técnica del un-dos-tres. Fichás un pibe que viene caminando hacia vos. Si te mira, cuando se cruzan seguís caminando y contás uno, dos, tres y te das vuelta. Si el flaco también se da vuelta ya está, lo invitás a tomar un café y listo.
- mmm, pero no se si me animo a hacer eso – dice Sergio.
- Si no lo que podés hacer es contar hasta tres y frenarte a ver una vidriera, y dejar que el pibe se acerque. – aporto yo.
- Si, si, eso también funciona.- aprueba el sensei.
- Es buenísimo, ojalá con las minas fuera así de fácil!
Y para terminar, la prueba de fuego: el boliche gay. “Che, avisenmé cuando vayan que yo me prendo”. Y me prendí nomás. Así que fuimos a la fiesta Plop. Tres veces me tocaron la espalda y no me di vuelta para ver quien era. Una vez me agarraron de la muñeca mientras pasaba y me pidieron que me quedara a bailar. Una vez me preguntaron muy caballerosamente si estaba solo o acompañado, a lo que respondí que estaba acompañado. Me ofrecieron cerveza dos veces, solo una vez acepté sin ningún tipo de consecuencias. Bailé y canté desaforadamente “a quién le importa lo-que-yo-haga, a quien le importa lo-que-yo-diga” de Thalía. Vi incontables besos homosexuales. Y eso fue todo. Prueba superada. Más gayfriendly ya no puedo ser.
Cómo dije al principio, hoy sigo haciendo algún que otro chiste sobre “putos”. De hecho lo que más me divierte es decir la palabra “topu”. Por que me parece el apodo más discriminativo y peyorativo al respecto. Una vez escuché una frase que me quedó muy grabada. Alguien le decía a otro “no sos tan grande como para hacerte tan chiquito”, criticando su falsa modestia. Sin embargo yo sí me animo a decir que soy tan gayfriendly que me animo a decir topu sin ningún prurito.
Fiesta fiesta, pluma pluma.
29 de mayo de 2008
Gayfriendly se hace al andar
10 de mayo de 2008
About Henry and June
Sentado en sillón del living desde el medio día ya no tenía lugar donde apagar los cigarrillos. El cenicero, el plato y el vaso habían ya agotado sus posibilidades. Escucho ruido de llaves en la cerradura, y la bocanada de humo huyendo de mi boca se detiene.
- ¡Ana!- balbuceo sorprendido de verla. Ella entra. Mira maternalmente mi dejadez.
- Ay Juan, ¿hace cuanto que estás echado ahí? No se puede respirar acá, por favor abrí una ventana. No podés estar así.
Ana abre las ventanas. Levanta toda evidencia de mi sedentarismo, las lleva a la cocina y las tira. Yo permanezco sentado. Vuelve y me acaricia suavemente el pelo. Apoyo mi cabeza en su panza. Sigue acariciándome el pelo. Llorar en silencio. Lloro sin mover un solo músculo de mi cuerpo. Mis lágrimas emanan naturalmente, sin esfuerzo. Ella no lo nota. O probablemente sí, pero disimula y continúa haciéndome sentir un poco mejor.
- Juan, ¿hace cuánto que no te bañas?, tenés el pelo re sucio.
- ... – no respondo. En realidad no escuché su pregunta. Hay algo que no entiendo.
- ¿De donde sacaste las llaves? ¿Vos tenías llaves de casa?
Su mano y su panza se alejan de mi cabeza y volviendo a la cocina me dice que Julia se las dio para que me las devolviera.
- ¿Julia te las dio? – Pregunto sorprendido por su respuesta.
- Si... y también me dijo que se había dejado una caja con cosas, y me pidió si se la podía llevar.
- ¿Julia te pidió? ¿Y por qué?
- Bueno Juan, digamos que no tiene ganas de venir y verte, para no complicar más las cosas.
- No, si eso lo sé, pero lo que no entiendo es por que te lo pidió a vos, y por qué te dio las llaves.
Ana abre la heladera, saca la jarra y se sirve jugo. No responde.
- ¿Querés jugo?
- No... No sabía que ustedes dos eran amigas.
Me levanto del sillón y voy a la cocina. Ana había empezado a lavar los platos.
- ¿Qué hacés? Dejá, dejá. Dejalo ahí que yo después lavo todo.
No responde.
- ... ¿y cómo fue que te pidió?
- Ay no se Juan, me lo pidió y listo. – Ana fregaba sin parar. La situación me estaba poniendo nervioso. Quería que dejara de hacer lo que estaba haciendo, me mirara y me explicara todo. Todo.
- Pero como fue, ¿ella te llamó? ¿Tenía tu teléfono...?
El ruido incesante de los cubiertos golpeando los platos, los platos golpeando los vasos ya había quebrado mi umbral de paciencia.
- Podés parar un segundo!!! Te dije que dejaras. Me das pelota y me respondés lo que te estoy preguntando???
Ana deja el plato, la esponja y cierra la canilla. Sin levantar la vista de la pileta, y con un dedo aún con detergente se corre el pelo que le tapa la cara. Yo no entiendo qué es lo que pasa. ¿Por qué no me responde?
- Ana está viviendo conmigo – me dice todavía sin mirarme.
- ¿Qué???? ¿Cómo que está viviendo con vos?... ¿Me estás jodiendo?? Encima de que me caga con un tipo y me deja, también me quiere cagar mis amigos. Vos sos MI amiga, no de ella. ¿Por que no se va a vivir a lo del reverendo hijo de puta con el que me viene cagando desde hace no se cuanto tiempo? Que conchuda! ¿Y vos porqué mierda la dejaste? ¿Cómo no me preguntaste a mí? ¿En qué estabas pensando? ¿Pero desde cuando ustedes son amigas? ¿No te das cuenta de que ahora cada vez que te llame voy a pensar que quizás atienda ella? No lo puedo creer, ¿cómo me haces esto?... ¿Y hasta cuando?... ¿Por lo menos te dijo hasta cuando tiene pensado quedarse?
- Estamos viviendo juntas.
- ¿Sí, pero hasta cuando? ¿Hasta cuando va a vivir en tu casa?
- Juan... Julia y yo estamos viviendo juntas.
4 de mayo de 2008
Hasta el cuadril
Este relato surge a partir de una iniciativa de Fernando Airas de Vespertine, a la que gentilmente fui invitado a participar. La propuesta es relatar una metida de pata, esas que después nos preguntamos "cómo pude haber sido tan idiota"; juramos nunca más volver a comportarnos de una manera tan absurda, convencidos de haber aprendido la lección y madurado. Nadamás lejos de la realidad. Dos reglas bien simples: las anécdotas deben ser verídicas y autobiográficas. Espero les guste.
Forma y contendido, son los dos aspectos que componen todos nuestros actos. Son independientes, y la falta de uno puede ser parcialmente compensada por la acción del otro.
“Ya que la hacemos, hagámosla bien” es una de las aplicaciones de este concepto, en el cual el contenido puede ser equivocado, pero la forma en que se realiza merezca nuestra reverencia.
Aquel brillante robo al banco, en la que los reos escapaban en un gomón por túneles subacuáticos mientras montaban el show de toma de rehenes a la vista de los policías. A quien no le robó una sonrisa y un guiño permisivo simplemente por la genialidad de la ejecución de su obra. Nadie aprueba el contenido de aquel acto, pero la es verdad que la hicieron muy bien!!... La forma compensa al contenido equivocado.
Cuando vemos o reconocemos haber hecho un acto con excelencia tanto en contenido como en la forma sin duda nos estremecemos, rendidos a sus pies.
Ahora qué pasa cuando erramos ambos? El 31 de diciembre de 1996 tenía 20 años y estaba en pareja desde los 17. Y ese día equivoqué groseramente ambos. Años más tarde entendería que la rotura definitiva de esa relación acarreaba fisuras desde aquel entonces.
Ella se había ido dos días después de navidad en un viaje a varios hemisferios y latitudes de distancia, por tres meses. Aprovechando una gran posibilidad de viajar a la que yo no accedía. Al menos no en ese momento. Dejándome solo. A mí. Solo. Por supuesto la dejé e incluso alenté a que hiciera el viaje.
El día después de su partida me inundó un ataque de furia, bronca e impotencia. Quise vengar su abandono. Aquel día fui bien hombre.
1 de Enero de 2003, Buenos Aires, El Divino, 3:30 a.m. serían las coordenadas del inicio de una de mis peores equivocaciones. Y es el día de hoy que todavía me pregunto si es que no dejé un rastro que aún no pude revertir.
Esa noche fui víctima del legado masculino, que nos pide dejar bien en alto nuestra raza. Luego del brindis familiar y de derrochar varios felices años nuevos, salí a la caza de mi reivindicación, de mi honor, de mi dignidad masculina. Macho que se respeta no se deja abandonar sin contraatacar. Y lo que me correspondía era hacer a mi novia infiel. Se lo merecía. Así demostraría lo muy hombre que yo era.
Nunca lo había hecho, y no sabía bien cómo hacerlo, pero eso no me detuvo. Llegué al boliche, inspeccioné el hábitat de caza, me hice dueño de mi espacio, localicé y abordé a la mujer con la que recuperaría mi dignidad. Empecé a darle forma al contenido: algunos tragos, baile sensual, palabras al oído, una mano en su cintura y una mano cerca de su cara. Cociné a fuego lento entre una y dos horas, hasta llevarla a punto caramelo. Y lancé la propuesta: “nos vamos?”.
Subimos al auto y nos fuimos. Hasta ese punto parecía un experto en la materia. Si mi vida fuera a ser recordada por este acto, estaría en la misma vitrina de “Los que la hicieron bien,” junto a los ladrones del Banco Río. Pero la noche no terminó ahí, y todas y cada una de las decisiones que tomé a partir de ahí fueron un encadenamiento de desaciertos.
A mis veinte años, con padres separados y viviendo con mi madre y hermana menor, la primer elección tenía tres posibilidades. Ir a un hotel alojamiento, ir a la casa desocupada de mi padre (fuera de bs.as.), o ir a mi casa, en la que mi madre y hermana dormían. La primera opción fue fácil y dignamente descartada: nunca me gustaron los telos. La segunda no fue tan simple, y no podía desestimarla sin hacerme cargo de algo que nunca podría aceptar: que inconscientemente necesitaba algún testigo. Por lo tanto pasé por alto esta decisión y conduje, sin auto-debates, directo a mi casa.
La desenvoltura, confianza y naturalidad con que me había manejado hasta subirnos al auto parecían haberme abandonado. Manejaba hacia un terreno desconocido. Estaba dando un paso del cual no me sentía seguro. Y empezaba a sentirme nervioso. El clima lujurioso y vibrante que antes nos envolvía y me protegía nos había vomitado a la cruda luz del día, al silencio incómodo que no supe cómo llenar durante los quince minutos del recorrido.
