7 de agosto de 2008

3 Grados de Separación con una leyenda

Existe una ley urbana llamada SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN. Más que una ley diría que es una hipótesis. Yo no la conocía sino hasta hace poco tiempo. Esta ley dice que entre cualquier persona del mundo y uno, hay una cadena de conocidos de como máximo 6 personas:

Yo (1) conozco a 2 > 2 conoce a 3 > 3 conoce a 4 > 4 conoce a 5 > 5 conoce a 6.


No conozco los fundamentos de esta ley, pero podría decir que parte del razonamiento de que los eslabones 3 y 4 son personas famosas y públicas. Entonces, por ejemplo entre una persona en Kenia y yo, se podría decir que yo seguramente conozca alguien que conoce por ejemplo al presidente (o ex) de Argentina (eslabón 3). Este presidente conoce al presidente de Kenia, y desde ahí la cadena baja de igual forma hasta cualquier persona en Kenia. En fin... quien puede comprobarlo no?

Como para hacer un poco más interesante esta ley urbana, disparo la siguiente pregunta:
¿Cuántos grados te separan de una leyenda?

En mi caso, creo que el menor grado de separación del que puedo dar cuenta es tres. Por supuesto que habría que definir qué es una leyenda. Digamos que una leyenda es un nombre, un concepto que trasciende a la persona. Por ejemplo, el Che Guevara es una leyenda, por que es mucho más que Ernesto Guevara Lynch. Kurt Kobain, Carlos Gardel serían leyendas. Claro que ahora que puse estos ejemplos mi leyenda parece un chiste, pero bueno, convengamos que no se si existen muchas leyendas más trascendentes que el Che. También se podría decir que una leyenda es para la mayoría una historia conocida, que trascenderá sus días sobre la tierra.

Y la leyenda con la cual yo tengo solo tres grados es Pototo. Ya se que se preguntarán quien chuchas es Pototo!!!
Pototo es el amigo de Luis Alberto Spinetta, sobre el cual compuso "Tema de Pototo" con su grupo Almendra.

Pototo es el padre del ex novio de mi mujer. Pototo y Spinetta eran compañeros de colegio. Luis Alberto no había podido ir a su viaje de egresados, mientras que Pototo si. Durante este viaje, hubo un increíble error por el cual le dijeron a los padres de Pototo, que su hijo había muerto en un accidente. Luis Alberto se enteró de esta fatalidad, y este pésimo entendido duró 24hs, el tiempo que le tomó a él escribir "Tema de Pototo" pensando en su desaparecido amigo.
La verdad que ni conozco el nombre real de Pototo, pero no tiene importancia, por que la leyenda la creo e inmortalizó espineta. Pototo es el del Tema de Pototo, que es lo que importa.

Buena historia no? Una leyenda, o una anécdota si lo que te separan son solo 3 grados. Los dejo con Pototo.


Para saber como es la soledad
tendrás que ver que a tu lado no está
quien nunca a ti te dejaba pensar
en donde estaba el bien,
en donde la maldad.
La soledad es un amigo que no está
es su palabra que no ves llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti
tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Al observar como muere la flor
tu verás que también muere la paz
es que esa paz revivirá en su voz
la flor te la dará para plantarla igual.
La soledad es un amigo que no está
es su palabra que no ves llegar igual.
Si es que sus sueños son luces en torno a ti
tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
nunca ha de morir.
Tema de Pototo - L. A. Spinetta

23 de julio de 2008

Nuestro amor en los tiempos del cólera

Advertencia al querido lector: quienes se consideren sensibles o fácilmente irritables por crudas y reiteradas imágenes escatológicas les recomiendo abstenerse de continuar con la lectura en este mismo instante. Como dice mi amigo el turco, en este relato abundalacaca.


Por lo general los hombres tenemos, en mayor o menor grado, una simpatía con lo producido por el ano propio que las mujeres no poseen. A diferencia de ellas, no solo no nos avergonzamos de nuesto PBI, sino que hasta nos jactamos de él. Siempre que la ocación lo amerita, cuento orgulloso la historia de un amigo que en una ocación, dado el tamaño de su producción fécal, tuvo que valerse de su victorinox para diseccionar al cuerpo varado, y permitirle así continuar con su cauce cloacal. [Y declaro bajo juramente que me estoy refiriendo a un amigo.]

En lo personal, se podría decir que tengo una relación religiosa con el tema, dedicándole a la expulsión de mis cuerpos residuales una frecuencia diaria. Salvo situaciones de fuerza mayor, se me puede encontrar todos los días, a la misma hora y en el mismo canal, calentando la misma tabla.

En lo que respecta a las relaciones entre el hombre y la mujer, el manejo del tema es un indicador muy contundente sobre el grado de avance en la misma. En mi opinión una relación no puede considerarse poseedora de verdadera intimidad, y no me refiero a intimidad sexual, hasta que ella no oiga y huela la música y bálsamo de los flatos de él. Deponer (que es una palabra que tengo en gracia) con la puerta del baño abierta, al tiempo que se mantiene una conversación con la pareja en otro ambiente de la casa, es otro síntoma de buena salud en la misma. Y tener esta conversación, con la pareja dentro del baño durante el acto denota un grado de maduración todavía mayor. Y si me permiten, el evento escatológico máximo al que una pareja pueda aspirar, como símbolo de estado de bienestar conyugal completo, es cuando ella le ofrenda su flatulencia a la pareja. Mujer que permitió al hombre conocer sus ventocidades, es mujer que se entregó en cuerpo y alma a su pareja.

Según internet, una flatulencia es un exceso de gases acumulados en el aparato digestivo. Este sería un estudio técnico y anatómico del mismo, pero además de estos, existen al respecto estudios sociológicos aplicados al estado de ánimo del individuo. Luego de algunos años de convivencia, ya puedo considerar a mi pareja una estudiosa del tema, y me tomo la libertad de compartir algunas de sus conclusiones. En alguna ocación me ha dicho: "Yo me doy cuenta de que ya no seguís enojado conmigo cuando te tirás un pedo. Por que cuando estás enojado nunca te tirás." Qué observadora, pensé. Y tiene razón. Aunque ella todavía lo niegue, mi conclusión es que indirectamente me está diciendo que quiere que lo haga más asiduamente.

En fin, todas estas disquisiciones tienen por objeto poner el marco adecuado a la situación que quería relatar.

El hecho inició hace cuatro sábados, a la mañana temprano. A pesar de la millonada de veces que depuse en mi vida, jamás de los jamaces tapé un inodoro. Pero todo tiene una primera vez y esa fue la mía. Afortunadamente para la situación, el objeto obstructor fue lo último en retirarse del inodoro, por lo tanto no hubo restos flotantes que me advirtieran del piquete. Sólo me enteré del incidente la siguiente vez que tiré la cadena. Simplemente el agua no se iba. No hice nada al respecto, sólo regresé al tiempo para ver si había evacuado. A los quince minutos el agua había bajado, pero no al nivel esperado. Volví a los diez minutos, cuando sí lo hubo hecho, con un balde de agua, para aplicar mayor presión y así desobstaculizar el paso. No tuve éxito, y decidí dejarlo así, con el agua casi al borde, deseando que por algún proceso químico, con el tiempo el agua fuera desintegrando la columna piquetera. Mientras tanto: baño clausurado. Mis necesidades urinarias de manera provisoria tuve que resolverlas en la bacha del lavadero. Mi altura y la maniobrabilidad del agente lo permitieron.

Al día siguiente, a pesar de mis anhelos, nada había evolucionado. Todo seguía igual de obstinado. La única diferencia era que mis necesidades religiosas exacerbaban mis nervios, y mis nervios por algún mecanísmo diabólico exacerbaban mis necesidades. Esforcé mi ingenio, busqué un alambre largo y repliqué lo que yo imaginaba era la forma de los conductos del desagüe. Lo introduje, de forma que por la curvatura que le había dado, entraba, giraba y subía del otro lado, por el conducto no visible. Lo metí tan profundo como pude, evitanto me mi mano se sumerja en el agua. Lo moví, buscando hacer contacto, pero no encontré mi objetivo. Necesitaba llegar más profundo, y para esto era imprescindible sumergir mi mano... dentro del agua estancada. Todavía mi dignidad era mayor a mi urgencia. En un nuevo rapto de lucidez pensé en utilizar los guantes de goma de la cocina.

"Carajo mierda" pensé, como es posible que en una casa no haya guantes de goma. Desistí por el momento, y nos fuimos a almorzar a lo de mi cuñada. A nuestro regreso mi mujer me pregunta:

- ¿Y por que no fuiste en lo de mi hermana?
- ¿Estás loca, viste lo que es ese departamento? Es 2 x 2, y el baño casi que está adentro del living.-

Además una vez sí lo hice ahí, y es el día de hoy que cada vez que voy ese baño, o mi cuñada o el novio, me advierten con sorna que tengo vedadas cierto tipo de prácticas en ese recinto. Por lo tanto, cuando voy a su casa, ni siquiera meo con tal de no dar pié al gaste fácil.

Regresamos, y no solo ese maldito inodoro no mostraba progreso alguno, sino que además yo había recargado mi estómago de alimentos a procesar. Digamos que yo no soy un come-caga-sin-escalas de pura cepa, pero tampoco estoy tan lejos es este paradigma.

En el momento en el que uno se olvida que tiene la imperiosa necesidad de descargar el peso excedente, mágicamente el malestar desaparece, pero en el momento en el que lo recuerda se renueva la urgencia de manera perentoria. Y así estaba, de rodillas en los mosaicos del baño, moviendo espasmódicamente el alambre que tenía mi mano, desprotegida bajo el agua estancada, y con la sopapa en la otra, luchando en absoluta desventaja contra el enemigo invisible. Pero ningún avance, ningún signo de progreso.

Un cocktel implosivo de frustración, impotencia y muchas pero muchas ganas de relajar efínteres, sin piedad por el calzón que atestiguara la avalancha, hizo que me sentara abatido en el piso del baño, casi a punto de llorar. Invoqué al mecanismo de no pensar en el asunto, y decidí hacer lo mismo hasta el día siguiente, cuando viniera un plomero salvador.

Me levanté en paz conmigo mismo. Sin embargo antes de darme por vencido se me ocurrió un último intento. Recurrir a la biblia de nuestros tiempo. "Google me va a destapar el baño" sentencié con cadencia épica. "como destapar inodoros"... + la palábra mágica: "buscar"... y voilá: "Personalizado Resultados 1 - 10 de aproximadamente 279.000 de como destapar inodoros. (0,30 segundos)". Impresionante, cómo no lo pensé antes!

Después de investigar foros, wikis, pdfs y demás bibliografía descarté la opción del ácido muriatico, si no tenía guantes de goma... que chances había de tener ácido muriatico? Finalmente, la receta más convincente y accesible fue la de hervir agua con sal, y hecharla al inodoro.

Eran aproximadamente las siete de la tarde cuando inicié la implementación de mi última esperanza. Tomé la cacerola llena de agua hirviendo y salitrosa, con una vehemencia memorable volqué todo el contenido al inodoro y retrocedí un paso para ver en acción mi elixir liberador. Aguardé con paciencia unos instantes, esperando que empezara actuar. Seguí esperando, hasta que no pude más que reconocer mi derrota. Todo seguía igual, el agua descanzaba plácidamente en mi inodoro.

Volví, con la cabeza gacha, determinado a terminar aquel día sin deposición. Me senté a ver tele, con la computadora al lado y con la radio prendida. Todo lo que tenía al alcance para entretener mis pensamientos lo pensaba utilizar. Lo intenté, y por un momento realmente pensé que lo lograría. Pero las misiones imposibles, solo no lo son tal para Tom Cruise, Jack Bauer o James Bond. Para mi, tanto como para el resto de los mortales, lo imposible por más que lo intentemos, es IMPOSIBLE.