Ya no tenía ganas, ella ya no me excitaba, ya no quería engañar ni demostrar nada a nadie, pero ya no podía volver atrás. Hubiera sido de muy poco hombre decirle que retiraba mi propuesta en ese momento, hubiera sido de muy poco hombre tener una atractiva mujer servida, lista para faenar y rechazarla, hubiera necesitado de demasiada valentía.
Llegamos al rededor de las 5 de la mañana a mi casa, y mientras estoy buscando las llaves, veo que la puerta de calle se abre. Asoma punzante la nariz negra de Jerónimo, mi perro, desesperado por salir a su primer paseo matinal del año, y tras él mi madre. “What are the chances!!” diría Pheabe, de que mi madre se despierte un primero de enero a las cinco de la mañana para pasear al perro? Las chances eran ínfimas, pero todo lo que podía salir mal empezaba a hacerlo. Nos quedamos, todos salvo Jerónimo, helados, duros, sorprendidos, sin saber cómo seguir. “Hola!” le dije, o me dijo, “hola!” respondí o me respondió, y entramos nosotros y salieron ellos.
Sólo quería que todo terminara, hacer lo que tenía que hacer y olvidarme de todo. Pero todavía no había hecho nada. Subimos hacia mi cuarto, y al entrar, veo entornada la puerta del cuarto de mi hermana. Tenías sus persianas bajas, y el cuarto estaba oscuro, pero alcancé a verla acostada, y me pareció ver sus ojos abiertos.
- “Hola mati”- me saluda dulce e ingenuamente desde la cama.
- “No jodas, dormite que es tarde”. Y me vería entrar a mi cuarto, acompañado por una chica que no era mi novia.
Mi hermana tiene ocho años menos que yo, así que tendría 12 entonces. Es la persona más dulce y vulnerable que conozco. Lo sigo siendo, pero en aquel entonces yo era su Hermano Mayor. Y su Hermano Mayor, a quien ella admiraba, la exponía a un nuevo mundo de preguntas. Y la visita guiada al mundo de las relaciones sexuales la iniciaba por la puerta de servicio de la cocina, donde se tira, se deja y tapa la basura.
Entramos, esta chica y yo, y no hicimos todo lo que habíamos ido a hacer. Yo no quise y no pude o no pude y no quise. Y se fue.
Al día siguiente, mi madre tuvo una conversación conmigo, la que no recuerdo con exactitud. Además del reto merecido, me dijo que mi hermana le había contado haberme visto, y que había llorado. “Llorado por qué?” pensé en aquel entonces. Por desilusión, decepción creo hoy. Hasta que punto no habrá incorporado cierta aceptación de la infidelidad, como algo válido, perdonable, aceptable?
Después de ese episodio, volvería a ser infiel algunas veces más, hábito que terminó con esa relación. Nunca hablé con mi hermana al respecto, y no se hasta que punto esa situación haya influenciado su creencia y valores sobre el tema. Espero que poco, pero no lo se con certeza.
Como dije al principio, uno puede equivocar lo que hace pero hacerlo bien o viceversa. No fue mi caso. La acción fue equivocada, y no pude realizarla de peor forma.
24 de abril de 2008
Pierda un libro, dosis mínima: una vez al año
Entre querer hacer algo y efectivamente hacerlo hay una gran diferencia.
Con una semana de antelación había comprado dos libros usados que ya había leído, sólo para perderlos el miércoles 23. La intención la tenía bien arraigada, de eso no hay duda. Sin embargo, esa mañana de miércoles, aquellos dos ejemplares elegidos cual cabras a sacrificar en rito pagano, quedaron olvidados. El día inició su curso sin ellos.
Puede haber peor destino para un libro que ser olvidado? Un libro que se pierde, cambia de dueño, pero libro olvidado... es libro muerto.
De ninguna forma este tropezón me haría caer, y antes de llegar a la oficina pasé por dos librerías en Corrientes, con usados y saldos. No pude evitar la tentación y aumenté en dos mi stock de libros en lista de espera, antes de encontrar el que ofrecería como sacrificio. Pero lo encontré, y elegí perder a Madamme Bovary.
Llegó el medio día, horario marcado para realizar el acto. Acto que con cierto temor a ser poco humilde pero sin miedo a equivocarme, me animo a calificarlo de acto poético. Por lo menos yo lo sentí así.
Compré una ensalada para alimentarme mientras observaba la ejecución de la obra. Y sí, por más acto poético que fuera a realizar, mis kilos terrenales y diámetro estomacal precisan de una ensalada cada tanto.
Con ensalada, libro y birome en mano llegué a la plaza de Tribunales. Me senté bajo la sombra, al costado de uno de los caminos que la atraviesan, y escribí la nota en la primera página para el Encontrador. Todo listo, solo faltaba ejecutar la pérdida. Miré a mi al rededor buscando el mejor punto de pérdida. Este lugar tenía que cumplir con dos requisitos fundamentales: ser un punto con tránsito peatonal, pero al mismo tiempo yo tenía que poder dejarlo sin ser visto.
Elegí el lugar, y en los siguientes veinte minutos que estuve intentando abandonar el libro y cederme a la fuga, me di cuenta de que nunca podría robar. No por principios morales, sino por falta de decisión y de coraje. Estaba paranoico, sentía que todos me estaban mirando en el momento en que dejaba el libro.
“Ey, te olvidaste el libro”, “uy, si, ho ho, me lo olvidaba, ho ho, ja ja [con voz de idiota]”, era la situación que ininterrumpidamente imaginaba cada vez que pensaba en dar el primer paso. Y me volvía a sentar, cubriendo con mi cuerpo los dos kilos de nitroglicerina que sentía estaba ocultando. Después de pararme y sentarme acobardado siete veces decidí rendirme y buscar un lugar menos transitado pero también menos expuesto.
Y así fue que me senté al pié de una suerte de monumento recordatorio de no se qué víctimas, dejé el libro sin ser visto, me paré sin titubeos, lo abandoné, me senté a 15 metros a vigilar y comer mi ensalada, pasaron otros veinte minutos y terminé mi ensalada, mientras Emma Bovary descansaba sin que nadie la hubiera visto.
Desilusionado recogí el libro para buscar mejor fortuna en otro punto. En cuanto levanto la vista detecto que dos chicas me miraban y se sonreían. No se cómo había sido posible, pero me habían descubierto. Mierda carajo! Empecé a correr antes de que alertaran a la policía y ésta me detuviera. Corrí hasta que crucé a la otra plaza.
Bueno no, no fue esto lo que pasó, pero sí fue esa la sensación que tuve. Llegué al parque de enfrente, caminando, lo recorrí sin encontrar un buen lugar. Había demasiada gente. Decidí volver al lugar inicial, y reunir un poco más de valentía para finalmente ejecutar la pérdida.
Sin embargo antes de llegar encontré un lugar que parecía reunir mejores condiciones. Me senté entonces en un bloque de cemento al borde de la vereda, en la periferia de la plaza. Era el lugar perfecto, por que tenía buen caudal de gente, pero solo gente que iba y venía, y no espías sentados por todos lados dispuestos a descubrirme. Me quedé haciendo reconocimiento de zona por dos minutos, con el libro en su lugar, y una bolsa encima. Cuando el momento indicado llegó, tomé la bolsa, me paré y caminé.
Antes de abandonarlo, tomé un recaudo inteligente, que con el suceder de los eventos luego evaluaría como trascendental. Abrí exageradamente el libro en su primer hoja, donde le dejaba la nota al Encontrador, hasta que la tapa tocara la contratapa. El objetivo era que quedara marcada, y que al soltar la tapa ésta no se cerrara por completo. Y fue un éxito, el libro yacía con la tapa semi-abierta, mostrando que la primer hoja no estaba vacía.
Me senté entonces a esperar la víctima. Pasaron algunos transeúntes sin visualizar nada, hasta que se aproximaba el peor de los candidatos y con muchas chances de éxito. Un joven de unos 26 años, paseaba su pequeño perro, y este parecía ir camino a Emma. No se si no prefería que el perro meara el libro a que este chico lo encontrara. Y finalmente el can lo bordeó sin notarlo. No así su dueño.
Detuvo su paso, miró sorprendido, y sin vacilar demasiado estiró el brazo que tenía debajo de todos esos tatuajes. Su mano tomó el libro, mano seguramente virgen en la materia de tomar libros. Abrió la primera página y leyó. “Bueno, al menos sabe leer” fue mi intento de auto compadecerme.
Todo lo prejuicioso y aprehensivo que fui respecto de este encontrador fue revertido por su actitud honesta y sincera. Cerró el libro, y con un soberbio movimiento de muñeca lo arrojó, y lo hizo volar como una estrella ninja hacia su lugar original, y siguió su camino. La nota decía que se podía quedar con ese libro perdido sólo si lo iba a leer. Sin ningún prurito este muchacho dijo esto no es para mi, esta agua no he de beber, que corra nomás. Y se fue.
Sonreí aliviado y agradecido, a la espera de la próxima víctima.
Se acercaba una manada con dos potenciales candidatos. La más importante, una señora de unos 60 años de edad. No era lo que yo hubiera elegido, pero era aceptable.
Efectivamente esta señora lo ve y aminora aunque no detiene la velocidad de su andar. Lógicamente, como su vista estaba atrapada por Madamme Bovary no pudo advertir las irregularidades del piso. La pobre señora trastabilla, aunque sin llegar a perder del todo el equilibrio, y se detiene. Duda, desconfía y opta por seguir camino. “Che vieja, y si probamos Mostaneza?”... “para qué, si así estamos bien...”. “No aceptes caramelos de extraños”. Son los recuerdos que me surgen. No señora, ese libro no tiene droga ni cosas raras!!!
Me empecé a sentir Amelíe Poulín buscando encontrar a Dominic Brodotou.
Hasta que escuché las palabras mágicas: “Ce Brotodou, no Brodotou!!!”
Y Dominic Brodotou venía caminando con una amiga, destinada a encontrarlo. Pasan por al lado, ella lo ve y no duda en agarrarlo. Abre la primer página, lee, comenta con la amiga, y siguen caminando. La operación perder un libro se había ejecutado con éxito.
Curioso yo, me acerco, con la intención de escuchar su conversación. Las sigo, hasta que las alcanzo y las paso por al lado, pero no consigo escuchar y sigo camino.
Contento y satisfecho con mi acto poético. Aunque no sabía que mi felicidad era todavía incompleta.
A los veinte minutos el ciclo tuvo un cierre perfecto:
De: Karina
Enviado el: Miércoles, 23 de Abril de 2008
Para: redfishmail@gmail.com
Asunto: encontre tu libro.¡¡¡¡¡¡¡¡
Hola¡¡¡¡¡¡¡, quédate tranquilo que cayo en buenas manos…le voy a dar el valor, que por lo que veo le das a la lectura.