- Basta!!!! No aguanto más, me voy a cagar al Mc Donalds!!!!!!!- grité, feliz con mi idea liberadora.
- ¿Al Mc Donalds??? Pero es un asco, deben estar re sucios esos baños, si deben pasar por ahí como 700 pendejos por minuto.
- ¿Un asco? ¿Vos estas loca? Se ve que no sos cagadora de baño público! Lo baños de mc donalds son de lo mejor que hay en el mercado, ¿cómo no se me ocurrió antes? Chau, me fui.-
- Ay, no me traes un mc swing ya que vas? dale, porfi!- me pidió, feliz con su ocurrencia, saboreando su imágen mental del helado. Yo accedí sin dudarlo, solo me quería ir al encuentro del mesías.

Fui corriendo al cuarto a buscar una campera, y cuando iba de salida, al pasar por el baño se me ocurrió darle la última oportunidad. Entro y encuentro al inodoro vacío. Hacía menos de cinco minutos que lo había dejado con el agua hasta el cuello, y se había vaciado demasiado rápido como para estar obstruido. Al parecer, mi experimento había funcionado. Pero tenía que corroborarlo. Tiré la cadena, y el agua cayó desde los bordes, hizo remolino y desaparecio por su cauce natural, como si así lo hubiera hecho siempre.

- Gorda se arregló!!!!!!!!!!!! Se destapó el inodoro!!!!!!!!- Fui hasta la cocina para compartir con ella mi felicidad, que era plena. Pero en su cara, a pesar de querer mostrarse contenta, no podía ocultar un puchero de decepción. - ¿Qué pasa?- le pregunté.
- Nada... es que me había hecho ilusiones de comer un mc swing-

Y tenía una desilución tan sincera, que me conmovió.

- Bueno... dejame que me hecho un garco y te lo voy a comprar.

Me senté y disfruté como pocas veces la gracia divina de deponer. Una vez liberado, me abrigué, subí al escarabajo y manejé liviano las cuarenta cuadras, en busca del helado que le devolvería a ella la sonrisa que a mi ya me había devuelto la caca.

Cagar y comer bien, nuestras las claves de amor.


16 de julio de 2008

Premio Brillante Blog: a Ciega a Citas Chapeau



Los pongo en auto a los que no están al tanto del premio. En resumen, la dinámica de los premios bloggers (hay varios de estos premios en la blogosfera) es que un blogger que recibe el premio elije premiar a 7 más y mencionar y agradecer a quien se lo otorgó. Y así fluirá la cadena expansiva.



Como siempre y en todo ámbito están los detractores de este tipo de acciones, diciendo que son meras excusas para lograr difusión y viralidad. Y por supuesto que lo es. Seguramente son los mismos que, con absoluta razón, y adolescente rebeldía si me permiten, sentencia de viles herramientas comerciales creadas por cerdos capitalistas a esos días festivos del tipo día del amigo, de los novios, del niño, de la cerveza, etc etc.

Y así como me dejo abusar por los cerdos capitalistas festejando cuanto día festivo tenga gana, gustoso participo de la cadena del premio blog. Por lo tanto, aquí voy, cumpliendo con los pasos.





El agradecimiento
Es para Porteñita, que en su blog el tunel de mis piernas utilizó algunas de sus líneas para llenarla de lindas palabras para conmigo y otorgarme este premio. Cito: "...Red Fish escribe cuentos, y de los más lindos. Lo conocí por estar en el Blogroll de Ciega a Citas. Y con tremenda referencia, aún así me sorprendió." Porteñita, muchas gracias, muchas, muchas. Totales, totales.



Mis premiados son:
Nuevamente, una pequeña mención para los que no están en tema. Ciega a Citas es por escándalo el blog del año, y no me animo a decir más por que no estuve en la blogósfera en las épocas de Casciari o Lola Copacabana. Es un blog en el que la autora postea a diario un episodio de su protagonista, de unos 30 años, entrada en kilitos, buscando un novio de verdad para llevar al casamiento de su hermana y que su madre pierda su apuesta: Lucía Gonzalez. La autora lo vende como un blog autobiográfico, y cierto o no, a principios de año según ella me comentara tenía un promedio de 3000 visitas diarias y escuché por ahí terminó con 8K. Nada más que decir, quien tenga algo que criticarle a este blog que se lave la boca. Ficción o no, yo me rindo a sus pies, y creo no cabe otra actitud. Si alguien no sabe lo que significa conseguir una pauta publicitaria para un medio online, se lo informo, es poco menos que imposible. Este blog consiguió 2 de primera línea, y sin estrategia ni equipo comercial. Su autora es una verdadera genia, y su producto un rotundo éxito.
Dicho estos datos inapelables, daré mi opinión y contaré algunas historias personales sobre este blog. Lo encontré a principios de año, enero / febrero. No soy de la primera primerisima hora pero... tampoco de gilada. Reconozco que al principió compre todo lo que el blog tenía para dar. Todo todo. Me enganché con la historia, leí los capitulos de archivo y comentaba con cierta frecuencia los posteos. Me gustó su forma dinámica, ágil y entretenida de escribir. Me pareció tan bueno el blog que le ofrecí editarlo en un libro. Chan! Si, no fui el primero en leerlo, pero sí en ofrecerle hacer un libro. Pero no, no tengo nada que ver con el que finalmente va a publicar. Lamentablemente para mi cuñada, editora de una de las principales editoriales, no tuvo la misma visión que yo y se durmió. Dado que no estoy revelando ninguna novedad y a esta altura es anecdótico comparto con ustedes algunos de los mails que nos cruzamos. Aquí el primero:


Lucía González para usuario
Mi blog tiene 3 meses nada más, así que no, nadie me ofreció algo así. Igual, es tan intrincado, complicado, etc etc, que ni me imagino que lo puedan publicar. Si querés pasale el link, yo encantada y agradecida, pero te repito, esas cosas no suceden (ja! o al menos a mí)

Beso

LG



Y como dije antes, en un principio compré todo, y le creí todo. Con un mail como este, cómo no creerle?Con el tiempo y los innumerables relatos de situaciones inverosímiles fui apostando la ficcionalidad del personaje Lucía González (LG). Así como me fui alejando de esta ensoñación también fui distanciándome de la dinámica de comentar en el blog. La cantidad creciente de lectores y comentaristas obligaban casi una dedicación full time como para poder seguir el hilo de los comentario y no opinar algo descolgado, repetivo y sin sentido. Aunque LG dice leer todos lo comentario, me tomo la atribución de dudarlo, no por su mala voluntad, por una cuestión de volumen. Leer 1000 comentarios por día???



La evolución, conversión y dinámica de los comentaristas creo que merece un libro aparte. Un libro que en su temario debería dar cuenta de temas como: el día que sobrepasaron los mil comentarios; cuando los comentarios se transforman en una sala de chat; blogs dedicados a debatir sobre este blog (cual panel de discusión de gran hermano); blog paralelo de la comunidad de LG; fiesta de encuentro de comentaristas; comentaristas exiliados en blogs paralelos peleados con su mamá [sic]... En fin, sociologos a su juego los llamaron! Si no encuentran tema de tésis acá no se donde...



En cuanto a la verdadera identidad de LG, mucho dicen que la real autora del blog es Carolina Aguirre, autora del exitoso blog Bestiaria (con publicación editorial en puerta). En el blog de desterrados de Ciega están convencidos de esto. A mi no me consta, y tampoco he investigado el tema, pero no lo creo. En mi opinión, LG es un personaje basado en la vida real de su autora (que no sería C.A.). Mucho de lo que relata le creo sea cierto, aunque no un 90% como tal como ella me dijera. De hecho toda la resolución de la "novela" creo que es absolutamente ficción.



Por cómo se resolvieron las situaciones, es muy probable que hace mucho tuviera planificado el final, y que fuera tejiendo los episodios para llegar a él. Aunque dejé de participar activamente no dejé de leerlo. Personalmente no me gustó el final, me pareció previsible, irreal y simplista. En cuanto a los últimos posteas, en los que ella publica relatos que los lectores le enviaron, contando sus vivencias y cómo les afecto el blog, podría apostar que fue todo una idea y propuesta de su editorial. Todo esto último fueron decisiones que no comulgan con mi gusto personal pero... fueron un éxito. Así que nuevamente chapeau!





2) Principio de Incertidumbres - diario poco intimo de una mujer emocionalmente insegura

Tal como anticipa su bajada Noel utiliza este blog como diario íntimo. Es un blog, como los hay muchos, de una mujer soltera en sus 30s. Podría decir que es una versión de carne y hueso y más alcanzable de Ciega. Postea a diario, no pretende narrar grandes historias, pero escribe bien y cada tanto hay relatos entretenidos, y 100% reales. Es un diario íntimo.



3) Vida Malizia - aventuras y desventuras de una mujer soltera, que ni piensa en casarse.

Este blog, obviamente tiene la misma línea que los dos anteriores, y es una mezcla de ambos. Su autora (escritora), escribe relatos reales sobre su vida. Escribe muy bien. No es un diario, son todos relatos / cuentos. También muy recomendable.



4) El detonado Astral - Cuentos y relatos de Gustavo Tisera

Gustavo tiene el brillante don de decir mucho con pocas palabras en sus cuentos y relatos, y además el superpoder de decir muchísimo más con aún menos palabras cuando nos regala sus microcuentos. Soy un gran fanático de sus microcuentos. No se los pierdan.



5) Tan Versatil Como Acústica

Andrea Durlacher es en mi opinión otra niña prodigia. Escribe reflexiones, pequeñas píldoras de brillantez. Yo la imagino con una cervatana lanzando sus silenciosos dardos de sabiduría. Concretos, precisos y certeros.



6) Mi mente de locura y pasión

La Princesa de la Locura hace lo más parecido que pude encontrar en un blog a una Instalación Artística. Poemas + reflexiones + imágenes + construcción del espacio componen sus posteos. Hace mucho que no publica, desde aquí mi granito para que lo haga.



7) Pájaro en mano - la vida con un príncipe azul

Elena dice "Basta de blogs de ingratas minas solas. ¡Estar felizmente en pareja es mucho peor! ". Suficiente para saber de que va este blog. Muy divertido, bien escrito.









And that's all folks!

3 de julio de 2008

De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina - Capítulo II

Nota del editor: Este es el segundo extracto del libro "De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina" escrito por mi bisabuelo, relatando la historia verídica de su inmigración. A quien no leyó el primer capítulo le recomiendo hacerlo.


Un buen día nuestro padre nos reúne a todos los familiares para decirnos que había resuelto, dada la difícil situación en que habíamos quedado luego de la inundación y varios años de malas cosechas, hacer un viaje a la Argentina, en busca de mejoras para todos. De acuerdo a las informaciones recogidas, en aquella época era fácil conseguir tierras cedidas por el gobierno para trabajarlas o dedicarse a otras industrias. En tales circunstancias se resolvió que yo debería acompañarlo en el viaje, mientras que mi hermano que era mayor quedaría a cargo de la familia, hasta que mi padre consiguiese ubicación para todos.

Todas las miradas se concentraron en mí como inquiriéndome si me animaba a acompañarlo como él había dispuesto. Tenía yo a la sazón trece años y comprendía ya muy bien cuál era nuestra situación, y con la esperanza que la suerte nos acompañara, le contesté que lo acompañaría con gusto, hasta el lugar donde reunirnos todos, para labrar un porvenir mejor y venturoso pasar. Fue tan grande la satisfacción de mis familiares al escuchar mis palabras que me llenaron de besos, colmándose de alegría al ver que ya tan jovencito pensara en nuestro bienestar y futuro. Es por eso que les puedo asegurar que tal vez sea el único entre nosotros que no tuvo infancia.