Muchas gracias, alegraste mi día.
Karina.
Bueno, fue mutuo entonces.
Y para quien no perdió un libro, solo lo lamento por él o ella.
Altamente recomendado.
16 de abril de 2008
Investigaciones Filosóficas III: Ass or Crotch?
Hace mucho que decidí hacerle un piquete al cine. Me parece un tanto obsceno gastar de movida unos $40 para ver una peli que puedo ver al poco tiempo por $5. Pero este domingo regresé, convocado por el Bafici, y terminé viendo una película russa, con subtítulos en ingles y con sub subtítulos en castellano fuera de pantalla. Muy complicado.
Como de costumbre llegué tarde, y como iba solo encontré unas cuantas butacas sueltas bien ubicadas. Y por supuesto para llegar hasta ella, tuve que sortear por lo menos cinco asientos ocupados con señoras con abrigos, parejas con pochoclos e intelectualoides con carteles de yo solo veo cine europeo o asiatico. Y al iniciar la caminata lateral me enfrenté a esa cuestión de etiqueta, esa que magistralmente ilustró Tyler Durden (Brad Pitt) en El Club de la Pelea:
"Now, a question of etiquette - as I pass, do I give you the ass or the crotch?" [Ahora, una cuestión etiqueta/cortesía, mientras paso, te doy el culo o el bulto?]
Instintivamente siempre elijo dar el bulto. Si lo pienso creo que por una cuestión anatómica debería ser al revés, ya que el espacio que ocupa el culo hace que para evitar golpear con él las cabezas de la fila de adelante, tenga que arquearme, llevando el bulto hacia adelante y el torso hacia atrás. Mientras tanto caminar y mantener el equilibrio. Sin duda esto sería tanto más sencillo al revés.
Pero por algún motivo siempre elijo no dar el culo.
Ustedes que elijen?
[una yapa para para las lectoras y lectores que gustan de sexo masculino]
11 de abril de 2008
Día del Libro Perdido
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Un poco de historia sobre este día.
El 23 de abril se conmemora el fallecimiento de tres escritores: el español Miguel de Cervantes y Saavedra, el inglés William Shakespeare y del cronista Garcilaso de la Vega (el Inca), todos ocurridos en 1616. De esta forma, la Unesco en 1995, aprobó proclamar el 23de abril de cada año el "Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor".
El hecho de regalar un libro está relacionado con Cervantes y Shakespeare. Estos soberbios escritores han pasado a la Historia por sus fabulosas obras, llegando a ser un símbolo importante en sus respectivos países. El mundo reconoce el trabajo de estos genios celebrando cada 23 de abril el Día del Libro. Así se hizo. De aquí la costumbre de regalar un libro. Además, esta jornada es muy apropiada para lanzar al mercado nuevas novelas, muchos autores la aprovechan y promocionan su último libro, y de paso quizás puedas conseguir un autógrafo de tu escritor favorito.
El Día del Libro se celebra el 23 de abril de cada año desde 1930 y coincide con la entrega que hace el rey Juan Carlos I del Premio Miguel de Cervantes. En 1964 quedó instituido oficialmente como el Día del Libro para todos los países de lengua castellana y portuguesa. En el año 1993, la entonces Comunidad Europea, lo proclamó como Día Europeo del Libro. Finalmente, la UNESCO decidió, en 1995, fijar la fecha para la celebración del Día Mundial del Libro. Durante esta jornada se instalan puestos callejeros para la venta de libros y los editores y libreros hacen un descuento especial. Las instituciones oficiales también realizan actividades conmemorativas.
Todos los años, tiene lugar en Madrid -en el Círculo de Bellas Artes- una lectura cooperativa del Quijote. Grandes personalidades, intelectuales, políticos y estudiantes leen cada uno, y de forma ininterrumpida durante dos días seguidos, un trocito del más famoso libro de la Historia de la Literatura Universal. En los últimos tiempos incluso se establecen conexiones a través de videoconferencia con importantes figuras de la cultura internacional. Siempre comienza la lectura el escritor que ha sido galardonado con el Premio Cervantes de ese año. Gracias a las nuevas tecnologías puedes presenciar el acto cultural a través de Internet haciendo clic aquí.
El Día del Libro en Cataluña: Sant Jordi.Cataluña celebra de una forma muy especial el día del libro. El 23 de abril los hombres regalan rosas a las mujeres y éstas regalan un libro a los hombres. Esta bonita tradición se basa en la leyenda de San Jorge o Sant Jordi, como se dice en catalán, una de las lenguas oficiales de España. La leyenda cuenta que un feroz dragón tenía aterrorizados a los habitantes del reino, quemaba los bosques, se comía al ganado, destrozaba los cultivos... Se decidió entonces que había que dar fin a esa ansia destructora y negociaron un acuerdo tras duras horas de discusión. El pacto consistía en que todos los días entregarían al dragón una joven para saciar el apetito del monstruo. Así estuvieron un tiempo y poco a poco el reino se fue quedando sin mujeres jóvenes. Para que no hubiera problemas ni altercados, siempre se hacía la elección mediante un sorteo para elegir a la mujer que debía ser entregada.
Un día, la suerte quiso que fuese la mujer del rey quien debía ser entregada al dragón. Tras dejarla en el lugar señalado, se marcharon al pueblo por temor a que el dragón les hiciese daño. Al cabo de un rato, éste apareció y, cuando se iba a comer a la doncella, un caballero que montaba un caballo blanco atacó al dragón. Ambos estuvieron peleando por largo rato y en uno de los lances del combate, San Jorge, que así se llamaba el caballero, clavó su lanza en en vientre del malvado dragón, matándolo en el acto. De la herida que el lanzazo le había producido al monstruo manaba mucha sangre que cuando entró en contacto con el suelo, se convirtió en rosas.
San Jorge cogió una de aquellas fabulosas rosas y se la regaló a la doncella que la llevó al pueblo entre grandes gritos de alegría. Desde entonces hasta ahora, cada 23 de abril los hombres regalan una rosa a la dama que reina en su corazón. Las damas, para corresponder tal detalle para con ellas, regalan un libro a sus amados. Cataluña celebra de este modo el día del libro.
El Quijote. 400 años.Es importante decir que este año, se cumplen 400 años desde que el libro más famoso de la historia fuera impreso. Durante estos siglos el interés por la magna obra ha ido creciendo más y más y se puede decir que existen de él tantas interpretaciones como lectores. Su importancia ha trascendido incluso el ámbito cultural y son muchas las anécdotas que ha motivado.
Miguel de Cervantes fue un escritor enigmático, muy pocas cosas sabemos de él y muchas son las conjeturas que los estudiosos han sacado de sus investigaciones. Por eso la figura de Miguel de Cervantes se ha tomado como estandarte de una gran variedad de colectivos sociales y culturales. En todo caso, no hay nada mejor que leer en un día como hoy, las primeras frases de un libro maravilloso que apasiona a todo aquél que se acerca a sus páginas.
10 de abril de 2008
Diagnóstico Celular
Considero recomendable para cualquier pareja intentar mantener el nivel de romanticismo lo más alto posible. Y para mantenerlo así, primero uno debería registrar cual es el nivel actual de la pareja. Si uno advierte que anda bajo, entonces hay que tener la capacidad de ejecutar acciones que estimulen al alza. Nutrir y alimentar la pareja.
Algunos pueden medir sus estándares románticos por ejemplo según cuándo fue la última vez que regaló flores o la frecuencia con la que salen a comer a lugares lindos.
Yo encontré una forma de diagnosticar el nivel de nuestro romanticismo con el teléfono celular. Por lo general todos los modelos tienen una función, que su sentido original es otro, pero se puede aplicar como parámetro de medición válido. Me estoy refiriendo a la opción de texto predictivo para el envío de mensajitos.
Por ejemplo, si marco las teclas 2, 3 y 4 esta función predice que yo quiero escribir afirma. Otra sabida utilidad es que nos evita marcar por ejemplo tres veces el 5 y una vez el 2 si por ejemplo queremos escribir “la”, ya que con marcar una vez cada tecla es suficiente. Y por último, hay teléfonos que tienen memoria y cuando haya más de una palabra posible con la misma combinación de teclas, muestran la última que hayamos elegido. Siguiendo el mismo ejemplo, con las teclas 5 y 2 podemos formar las palabras “la” y “ja” (onomatopeya harto utilizada en este tipo de idioma). El teléfono siempre mostrará la palabra que hayamos utilizado la última vez.
Bien, resignificando esta última utilidad es como obtendremos un valioso diagnosticador de niveles de romance en nuestra pareja. Si marcamos las teclas 2, 6 y 6 podremos estar queriendo escribir la palabra “con”, o bien la palabra “amo”. Por lo tanto, si con frecuencia al marcar esta secuencia de números el teléfono me muestra la palabra “con”, significa que el nivel romántico anda bajo, y que sería conveniente transformar rápidamente algunos “te con” en “te amo”s.
Si no tienen un teléfono amo estas funcionalidades, amosiganselo amo urgencia.
Maravilla,
TE AMO.
7 de abril de 2008
El patetismo vende?
Y como yo soy un poco caprichoso y copión, también quiero hacer el mío.
Antes de empezar, algunos irrefutables sobre mi. Deportivamente no soy un virtuoso ni un dotado en nada, pero hago todo lo que se me cruza, y aceptablemente bien. Nunca tuve un gran estado físico, pero sí tuve mi época de apogeo. A los 27, me fanaticé con la escalada, y entrenando 4 días por semana llegué a pesar 87kgs. Aclaro que este peso, para mi altura (1,90) significa ni un gramo de más. De ahí hasta hoy, a mis 31, todo fue en descenso. La escalada, por motivos laborales, de mudanza y de caídas libres de 9 mts, la fui dejando hasta que la abandoné. A esto se le sumó un año entero de cero actividad deportiva por superposición de horarios entre el futbol 5 con amigos y mis clases de teatro. Ya hace un año que retomé el futbol semanal, pero ahí estoy, luchando a diario entre salir a correr (david sin su gomera) y tomarme unos mates con tostadas (golliat con dulce de leche).
Pero hace siete días decidí derribar al gigante. El lunes pasado, después del futbol decadente, terminé tan destruído que esa noche por dos horas no me pude dormir de lo que me dolía el cuerpo. No un tobillo, no la rodilla, no la paralítica... EL CUERPO!!! Primera vez que utilizo esta expresión para describir mi estado, y primera vez que me tomo un ibuprofeno para dormir.
"Se acabó, necesito por lo menos un día más de actividad física en la semana!". Así que el miercoles feriado salí a correr por el glamoroso Saavedra Park. 15 minutos de trote liviano, no más, para no forzar la máquina. Piano piano. Todo encaminado, Golliat de rodillas, y David saboreando el knock out.
Embalado, el jueves a la tarde repetí, pero con 20 minutos de trote.
Sábado al medio día, en una guardia traumatológica: "sí, donde te duele es justo en talón de aquiles, lo debés tener esguinzado. Hiciste algún esfuerzo grande, tuviste un golpe, sentiste un pinchazo?"
Casi le miento de la verguenza. Pero mentirle al médico, al psicólogo, al contador o al solitario es un grado de patetísmo que todavía me reservo para más adelante.
Receta médica: ecografía, reposo deportivo y unas taloneras ortopédicas.
Patético, pero si me llego a cortar el tendón de aquiles y me corto todo lo que me cuelgue.
[*] el auto-petetismo no es una término inventado por Jorge Corona ni un intento propio de ser burdamente ingenioso, es simplemente un error ortográfico de auto-patetismo. Releyéndolo, pienso que quizas que fue un acto fallido, por que puede haber algo más patético que el auto-petetismo? =p

4 de abril de 2008
La Logia del Libro
Todas las mañanas tomo el subte línea D en Congreso y me bajo en Tribunales. Si logro ir sentado o si voy parado pero no está demasiado lleno, en este trayecto leo. El subte o el colectivo siempre fueron mi ámbito preferido de lectura.
Apenas me siento saco mi libro, el Diario de Anaïs Nin desde hace algunas semanas, y me sumerjo en él. Solamente subo a respirar si percibo que hay algún vecino también con un libro. Intento ver qué está leyendo, y emito un no recíproco guiño cómplice. No miro a la persona a los ojos ni nada parecido, de hecho lo hago intentando no ser visto. Pero imaginariamente constituyo una logia secreta, sabiendo que ante cualquier catástrofe o necesidad extrema nosotros formaríamos un grupo especial, el grupo de los que leen.
Hace unos 20 días, estaba terminando de leer mi libro, cuando veo que una chica empieza a sacar de su cartera uno amarillo, como el mío. Cuando lo termina de sacar compruebo que era la misma editorial que el mío, hasta que lo da vuelta y leo “La conjura de los Necios”. Por algún motivo la situación me puso muy incómodo. Era demasiada casualidad que dos personas estuvieran leyendo ese mismo libro a menos de medio metro de distancia. Lo cerré y guardé inmediatamente, por que cualquiera podría haber descubierto que teníamos una logia secreta, y yo no podía permitir que eso suceda.
El resto del viaje leí por lo menos cinco veces todas las publicidades, hasta que me bajé, sano y salvo.
29 de marzo de 2008
Todo por 5 segundos – Capitulo III: Un Helado Derretido.
Si lo hubiera planeado nunca podría haber conseguido el mismo resultado. Todo se sucedió fantásticamente solo. Si algo equivalente le hubiera ocurrido a cualquier especie animal se diría que la naturaleza es sabia. Y si bien yo no sabía todo lo que ocurriría, lo tomé con naturaleza, retiré mi entrada y me ubiqué donde el acomodador me indicaba.
La sucesión de eventos fue la siguiente.
1. Darío me advirtió, una semana antes, que trabajaría el jueves y el viernes, y que en el fin de semana una a dos reuniones en la oficina era lo mínimo a esperar.
2. Maru y Sol me comentaron, intencionalmente al pasar, que se irían los cuatro días a la playa para aprovechar los últimos rezagos veraniegos, y que si milagrosamente quería, podía.
3. Mis suegros, que a mis espaldas viven quejándose de que yo les dejo ver poco a sus nietos, venían a Buenos Aires a pasar semana santa con ellos y con su hijo, y conmigo por añadidura, no por elección.
Solo até cabos sueltos y los resolví con tres breves comunicados:
- Amor, me parece que voy a aprovechar para ir con las chicas a la costa, así podés trabajar tranquilo. Ya hablé con tu mamá y ellos se llevan los chicos.-
- Amanda, ¿sabés que los chicos me dijeron que se morían de ganas de pasar unos días con los abuelos? Y cómo Darío va a estar trabajando los cuatro días se me ocurrió que quizás sería buena idea que Santi y Lucas se queden con ustedes, que te parece? La van a pasar super, no ven la hora de que los pasen a buscar.-
“Chicas, háganme un lugar en el auto que me prendo. Pásenme a buscar el miércoles a la tarde por la ofi. No sean turras, y si llevan a dos chongos, yo voy apretadita en el medio =0)”, mensajito de texto, obvio.
Estaba increíblemente excitada, adolescentemente ilusionada con el fin de semana de chicas solas. Desde que me casé que nunca me había permitido siquiera pensarlo. Me pasé el lunes entero pensando en lo que debería llevar, el martes entero repasando dónde estaba lo que quería llevar, y medio miércoles chateando por messenger para matar el día.
El martes a las nueve de la noche ya tenía el bolso listo. Bikini negra, checked. Bikini roja y blanca, checked. 4 bombachas y 4 corpiños, checked. Secador de pelo, checked. 3 pantalones, 3 polleras, 3 shortcitos checked. 5 remeritas, 3 camisas, 3 saquitos, 2 pullovers, 1 camperita y 1 campera por las dudas, checked. 3 pares de sandalias, 1 par de zapatillas, 2 pares de zapatos taco bajo, 1 par de botas por las dudas, checked. Porta cosméticos, checked, anteojos de sol, checked, protector solar checked, preservativos.... checked! Creo que este check list lo tengo desde hace 15 años, pero por las dudas no hice ningún cambio, aunque llevara elemento que no tenía pensado usar. No quería cercenar opciones.
Miércoles a la mañana. Bolso de Lucas y bolso de Santi hechos, beso con abrazo fuerte, pórtense bien con los abuelos y al cole. Beso a Darío, el portate bien y te voy a extrañar de rutina, bolso al hombro, y a empezar el miércoles adolescente.
A las 19.30 estábamos las tres cargando nafta, medias lunas y cocacola light en la estación de servicio de la ruta. Nos subimos al auto, repartimos los gastos de la nafta y peajes y establecimos un pozo común para los demás gastos. El resto del viaje hablamos sin parar. Hicimos un repaso de todos los novios de la secundaria y de la facu. Nos reímos de todas las veces que, encerradas con el noviecito de turno, al escuchar la llegada de nuestros padres nos vestimos en un micro segundo, arreglamos la cama, abrimos la puerta del cuarto y esperamos su llegada con cara de estábamos charlando y escuchando música, sí, así despeinados. Recordamos los freaks con los habíamos salido, los que nos habían hecho pagar la mitad del taxi, los que ponían sobre la mesa “su parte” de la cuenta, los calentones que nos querían echar un polvo en el primer ascensor que compartimos, los que nos habían prometido amor eterno solo para revolear nuestra bombacha al suelo, los que nos habían metido los cuernos, los que habíamos metido nosotras. Reímos, reímos, reímos. Fue un viaje increíble. Un viaje en el que supuré de recuerdos que hacía mucho tenía ampollados. Y llegamos, y me bajé del auto, y seguía riéndome sola.
Fue curioso que habláramos solo de anécdotas, jamás mencionamos nuestras vidas presentes, solo hablamos en pretérito perfecto.
Al día siguiente hicimos lo que habíamos ido a hacer. Playa, sol y arena. Nos alineamos como tres durmientes de ferrocarril, tomamos sol y hablamos poco. Las tres éramos concientes de que no podíamos seguir hablando de anécdotas adolescentes y tampoco teníamos ganas de hablar de nuestras vidas actuales. Y como tomar sol es una actividad en la que se permite simplemente estar y cerrar los ojos, nos refugiamos en ella. Y así, expuestas al sol evitamos exponernos a nuestras realidades. Cada tanto alguna comentaba sobre la cola de alguno que pasaba delante nuestro, o cómo la malla mojada les marcaba el bulto, intentando resucitar aquella complicidad y restablecer un vínculo adolescente sin mayores compromisos.
Y así llegamos al sábado, solo tomando sol, comiendo, durmiendo, secretamente deseando que el domingo fuera nublado, para justificar aunque más no sean algunas horas de regreso anticipado. Almorzamos una ensaladita en el parador y volvimos a la rutina, y a nuestros lugares de siempre. Sol en un costado, yo en el otro y Maru en el medio.
Estaba bastante dormida cuando empecé a soñar con él. En los últimos dos años lo soñaba por lo menos una vez por semana. Siempre sueños cortos y confusos. Pero lo soñaba, cada vez con mayor frecuencia. Después del accidente lo volví a ver en el hospital, cuando él todavía estaba inconsciente. Conocí a su novia, y al ver la relación que tenían, y que se recuperaría decidí seguir mi camino. Durante los siguientes tres años jamás volví a acordarme de Santiago, pero desde hace dos que sueño con él.
Lo vi acercándose por la playa, caminando hacia mí. Sonriendo, con la naturalidad de un amor cotidiano. Se paró a mi lado, me miró, se sentó y se acostó en la arena, cerca, muy cerca mío.
- Hola - me dijo, lo que me desencajó violentamente, ya que era la primera vez que me hablaba, nunca había hablado en mis sueños. Creía haber olvidado su voz, y por algún motivo la recordé y lo escuché como si fuera real, como si estuviera ahí.
Esto me sorprendió tanto que me desperté. Y abrí los ojos. Ese sobresalto hizo que pasara del estadío de “sueño” al estadío “despierta”. E instantáneamente y sin escalas pasé de éste, al estadío “petrificada por fuera y volcánica por dentro”, al verlo ahí, acostado, frente a mí, sonriendo, mirándome.
- ¿Santiago?!!!- grité en voz baja.
- Que bueno, no solo te acordás de mí, sino que hasta sabés mi nombre. Ya superé todas mis expectativas.
- Si, es que en el hospital me lo dijeron, y después conocí a tu novia, y yo no sabía que tenías novia. No, no, no es diga que me lo tenías que decir, si por qué me lo ibas a decir, y además cuando, jajaj, en qué momento, y bueno yo no quise, no se, ella estaba llorando tanto y después cuando dijeron que te ibas a recuperar...- fue mi intento verborrágico de justificar, explicar y disfrazar mi ataque nervioso. Hasta que agarró mi mano y la puso en su pecho, como aquella vez. Y como el tapón en la fisura del dique detuvo mi hemorragia verbal.
Sentí su pecho en mi mano. Sentí la paz de sus ojos. Sentí paz en mi cuerpo. Lo miré profundo, lo escuché. Y respondí.
- Lucía -
- Me lo imaginaba – respondió él, y yo sonreí como una tonta.