Una vez que mi padre hubo planeado el viaje y conseguido los documentos necesarios para el mismo, vendió parte de los cereales y animales, lo que le permitió viajar con algún peculio, dejando el resto a cargo de mi hermano, para que siguiera explotando la granja y cuidando de la familia.

Terminados los preparativos, el 20 de setiembre de 1885, aguardamos ansiosos el 22, fehca inicial de nuestro viaja a América.

Esos dos días los dedicamos a las despedidas. Pueden ustedes imaginar los cuadros de éstas. ¡En esa época 1885! En que se confundían en apretado abrazo la alegría y el dolor producido por la separación brusca, luego de vivir treinta y tres años en ese pueblo, chico por cierto, pero tan lleno de afectos; en el que los habitantes todos nos considerábamos miembros de una gran familia. Allí si que era real aquello de “todos para uno y uno para todos”.

A las cinco de la mañana ya nos esperaba el coche en la puerta, vehículo de época tirado por dos caballos. La última despedida fue tan rápida como grande la emoción. Mi madre fue la última en despedirme. ¡Qué feliz recuerdo conservo de ese momento! Su abrazo, sus besos y su bello rostro bañado en lágrimas que me trasuntaban el más grande amor de mi vida. Pronto, muy pronto perdimos de vista a todos los que afectuosamente nos saludaban con sus pañuelos en alto.

Llegamos con el coche a la estación ferroviaria de Legnagno, cuyo tren debía llevarnos directamente a Génova. Una vez despedidos de mi hermano, papá le volvió a recomendar el cuidado del resto de la familia y que no dejara de contestar a las cartas de acuerdo a la dirección que le enviáramos. Con una tremenda pitada de la máquina que anunciaba la partida del convoy, con el pañuelo en alto nos dimos el último ¡hasta siempre hermano!

Cuanto más nos alejábamos más aumentaba mi dolor, deslizándose por mis mejillas gruesos lagrimones en un profundo silencio. Al notarlo mi padre me atrajo a su lado y acariciándome me dijo que no debía llorar, que la separación sería breve. Eso me tranquilizó, lo mismo que observar a nuestro lado gran cantidad de gente que viajaba al Brasil, habiendo entre ellos de todas las edades. Minutos después todo había cambiado, pues muchos comenzaron a cantar alegres canciones alegóricas referentes a la recolección del café, trasuntando sus rostros la alegría de ira hacia el país del café, donde podrían saborearlo a gusto, cosa que no podían hacer en Italia, pues solo gustaban de él diariamente los ricos.

En Génova nos alojamos en un hotel cercano al puerto, separándonos del resto del pasaje del tren que viajaba a Brasil por cuenta del gobierno de ese país. Nosotros lo hacíamos por cuenta propia, pues a la Argentina en ese entonces no había inmigración organizada.

El día 23 a las dos de la tarde en el vapor Sirio zarpábamos de Génova rumbo a Buenos Aires, levando anclas con un total de tres mil pasajeros. Debemos tener en cuenta que entonces los barcos carecían de las comodidades que tienen los actuales. Por ejemplo no tenían conservadoras frigoríficas, razón por la cual debían llevar unos veinte vacunos para faenar diariamente. Además transportaban dos vacas con cría, que suministraban la leche necesaria para los niños y enfermos. A propósito recuerdo que gracias a un ardid mío pudimos tomar café con leche todos los días, pues diariamente recogía la que el repartidor me daba para “mi hermanito”.

En cuanto a las comidas si bien eran abundantes, distaban mucho de tener el gusto y la higiene con los que se preparaban en mi hogar.

El primer puerto al que arribamos fue el de Barcelona, luego Cádiz y otros que ya no recuerdo, antes de llegar al de Río de Janeiro, en Brasil.

Lo que más tristeza me causaba era la llegada de la noche, cuando acostado añoraba a mi madre que todas las noches me despedía con un beso y me abrigaba más con su cariño que con las cobijas. En ese momento me sentía tan desvalido que me echaba a llorar amargamente en silencio, habiendo llegado a maldecir a Cristóbal Colón por haber descubierto América. Sólo la esperanza de hallar un porvenir venturoso me alentaba y mantenía firma y decidido frente a tanta adversidad emocional.

La suerte nos acompañó, pues a pesar de haberse registrado casos de tifus, unos cuatro o más han tenido la desgracia de ir a parar al fondo del mar. A causa de ello las autoridades del barco tomaron medidas mejorando la higiene y las comidas.

Después de un mes de viaje cruzamos el Ecuador, donde llovía cada dos por tres. Pocos días después entrábamos en la bahía de Río de Janeiro. Me causó admiración la existencia en el puerto de una gran cantidad de negros motas, que desde sus botes se arrojaban al fondo del mar a recoger las monedas que traían entre sus dientes y que alguien del pasaje había arrojado al mar exprofeso.

El aspecto de la ciudad recostada en la inmensa bahía presentaba una visión hermosa y deslumbrante con un fondo de montañas. El pasaje todo se hallaba en la cubierta del barco donde apenas cabía. En mi afán por verlo todo me agarré de la cadena del timón, mientras me hallaba sentado en la baranda y el barco había maniobras de atraque, que observaba absorto, no dándome cuenta que mi mano con la cadena se deslizaban hacia una polea hasta que un intenso dolor me lo advirtió, di un salto y un tirón que hicieron zafar mi mano de tal situación, que de seguir me la hubiera amputado seguramente. Perdí el conocimiento y mucha sangre. El médico de abordo me practicó las primeras curas, evitándome con ello una infección segura o posible gangrena. Esta fue nuestra primera mala suerte en nuestro viaja a esas tierras de promisión y esperanza.

El 28 de octubre avistamos por primera vez Buenos Aires. Al llegar a la rada el barco fondeó a la espera de la inspección sanitaria que debían practicar las autoridades argentinas. Éstas no permitieron al mismo entrar por los casos de tifoidea que habían ocurrido, obligándonos a trasladarnos en pequeñas embarcaciones hasta la isla de Martín García, donde estuvimos al rededor de diez días, durante los cuales fuimos tratados muy bien, ya que además de someternos a diversos tratamientos con desinfectantes, nos hicieron bañar, cosa que no pudimos hacer desde que salimos de casa, treinta y seis días antes, por carecer abordo de comodidades para ello, excepción hecha para los de primera clase.

Al undécimo día regresamos a Buenos Aires, alojándonos en el hotel para inmigrantes, para ser distribuidos en el interior del país y dedicarnos a tareas rurales. En esta ciudad me ofrecieron trabajo en varios comercios con la promesa de habilitación cuando adquiriera conocimientos y experiencia en ello. A mi me hubiera gustado, pero ¿dónde quedaría mi padre?. Sólo y trabajando lejos de mí... Era un hombre habituado a dirigir trabajadores rurales más que a trabajar personalmente.

Pasados unos días mi padre había conseguido pasajes para ir a La Plata, de reciente fundación y de la que según informes recogidos sería llamada a ser una gran ciudad en el futuro. Pero hete aquí que el destino, la ignorancia de conocimientos geográficos de esa época y la ambición canallesca de ciertos individuos, torcieron y cambiaron nuestro camino elegido, la futura capital de la primer provincia Argentina.

Como nosotros no conocíamos nada, tanto nos daba ir allí como a cualquier otra parte. Imagínense cuál hubiera sido nuestro porvenir de haber adquirido tierras en las proximidades de la ciudad que se convertiría poco después en capital de la provincia de Buenos Aires.

Mi padre preguntó su parecer respecto a nuestro lugar de destino a un empleado del hotel, el que seguramente era un sinvergüenza, pues le contestó: ¿qué íbamos a hacer en un lugar donde no había trabajo? Mi padre quedó pensativo y el empleado continuó diciéndole: donde Ud. debe ir es al Chaco y especialmente a las Palmas, donde hay una gran colonia italiana con una fábrica de azucar, con tierra excelente y un inmejorable clima. Al preguntarle si era un pueblo bien formado con médicos, igelesia y todo lo necesario, respondió: es una gran ciudad en marcha. Al oir esto mi padre quedó amargado y le manifestó: ¿Y ahora qué puedo hacer que ya tengo los pasajes para La Plata?, respondiéndole que él se los cambiaba. Mi padre pensó que sería un hombre honesto y aceptó más que ligero la propuesta, pensando que la suerte le sonreía y la fortuna le prodigaría a manos llenas sus frutos. Después de un tiempo vinimos a enterarnos de la verdad sobre el interés que tenía ese empleado por mandarnos al Chaco. La compañía azucarera le pagaba cinco pesos por cada inmigrante que mandara.

Salimos en barco aguas arriba hacia el hermoso río Paraná. Al cuarto día de viaje le manifesté a mi padre que estaba seguro de que ese individuo nos había engañado, y todos quedamos pensativos; cuando de pronto y sin saber porqué el vapor detuvo su marcha cerca de la orilla izquierda del río, ordenándonos que bajáramos, que habíamos llegado al puerto Las Palmas. No me explico porque llamaban así a un lugar donde lo único que había eran pajonales.

La impresión de que habíamos sido engañados la confirmarmos poco después, al ver que aquello no era nada más que una selva donde ni siquiera había huellas de vehículos, sino toan solo senderos que transitaban peones o indios. Nos llevaron en un carro tirado por bueyes durante cuatro horas hasta que llegamos a un gran galpón de chapas, nuestro destino.

24 de junio de 2008

Esta vez para siempre

Julieta K. tiene treinta y tres años, de los cuales treinta vivió bajo el mismo techo que su padre y madre. Su independencia de la casa paterna tuvo dos etapas. El primer ciclo se inició a sus diecinueve años. Fue cobijado bajo la libreta matrimonial, que les sirvió de escudo protector contra el arroz festivo del registro civil, pero poco más. A los tres años, desencantada y triste iniciaría los trámites de divorcio y el retorno a su casa paterna. El matrimonio resultó no ser lo omnipotente que ella esperaba, y entendió que su sueño máximo de encontrar al amor de su vida requeriría un poco más de atención, dedicación y tiempo. Sus padres la recibirían contentos, formando un triángulo de abrazo ni bien ella cruzó por la puerta con sus petates. Su cuarto seguía siendo su cuarto. Tenía veintidos años y un divorcio, pero seguía siendo una niña, que estudiaba enfermería encerrada en el piso su cuarto, o en la mesa del comedor cuando sus codos se cansaban de estar apoyados en el piso, aguantando todo el peso de la cabeza. Todo eso estaba más que bien para ella.

A sus treinta y dos años Julieta ya no estudiaba. Hacía siete que trabajaba como enfermera. Había pasado por cinco hospitales y recibido tan solo tres aumentos de sueldo. Ninguno demasiado relevante. Amaba su profesión, y estaba resignada a que su retribución económica sólo le alcanzara para comprarse ropa y vacaciones. Seguía teniendo su cuarto en la casa de sus padres. Sabía que esta situación distaba de lo ideal, pero era la realidad que tenía y aceptaba.

Julieta desde chica tuvo una gran virtud: siempre esperar lo mejor. Se consideraba una persona positiva, que aceptaba la realidad e intentaba vivir de la mejor forma posible con lo que le tocaba. Pero desde hace dos años que se cuestiona si esto es realmente una virtud, y la palabra mediocridad habitualmente merodea sus reflexiones. En el hospital era querida y tenía algunos amigos. Una tarde la médica psiquiatra, con la cual tenía una relación de casi amistad, le había pedido verla en su consultorio. Luego de algunos minutos Julieta se daría cuenta de que lo que parecía ser una conversación amistosa era en realidad una charla profesional. Estas charlas se tornaron semanales. Sus sesiones junto con los antidepresivos que Susana le prescribía, la ayudarían a convivir con la realidad que le tocaba vivir pasados sus 30 años.

Este proceso al tiempo empezaría a dar algunos signos de mejoría. Susana se sintió muy feliz cuando Julieta le contó que había decidido alquilarse un departamento, sin importar lo pequeño que fuera, para iniciar el segundo ciclo fuera de la casa paterna. “¿Cómo puedo pretender conseguir un novio si a mi edad todavía no logré irme de lo de mis padres? ¿Por algo se empieza no? Viste cómo ya lo tengo asumido, y no digo de mi casa.” Las dos rieron. Las dos se sentían felices por Julieta.

Sin embargo la realidad la pondría a prueba una vez más. El hospital atravesaba una situación económica difícil, y tuvo que reducir personal, Julieta entre ellos. El tratamiento debía de estar funcionando muy bien por que lo tomó como un desafío, como un cambio positivo. Estaba confiada de que todo resultaría bien y que conseguiría un empleo con mejor paga.

Resolvió aplazar la búsqueda de departamento (solo aplazarla), para poner toda su energía en buscar un mejor trabajo. Es difícil mensurar si puso toda la energía que le quedaba en esto, pero fue mucha la que gastó, y muy poca la que consiguió en retorno.

Encontró trabajo, pero no como el que esperaba. La crisis económica resultó no ser propiedad exclusiva del hospital donde trabajaba, por lo que tuvo que conformarse con un trabajo por horas. Un hospital poco prestigioso que le quedaba bastante lejos de su casa, la contrató para que cuidara de un único paciente tres horas al día.

Su proyecto de alquiler quedaría postergado por tiempo indefinido. Aunque cambió de hospital continuó con su tratamiento psicológico. Susana ya no estaba obligada a prestarle este servicio gratuito, pero no solo lo seguiría haciendo sino que le propuso intensificarlo a dos veces por semana, temiendo una recaída. Julieta aceptó agradecida.

Viajaba dos horas hasta llegar al hospital. Tenía que cuidar a un hombre de cuarenta años con una enfermedad muy extraña, que nadie había conseguido identificar. Juan Romeo Montes estaba en un a suerte de estado vegetativo desde nacimiento. Ningún médico había podido descubrir el motivo por cual nunca había abierto los ojos. Su madre murió en el parto, y Juan se sintió tan triste y tan culpable que desde entonces nunca despertó. No tenía ninguna enfermedad tratable. Su corazón latía constantemente y sin ayuda externa, sus pulmones oxigenaban su sangre y sus venas las distribuían por todos sus órganos. Si bien no manifestaba reacción externa a ningún tipo de estímulos, tenía actividad cerebral. “El paciente fue capaz de "comprender" y de "responder" a ciertas órdenes de sus médicos”, leyó en un estudio de sus imágenes cerebrales. Alimentación por suero intravenoso era el único tratamiento que los médicos se habían resignado a brindarle. Y Julieta debía de cuidar de su aseo diario.

Las condiciones laborales no eran buenas, pero había algo en todo esto que la atraía. Sentía una intriga muy fuerte por este caso. Lo tomaba como un desafío a nivel profesional, pero algo la seducía en lo personal.

La noche anterior a su primer día de trabajo, soñó con Juan, su paciente inmediato. “Mantuvo su capacidad de comprender órdenes y de responder a ellas a través de su actividad cerebral”. Soñó toda la noche y estas palabras se le repitieron una y otra vez. Al despertar sintió que había tenido un sueño revelador, y presintió que algo importante sucedería. Tenía la certeza divina de que Juan Montes era su misión en este mundo.

- ¿Que le sucede? ¿Está usted bien? Entre por favor– le pregunta la médica al ingresar por primera vez al cuarto de Juan.
- Si, si. Perfectamente.

No había podido contener sus lágrimas cuando se paró a la puerta del cuarto. Estaba paralizada. Nunca lo había visto personalmente, pero la impactó verlo, por que sí lo conocía, lo había soñado. Era exactamente la misma persona con la que había soñado el día anterior. La médica le repitió las indicaciones, se fue de la habitación y los dejó solos.

- Hola. No nos presentaron. Me llamo Julieta.- le dijo y lo tomó de la mano. Le acarició la frente, y quedó con su mano entre las suyas mirándolo, parada inmóvil junto a su cama durante las tres horas, hasta que la médica entró al cuarto.
- Ya se puede retirar. La veo mañana a la misma hora.- Julieta le soltó la mano y volvió, en trance, a la casa de sus padres.

Al llegar finalmente comprendió porqué había guardado desde niña todos los manuales de primero a séptimo grado y de primer a quinto año. Los sacó de las cajas, les sopló el polvo y pasó toda la noche planificando la educación acelerada de Juan. Julieta no tenía dudas de que despertaría algún día, y quería prepararlo. Pensó que si “comprende órdenes y responde a ellas”, bien podría retener conocimientos.

Llegaba temprano por la mañana, lo afeitaba y lo aseaba. Luego pasaba el resto del día leyéndole sobre historia, geografía, matemáticas y literatura. Nunca dejaba el hospital antes de la ocho de la noche. Eventualmente se quedaría a dormir, sentada, agarrando su mano y con la cabeza apoyada sobre el colchón junto a él. Su única actividad fuera de aquel hospital eran sus sesiones de terapia. Susana estaba muy preocupada por la obsesión de su paciente, por el distanciamiento de la realidad que estaba tomando. Era para una involución imprevista y no lograba comprender su origen. Ya no le hablaba sobre su proyecto de mudarse a un departamento propio. Juan era su monotema. Sin embargo ninguna de las dos era conciente de que Juan y su proyecto de independencia tendrían un desenlace conjunto.

En dos meses Julieta ya había terminado con lo que consideraba lo esencial de la curricula primaria y secundaria. Entonces decidió especializarlo en literatura y teatro universal. Y mientras cavilaban junto a Raskolnikov lo imposible sucedió. Su mirada consumía palabra tras palabra cuando su mano sintió un cuerpo pesar sobre ella. Juan, luego de cuarenta años despertaba para tomar la mano de su amada. Ella miraba esta mano sobre la suya y no entendía cómo había llegado hasta ahí. Estupefacta no le quitaba la vista. “Hola”, escucha petrificada. Juan esperaba, sabiendo que esos ojos finalmente negros llegarían a su encuentro. Julieta lo mira y él sonríe. Ella se para asustada sin quitarle su mando.

- Hola.- repite Juan, pero ella no podía salir de su asombro para responder. – Ni que hubieras visto un fantasma, soy yo, Romeo.
- Pero... ¿cómo? ¿Despertaste?¿Por qué? Digo... hace 40 años que estás... así... ¿cómo puede ser?
- Sí, bueno, pero me pareció que ya era hora de despertar, ¿no?
- ¿Cómo que te pareció que ya era hora? ¿Estabas despierto, o conciente? ¿Decidiste despertarte y así nomás te despertaste? ¿Estuviste conciente todo el tiempo?
- Si. Pero no del todo, por momentos dormía profundamente, como todo el mundo, pero por momentos solo dormitaba. ¡Y no me perdí ninguna de tus clases! - su sonrisa seductora, la de ella víctima.
- Je... ¿O sea que todo este tiempo sólo estuviste durmiendo?
- Sí.
- ¿Y por qué? ¿Por qué no te querías despertar?
- ¿Para qué, me perdí de algo importante, de algo por lo que valiera la pena despertar?- Julieta sintió tristeza por no poder decirle que si. No había nada en su pequeña vida que le demostrara estar equivocado, nada que lo hiciera arrepentirse de su hibernación prolongada.
- No... nada en realidad. ¿Y por qué decidiste despertarte ahora? -
- Por que mi búsqueda terminó. Porque encontré mi Julieta. – Juan sonrió para y por ella. Ella sintió sus articulaciones debilitadas, su carne relajarse y su corazón de estreno. – Te reconocí desde el momento en que entraste en esta habitación. Cada una de tus caricias erizó mi piel y aceleró mi corazón. Junté y guardé cada una de tus lágrimas en mi pecho, y son las que me dieron fuerza para levantarme hoy. Escuché cada una de tus palabras. Y no, no estás loca por pensar que te estás enamorando de mí. Loca estarías si no lo reconocieras. Por que sabés quién soy.







































Y Julieta se entregó a él.
Y él volvió a dormir,
esta vez para siempre.
Y ella inició su segundo ciclo,
fuera de la casa paterna,
esta vez para siempre.
Y ella durmió junto a él,
Esta vez para siempre.





































fin



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Créditos: este relato está inspirado en el microrelato "El Dormilón", escrito por Gustavo Tisera. Gustavo escribe unos microrelatos incríbles en su blog El detonador Astral. Recomiendo darse una vuelta, son realmente buenos. Envidio su capacidad para este tipo de escritura. Lo que él dijo en 9 líneas yo necesité de 4 páginas.
Mis preferidos son El dormilón y En el tren.
Gracias Gustavo.
Gracias...
Totales.

22 de junio de 2008

Seguro que allá hay internet

"Como periodista empecé a los 18 años (toda mi actuación en esta actividad fue ad honorem") en la redacción del diario "El Tiempo", de Pergamino, con un gran periodista que se llamaba Carlos P. Trincavelli. Con el pseudónimo de Red Fish publicaba notas, especialmente deportivas, hasta que fui designado "Corresponsal Deportivo Viajero para todo el país", pomposo título que a mis 18 años me llenaba de orgullo. También escribí en "La Opinión" de Pergamino, "La Capital" de Rosario, "La Gaceta" y "La Unión" de Tucumán."

"Como escritor, aquí hay un poco de pedantería, avalada por una circunstancia especial que me dio ese título. En 1945 participé en el Certamen Nacional de Literatura "Leopoldo Lugones", organizado por la Comisión Provincial de Cultura de la Provincia de Córdoba. Estaba reservado para "escritores argentinos o extranjeros", y yo a mis 27 años tuve la pedantería de considerarme escritor y participé. Para gran sorpresa mía gané el primer premio en la rama de prosa: un cheque de $300, que era mucha plata para aquel entonces, cuando el sueldo normal de un empleado era de entre 90 y 120 pesos. Este premio me dio la categoría de "escritor", la que poco ejercí en los años futuros."

Extracto del libro "Historia de Nuestra Familia".
Don José Ramón Palacio.
24/09/1918 - 19/06/2008



Abuelo: sólo quería dedicarte estas pequeñas líneas y decirte que te voy a extrañar. Lamentablemente tu salud en los últimos años no me permitió contarte que Red Fish seguía escribiendo, a través de mis manos ahora. Espero que saber ésto te alegre y enorgullesca, y que Red Fish siga estando a la altura de esa categoría de "escritor" que supiste ganar. Ojalá que me puedas leer ahora, porque estoy seguro que allá hay internet.
Te recuerda con mucho cariño,
Matías.

13 de junio de 2008

De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina - Capítulo I

Nota del editor (ese sería yo, rf): Por primera vez voy postear un material no escrito por mi. Decidí compartir este texto, no por su valor literario, sino por que lo considero un documento cuya riqueza excede sus palabras. Es un primer extracto del libro "De la Bella Italia a la Selva Chaqueña Argentina" escrito por mi bisabuelo, padre de mi abuela materna. En este libro, mi bisabuelo relata su historia como inmigrante, similar a la que todos conocemos y estudiamos, pero por lo menos en mi caso sólo a través de libros y manuales de historia. Este es un relato verídico, directo de un inmigrante italiano, y leerlo es para mi como oirlo, escuchar una entrevista a uno de los miles de inmigrantes que crearon nuestra historia. Con sus historias mínimas, esas que formaron y dieron origen a la cultura e idiosincracia argentina. Quiero compartir este documento muy valioso para mi, y espero que lo disfruten tanto como yo.