No podía salir de su encanto, hasta que recordé donde estaba, con quienes estaba y quien era yo: una mujer casada y con hijos, cómo explicaría esta situación. Alejé apenas un poco mi cabeza, no demasiado. Miré hacia atrás, para enfrentar las miradas escrutadoras de mis amigas que sentía en la espalda. Pero no estaban. Extrañamente no estaban, quizás había dormido más de lo que pensaba y se habrían ido. De hecho ya no quedaba gente en la playa y estaba oscureciendo. Mientras advertía esto situación mi mano seguís encallada en su pecho. Entonces regresé a él.
Me estaba esperando, con cara de “no te preocupes, estamos solos”. Soltó mi mano, yo dejé la mía en su pecho y dejé la suya ir. Levitó hasta mi cara. Sus dedos y mi frente se encontraron. Sus yemas peinaron mis cejas, delinearon el contorno de de mis ojos. Llegaron hasta la unión con la nariz, rotaron sobre sí y sus uñas se deslizaron hasta la punta, donde cada dedo saltó al vacío de mis labios. Cada uno esperó al que le seguía aterrizara, y cuando estuvieron todos se detuvieron y reconocieron el relieve de mi boca. Luego iniciaron viaje hasta la comisura, zigzagueando por mis pómulos hasta la oreja. La bordearon y se internaron en mi pelo. Lo peinaron gentilmente detrás de mi oreja, mientras su dedo gordo quedó anclado en mi cachete, dibujando curvas con la yema. Incliné suavemente mi cabeza hacia su mano para abrazarla, y cerré los ojos. Escuché la música con la que sus dedos bailaban, dibujaban, creaban, una y otra vez. Y me entregué a ese momento. Quise quedarme así para siempre.
Mientras lo miraba con los ojos cerrados podía sentir su boca sonriendo. Y yo le regalaba mi sonrisa que no entraba en mi cara. Acercó su cuerpo hacia el mío, y me sentí preciosamente invadida. Percibí su respiración más cerca. Sus labios se aproximaron a mi cara, como si necesitaran verla más de cerca. Su nariz también empezó a recorrer mi miel. Sus labios rondaban los míos. Pero no los tocaban. Y yo casi inmóvil, entregada a cualquiera fuera su propósito. Apenas algún pequeño movimiento, impulsada por mis labios, que tímidamente se entregaban al poder magnético de los suyos. Pero su boca se movía rápido, dilatando el encuentro, el choque. Sentía su respiración en mi mejilla, en mi cuello, en mi oreja.
Intermitentemente mi piel creía reconocer el contacto de su boca, pero no estaba segura. Y la buscaba, la acechaba como la estela en el mar sigue a su barco. Nuestras cabezas se movían, se enredaban y desenredaban, como dos chorros de aguas danzantes. Nuestras bocas jugaban a perseguirse, invertíamos roles, el que perseguía pasaba a perseguido, se cruzaban, rozaban, pero nunca se tocaban.
Lo que empezó como un juego lento fue creciendo a un juego intenso, vertiginoso, veloz. Mi cuerpo necesitó mayor estabilidad y me desplomé enteramente sobre mi espalda. Como si fuéramos uno él acompañó mi rotación y subió sobre mí sin un solo segundo de desconexión. Nos detuvimos, nos miramos, nos respiramos agitados. Y sus labios colapsaron con los míos. Exploté, lo besé con una intensidad que pensaba no existía en mí. Mis manos se hundieron surcando con fanatismo caminos en su espalda. Cada centímetro de mi cuerpo buscó su piel, no quería desperdiciar ni un milímetro de mí, necesitaba el máximo contacto posible con él. Lo apreté fuerte contra mí con todos los medios a mi alcance. Quería que toda mi piel tocara la suya, quería que toda su piel tocara la mía. Quería que me tocara toda, entera, por fuera y por dentro. Lo quería dentro mío, que me conociera por completo, quería entregarme, que todo mi cuerpo fuera suyo. Quería saberlo adentro mío.
Mientras nuestras bocas y labios se entregaban sin tregua, sus manos me recorrían con fuerza. Mi pecho se inflaba cada vez que él pasaba. Y cada vez menos ropa interfería entre nosotros. Quitó o corrió o desintegró mi corpiño para que mis pechos conocieran el suyo. Me besó sin parar, donde yo necesitaba que lo hiciera. Mientras su boca se perdía entre mis pechos, su mano apretaba mi pierna. Primero sobre la rodilla, subiendo por el muslo, entrando, tocando con su palma el interior de una pierna y con los nudillos el interior de la otra. Yo estrujaba su mano, pidiendo que suba. Y su mano subía, esquiva, recorriendo, bordeando. Presionó, empujó, pero todavía el contacto era obstaculizado por el último vestigio de ropa que quedaba en mí. La odié desesperadamente. En ese momento desee haber estado todo el día desnuda para llegar así a ese momento. Pero eso no era necesario, por que recordé y él advirtió que yo tenía una bikini cómplice, que ofrecía dos moños a los costados para abrir paso a quienes fueran bienvenidos. Y las señales eran claras de qué el lo era, tal vez como ninguno lo haya sido. Tiró de la cuerda, retiró el lienzo que todavía cubría mi cuerpo con la delicadeza con la que un coleccionista destapa su pieza más valiosa. Su mano se posó en mi vientre, tapándolo en su totalidad, protegiéndolo de la luz. Mi mano se montó sobre la suya con todo el peso de mi deseo, incitándola a avanzar. Y lo hizo, con suavidad, recorriéndome por fuera, en círculos, luego con movimientos ascendentes y descendente. Siempre por fuera pero en el lugar exacto. Y mi cuerpo acompañaba la cadencia de su movimiento. Mi pecho se ensanchaba renovando el aire de mis entrañas. El calor y la humedad dificultaban mi respiración, y el deseo de sentirlo dentro mío se volvía perversa y sádicamente maravilloso. Lo quería dentro pero disfrutaba el placer de la espera, de la víspera.
Tomó mis dos manos y las llevó hacia atrás, detrás de mi cabeza, atándolas en la arena. Con todo su cuerpo sobre mí, abrió su camino dentro mío, y ahí se detuvo. Me miró penetrante, como a la espera de mi autorización. Enterré mis uñas en la piel de su espalda y él entró suave y cuidadosamente. Llevé mi cabeza hacia atrás, alineando en un solo eje mis vías de entrada y de salida. Él entró profundo, con vehemencia, provocando un huracán que recorrió cada órgano de mi cuerpo hasta salir en un grito por mi boca. Cada cavidad en mi interior lo sentía recorrerme. Reconocí y abracé el paso de cada una de sus venas, de las imperfecciones y de las perfecciones de su cuerpo penetrante. Mis piernas lo abrazaban, mis talones empujaban su cola, y acompañaban su ir y venir, cada vez más veloz, más profundo, más incontenible. Cuando nos acercábamos a zonas explosivas regulábamos el ritmo, relajábamos, recuperábamos el aire, tomábamos envión solo para regresar por más. Cada vez nos resultaba más difícil domesticar la lujuria, cada vez nos costaba más salir de la zona de fuego. Hasta que decidimos jugar con él y permitirnos quemarnos de placer. Ahí fuimos, y nos entregamos para atravesar juntos el punto sin retorno, golpeando nuestros cuerpos casi violentamente, a la velocidad de la desesperación, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, más profundo, elevando a niveles inconmensurables la temperatura, hasta que llegamos al centro del sol para quemarnos con el fuego supremo. Y gritamos, de dolor, de placer, de alegría, purgándonos hasta quedar vacíos. Gritamos electrizados. Lloré, lloramos, de placer, de alegría, de tristeza. Nuestros cuerpos quedaron encimados, desinflados, agonizantes y nuestras almas derretidas y derramadas alrededor nuestro.
Moribundo, con su último aliento levantó su cabeza, buscó mi mirada, y me dio respiración boca a boca. Y revivimos, lentamente nuestros espíritus recuperaron su forma, y volvieron a sus respectivos cuerpos. Pero en su regreso los dos sentimos que ya no eran los mismos, y reconocimos parte del otro en cada uno. Nuestras dos almas fueron como un helado de dos gustos derretidos, que aunque con frío vuelven a su consistencia y cuerpo original, ya no existirán dos gustos separables. Es una fusión de individualidades. Mi alma de frutilla tenía su chocolate, y la suya mi frutilla. Y eso también era irreversible.
Quise quedarme con él, desnuda en esa playa por siempre.
- Lucía!, Lucía!!! Estás bien?? – me preguntó de golpe e insitentemente.
Sí! estaba maravillosamente bien. Cómo no habría de estarlo. Pero insistía con la misma pregunta, agarrándome y sacudiéndome por los hombros. Hasta que logró levantarme y sentarme. Yo realmente no entendía nada de lo que estaba pasando. No podía entender por qué de repente estaban Sol y Maru adelante mío y no Santiago.
- ¿Lu estás bien? Me parece que tuviste una pesadilla, te empezaste a mover y a gritar. Parecía como si estuvieras teniendo una pesadilla – dijo asusta da Sol.
- Una pesadilla o no tanto, a mi me daba la impresión de que la estabas pasando muy bien, jaja – aportó Maru su parecer.
No terminaba de asimilar que todo lo de recién había sido un sueño. No era posible, nunca había vivido algo tan real.
- ¿Pero qué pasó?- pregunté.
- No se. Pero te dormiste muy profundo. Tanto que en un momento se acercó un tipo y dijo que se conocían. Mirá que traté de despertarte eh, con un bombón como ese no daba que siguieras durmiendo.
- ¿Cómo que alguien que me conocía? ¿Quien era?
- No se, nunca lo habíamos visto. Dijo que se llamaba Santiago y que él todavía tenía un helado tuyo o que te quería invitar tomar un helado de un gusto solo... no se, no entendí bien qué quiso decir. Vos entendés lo que dijo?
19 de marzo de 2008
Escribir erotizado, vivir erotizado
Un nuevo amigo, de mi último relato opinó que era “demasiado cutre (...)” y que “debería ser más erótico (...)”.
Luego una vieja y apreciada amiga (me permito calificarla así a pesar de mi corta vida bloguera) dijo le inquietaba pensar q sucedera si me dedico a erotizar mis relatos.
Esto me despertó ganas de incurrir en climas narrativos más sensuales y erotizados. Pero la palabra “erotizar” me quedó zumbando en la cabeza y la almohada le negó la salida. Erotizar, erotizado, erótico. Repetí, repetí, relacioné y recordé.
Y recordé algunos ensayos de teatro en los que había tenido una buena pasada, y mi profesor que en su devolución me decía que yo había estado erotizado, con el texto, con el personaje. “Tu cuerpo estaba erotizado”.
Si en ese momento alguien me hubiera pedido que le explique qué había querido decir con la palabra erotizado creo que no habría podido. Sin embargo entendía a la perfección qué me había querido decir. Lo entendía por que lo sentía, reconocía en mí, la inercia de un cuerpo erotizado.
Por supuesto mi primera reacción, fue vincular la palabra erotizado con alguna faceta sexual de lo que había hecho, y mal interpretar su significado. Por unos segundos confronté mentalmente y refuté que no había hecho nada de ese tenor. Pero enseguida entendí que no era eso lo que me estaban diciendo.
O quizás si, pero entonces habría que definir con mayor precisión qué es un acto sexual y otorgarle un significado más general. Pero para hacer las cosas más clara dejemos lo sexual tal como lo conocemos (y creo que no hace falta explicar), y volvamos a este significado de lo erótico.
Erótico en su definición es sinónimo de sensual y carnal. Pero creo que no van estas acepciones en línea de lo que estoy buscando.
Yo más bien diría que un cuerpo “erotizado” tiene más que ver con un cuerpo que se entrega plenamente a tu tarea, un cuerpo inconsciente, que no se guarda un resto por si algo sale mal, que juega con todo lo que tiene, que disfruta de todo lo disponible, que establece una conexión sincera y absoluta con su objeto. Y un cuerpo así seduce, un cuerpo así convoca. ¿Entonces un cuerpo entregado, absolutamente pasional, disfrutando de lo que hace es un cuerpo erotizado? Creo que sí, y es por eso que verlo seduce, porque chorrea líbido, chorrea sangre, chorrea leche diría eurípides.
Entonces tomando en cuenta esta conclusión, ¿qué sería un relato más erotizado? En realidad, más que hacer esta pregunta me animo a hacer esta afirmación: al margen de que mis relatos sean buenos o no, de que convoquen o no, sí me animo a decir que mis relatos están erotizados, por el simple hecho de que al escribirlos mi cuerpo está erotizado.
Y al escribir esto me doy cuenta de lo afortunado que soy de seguir encontrando actividades que me erotizan. Que lindo sería lograr vivir erotizado.
Bueno, no se si esta definición es correcta, pero a mi me gustó mucho, y la adopté como propia y la quería compartir. Pero no fue más que eso, una pequeña reflexión. Para la próxima prometo intentar lograr un relato erotizado, pero el erotizado tradicional, el de verdad, je. En realidad estoy mintiendo, buscaré que no sea tradicional. Pero sí prometo erotismo, de algún tipo.
Feliz semana santa.
10 de marzo de 2008
Todo por 5 segundos. Capítulo II: algunos de los desperdiciados.
Desde hace dos años que por algún motivo estoy cumpliendo una condena: no puedo evitar contar el tiempo en segundos. Y ya pasaron poco más de 12 mil desde que apagué la luz para en vano intentar llegar rápido a mañana.
Su mano todavía dormía en mi pecho, inconsciente de lo que ocurría debajo. La tomé con las puntas de mis dedos, con la misma delicadeza y precisión con que el especialista anti-bombas despeja los cables de colores explosivos hasta llegar al rojo y desactivarla. En esta situación no era su mano la que tic taqueaba, pero el peligro radioactivo estaba latente.
Hace dos años cuando desperté, tres días y una operación después del accidente, vi a Sofía al costado de la cama, sosteniendo mi mano. En el brazo izquierdo tenía el suero, que me alimentaba por vía intravenosa. Y en el brazo derecho, estaba ella, que había estado durante las últimas seis horas declarándome su amor, también por vía intravenosa.
Cuando desperté recapitulé, descifré lo que me había estado confesando las últimas horas y entendí que era ella con quien yo debía estar, soñar, sufrir, proyectar y avanzar. Yo la amaba, y había necesitado una experiencia límite para reconocerlo y hacerme cargo de esa responsabilidad.
Levanté su mano de mi pecho, y suavemente la deposité al costado de su cuerpo, todavía sin explosiones registradas. Me incorporé y me senté en borde de la cama para respirar, por que ya no podía seguir pensando. Ya no podía seguir buscando explicaciones. Ya no podía seguir valiéndome de aquella transfusión intravenosa para convencerme de que Sofía era quien yo quería que fuera. Ya no podía seguir intentando amarla. No podía dejar de reconocer que ya no la amaba. Y me atormentaba la sospecha de que quizás nunca la había amado.
Y ahí estábamos todos en la misma cama. Ella, yo y mi duda, que era como un hijo no reconocido que aparecía y se plantaba en mi puerta, con 25 años, cadenas en las manos y cara de pocos amigos. Imposible saber qué hacer con él, pero lo más probable era que si intentaba doblegarlo por la fuerza terminaría yo seriamente lastimado. Y ahí estábamos los tres. Y mi hijo me miraba con mala cara, exigiendo que Sofía lo conociera.
- “Presentámela ahora. No sigas dilatándolo ni 120 segundos más.”
- “Necesito pensar cómo decírselo para no lastimarla.”
- “Mirá, no te voy a mentir, yo a ella la voy a lastimar. Es mi deber. Y cuanto más tiempo me hagas esperar más me voy a enojar y peor va a ser. Y para vos también es peor, por que aunque sigas tomando litros de anestesia para no sentir dolor, yo te pego y lastimo a diario, y cuando la anestesia se te acabe te va a doler, mucho y cada vez más.”
- “... está bien.”
El suero con la anestesia se cortó instantáneamente y empecé a llorar, por mis heridas, por sus heridas, por mi culpa, todo por mi gran culpa. El dolor era muy intenso, el techo de la habitación se desplomaba sobre mí una y otra vez. Hasta que Sofía se despertó.
- “¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?” – Me pregunta levantándose exaltada.
No podía responderle. No podía dejar de llorar. Y ella totalmente desconcertada. Pobre, nunca imaginó que podía estar tan cerca, abrazando algo que le haría tanto daño sin siquiera sospechar un poco. Un terremoto avisa con movimientos previos, un huracán se ve a la distancia, pero este meteorito que viajaba directo a su corazón era más veloz que su ojo, y tenía una potencia de impacto devastadora.
Ella insistía, me preguntaba, me abrazaba, se angustiaba por mi angustia. Hasta que paré, recuperé el aire y la respiración. Pero no pude hablar durante una enormidad de segundos. No podía soltar el ese meteorito.
- “Estoy mal.” Dije esforzándome mucho.
- “¿Por qué estas mal?”
- ...
- “Por favor, contame, decime por qué estás mal. Por favor, dejame ayudarte. ¿Qué te pasa?”
Y no se como, pero se lo dije, de la peor manera creo, si es que hay alguna que sea menos peor. Y fue devastador. Ella estaba con la guardia baja, con el corazón abierto y mi hijo no reconocido la golpeó brutalmente sin piedad, con vehemencia hasta desfigurarla, dejándole creo yo heridas irreversibles.
Sofía en cuanto pudo levantarse después de la golpiza pidió un taxi y se fue. Dejó su ropa, sus cremas, su notebook y su corazón en mi casa. Por sus primeras tres pertenencias mandaría a su madre a retirarlas. Por lo otro no sabía, no sabría, no podría.
..........
Yo a cada segundo intento reparar lo que me dejó, pero no puedo, y lo tengo ahí, recordándome que aquel día hace dos años cuando creí entenderlo todo, en realidad no había entendido nada, o sí, pero que después hice todo mal. Todo.
Dos meses después de mi accidente en el que choqué con aquella mujer y la camioneta le pedí a Sofía que viviéramos juntos. Creí encontrar en Sofía a aquella mujer de la cual me había enamorado en 5 segundos. Me equivoqué, y hoy tengo dos corazones, uno ajeno en la mesa de luz un poco más seco a cada segundo y otro propio encerrado, injustamente condenado por darme falsos indicios. Como siempre, mientras quienes no debieran pagan la culpa enjaulados en un calabozo, arriba los que digitan todo siguen libres. Pero desde su celda mi corazón aún la busca y yo secretamente mantengo las esperanzas, mientras sigo desperdiciando mis segundos.
4 de marzo de 2008
Rafael Spregelburd se quedó con el $1 que falta?
La obra de Spregelburd era un desquicio total y duró tres horas, pero no me dormí, cosa que no me cuesta demasiado. En un momento uno de los personajes, no me acuerdo contextualizado cómo, le hace a otro una suerte de acertijo, el cual me distrajo gran parte de la obra, y hasta hoy no puedo llegar a una respuesta redactable, es decir corta, clara y concisa.
La situación / acertijo es el siguiente: tres actores conocidos están en un bar, tomando un café cada uno. Piden la cuenta, cada café costaba $5, así que cada uno aporta sus $5 y le dan los $15 a la moza. Cuando ésta lleva el importe al dueño del bar detrás de caja, y él ve quiénes estaban tomando un café en su local y decide hacerles un descuento. "Cobrales $10", le dice a la moza, y le da $5 de vuelto, en monedas de uno. La moza decide quedarse con $2 para ella, total nadie se daría cuenta, así es como les devuelve los $3 restantes. Cada actor agradece, y se guarda $1 cada uno. La situación finaliza ahí pero el misterio viene al parafrasear la situación. Resumiento, cada actor pagó su café $4 ($5 iniciales - el $1 que le devolvieron), y $4 x 3 = $12. Si a esos $12 le sumamos los $2 que se guardó la moza, totalizamos $14. Donde está el $1 que falta para llegar a los $15 que pusieron inicialmente los tres actores??????
Rafael, te quedaste con algún vueltito de más quizás?
Y sino cómo se explica?
28 de febrero de 2008
Todo por 5 segundos
Harto de caminar sintiéndome nadie.
En realidad no se por que dije caminar, por que mi sentimiento de auto ninguneo no se limita a esa actividad. Bueno, creo que debe ser por que en ese momento estaba caminando.
Sabía que mi vida llena de éxito, de amor y de reconocimientos masivos estaba ahí, cerca, casi al alcance. De hecho la conocía casi en tu totalidad. La había recorrido incansables veces, ya sabía cada una de las conversaciones que tendría con la mujer de mi vida, cada una de los discursos que daría agradeciendo los premios tan merecidos y por los cuales había luchado tanto. Ya le había agradecido a demasiadas personas que no existían, por haber sido fundamentales, y sin los cuales nunca hubiera podido realizar lo que habría de realizar.
Esa realidad esquiva ya lo conocía. Pero estaba harto, cansado de seguir siendo solo nadie y nadie solo. Y con este agotamiento encima caminaba de vuelta de mi triste oficina, como todos los días desde hace mucho, aunque por poco tiempo más.
Fue así que dos pasos después de empezar a cruzar la esquina, me doy cuenta de que mi viaje mental debería haber hecho una escala antes de empezar a cruzar la calle, para aunque sea haberme dado la opción de elegir entre parar ahí mismo, o seguir caminando y morir brutalmente atropellado por la camioneta que sin intenciones de frenar circulaba a escasos metros de mi epicentro.