Don Humberto Marpegán(1872-1959)
Lugar de Nacimiento: Merlara, provincia de Padua, Italia.
Fecha de migración: 22 de septiembre de 1885.


DE LA BELLA ITALIA A LA SELVA CHAQUEÑA ARGENTINA
Reláto anecdótico y autobiográfico de mi extensa vida prolongada por más de ochenta años entre vicisitudes, bienestar y familia.
Humberto Marpegan

LA CASA PATERNA
Don Humberto Marpegán, hijo de Luis Marpegán y de Doña Mariana Pellizzari, nacido el 2 de julio de 1872 en Merlara, provincia de Padua, Italia.

Allá por el año 1852, mi padre desde muy jóven se había radicado en ese pueblito de la alta Italia, donde tiempo más tarde constituyó un hogar muy respetable, gozando del mayor aprecio de todo el pueblo trabajador agrícola de la zona, dedicándose también él a la explotación agrícola en gran escala.

De este feliz matrimonio yo fui el sexto hijo, y el segundo varón, por consiguiente era el niño mimado de todos. En ese ambiente de amor y cariño me desarrollé sano y fuerte, tal es así que a los seis años era ya el cochero de mi abuelita. Mi hermano mayor ayudaba a mi padre en la dirección de los trabajos agrícolas, y mis hermanas a mi madre, en los queaceres domésticos.

Era nuestra casa paterna un gran establecimiento con más de cien hectáreas de campo en producción. La casa se componía de dos pisos, con cinco habitaciones en cada uno de ellos. Vecina a la nuestra se hallaba la casa habitación de los empleados que requerían las distintas tareas agrícolas.

Los viñedos eran unos de los principales cultivos de la granja, con los que se fabricaban vinos de distintas calidades que se vendían por bordaleza y que eran almacenados mientras se preparaban en una habitación contigua a la casa, a la que llamábamos “cantina”, a pesar de que nunca oí cantar a nadie en ella.

[...]

Contaba yo apenas nueve años, cuando una día mientras estábamos merendando se desató un a terrible tormenta. Un cuadro tragicómico se presentaba así en tan tétrico lugar, la visión más desolarodra que se puede imaginar tuvimos a los pocos minutos, cuando al salir de nuestro circunsancial refugio observamos que don de un rato antes abundaban las flores no se veía otra cosa que las cruces peladas, y una capa de hielo, y de donde ante la vista del campo auguraba una espléndida cosecha, presagiaba en esos momentos angustiosos solo soledad y miseria. El llanto de las mujeres era incontenible. El peor el de mi madre al contemplar cómo el trabajo del año se había desvanecido en escasos minutos. De las hojas de moras no quedaban ni rastros, y para no perder del todo lo que teníamos hubo que comprar a larga distancia y a altos precios el alimentos para los gusano de seda.

Los árboles se habían deshojado, las viñas sin hojas ni uvas. Dl trigo que había comenzando a dorarse no quedaba una sola espiga, los maizales tiernos y vigorosos habían desaparecido como por encanto, el lino, la alfalfa, y todo lo demás como si se lo hubiera tragado la tierra. Todos quedamos mudos por un buen rato, y al ver que mi madre le rodaban por el rostro gruesas lágrimas no pude menos que echarme en sus brazos y confundirnos en un solo llanto.

Papá fue el primero en hablar con estas palabras: “No hay que afligirse hijos míos, alguna razón habrá para que Dios nos castigue, hay que armarse de coraje y seguir luchando si queremos remediar el mal que hoy nos apena, tenemos capital y buen crédito como para seguir adelante con la esperanza puesta en unos años de bonanza”.

La campiña vio otra vez a nuestros hombres trabajar con ahínco, empeñados en remediar las pérdidas sufridas. Pasaron tres años de los cuales tuvimos uno bueno y dos malos, por cuanto el tiempo no favoreció el buen desarrollo de la cosecha.

El colegio ya me preocupaba menos, pues ya había cumplido doce años, y como no había en el pueblo estudios secundarios, los dejé para más adelante si las cosas iban bien. Mientras colaboraba en todas las actividades de la granja. Al año siguiente todo había presumir una buena cosecha, pero intervino otro factor imprevisto e inesperado, la inundación. El deshielo y las lluvias en las altas montañas de los Alpes hicieron desbordar los ríos Adige y Frata, que corren muy cerca del pueblo. Se produjo entonces una creciente que amenazaba llevarse los puentes, diques y romper los terraplenes laterales, atrayendo la atención de las autoridades del pueblo.

En la granja se estaba trapichando uvas para hacer vino, cuando a eso de las diez de la mañana llegó mi padrino, con la orden perentoria que debíamos desalojar los elementos y animales de la granja, así como los de la casa y personas, pues en pocas horas más todo estaría cubierto por las aguas desbordadas. De nuestra cosecha solo alcanzamos a levantar el trigo y uvas cosechadas.

A unos mil metros de la casa se hallaba el canal que llevaba el agua a los arrozales que se hallaban en los terrenos más bajos. Por él comenzó a entrar el agua como un río torrentoso. Ya para el mediodía alcanzaba al patio de la casa. Mi padre con varias personas más cargó heno y alfalfa en una chata, mientras los demás familiares y empleados en un andar febril trataban de poner a salvo el mayor número de elementos y animales.

A las cuatro de la tarde se inició la evacuación, arreando los animales adelante seguidos por todos los vehículos que teníamos, tirados unos por caballos y otros por bueyes, rumbo hacia el distrito de Montagnana, mucho más alto que el nuestro. Recuerdo como si lo estuviese viendo ahora esa marcha triste y penosa con el agua hasta las rodillas. El llanto y la tristeza dibujados en el rostro de todos, especialmente en el de mis padres. En la casa donde comenzaba a entrar el agua al partir, solamente quedaba mi abuelita con un peón que la acompañara, pues fue imposible convencerla y sacarla, manifestando a nuestros requerimientos que “prefería morir a abandonar la casa”.
Al día siguiente debió ir mi padre con dos carabineros en una embarcación para rescatarla y sacarla de semejante peligro.

A raíz de esta creciente se derrumbaron en el pueblo más de ochenta finca. Era tanta la gente que huía despavorida que apenas conseguimos alojamiento para nosotros y no digamos para ubicación de los demás animales y elementos.

Recién a los diez días dejó de crecer el nivel de las aguas, alcanzando la altura de un metro sobre el nivel del patio de la casa, nivel que se mantuvo unos diez días, al final de los cuales comenzó a descender lentamente para desaparecer de la zona inundada recién a los 35 días, fecha en que por fin pudimos regresar a la finca. Hallamos todo cubierto de lodo y barro en lo que correspondía a las plantas bajas de la casa y galpones. La humedad de las paredes era insoportable y duró varios meses en desaparecer. En el patio y chacra había también gran cantidad de piedras y arena. En contraste con ello la planta alta estaba como si nada hubiese pasado, lo que prueba que las construcciones que poseíamos era de excelente calidad y resistencia.

Estas cosas no las debería referir, pues recordándolas lo único que siento es tristeza y amargura, pero sirven para demostrarles que el comienzo de mi vida no ha sido tan halagueño y me ha servido para fortificar mi espíritu y prepararme para la lucha por la vida; máxime teniendo en cuenta el vivo ejemplo de mi padre que con su fe y esperanza nos alentó a todos en la adversidad. (página 5, anteultimo párrafo)

Haré constar de paso que allí la mayor parte de las tierras eran de terratenientes ricos que vivían en la capital de la provincia, y que de las mismas se ocupaban los administradores, y que éstos no perdonaban jamás al agricultor, ni siquiera el tributo que debían pagar en alquiler; por el contrario si uno de ellos dejaba de hacerlo, le embargaban todo lo que tuviera de valor y lo dejaban en la calle.

Mi padre antes de llegar a tal situación, pensó en tomar otras medidas para no caer en tales extremos. Sabiendo que en esa época había una gran corriente emigratoria para Brasil, pensó que América sería el lugar propicio para gente que como nosotros se ocupaba de trabajos agrícolas. Era tanta la gente que emigraba a Brasil, que cada semana partían trenes enteros repletos de familias hacia Génova, puerto desde el cual embarcaban para América.

Mi padre inició las gestiones para emigrar, pero no a Brasil sino a Argentina, por consejo de algunos amigos que habían estado en San Pablo, y le transmitieron noticias de que allí existía una enfermedad incurable y grave, llamada fiebre amarilla.

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Próximo capítulo: “El viaje a América”
Nota del editor: ¿Podría decir entonces que gracias a la fiebre amarilla yo existo?

11 de junio de 2008

Lost in Translation >> Found the Translation


Reconozco que soy bastante maraca para ver películas. Cualquier pelotudez me afloja los mocos, por eso no me gusta mirar pelis con mucha gente, salvo que hablemos de batman, siperman o X-men. El resto, por más barato que sea el golpe bajo me caga. Muchas veces mi mujer me pregunta incrédula "¿estás llorando?". "No", le respondo inhalando mocos, camuflándome con mi senusitis crónica.

Las películas que amo están en una zona intermedia, o distinta, que todavía no logro definir o etiquetar (si, si, no me rompan, a mi me gusta etiquetar!). No son de sábados de super acción, ni de madres confesando su cáncer terminal a sus hijos. Son películas con un elevado grado de sensibilidad, que sin dar golpes de efecto logran dejarme altamente sensibilizado. Me dejan el nervio expuesto. Cuando termino de verlas me siento como si estuviera listo para escribir los versos más tristes esa noche, listo para besar sin usura sus pies fríos, los de ella, listo para cometer más errores, para andar descalzo a principios de primavera y seguir descalzo hasta otoño.[*]

Hay varias, no se si muchas. No se si es mi preferida, creo que si. Perdidos en Tokyo (Lost in Translation) me provoca todo eso. Podría decir que me deja erotizado, para no seguir robando palabras ajenas. Dado vuelta, invertido, con las costuras para afuera.

Ayer TNT tuvo la deferencia de pasarla, y yo el placer de verla por vez mil. Y como cada vez, su final abierto me dejó un gusto melancólico. Un sabor triste de lo que mucho quise pero no fue.

Esta vez quedé perdido en tokyo por varias horas, y sin saber bien buscando qué, hoy gracias a youtube develé el misterio. Encontré abierta la caja negra de la escena final, con esas palabras íntimas, no compartidas, dichas al oido solo para ellos dos, dentro de un abrazo y selladas con un beso.

Sólo quería compartir ese secreto develado, que a partir de ahora mutará mi melancolía por sonrisas cada vez que vuelva a perderme en tierra nipón.


[*] por supuesto que estas líneas no son mías. Pertenecen a los tres más grandes poetas del cono sur. ¿Necesito decir quienes?

6 de junio de 2008

¿Acaso mi amor no vale?

Nuestra relación había llegado a una etapa en la que solo seguíamos juntos por una cuestión de descalces mínimos. No eran un descalce de pantuflas, sino más bien económico - financieros. De ofertas y demandas descalzadas. Solo era cuestión de que su oferta encontrara mi demanda, o viceversa, en el mismo momento.

[Mi oferta = separarnos, reconocer que la pareja no tenía futuro, no perder más el tiempo = Su demanda] era una ecuación latente casi desde los inicios, pero que nunca había logrado concretarse. Por motivos múltiples cuando yo hacía pública mi oferta, el mercado no era comprador, o al revés. Esto era algo que valorábamos como algo positivo en la pareja. Nos jactábamos de que era “sabia”, que tenía un mecanismo de auto ajuste. Nuestra teoría era que cuando uno de los dos atravesaba alguna crisis, cuestionando la continuidad de la relación, la otra persona automáticamente se convertía en un noble e implacable guardián, defendiendo a capa y espada “lo que teníamos”. Luego de cada embate nuestra unión creíamos se fortalecía.

Durante los últimos tiempos este mecanismo de ajuste había trabajado más de lo recomendable, hasta alcanzar el punto de fatiga. En un principio lo utilizábamos una, a lo sumo dos veces por mes. Al tiempo empezábamos a darle un uso semanal, frecuencia que respetamos por varios meses. Pero al empezar a aplicarlo a diario, con no más de uno o dos días de franco semanales, el engranaje manifestaba la sobre exigencia.

Hasta que colapsó. Nuestra última discusión de pareja empezó por un simple racimo de uvas, y transitó durante tres horas por los más diversos tallos, ramas, raíces y semillas. Nuestra preciada arma había intercambiado roles, cada uno se había puesto y quitado la armadura repetidas veces, hasta que agotados nos encontramos con la guardia baja, desnudos.

Nos acariciamos, nos abrazamos. Nos besamos, y terminamos. Sentados en el piso de la cocina, con el mueble bajomesada como respaldo nos dejábamos estar. Abatidos por las tres horas de lucha gratis. Nuestros cuerpos fatigados descansaban pegados. Nuestros hombros se tocaban, pero solamente como apoyo. Ya no queríamos seguir discutiendo, no nos queríamos seguir lastimando, por que a pesar de todo nos queríamos. Pero reconocimos que eso no era suficiente, que teníamos demasiadas diferencias como para seguir construyendo. Que esas diferencias no nos complementaban, solo sabían de divisiones y restas.

Quedamos así durante varios minutos. Mi mano sobre la suya, y las dos sobre su pierna. Pero cada uno consigo mismo. Mirando fijo hacia adelante, observando su propia película. Ya no estábamos enojados. Estábamos tristes. Empezábamos el duelo que no queríamos hacer. Empezábamos a despedir el proyecto que ya no sería.

Era doloroso reconocerse. Pero era sabio. Sí era verdaderamente sabio y valiente reconocer que nuestra última bala, la de plata, no había acertado en el blanco. Yo 36, ella 34. Ambos con varios parejas interruptus en el prontuario. Era sabio reconocer que nuestros deseos de concretar un proyecto sobre la hora estaban cegando nuestra capacidad de determinar si el mismo era genuino, si se construía sobre bases sólidas. Era sabio reconocer que nuestra pirámide estaba invertida, que crecía, pero inevitablemente un ladrillo no compensado la haría caer.

¿Dos años desperdiciados? ¿Habíamos apostado los años más caros de nuestras vidas en la decena perdedora? El síntoma manos y bolsillos vacíos tomó todo nuestro cuerpo.

De pronto tuve un pálpito. Una visión, una certeza. Busqué en los bolsillos de mi pantalón, revolví bolsos guardados, hurgué en los bolsillos de todos los sacos y camperas del placard. Junté todas las fichas que me quedaban, cambié la decena, y las puse todas en el 2, a semipleno.

- Luli tengamos un hijo - le dije convencido. Ella despertó asustada de su letargo.
- ¿Pero vos te volviste completamente loco? Estás desvariando. No hace diez minutos que dijimos de separarnos y ahora me salís con esta ridiculez?
- No es una ridiculez.
- ¿Ah no? Por favor, cortémosla de una vez. No sigamos con este mecanismo pelotudo. Nuestra relación llegó a un punto en el que es indefendible. No quiero seguir sufriendo por algo que no tiene futuro. No podemos seguir juntos. ¿Que te pensás, que por que tengamos un hijo las cosas van a cambiar, que todo va a mejorar? ¿Cuanto te crees que va a durar ese engaño? No seas ingenuo Nicolás.
- Pero yo no te digo que sigamos juntos. Solamente te propongo tener un hijo juntos.

Luli se da vuelta para mirarme bien. No podía creer que le estuviera hablando en serio, y lo quería evaluar de frente. Estaba atónita. No sabía qué responderme, por su mente debían pasar las ideas más dispares. Yo la seguía mirando. “No te estoy cargando” decía mi cara.

- Ya sé que no podemos seguir juntos. Que somos muy diferentes. Y la realidad es que si no nos separamos mucho tiempo antes es por que los dos tenemos el mismo proyecto, las mismas ganas de formar una familia. Yo ya sé que eso no va pasar entre nosotros. ¿Pero por que no tener un hijo juntos? ¿Cuantos padres se divorcian y crían a sus hijos sin ningún problema?
- ¡Pero eso es un accidente Nicolás! Nadie planea primero divorciarse y después tener un hijo. Un hijo es fruto del amor entre los padres, no es su capricho.
- Ya se Luli que no es lo ideal, pero yo soy hijo de padres separados. Y no me acuerdo de mis padres juntos, para mí siempre estuvieron separados. Y lo que importa es que los dos me querían. Te juro que no me trajo ningún conflicto el que no estuvieran juntos. Por que fue siempre así. Mis padres nunca se separaron, por que siempre lo estuvieron. No hubo cambio, no hubo crisis.

Yo estaba convencido de que no era una locura. Entendía que era un planteo extraño, atípico al menos. Luli nunca hubiera esperado una propuesta como esta. Pero después del asombro inicial empezaba a escuchar mis palabras.

- ¿Acaso vos no te morís por ser mamá, por tener hijos, criarlos, darle todo tu amor?
- Ay Nico, pero me parece una locura!
- Mirá, yo sé que vos serías la mejor madre del planeta. Que morís de ganas de tener un hijo. Yo también. Es lo que más quiero en el mundo. ¿Cuantos matrimonios conocés que son pésimos padres, que tienen varios hijos, y que después se separan? Y al final los hijos tiene malos padres, y encima separados. Es más, una de las cosas más traumáticas que viven los hijos de padres separados es la separación misma, tener que ver cómo sus padres confrontan, se pelean, se lastiman. De esta forma hasta le evitaríamos esa etapa, por que nuestro hijo nacería con sus padres separados, je.

Luli me mira, seria, pero yo sé que se contiene. Sé que por dentro un poquito se sonríe, pero no me lo quiere mostrar. Todavía no puede creer lo que le propongo. Pero del “te volviste loco, es una ridiculez” a este silencio como respuesta hay un avance.

- Si, está bien, pero no podemos ser tan egoístas. No podemos traer un hijo al mundo solo porque nosotros queramos tener un hijo.
- ¿Y por que no?
- Por que no Nicolás, ya te lo dije. Un hijo tiene que ser fruto del amor de sus padres. No es algo que cuando uno tiene muchas ganas de tener va y se lo compra en el super.
- Bueno, eso por desgracia para vos, que vas a ser la que lo tenga que parir.
- Ay que estúpido! – y me pega abajo del hombro una cachetada risueña. Casi cómplice.
- Luli vos tenés razón en que para un hijo también es importante tener a sus padres juntos y sentir que se quieren. Pero esa es una situación ideal. ¿Y cuantos casos conocés de esa situación perfecta? Yo muy pocos. La mayoría de las veces los padres no se quieren y siguen juntos por inercia, o no se quieren y se separan. En cualquiera de los dos casos te aseguro que los hijos sufren muchísimo más que en una situación como la que yo te propongo. ¿Acaso vos dudas del amor que vos o yo tendríamos por nuestro hijo? ¿Te parece poco eso? Creeme que es mucho, y más de lo que la mayoría de los hijos tienen.
- No se, pero es muy raro, es todo muy raro. ¿Cómo lo tendríamos? Digo, ¿cómo lo encargaríamos? Por que si vamos a estar separados... no vamos a estar acostándonos solo para que yo quede embarazada.
- ... esos son detalles técnicos, je.
- Si, si, detalles técnicos... en serio te digo. Por que hacer inseminación artificial cuesta carísimo...
- Bueno, vos sabés que yo no tengo un mango y que estoy siempre dispuesto a brindar mis servicios.
- Jaja, que estúpido. – y vuelve a abofetear mi brazo con su mano risueña. En su boca ya se escapaba tímida una sonrisita.

29 de mayo de 2008

Gayfriendly se hace al andar

Etapa Cero: aceptación filosófica.
Mi primera etapa fue absolutamente teórica, pasiva y filosófica. Aceptar al homosexual por mandato social. Diría que casi es más difícil ser homofóbico que no serlo.

Hay mucha gente hétero que no tiene relación cercana con el mundo gay. Yo tampoco la tuve hasta aproximadamente mis 25 años.

Salvo algún que otro chiste sobre “putos”, cosa que aún sigo haciendo aunque con mayor libertad, fui siempre respetuoso. Teóricamente abierto con el gay.

Etapa Uno: de la teoría a la práctica.
Uno puede tener mentalmente desarrollada la teoría, pensada y repasada, oída en silencio, y todo esto nos hace pensar que estamos preparados para implementarla en la vida real. Pero esto no es así. El actor que pasa letra mentalmente, ensaya dos, tres formas de decir el texto, toma riesgos y es osado en su recreación imaginaria, se ve en escena, imagina cómo su cuerpo acompañará esas líneas. Pero en ese primer ensayo donde quiere mostrar todo lo que resolvió, al escuchar las palabras que salen de su boca se asusta de ellas, las desconoce, por que todavía no son propias. Y atemorizado, no hace nada de lo que tenía planeado hacer.

Sebastián, Sergio y yo compartíamos nuestro primer año de teatro. Al cabo de los primeros seis meses nos habíamos hecho bastante amigos. Ya en el segundo semestre del año al compartir los tres juntos una escena y todos sus ensayos, esta relación se hizo mucho más estrecha. Después me enteraría de que Sergio también sospechaba de la sexualidad de Sebastián. Sin embargo era algo que ni entre nosotros nos animábamos a comentar. Era muy incómodo hablarlo. No se qué pasaría por su mente, pero yo no quería que pensara que estaba discriminando si le preguntaba algo como “che, sebas para mi que es gay, no?”. Pero el tema estaba en el medio y a medida que crecía la amistad esto se hacía más difícil de evitar.

Sebastián me preguntaba cómo iba mi relación una chica con la que estaba saliendo por aquél entonces. Yo le respondería que bien, le contaría algo circunstancial, y luego el vacío incómodo. No me animaba a preguntarle por su vida personal. Tenía pánico de generar una situación incómoda si le preguntaba si él tenía novia, o si salía con alguna chica. Tampoco quería preguntarle si salía con alguien, sin determinar el sexo de ese alguien, y hablar sobre ello midiendo que cada palabra no llevara conjugación de género. Entonces se daba ese silencio incómodo del cual de alguna forma siempre salíamos.

Cada tanto nos juntábamos en su casa a ensayar. Tiempo después nos confesaría que tenía miedo de que notáramos que estaba todo excesiva y homosexualmente prolijo, por lo cual recalcaba cada media hora que ese día había ido la chica que limpia, y sus dotes para con el orden y la limpieza. El tema de su homosexualidad no era algo que estuviera latente en el aire, de hecho yo me olvidaba del asunto, sintiéndome incómodo sólo cada tanto, pero sin saber realmente por qué. Jamás hubiera relacionado un departamento prolijo con su sexualidad, y no entendía la excesiva publicidad de su mucama.

Así como no percibía estos indicios, había otros tantos que no quería registrar.