En ese segundo fatal, que tarda por lo menos cuatro o cinco segundos en consumirse, vi que a menos de 59 centímetros de distancia una hermosa mujer se encontraba en exactamente la misma situación que yo, pero dos segundos antes. Es decir que aún no había advertido que también moriría brutalmente atropellada por la camioneta que no tenía intenciones de frenar y que circulaba a escasos metros de su epicentro, que como dije estaba a 59 centímetros del mío.
Los cinco segundos que siguieron fueron todo, y sin dudar los cambiaría por todos los segundos que malgasté desde mi nacimiento hasta mi muerte.
Cuando aterrizó de su magnífico viaje mental lo primero que vio fue aquella camioneta cuyas intenciones ya comenté. Y a pesar de la inviabilidad del emprendimiento, su reflejo fue acelerar el paso para evitarla. Aunque yo no hubiera estado en su camino, ella nunca hubiera podido evitar la camioneta asesina.
Pero estaba en su camino y ella vino directo hacia mí.
Yo no se si fue un acto reflejo o un acto divino, pero en ese instante los dos olvidamos la camioneta y paradójicamente levantamos nuestros brazos y antepusimos nuestras manos para evitar chocar entre nosotros, o al menos amortiguar el golpe. Y ahí estábamos, chocándonos, conociéndonos, con sus manos sobre mi pecho, con mis manos sobre su espalda, su boca y su nariz a un centímetro de mi última respiración, su mirada dentro de la mía y la malintencionada camioneta derretida tras nuestro.
Entonces nuestras miradas abrieron una ventana en el tiempo y se escaparon a comulgar durante dos años ininterrumpidamente, se amaron, luego regresaron. Y lo entendí todo, lo tenía todo.
Sentí cada uno de sus dedos tatuados en mi pecho. La apreté fuerte contra mí, al ritmo del 2x4 di un cuarto de giro hacia la izquierda, cuando sentí una estampida de búfalos embestir sobre mi espalda.
Y los dos juntos volamos.
Y también volamos, y caímos tres metros más tarde. La camioneta terminó de frenar un metro después del punto de impacto.
Y nos quedamos inmóviles en el piso, en la misma posición en la que bailáramos un segundo atrás, pero ahora ella abajo y yo arriba.
Y los dos seguimos volando.
Y yo seguía sintiendo sus manos selladas sobre mi pecho y mis manos ensangrentadas por el golpe seguían presionando su cuerpo contra el mío.
Y nuestras miradas seguían empacadas sin querer soltarnos.
Hasta que ella se movió solamente para sonreír y dejarme escuchar su voz.
- “Gracias, me salvaste la vida.”
No entendí bien que pasó, pero lloré. Mi cuerpo empezó rebalsar, sentí que me quedaba chico, que no había suficiente espacio para contener todo lo que estaba pasando dentro mío.
- “No. Todo lo contrario” – dije yo.
Pero sentía que mi cuerpo se encogía, que se inflaba con demasiado aire, y que mi cabeza se llenaba de sangre.
Cerré los ojos y no la volví a ver.
22 de febrero de 2008
Maravilla
Si pudiera, elegiría morir después,
para nunca dejarte sola,
para entristecer a saco.
Y cuando lo hagas, solo voy a sentarme a esperar,
para dejar vacío mi vacío,
para que la distancia entre mi tristeza y la felicidad de reencontrarnos sea infinita...
... tan infinita como será entonces nuestro tiempo juntos.
14 de febrero de 2008
Investigando mi alrededor II - el sexo de los blogs
Todavía no tengo las horas suficientes de investigación, pero mi impresión so far es que en el mundo Blog el sexo femenino saca algunas cabezas de ventaja, en cantidad y también en calidad. En cuanto a la cantidad además de que creo que hay más blogs hechos por mujeres, también son más activas comentando posts ajenos. Por lo tanto, aquí me propongo investigar esta cuestión.
En cuanto a la calidad está claro que es una apreciación subjetiva, pero me atrevo a decir que por lo general los blogs son más intimistas. Bueno, en realidad no se si es esta es una cualidad de los blogs femeninos o si el algo propio a las mujeres en general.
Debo confesar que generalmente me parecen más interesantes (o divertidas al menos) las conversaciones entre mujeres que las de hombres. Futbol, política y mujeres a un nivel banal son en un 93% el tema de conversa másculina, mientras que las mujeres hablán de temas personales, propios y ajenos, lo que para bien o para mal lleva al dialogo a un nivel más pasional.
No lo sé, me gustaría conocer más opiniones al respecto.
10 de febrero de 2008
Batalla perdida
Nadie se jacta de reirse de la desgracia ajena y yo tampoco lo hago. En cambio sí pretendo defender mi honestidad a ultranzas, y es por eso que no pude negar mi bajo comportamiento de aquel día.
Fiscal: “Su señoría, quisiera presentar como evidencia esta grabación de una conversación entre el Sr. Testigo y el Sr. Amigo, tomada el mismo día del hecho”.
Juez: “Adelante, la escucharemos y la consideraremos como evidencia válida para el juicio.”
[Grabación]
Testigo: La gente está cada vez peor.
Amigo: Por que che?
Testigo: Por que sí. No sabés lo que vi hoy. Estaba en el kiosco, atrás del mostrador acomodando la pila del clarín, y veo que pasa un ciego caminando, con su bastón de ciego viste. A los tres segundos más o menos escucho un ruido fuerte y salgo y veo que estaba el ciego agarrándose la cabeza al lado de un poste de luz. Se ve que con el bastón no se dio cuenta que estaba el poste y se dio de lleno con la cabeza. Podés creer que la gente que estaba en la parada de bondi se quedó ahí sin hacer nada, ni se movieron, no fueron capaces de ayudarlo. El pobre tipo tenía un corte en la frente y le salía un poco de sangre, así que imaginate el golpe que se habrá dado. Yo le limpié un poco la sangre y lo ayudé a cruzar la calle. Estos hijos de puta ni siquiera fueron capaces de avisarle que tuviera cuidado con el poste, nada. Obviamente que los reputié. Lo peor de todo es que uno de los flacos se estaba riendo. Podés ser tan sorete de reirte de una cosa así. Hay que ser mala leche eh!
Amigo: Es que hay gente muy hija de puta.
-STOP-
Fiscal: “Su señoría, el testigo confirma que la grabación es veraz y que todos los hechos que en ella relata son ciertos. También ha identificado al señor RF como una de las personas que presenció el infortunio del Señor Ciego, y que además de no haberlo prevenido y no haberlo ayudado es la persona que se rió de la situación. Por tal motivo solicito le de la pena máxima.”
Juez: “¿Señor RF, reconoce como cierto todo lo que alega el Sr. Testigo?”
RF: “... sí su Señoría. Es cierto lo que dice Testigo.”
Juez: “¿Y qué tiene para alegar en defensa suya?”
¿Y qué podía responderle? ¿Podría haber dicho que no había visto a Ciego? La realidad es que sí lo había visto. Lo había visto caminar, repiqueteando la punta de su bastón blanco contra el piso, con una cadencia alucinógena. ¿Podría haber dicho que el pendular de ese bastón me generó un efecto similar al de los partidos de ping pong jugados por japoneses, es decir un efecto hipnótico? ¿Podría haber alegado que no me di cuenta de que Ciego iba camino directo a ese poste de luz? También estaría mintiendo. ¿Pero podría haber dicho que lo que provocó mi inacción fue una intriga brutal? ¿Habrían entendido que en ese momento estaba fascinado con el mecanismo de supervivencia de Ciego, que estaba absorto observando cómo funcionaba el reemplazo de su vista por un simple bastón? ¿Me creerían si les hubiera dicho que muchas veces de noche al volver del baño, intenté caminar hasta la cama a gatas, para no prender una luz y despertarla, pero que no pude y tuve que encender un velador y que me pregunté cómo lo hubiera hecho Ciego? ¿Me habrían entendido si les hubiera dicho que cuando vi a Ciego caminar en dirección al poste pensé que si yo fuese Ciego en ese momento, sin dudas me chocaría con aquel poste, pero sabía que él no haría? ¿Habrían entendido que tenía mucha intriga de saber cómo Ciego haría para sortear el poste, pero que estaba convencido de que lo lograría? Y que por este motivo no atiné a prevenirlo, hasta que finalmente vi como la punta de su bastón pasó velozmente a medio milímetro del poste, y como la distancia entre su cabeza y el poste se consumía en menos tiempo del que le tomó al bastón hacer el barrido hacia la derecha, picar contra el piso y volver al centro para así encontrarse con el obstáculo. Cuando entendí esto ya era tarde, la frente de ciego ya había golpeado contra el poste de Luz, y por algún motivo yo reí... Hoy sí entiendo por qué lo hice, ¿pero habría mitigado mi condena si les hubiera explicado el por que de mi sonrisa ante este hecho? ¿Se habrían reído si les contaba que al chocar la cabeza de Ciego contra el poste, ésta rebotó hacia atrás por lo menos medio metro, pero sin que sus piernas dieran ni un paso atrás cual muñeco inflable con base de arena... y que el poste metálico retumbó como campanario de iglesia, a lo largo de todos sus 5 metros de alto? ¿Les habría causado un poco de gracia si les hubiera dicho que en ese momento pensé que un accidente así solamente le podía pasar a alguien como la pantera rosa o al coyote, o en su defecto el mismísimo Mr. Magoo? ¿O sería como esos chistes que contados fuera de contexto suenan agresivos y de mal gutso? ¿Habrían entendido que fue todo muy rápido y que no tuve el tiempo suficiente como para censurar mi reacción?
No, ninguna de mis explicaciones hubiera atenuado mi sentencia. A los ojos de Juez, de Testigo, de Ciego y de Fiscal nada de lo que yo pudiera hacer o decir haría cambiar su opinión sobre mi. No importaba cuan justificado me sentía yo. Todas mis explicaciones carecían de valor ante cualquier juez que no fuera Mi Conciencia.
RF: “Nada su Señoría, no tengo nada para decir en mi defensa.”
Juez: “Muy bien, entonces le otorgo pleno derecho a los señores Ciego, Testigo y Amigo a que consideren que usted es una persona cínica, sádica, egoísta y no solidaria. Y usted está sentenciado a aceptarlo, tolerarlo y resignarse a no poder hacer nada que atente contra este derecho adquirido. SERÁ JUSTICIA!”
Entendí que debía aceptar mi sentencia, cumplir mi condena y sobrevivir. Al fin y al cabo quien puede conformar a todos? ¿No es mejor elegir la batallas?
31 de enero de 2008
Noticias desde el Mundo del Revés
Estimada María Elena:
Te cuento que debo tener aproximadamente un año y pico de vida. Digo aproximadamente por que se me hace difícil saber con precisión mi edad. Pero esto no me preocupa, por que es algo muy común, que les pasa a todos.