- ¿Quién es este, tu primo? – preguntaba inocentemente Sergio mirando las fotos de viajes en el living.
- ...no. Es un amigo. Un amigo de la infancia con el cual viajamos mucho.- Claro, pensé yo. Yo también he viajado con amigos.

En uno de los últimos ensayos, en su casa, luego de horas de reírnos salvajemente con Anibal, Carlitos y Pelusa, nuestros grotescos personajes tangueros, el momento de la verdad llegó.

Yo tirado en el sillón, Sergio en el piso, y Sebas en la banqueta contra la ventana.

- Chicos hay algo que les quiero contar. –
- ¿Qué cosa? – le respondimos, vislumbrando cuál era la cosa a contar.

En ese momento me sentí más negador que la señora gorda casada con el picaflor del pueblo. No quería saber!!! Ya lo sabía, pero no quería que me lo dijera.

- No quiero que cambie nada entre nosotros por lo que les voy a contar.- Se atajaba como si estuviera por confesar un asesinato.
- No obvio, nada va a cambiar, ¿por que cambiaría? – Respondimos nerviosos. Si esa fuera una escena de teatro, el director nos marcaría “no anticipen, sus personajes no saben lo que le va a decir”. Pero nosotros sí sabíamos, aunque queríamos interpretar un personaje que no.
- Soy gay...
- ...- “Plop”, diría si fuera un comic de condorito, “chan” si fuera in informe de domar.

Si es que hubo no me acuerdo cuál fue nuestra respuesta. Qué decirle, “ah si, me lo imaginaba”??. Además de no saber bien qué responder, me invadió una secuencia de imágenes de Sebastián desnudo. Muy desnudo. Lleno de piel. Compartiéndola con otro hombre. Lo estaba viendo frente a mi, sentado en la banqueta, pero teniendo sexo con otro hombre. Mi doctrina de aceptación gay fue puesta a prueba, exigida al máximo, e hizo lo imposible por evitar la desfiguración de mi rostro. Creo que logró eso al menos, pero mis ojos no podían evitar verlo desnudo.

- ¿Se lo imaginaban, o no?- dijo rápido para darle continuidad a la conversación interruptus.
- Ehh... si, bueno... más o menos, un poco. No, en realidad no, bah o si, que se yo, no es que parezcas eh.- tampoco sabíamos cual era la respuesta correcta a su pregunta, cualquier respuesta podía ofenderlo.

Después de hacerle preguntas curiosas, periodísticas, las cosas se acomodaron. Mis ojos empezaron a verlo tal como estaba, con toda su ropa puesta. Y efectivamente nada cambió en nuestra amistad. O sí, el vínculo se estrechó aún más.

Etapa 2: a mi no me miren.
Al principio tener un amigo gay era una novedad. El chiche nuevo. La anécdota a contar. El trofeo, el diploma de chico siglo xxi. “Este diploma certifica que Red Fish tiene un amigo gay”.

Sebas me contaba sobre su ruptura con su novio de cinco años, yo le preguntaba como se sentía, él me respondía... todo era simple, se reducía a cambiar una “o” por la “a” final de la palabra “novia”, y a darle nombre masculino a su pareja. Hasta conocí su nuevo novio, y supe digerir una que otra agarrada y caricia de manos, miraditas romanticonas, etc.

Por supuesto que había ciertos escalafones a los que todavía no quería asomarme. Pero de apoco iba avanzando. Si me hubieran tomado un gayfriendly exam, diría que estaba aprobando. Pero nuevamente tendría que dar lección de un tema no demasiado estudiado.

- Che, te quería contar algo que me pasó la semana pasada en la fiesta de teatro.- me dice Sergio, entre empanadas y Queenes un viernes a la noche en lo de Sebas.
- ¿Qué cosa?- pregunto, esta vez con absoluto desconocimiento de causa.
- Viste que a al final de la fiesta estuve un rato hablando con Diego.
- Si, vi que estuvieron hablando.- Diego era un alumno de otro curso, un año anterior al nuestro.
- Bueno, me pasó que en un momento me re calenté con el pibe.
- ¿Por qué? ¿Qué pasó, que te dijo?
- No, nada. No se si fue que estaba muy fumado o qué, pero me re calenté con el flaco.
- ¿Pero por qué? ¿Qué pasó??- y realmente no entendía qué era lo que me estaba diciendo, qué era lo que Diego le había dicho para que él se enojara.
- Él me estaba hablando, y en un momento dejé de escuchar lo que me decía, y me dieron ganas de reventármelo contra la pared, fue rarísimo, pero como que de repente me cerraron un montón de cosas.
- No entiendo, decís que...- no sabía cómo decirlo, sin ¡ofenderlo!? - ... que le querías dar un beso???
- Sí... – responde tímidamente.
- Ah, pero estabas muy fumado!
- Sí, estaba bastante fumado, pero tenía muchas ganas de reventarlo contra la pared.- repetía con una elocuencia que rebalsaba mi umbral de tolerancia.
- No te puedo creer!!!- repetí algunas veces, pensando que la historia terminaba ahí. Que la anécdota era cómo le había pegado de fuerte el faso.
- Si, fue terrible. Pero me cayó la ficha. Entendí por que con todas las novias que tuve siempre sentía que me faltaba algo, que no me terminaba de cerrar la relación, y no era que ellas no me cerraban. Era yo, y me cayó la ficha de por qué.

Yo pasmado ante todo lo que me estaba diciendo. ¿Me estaba diciendo que había descubierto que era gay? ¿A los 28 años??

- Y ahora voy por la calle y no paro de mirar. Estoy con re ganas de hacer algo.
- ...pará, pará, por que no entiendo. ¿Qué me querés decir?
- ... – su cara respondía sí a la pregunta tácita.
- ... me querés decir que...., que sos... ee..., que sos gay?- le pregunté no animándome a decir esa palabra.
- ... no se. Creo, bah, que se yo. Si, creo que sí.
- Si, es PUTO!- apuntala triunfante Sebastián, desde la cocina, que había estado escuchando.
- Pará, ¿pero estás seguro? Lo que te pasó no quiere decir nada, estabas muy fumado, a cualquiera la puede pasar.- Yo no creía que me pudiera pasar a mi, pero pensé que evidentemente existiríga esa posibilidad.
- Jajaja, na na na. Eso solo te pasa si sos PUTO. De esa no hay vuelta atrás Mati, ya está, es PUTO PUTO.

Mientras Sergio me miraba con cara de que todo lo que decía Sebas es cierto. Entonces recapitulé la historia que me había contado, desde el principio, todo lo que yo no había entendido.

- ¿En serio? Pero... y pasó algo con Diego?
- No, no pasó nada.
- Ese Diego también es re PUTO.- dice Sebas.
- No, no es puto, bah tiene novia.- lo defiende Sergio.
- Jajaja, si pero a mi no me engaña, y vos también tenías novia hasta hace un mes, y mirá ahora, vas por la calle fichando bultos.- y se va al cuarto. Yo seguía atónito.
- ¿Entonces no pasó nada en la fiesta?- Sergio niega con la cabeza.- ¿Y después de eso? ¿Ya... pasó algo?
- No, todavía no.- “Entonces es salvable” pensé, cuando lo veo a Sebas volver del cuarto con cuarto casettes VHS.
- Tomá, llevátelos y miralos en tu casa.
- Paráaaa, que es eso? Son videos Gays?? – pregunté exaltado, la situación era demasiado fuerte y me estaba superando. - No, no le des eso!!! es muy violento. Le va a resultar muy fuerte ver eso, así tan de golpe.- era uno de mis últimos intentos por retenerlo en mi “bando”.
- Qué va a ser muy fuerte.- insistía Sebas- Si se te para con esto cagaste, no hay vuelta atrás.
- No, pero le va a dar impresión ver eso.
- Que le va a dar impresión, se va a matar a pajas!- decía saboreando su victoria mientras le daba los videos a Sergio, dándole su bendición y bienvenida al club.

Y me dí por vencido, terminé por aceptar lo irreversible. Sergio había descubierto su verdadera sexualidad.

- Al final yo termino siendo el único al que le gustan las minas acá. No, no, jaja, que me miran? me gustan las mujeres y punto!- cerrábamos la noche con risas y Cher a todo volumen.

Etapa tres: estoy acompañado, gracias.
Nuestras conversaciones ya no tienen ningún tipo de censuras ni condicionantes. Hasta hablamos de hombres, siendo yo una más.

- Les hago una pregunta: cual es la definición posta de “chongo”? Por que a veces escucho que la usan con distintas connotaciones. – Les preguntaba iniciando el tema.

Después de debatir conceptos llegamos a la conclusión de que Chongo es el hombre heterosexual, fachero pero brutalmente macho, nada delicado, hasta medio guarro.

- Entonces para mi Luciano Castro es el estereotipo del chongo. Fachero, de rioba...- propuse como para ponerle nombre y apellido al chongo.
- Siiiiiiiiiiiiiiii, Luciano Castro es un re chongo!!!!!!!- confirmaba mi percepción Sebastián.

Cuando participo de estas conversaciones sobre pibes facheros, lindos, mis comentarios no son muy distintos a los que hago cuando con mis amigos hétero debatimos sobre del culo de Jesica Sirio. La única diferencia es que no remato mis opiniones con un “la mato”, “le re doy” o “se lo como todo”. Soy un simple observador de la realidad.

Hasta ayudo a Sebastián en sus consejos a Sergio para levantarse pibes.

- En la calle tenés que estar siempre con el gaydar prendido, – dice Sebas. – y aplicar la técnica del un-dos-tres. Fichás un pibe que viene caminando hacia vos. Si te mira, cuando se cruzan seguís caminando y contás uno, dos, tres y te das vuelta. Si el flaco también se da vuelta ya está, lo invitás a tomar un café y listo.
- mmm, pero no se si me animo a hacer eso – dice Sergio.
- Si no lo que podés hacer es contar hasta tres y frenarte a ver una vidriera, y dejar que el pibe se acerque. – aporto yo.
- Si, si, eso también funciona.- aprueba el sensei.
- Es buenísimo, ojalá con las minas fuera así de fácil!

Y para terminar, la prueba de fuego: el boliche gay. “Che, avisenmé cuando vayan que yo me prendo”. Y me prendí nomás. Así que fuimos a la fiesta Plop. Tres veces me tocaron la espalda y no me di vuelta para ver quien era. Una vez me agarraron de la muñeca mientras pasaba y me pidieron que me quedara a bailar. Una vez me preguntaron muy caballerosamente si estaba solo o acompañado, a lo que respondí que estaba acompañado. Me ofrecieron cerveza dos veces, solo una vez acepté sin ningún tipo de consecuencias. Bailé y canté desaforadamente “a quién le importa lo-que-yo-haga, a quien le importa lo-que-yo-diga” de Thalía. Vi incontables besos homosexuales. Y eso fue todo. Prueba superada. Más gayfriendly ya no puedo ser.

Cómo dije al principio, hoy sigo haciendo algún que otro chiste sobre “putos”. De hecho lo que más me divierte es decir la palabra “topu”. Por que me parece el apodo más discriminativo y peyorativo al respecto. Una vez escuché una frase que me quedó muy grabada. Alguien le decía a otro “no sos tan grande como para hacerte tan chiquito”, criticando su falsa modestia. Sin embargo yo sí me animo a decir que soy tan gayfriendly que me animo a decir topu sin ningún prurito.

Fiesta fiesta, pluma pluma.

10 de mayo de 2008

About Henry and June

Sentado en sillón del living desde el medio día ya no tenía lugar donde apagar los cigarrillos. El cenicero, el plato y el vaso habían ya agotado sus posibilidades. Escucho ruido de llaves en la cerradura, y la bocanada de humo huyendo de mi boca se detiene.