El tema por el cual te escribo, y que me sí me tiene bastante angustiado es otro: tengo serios problemas de comunicación con todo el mundo. Yo hubiera pensado que a esta altura de mi vida estaría mucho más avanzado en esta materia, y siento que mis padres esperaban mucho más de mí. Sobre todo mi papá grande, que ya no me tiene paciencia y casi ni me habla y tampoco me juega.
Yo me hago entender bastante bien, digamos que tengo mi propio idioma, saben interpretar cuando quiero comer, cuando quiero dormir, jugar o cuando quiero salir a pasear.
Mi mamá es la única que se ocupa de mí. Pero creo yo que por obligación. Me da de comer, pero me deja el plato de comida y se va. Ya no juega conmigo. Nadie juega conmigo. Ni siquiera mi papá chico. Y no sé bien por qué.
Estuve pensando y llegué a la conclusión de que el problema es que no me gusta que me hablen bajito y en cambio sí me encanta cuando me gritan. Cuando mis papás se me acercan y me hablan bajito les pido que me hablen más fuerte. Pero para que me entiendan tengo que gritárselos bastante tiempo, y recién ahí empiezan a hablar fuerte, pero ponen cara fea. Yo enseguida dejo de gritar por que me gusta cuando hablan fuerte, pero se ve que a ellos no, por que siempre que lo hacen levantan la mano como si fueran a pegarme. Mi papá grande ya me pegó dos veces en la boca. A mi me dan ganas de morderlo cuando hace eso, pero no lo quiero lastimar. Yo soy chiquito pero igual tengo una mordida bastante fuerte. Además, todos mis amigos de la plaza que me contaron que mordieron a sus papás, al poco tiempo dejaron de llevarlos. Y tampoco los veo en su casa. Por ejemplo a Gastón, que vivía enfrente de la plaza y siempre estaba asomado a las rejas, por que vivía afuera de la casa junto con el auto, ya no lo veo más. Y él me contó que había mordido a su papá chico.
En fin, yo creo que uno de estos días me voy a escapar. Estoy armando un plan. Hay una ventana en el piso de arriba que me di cuenta que da al techo de la casa de al lado, y desde ese techo después puedo saltar a un árbol en la vereda que creo puedo destrepar fácilmente. El problema es que la ventana es un poco alta para mí, pero me estoy ejercitando, saltando mucho, y cada vez más alto. Ya me falta muy poquito para alcanzarla.
Bueno, no se si podré volver a escribirte, ya que no se cuál será mi suerte fuera de esta casa.
Te mando unas movidas de cola y unos lambeteos.
Un perro pequinés
24 de noviembre de 2007
Laberintos de un maximizador
En ocasiones lo práctico se convierte en episódico. Por lo menos eso fue lo que me pasó aquella tarde puntual de ese mes cualquiera.
Siempre tuve especial manía por maximizar el tiempo, organizando y planificando las variables que están bajo mi control para emprenderlas en el menor tiempo posible. Cuando uno encara un viaje doméstico por más corto que sea, elige la mejor combinatoria entre medios de locomoción y el camino a tomar, evaluando su longitud y dinámica de circulación. Yo tengo el hábito de aplicar esta mecánica en variados ámbitos de mi vida, no se bien si por diversión o por manía. A este cuestionamiento llegué un día en el que me reconocí resolviendo que al entrar al ascensor perdía menos tiempo si antes de marcar el botón del piso, presionaba el botón de cerrar puertas. El razonamiento aplicado es que si como primer paso se presiona el botón del piso, y recién después el de cerrar puertas, mientras se están cerrando las puertas, hay un tiempo muerto en el que lo único que se puede hacer es mirar cómo estas se cierran (tiempo absolutamente improductivo, ya que todas lo hacen de igual forma). Sin embargo si invertimos el orden de estas dos acciones imprescindibles el tiempo total se reduce a la mitad, ya que despues de presionar el botón cierra puertas, mientras las puertas se están cerrando, hay tiempo de presionar el botón del piso.
No tengo ninguna intención de ocultarlo o negarlo, tengo bien claro que este razonamiento es una pelotudez verdadera. Nunca leí el libro de Paenza “Matemática estás ahí”, pero no creo que llegue a razonamientos tan poco útiles como este. Por eso creo que soy del tipo maximizador maniático.
Y aquella tarde puntual de aquel mes cualquiera me encontraba cruzando la avenida 9 de Julio, acto que me colocó en una de esas situaciones de maximización de tiempos. Estaría exagerando un poco si dijera que no poder cruzar esta avenida en el tiempo de un semáforo me pone de muy muy mal humor, pero la realidad es que por lo menos un "la pucha sea" me arranca. Me parece absurdo tener que cruzar una calle en dos tandas (y poco me importa que sea la más ancha del mundo, lo cual no me consta), y por una cuestión de principios generalmente me rehúso a correr los últimos cuarenta metros para llegar en un solo semáforo. “A gentleman will walk but never run” dice Sting, y no se si es esto exactamente lo que pienso yo al respecto, pero se parece y me gusta citar frases ajenas, sea esta de Nietzsche o de Wanda Nara.
Entonces ahí estaba, cruzando esta avenida contra natura, detenido en la plazoleta a mitad de camino, coercionado por esa pedante luz roja. Ofuscado, impotente por no poder avanzar, imperaba en mí la necesidad de maximizar este tiempo muerto. No quiero ser grosero, pero necesito aclarar que aprovechar el tiempo de espera en un semáforo sacándose y amasando un moco, es una actividad socialmente aceptada para los conductores vehiculares, pero muy repudiable para un transeúnte. Entonces resolví que no me quedaría ahí haciendo equilibrio al borde de la vereda, abrazando con los dedos de los pies el borde del cordón, cual nadador agazapado en la tarima de su andarivel listo para volar hasta el agua. Ya que mi hoja de ruta me pedía caminar en dirección sur tres cuadras y dos hacia el oeste, decidí hacer por lo menos una de estas cuadras en dirección oeste, haciendo un corte longitudinal a la 9 de Julio.
En algunos tramos, entre carril de ida y carril de vuelta la 9 de Julio tiene una plazoleta de unos diez metros de ancho que invita a caminarla. Esto no pasa donde estaba yo. En este tramo, tiene unos tres metros de ancho, y está repleta de coloridos y bien alimentados arbustos. Claramente quien se encargó de esta parquización no tuvo la intención de darle circulación peatonal, y quién sabe con qué objetivo le hizo un ínfimo sendero que la atraviesa. Y por ínfimo me refiero a un caminito de asfalto de 15 cm de ancho, que la surca zigzagueante. Desde la ventanita del obelisco deben de verse un continuado degrandes Zs.
Entonces dejé de hacer equilibrio en el borde del cordón para empezar a hacerlo en este angosto sendero. Y empecé a caminar entre los arbustos entre los autos, haciendo equilibrio para no caerme fuera del sendero y quedar atrapado por la vegetación.
A cada metro que avanzaba en dirección oeste la parquización se hacía más tupida y más alta, hasta que de repente y sin saber bien cuando tornó selvática, y ya no pude ver, ni escuchar los autos, o los edificios, o la gente.
Seguí caminando.
El ruido de la ciudad se había transformado en silencio. No dejé de caminar, pero empecé a escuchar ese silencio.
No veía otra cosa que arbustos gigantes y el sendero que parecía no tener fin. Solo podía caminar derecho, y confiaba en que en algún momento llegaría a la otra esquina. Mientras seguía avanzando, el silencio se hacía más profundo. Era de por lo menos dos kilómetros.
Empecé a tener algo de intriga, también miedo, pero primero intriga. ¿Dónde estaban todos los autos, los edificios, la gente? En cualquier dirección que mirara estaba rodeado por enormes arbustos, hojas, ramas. Hacia los costados la profundidad visual era de un metro y medio, después era todo oscuro y no podía distinguir formas, pero el camino no terminaba y yo no me detenía. Seguí por el laberinto hasta que el camino se abrió en un área de descanso y me encontré con una mujer sentada en un banco de cemento y piedra, sin respaldo.
Tenía entre 50 y 60 años, estaba finamente vestida, y no pareció advertir mi llegada. Tenía un pedazo de pan en la mano, cortaba pedacitos y los tiraba suavemente al piso, no muy lejos del banco. Yo me quedé parado a un costado suyo, en silencio observándola, hasta que sin levantar la vista me preguntó si estaba perdido. Yo no supe la respuesta a su pregunta, así tardé en responder. Miré para todos lados, buscando sin buscar la respuesta, pero tampoco la encontré. Sólo había dos direcciones en las que podía caminar, retroceder y volver, o seguir avanzando en dirección oeste, por lo tanto difícilmente podría estar perdido. Pero aún no respondí.
- ¿Cómo llegaste hasta acá? – me preguntó mirándome fijo.
- Solamente caminé derecho.-
Supuse que mi respuesta no la conformó, por que se quedó mirándome, esperando que la ampliara. Examinó el resto de mi cuerpo, buscando alguna señal de repuesta a la pregunta que evidentemente yo no entendí. Me miró nuevamente a los ojos, dándome una última oportunidad. No pude aguantar su mirada y bajé la vista.
- Entonces llegaste por error – dijo finalmente. Agarró otro pedazo de pan y siguió tirando migajas al piso, sin mirarme.
Esa fue nuestar última interacción. Me sentí incómodó y seguí caminando, en dirección oeste, sin entender nada de lo que estaba pasando. Esa mujer, sus preguntas, los arbustos, el banco sin respaldo, el silencio... nada tenía sentido. Empecé a caminar cada vez más rápido. El laberinto de arbustos parecía no terminar nunca. Nada encajaba. Mi caminar rápido se transformó en un correr, y el correr en correr rápido. Solo quería llegar a la otra esquina, saltar al agua y nadar. Corrí, casi que volé hasta que finalmente llegué a la esquina, el semáforo estaba en verde, y así corriendo crucé el segundo tramo de la 9 de Julio.
Agitado, tratando de recuperar el aire, apoyado con las manos en las rodillas, en esa esquina que conocía, con el mar de gente y de autos que también conocía, me doy vuelta buscando el laberinto del cual había recién salido. Ahí estaba la 9 de Julio, sus autos, sus edificios y su plazoleta en el medio, con sus lindos arbustos de medio metro de alto. Todo conocido, nada raro, ningún rastro de los arbustos gigantes, del laberinto, del silencio, de la mujer ni del banco sin respaldo.
Caminé las dos cuadras dirección sur y la cuadra dirección oeste que me faltaban para llegar a mi destino doméstico.
Nunca más volví a encontrarme con aquella mujer, ni con los arbustos gigantes, ni con el silencio. Ahora intento no maximizar el tiempo. Busco aquel error.