- ¡Ana!- balbuceo sorprendido de verla. Ella entra. Mira maternalmente mi dejadez.
- Ay Juan, ¿hace cuanto que estás echado ahí? No se puede respirar acá, por favor abrí una ventana. No podés estar así.

Ana abre las ventanas. Levanta toda evidencia de mi sedentarismo, las lleva a la cocina y las tira. Yo permanezco sentado. Vuelve y me acaricia suavemente el pelo. Apoyo mi cabeza en su panza. Sigue acariciándome el pelo. Llorar en silencio. Lloro sin mover un solo músculo de mi cuerpo. Mis lágrimas emanan naturalmente, sin esfuerzo. Ella no lo nota. O probablemente sí, pero disimula y continúa haciéndome sentir un poco mejor.

- Juan, ¿hace cuánto que no te bañas?, tenés el pelo re sucio.
- ... – no respondo. En realidad no escuché su pregunta. Hay algo que no entiendo.
- ¿De donde sacaste las llaves? ¿Vos tenías llaves de casa?

Su mano y su panza se alejan de mi cabeza y volviendo a la cocina me dice que Julia se las dio para que me las devolviera.

- ¿Julia te las dio? – Pregunto sorprendido por su respuesta.
- Si... y también me dijo que se había dejado una caja con cosas, y me pidió si se la podía llevar.
- ¿Julia te pidió? ¿Y por qué?
- Bueno Juan, digamos que no tiene ganas de venir y verte, para no complicar más las cosas.
- No, si eso lo sé, pero lo que no entiendo es por que te lo pidió a vos, y por qué te dio las llaves.

Ana abre la heladera, saca la jarra y se sirve jugo. No responde.

- ¿Querés jugo?
- No... No sabía que ustedes dos eran amigas.

Me levanto del sillón y voy a la cocina. Ana había empezado a lavar los platos.

- ¿Qué hacés? Dejá, dejá. Dejalo ahí que yo después lavo todo.

No responde.

- ... ¿y cómo fue que te pidió?
- Ay no se Juan, me lo pidió y listo. – Ana fregaba sin parar. La situación me estaba poniendo nervioso. Quería que dejara de hacer lo que estaba haciendo, me mirara y me explicara todo. Todo.
- Pero como fue, ¿ella te llamó? ¿Tenía tu teléfono...?

El ruido incesante de los cubiertos golpeando los platos, los platos golpeando los vasos ya había quebrado mi umbral de paciencia.

- Podés parar un segundo!!! Te dije que dejaras. Me das pelota y me respondés lo que te estoy preguntando???

Ana deja el plato, la esponja y cierra la canilla. Sin levantar la vista de la pileta, y con un dedo aún con detergente se corre el pelo que le tapa la cara. Yo no entiendo qué es lo que pasa. ¿Por qué no me responde?

- Ana está viviendo conmigo – me dice todavía sin mirarme.
- ¿Qué???? ¿Cómo que está viviendo con vos?... ¿Me estás jodiendo?? Encima de que me caga con un tipo y me deja, también me quiere cagar mis amigos. Vos sos MI amiga, no de ella. ¿Por que no se va a vivir a lo del reverendo hijo de puta con el que me viene cagando desde hace no se cuanto tiempo? Que conchuda! ¿Y vos porqué mierda la dejaste? ¿Cómo no me preguntaste a mí? ¿En qué estabas pensando? ¿Pero desde cuando ustedes son amigas? ¿No te das cuenta de que ahora cada vez que te llame voy a pensar que quizás atienda ella? No lo puedo creer, ¿cómo me haces esto?... ¿Y hasta cuando?... ¿Por lo menos te dijo hasta cuando tiene pensado quedarse?
- Estamos viviendo juntas.
- ¿Sí, pero hasta cuando? ¿Hasta cuando va a vivir en tu casa?
- Juan... Julia y yo estamos viviendo juntas.

4 de mayo de 2008

Hasta el cuadril

Este relato surge a partir de una iniciativa de Fernando Airas de Vespertine, a la que gentilmente fui invitado a participar. La propuesta es relatar una metida de pata, esas que después nos preguntamos "cómo pude haber sido tan idiota"; juramos nunca más volver a comportarnos de una manera tan absurda, convencidos de haber aprendido la lección y madurado. Nadamás lejos de la realidad. Dos reglas bien simples: las anécdotas deben ser verídicas y autobiográficas. Espero les guste.


Forma y contendido, son los dos aspectos que componen todos nuestros actos. Son independientes, y la falta de uno puede ser parcialmente compensada por la acción del otro.

“Ya que la hacemos, hagámosla bien” es una de las aplicaciones de este concepto, en el cual el contenido puede ser equivocado, pero la forma en que se realiza merezca nuestra reverencia.

Aquel brillante robo al banco, en la que los reos escapaban en un gomón por túneles subacuáticos mientras montaban el show de toma de rehenes a la vista de los policías. A quien no le robó una sonrisa y un guiño permisivo simplemente por la genialidad de la ejecución de su obra. Nadie aprueba el contenido de aquel acto, pero la es verdad que la hicieron muy bien!!... La forma compensa al contenido equivocado.

Cuando vemos o reconocemos haber hecho un acto con excelencia tanto en contenido como en la forma sin duda nos estremecemos, rendidos a sus pies.

Ahora qué pasa cuando erramos ambos? El 31 de diciembre de 1996 tenía 20 años y estaba en pareja desde los 17. Y ese día equivoqué groseramente ambos. Años más tarde entendería que la rotura definitiva de esa relación acarreaba fisuras desde aquel entonces.

Ella se había ido dos días después de navidad en un viaje a varios hemisferios y latitudes de distancia, por tres meses. Aprovechando una gran posibilidad de viajar a la que yo no accedía. Al menos no en ese momento. Dejándome solo. A mí. Solo. Por supuesto la dejé e incluso alenté a que hiciera el viaje.

El día después de su partida me inundó un ataque de furia, bronca e impotencia. Quise vengar su abandono. Aquel día fui bien hombre.

1 de Enero de 2003, Buenos Aires, El Divino, 3:30 a.m. serían las coordenadas del inicio de una de mis peores equivocaciones. Y es el día de hoy que todavía me pregunto si es que no dejé un rastro que aún no pude revertir.

Esa noche fui víctima del legado masculino, que nos pide dejar bien en alto nuestra raza. Luego del brindis familiar y de derrochar varios felices años nuevos, salí a la caza de mi reivindicación, de mi honor, de mi dignidad masculina. Macho que se respeta no se deja abandonar sin contraatacar. Y lo que me correspondía era hacer a mi novia infiel. Se lo merecía. Así demostraría lo muy hombre que yo era.

Nunca lo había hecho, y no sabía bien cómo hacerlo, pero eso no me detuvo. Llegué al boliche, inspeccioné el hábitat de caza, me hice dueño de mi espacio, localicé y abordé a la mujer con la que recuperaría mi dignidad. Empecé a darle forma al contenido: algunos tragos, baile sensual, palabras al oído, una mano en su cintura y una mano cerca de su cara. Cociné a fuego lento entre una y dos horas, hasta llevarla a punto caramelo. Y lancé la propuesta: “nos vamos?”.

Subimos al auto y nos fuimos. Hasta ese punto parecía un experto en la materia. Si mi vida fuera a ser recordada por este acto, estaría en la misma vitrina de “Los que la hicieron bien,” junto a los ladrones del Banco Río. Pero la noche no terminó ahí, y todas y cada una de las decisiones que tomé a partir de ahí fueron un encadenamiento de desaciertos.

A mis veinte años, con padres separados y viviendo con mi madre y hermana menor, la primer elección tenía tres posibilidades. Ir a un hotel alojamiento, ir a la casa desocupada de mi padre (fuera de bs.as.), o ir a mi casa, en la que mi madre y hermana dormían. La primera opción fue fácil y dignamente descartada: nunca me gustaron los telos. La segunda no fue tan simple, y no podía desestimarla sin hacerme cargo de algo que nunca podría aceptar: que inconscientemente necesitaba algún testigo. Por lo tanto pasé por alto esta decisión y conduje, sin auto-debates, directo a mi casa.

La desenvoltura, confianza y naturalidad con que me había manejado hasta subirnos al auto parecían haberme abandonado. Manejaba hacia un terreno desconocido. Estaba dando un paso del cual no me sentía seguro. Y empezaba a sentirme nervioso. El clima lujurioso y vibrante que antes nos envolvía y me protegía nos había vomitado a la cruda luz del día, al silencio incómodo que no supe cómo llenar durante los quince minutos del recorrido.

Ya no tenía ganas, ella ya no me excitaba, ya no quería engañar ni demostrar nada a nadie, pero ya no podía volver atrás. Hubiera sido de muy poco hombre decirle que retiraba mi propuesta en ese momento, hubiera sido de muy poco hombre tener una atractiva mujer servida, lista para faenar y rechazarla, hubiera necesitado de demasiada valentía.

Llegamos al rededor de las 5 de la mañana a mi casa, y mientras estoy buscando las llaves, veo que la puerta de calle se abre. Asoma punzante la nariz negra de Jerónimo, mi perro, desesperado por salir a su primer paseo matinal del año, y tras él mi madre. “What are the chances!!” diría Pheabe, de que mi madre se despierte un primero de enero a las cinco de la mañana para pasear al perro? Las chances eran ínfimas, pero todo lo que podía salir mal empezaba a hacerlo. Nos quedamos, todos salvo Jerónimo, helados, duros, sorprendidos, sin saber cómo seguir. “Hola!” le dije, o me dijo, “hola!” respondí o me respondió, y entramos nosotros y salieron ellos.

Sólo quería que todo terminara, hacer lo que tenía que hacer y olvidarme de todo. Pero todavía no había hecho nada. Subimos hacia mi cuarto, y al entrar, veo entornada la puerta del cuarto de mi hermana. Tenías sus persianas bajas, y el cuarto estaba oscuro, pero alcancé a verla acostada, y me pareció ver sus ojos abiertos.

- “Hola mati”- me saluda dulce e ingenuamente desde la cama.
- “No jodas, dormite que es tarde”. Y me vería entrar a mi cuarto, acompañado por una chica que no era mi novia.

Mi hermana tiene ocho años menos que yo, así que tendría 12 entonces. Es la persona más dulce y vulnerable que conozco. Lo sigo siendo, pero en aquel entonces yo era su Hermano Mayor. Y su Hermano Mayor, a quien ella admiraba, la exponía a un nuevo mundo de preguntas. Y la visita guiada al mundo de las relaciones sexuales la iniciaba por la puerta de servicio de la cocina, donde se tira, se deja y tapa la basura.

Entramos, esta chica y yo, y no hicimos todo lo que habíamos ido a hacer. Yo no quise y no pude o no pude y no quise. Y se fue.

Al día siguiente, mi madre tuvo una conversación conmigo, la que no recuerdo con exactitud. Además del reto merecido, me dijo que mi hermana le había contado haberme visto, y que había llorado. “Llorado por qué?” pensé en aquel entonces. Por desilusión, decepción creo hoy. Hasta que punto no habrá incorporado cierta aceptación de la infidelidad, como algo válido, perdonable, aceptable?

Después de ese episodio, volvería a ser infiel algunas veces más, hábito que terminó con esa relación. Nunca hablé con mi hermana al respecto, y no se hasta que punto esa situación haya influenciado su creencia y valores sobre el tema. Espero que poco, pero no lo se con certeza.

Como dije al principio, uno puede equivocar lo que hace pero hacerlo bien o viceversa. No fue mi caso. La acción fue equivocada, y no pude realizarla de peor forma.